¿Ocasionarán los robots una nueva clase de personas irrelevantes?

¿Ocasionarán los robots una nueva clase de personas irrelevantes?

Péndulo político Oscar Díaz Arnau 18/09/2023 01:09
Robots, inteligencia artificial, automatización, hipertecnologización... ¿Estamos llegando al umbral de incompetencia de los humanos creado por los propios humanos? ¿Entramos en un nuevo tiempo a la vez inquietante y sombrío para la vieja especie de los Homo Sapiens?
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Ustedes son completamente prescindibles”. Yuval Noah Harari, profesor de Historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén, lo viene alertando hace años. Las capacidades humanas están quedando obsoletas para el mundo hipertecnologizado de hoy (no de mañana) y la inteligencia artificial (IA), tarde o temprano, empujará al planeta a repensarse, a no ser que sus habitantes estén de acuerdo con perecer sin intentarlo; lo contrario significará que terminen inevitablemente ahogados en un mar de datos incomprensibles para ellos.

Autor de varios éxitos editoriales, Harari describe en su libro Homo Deus a la “clase inútil” como aquella que es fruto de la automatización de los trabajos. Y si a los robots sustituyendo a los seres humanos se les agrega la IA, él dice que millones de personas ya no serán necesarias en el nuevo sistema para producir bienes y servicios, pues, lisa y llanamente la gente no estará preparada para trabajos que no sabe hacer.

El pensador israelí pinta un panorama francamente desalentador, porque, según su teoría, cuando esos individuos “obsoletos” quieran prepararse para lo que necesita el mercado, al terminar de hacerlo, como vivimos en un mundo acelerado, con cambios cada vez más vertiginosos, el tiempo de estudio habrá sido baldío: ya entonces el sistema estará demandando otra cosa. Y así sucesivamente, como una bola de nieve.

¿Hay algo más desesperante que la idea de la insuficiencia del tiempo? ¿No es esa, junto con la muerte, la principal preocupación de la inmensa mayoría de las personas, que “el tiempo no me alcance para hacer lo que me queda pendiente”?

Cuando los drones, en calidad de robots, distribuyen paquetes sin importar las distancias hasta dejarlos en la puerta de tu casa, o cuando matan por control remoto durante las guerras; cuando las máquinas, en calidad de personas, han pasado de colocar piezas en automóviles a operar en quirófanos de hospitales, o a atender en restaurantes o en recepciones de hoteles; cuando la IA comparte más tiempo con un individuo que cualquier amigo de carne y hueso, habrá que concluir que la humanidad nunca ha estado tan al borde de la invisibilidad, de la inutilidad, como ahora.

¿Hay algo peor, para alguien que se precia de productivo, que le digan –o le hagan sentir– “inútil”, “inservible” o “irrelevante”?

El desfase

El hombre está cada vez más desfasado respecto a la tecnología; en rigor, hace mucho que esta corre mientras que las personas, insólitamente, caminamos. La pregunta es: ¿La tecnología ya domina al hombre o todavía se encuentra a la zaga del pensamiento de los mortales?

“Nuestro ritmo mental, aunque sea extraordinario, es cada vez más lento en comparación con el de las redes y las máquinas”, advertía hace un par de años el escritor Jorge Carrión en un artículo en el que también alerta de cómo en cualquier momento las computadoras tendrán la misma potencia de cálculo que el cerebro humano.

Todo parece una cuestión de ritmo.

En El futuro va más rápido de lo que crees. Cómo la convergencia tecnológica está transformando las empresas, la economía y nuestras vidas, originalmente publicado en 2020, Peter H. Diamandis y Steven Kotler refieren a la Ley de Moore (por Gordon Moore, el fundador de Intel), la que explica cómo las tecnologías van duplicando sus prestaciones y capacidades al mismo tiempo que su precio se abarata de forma regular. Esta ha sido la tónica de los últimos cincuenta o más años, con los televisores, las computadoras, los celulares, con todo lo que antes se enchufaba y ahora funciona sin cables.

Según Harari, antes, cuando la Revolución Industrial creó la clase social proletaria, de gente del campo que se trasladó a la ciudad para ser obrera de las fábricas, el problema de los trabajadores era la exploración. Ahora, con la automatización de los empleos, será la indiferencia o, qué más da, la irrelevancia.

Frente a sus apocalípticas profecías, que de a poco van haciéndose realidad, Elon Musk, el magnate dueño de –entre otras empresas– Tesla, SpaceX y X (antes Twitter), quizá en un arrebato de conciencia (y pudor), planteó un “salario básico universal” para todas las personas que se van preparando para ser “útiles”, es decir, para tener un trabajo que se acomode al nuevo orden. Algo así como un sueldo, “mientras tanto”.

