La transición sin fin de Bolivia
Dentro de poco más tres años los bolivianos celebraremos el Bicentenario de la creación de Bolivia, conmemoraremos que un 6 de agosto de 1825 en la ciudad de La Plata, hoy Sucre, los habitantes de varias provincias se pusieron de acuerdo en formar un Estado. Es verdad que ese Estado no se formó a la manera de Hobbes, saliendo de un modo de naturaleza, donde el hombre vivía libre (en un contexto de desorganización y caos), para entrar a un Estado regido por las leyes y la razón. Lo nuestro fue más la separación de un Estado colonial que la creación de uno nuevo.
A lo largo de los últimos ocho meses, Evo Morales no ha podido lograr una reconfiguración ministerial favorable del gabinete del Presidente Luis Arce. Desde enero de este año se suponía que el líder cocalero continuaría como el eje político dentro del gobierno y del MAS, pero esto claramente no ha sucedido. Sus exigencias y francas muestras de antagonismo con el Ministro de Gobierno, Eduardo del Castillo, y de Justicia, Iván Lima, no han sido escuchadas por Arce, al punto que hoy se habla ya no de un “saludable” debate interno, sino de una franca ruptura entre por lo menos dos alas: el evismo, que estaría conformada por los exministros de Evo y un ala más moderada conformada por una nueva camada de políticos renovadores aglutinados en parte en torno a Arce y en parte a Choquehuanca. En otras palabras, el evismo no ha podido imponer sus reglas y línea política.
Este contexto daría lugar a pensar que estaría en proceso a una transición política dentro del MAS. Empero, hasta ahora no se vislumbra cambios notables, nada que haga pensar que las velas del cambio van en una dirección positiva: lo que hoy se vive en el país es una transición sin transición o, dicho de otra manera, una lucha por el poder sin proyecto de poder.
El problema es que para toda transición los liderazgos son importantes. Las transiciones la hacen los líderes, no las bases. Dada la escualidez en número y calidad de la oposición partidaria actual, está claro que las únicas personas que podrían ser relevantes en el cambio son tres: Luis Arce, Evo Morales y David Choquehuanca. Empero, estos tres actores están casi irreconciliablemente peleados (solo) por temas del poder.
La pregunta es: ¿Representa el arcismo una versión distinta del evismo? ¿Tiene Arce un proyecto de país distinto al de Evo, pues su último discurso reveló cifras y datos estadísticos, pero no al estadista que el país estaba esperando? ¿Cuál es el perfil del choquehuanquismo? ¿Porta el Jilata un proyecto de Estado o se trata hasta el momento de una movida más bien cultural? ¿Qué tanto de lo que pregona Choquehuanca es una política real en el actual gobierno? ¿Hay un éxito del choquehuanquismo en las políticas del actual gobierno, por ejemplo en temas de medio ambiente?
Lo cierto es también que alguno de los actores relevantes no se anima a encarar en serio las reformas que necesita el país, porque corre el riesgo de que esto podría resquebrar el esquema de poder imperante. Ese quizá sea el mayor desafío del MAS y lo que termina por paralizar (de miedo) a todos ellos: hacer una transición que termine por limitar el gran poder que tienen hasta ahora.
Ciertamente se trata de un cambio político complicado y muy difícil, pero ciertamente ineludible. El problema es que la transición no pude ser iniciada desde los actores de la oposición, para bien o para mal, solo puede llevarse a cabo desde las filas del oficialismo, porque tal es la fuerza política que tiene el MAS. Aunque a estas alturas suene una verdad de Perogrullo, vale la pena recordar al lúcido filósofo alemán Kant, que decía que todo poder conlleva una gran responsabilidad. El MAS y en particular el gobierno de Luis Arce no está liderando un cambio que nos lleve al posevismo, pues no le da profundidad y contenido a los verdaderos cambios que necesita el país (justicia y seguridad, por citar dos de urgencia). Mostrar como resultados de gestión los datos macroeconómicos no es suficiente. Ni para el país ni para la presidencia. [P]