Rogativa a la lluvia en Guatemala, una gratitud a la Madre Tierra
La Laguna de Chicabal, una cuenca sagrada de los mayas color verde esmeralda y rodeada por un bosque de nubes donde se escucha el murmullo del quetzal.
La Laguna de Chicabal, una cuenca sagrada de los mayas color verde esmeralda y rodeada por un bosque de nubes donde se escucha el murmullo del quetzal, es un encuentro espiritual de indígenas: de gratitud con la Madre Tierra por sus cosechas y de clamar al cielo por la lluvia.
Antes del amanecer, centenares de indígenas Mam suben durante más de una hora una montaña empinada para llegar al centro del cráter de Chicabal, que desde hace cientos de años, alrededor de su laguna cristalina, se ha convertido en el escenario de la "Rogativa de la lluvia".
La cosmovisión maya dice que cuanto más lejano a los poblados estén los lugares sagrados, más cercanos están de la divinidad, de Ajaw. Por eso Chicabal, donde los indígenas se reúnen cada año 40 días después de terminada la Semana Santa, es uno de ellos, con sus 40 altares mayas dispersos.
Al lado de una fogata en las orillas de la laguna, Eleodoro Cortes, uno de los líderes espirituales que viene de la aldea La Esperanza, dice a Efe que es deber de todo ser humano dar gracias por la vida. Por la existencia. Por todos los elementos que nos dejan respirar.
Acompañado de su hijo y de un par de amigos asegura que el motor que los lleva a acudir cada año es "agradecer por todo esto, por lo que somos, por los años que hemos vivido y por lo que nos queda por vivir". Porque no hay "una mejor manera" de hacerlo. Porque todos "dependemos del agua". El motor de la existencia.
"El agua es vida. Nos produce los cultivos, los alimentos que consumimos. Todo lo que podemos imaginar o entender", apunta mientras recuerda como sus antepasados, sus abuelos, lo hacían año con año. Y él lo repite. Mantiene esta tradición sagrada. No está seguro de cuándo fue la primera vez, quizá era un niño. Y ahora intenta inculcarle lo mismo a los suyos.
Aunque admite que cada año es más complicada la subida. "Sentía que ya no aguantaba. Se me acalambraban los pies". Pero llegar le ayuda a mejorar. "Todo lo que uno vive a diario es una bendición, es un milagro", explica mientras empiezan los fuegos artificiales.
Todos ya han colocado las flores, recién cortadas y que subieron como ofrenda, en la orilla del agua, haciendo un hoyo en la arena. Se arrodillan y rezan durante varios minutos mientras los fieles, en su mayoría indígenas de la etnia Mam, se amontonan para que la temporada de lluvia bendiga las cosechas y los campos. La vida.
El lugar sagrado se encuentra a 2.000 metros de altura, en el cráter de un volcán que pertenece a la ladera sur de la cadena volcánica del occidente de Guatemala. Un enclave donde los Mam, que tienen un fuerte vínculo al ciclo de la vida rural, se acercan justo al finalizar la época seca para pedir también salud, prosperidad y protección espiritual.