Sí, hay algo peor…

Sí. Aunque suene increíble, hay algo peor que ser considerado un inútil. Eso es, que te consideren un estorbo.

De acuerdo con las ideas de Harari, los estados del futuro, cuando definitivamente estén dominados por el fascinante avance de la tecnología, con la IA como aliada principal, notarán que las personas son, para ellos, un gasto. Y desde el punto de vista medioambiental, parásitos contaminadores.

Algunas conclusiones

El escenario está planteado desde hace varios años y no hay resultados concluyentes para este debate. De principio, sería muy fácil –y, a estas alturas, ingenuo– concluir que la tecnología, al fin y al cabo, no deja de ser un invento de la humanidad que, por tanto, nunca podría ser superada por una máquina. Hasta que nos acordamos del viejo y novelado y cinematográfico Frankenstein… y de su menos humana referencia actual: la IA.

La inminente reducción del ser humano a una pieza secundaria –hasta prescindible– en el engranaje de las sociedades merece nuevas reflexiones desde distintos puntos de vista: filosófico, psicológico, político, económico; por supuesto, tecnológico. En aras de una comprensión de la próxima estructura del mercado laboral y, hasta por una cuestión de dignidad. [P]

Implicancias políticas y económicas

En una entrevista, Yuval Noah Harari aclaró que no le preocupaba tanto el reemplazo del hombre por la máquina, sino lo que eso implicaría; entre otras cosas, países inmersos en la pobreza y la pérdida del poder político y económico.

Incluso va más allá al señalar que la tecnología está debilitando las democracias. “Si los seres humanos somos animales que pueden ser hackeados y si tus preferencias y opiniones no reflejan tu libre albedrío, ¿qué sentido tiene la política?”, se preguntó Harari en 2018, según un artículo publicado aquel año en el diario británico The Guardian y citado luego por la BBC.

Él cree que, en el nuevo sistema, los partidos políticos no tendrían razón de ser. (En una entrevista que concedió en 2020, dijo que “la democracia está colapsando” y, entre otras razones, criticó a los populistas de hoy en día que, en su criterio, “están tratando de fragmentar las naciones en tribus hostiles. Son líderes tribales, no líderes nacionalistas (...) los populistas son líderes que argumentan que el país está dividido en dos bandos: ‘la gente real’, sus seguidores y ‘los enemigos de la gente’, aquellos que están del otro lado del espectro político, que no son parte de la gente, enemigos, traidores”). [P]

De apocalípticos e integrados

Julio Pemintel A., comunicador social

A mediados de los sesenta, Umberto Eco dividió a los intelectuales en apocalípticos e integrados. Mientras unos consideraban cualquier cambio cultural una catástrofe que conlleva el fin de la cultura, los llamados integrados consideraban cualquier cambio cultural como una oportunidad que comporta la transformación de la vieja cultura en una cultura nueva. Fueron años en los que la televisión se reveló ubicua e imbatible. Fueron años también de desafío y compromiso del periodismo que debía adaptarse al cambio o morir.

¿Cómo será recordado este tiempo? ¿Como el tiempo de la reivindicación de las mujeres? ¿O como el tiempo de la lenta y segura robotización? Por el desarrollo que vemos cotidianamente de la biotecnología y la Inteligencia Artificial (IA) será cuestión de unas cuantas décadas, como aconteció con la expansión de internet. El propio Harari, que se ha convertido en oráculo para visualizar e imaginar el futuro, lo tiene claro, y hasta no se cansa de alertar sobre los riesgos inminentes si no somos capaces de controlar el futuro.

Es como si día que pasa volviéramos del futuro y sintiéramos de pronto un inefable dejà vù. El futuro no está a la vuelta de la esquina. Vino para quedarse: todos sabemos del riesgo, de las consecuencias, de las oportunidades también. En sus 21 lecciones para el siglo XXI, Harari advierte que “la IA no sólo está a punto de suplantar a los humanos y de superarlos en lo que hasta ahora eran habilidades únicamente humanas… También posee capacidades exclusivamente no humanas… Dos capacidades no humanas importantes de las IA son la conectividad y la capacidad de actualización”.

La alerta de analistas, historiadores y profetas, sin embargo, tiene que ver con algo más objetivo y en tiempo real que desde luego nos moja a todos. Seremos en el futuro mediato parte, si todavía lo somos para entonces, aún los jóvenes de hoy, del universo de “inútiles” e “irrelevantes” al que parece reducirse la sociedad que imagina Harari. “Un conductor que predice las intenciones de un peatón, un banquero que evalúa la credibilidad de un prestatario potencial y un abogado que calibra el estado de ánimo en la mesa de negociación no hacen uso de la brujería. El cerebro de cada uno de ellos (los robots) reconoce patrones bioquímicos al analizar expresiones faciales, tonos de voz, gestos de las manos e incluso olores corporales. Una IA equipada con los sensores adecuados podría hacer todos esos de manera mucho más precisa y fiable que un humano”.

Las lecciones o desafíos, o ambas cosas, de Harari ya llevan varios años difundiéndose y han logrado una enorme trascendencia en diferentes ámbitos, desde los académicos, hasta los infaltables medios de comunicación. 

Es aquí donde debería quizás comenzar el debate, es decir, el que le corresponde al sector de la comunicación, del periodismo, de la política, frente a los cambios tecnológicos. Pasar de la máquina de escribir a la computadora, a la tableta, al móvil smart para el que no existen límites, ha sido parte del nuevo orden tecnológico mundial. Comparable solamente con la invención de la imprenta en el siglo XV. Pero los días del periodismo, como lo hemos conocido, están contados. También está en su horizonte un debate honesto de los futuros “inútiles” e “irrelevantes” en los medios de comunicación. Naturalmente que la pregunta del millón, donde no hay posibilidad de equivocarse, es: ¿Nos sumergimos en las redes sociales (casi siempre fecales), o damos el salto tecnológico que transmita la realidad antes de crearla y vomitarla por las redes? Yo no sé, pero todas las preguntas que subyacen a estas preocupaciones compartidas pienso que deben ser temas ineluctables de los claustros universitarios. Al fin de cuentas son, eventualmente, las “fábricas” de “inútiles” e “inservibles”. [P]

Peligros de la automatización

Miguel Ángel Gálvez, escritor

Los dos problemas más importantes del inmediato futuro serán la ecología y la tecnología. Dos problemas que harán que los eternos conflictos económicos y políticos parezcan insignificantes.

La emergencia de la Inteligencia Artificial (AI), en particular, ha hecho que el peligro de la automatización –el reemplazo de grandes masas de trabajadores por máquinas– se vuelva inmediato y tangible para muchas personas que hasta ahora veían a este problema como una preocupación de la ciencia ficción.

La automatización, sin embargo, es un problema del que varios pensadores vienen advirtiéndonos desde hace ya algún tiempo. Noah Yuval Harari, en particular, ha expresado su preocupación de que estás nuevas tecnologías crearán una nueva “clase inútil” que no tendrá utilidad militar o económica y que carecerá por lo tanto de poder político. Una situación que, en su opinión, podrá ser quizá manejada en naciones con Estados de Bienestar como los de Europa, pero que será devastadora para los países tercermundistas.

Personalmente, creo que el problema será aún peor de lo que Harari se imagina. Y explicaré aquí por qué. La mayoría de los optimistas se apresuran en señalar que el cambio tecnológico no tiene nada de nuevo, y que hasta ahora este cambio siempre se ha traducido en avances y en la mejora de la calidad de vida de la sociedad entera. Pero este argumento peca de ingenuidad.

En primer lugar, es importante recordar que los grandes avances tecnológicos siempre han perjudicado a ciertos sectores de la población, qué de pronto ven volverse obsoletas sus ocupaciones de la noche a la mañana. Mientras mayor sea el alcance de la tecnología emergente, mayor es la proporción de la gente afectada.

Y aquí es que radica el peligro de las nuevas tecnologías, pues sus alcances son verdaderamente incalculables. No hablamos ya de pequeñas minorías laborales qué se verán forzados a migrar de una ocupación no calificada a otra, sino de grandes masas de población que de pronto ya no tendrán ocupación posible. La IA y la robótica no sólo amenazan a la mano de obra poco calificada, sino también a las profesiones más especializadas.

La actual huelga de actores y guionistas en Hollywood es ya una muestra de la dimensión del problema, así como de su inminencia. Hasta ahora, se había creído que la tecnología reemplazaría solamente los trabajos más mecánicos y rutinarios, pero este conflicto –en el que el reemplazo de artistas por inteligencias artificiales es uno de los puntos de contención– prueba que ni siquiera los oficios más creativos estarán a salvo.

Este es el aspecto más inquietante del problema. Porque esto no sólo tendrá enormes implicaciones económicas, sociales y políticas, sino también psicológicas y existenciales. El trabajo no es sólo una actividad económica, sino también una importante fuente de sentido y propósito para las personas. Cuando nada de lo que hagamos tenga ya ningún valor, ¿cuál será el valor de nuestras vidas? [P]

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