MALPAÍS

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Péndulo político César Rojas Ríos 17/12/2024 04:19
El país con el MAS pareció dar un paso adelante, por la necesaria inclusión indígena que planteaba, pero en realidad dio dos pasos atrás.
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MAS mediocracia high-tech

El país con el MAS pareció dar un paso adelante, por la necesaria inclusión indígena que planteaba, pero en realidad dio dos pasos atrás. La inclusión no fue tal: fue instrumentalización y cooptación para los Jefazos y sus camarillas circunstanciales. Al centro de la política y el gobierno, sus ombligos despóticos. El resto, lo que se dice la sociedad, mera gasolina para poner en combustión la hoguera de su vanidad. Y después de un corto verano de auge de las materias primas, hemos vuelto de donde pensamos haber salido: a la crisis inclemente. Hemos hecho nuestro el “eterno retorno” nietzscheano, en nuestro caso, a los apuros económicos, la frustración social y el pesimismo histórico.

Lo que percibimos con entera claridad, en el caso de los masistas, es que una vez que pusieron en circulación el veneno de los medios innobles con los opositores, ahora ellos mismos están en un proceso de pleno envenenamiento partidario, porque aprendieron a jugar sucio, ahora, inclusive entre ellos, no saben otra manera de jugar que, haciéndose imaginativas trampas, poniéndose malévolas zancadillas y mintiendo a diestra y siniestra como si la vida se les fuera en ello. Lo suyo es digno de ser catalogado como una monstruosidad política –aunque ya sabemos por Ortega y Gasset lo que sucede con las creencias: habitamos en ellas hasta que la realidad las deshabita y entonces sobrevienen las ideas salvadoras–.

Hoy la política es el peñasco de Ali Babá (impedía la entrada al escondite de su tesoro) que obstaculiza el paso de los excelentes a las jerarquías del Estado, como antes lo fue el género, la raza o la clase. Ese es el peñasco que estamos llamados a remover para sacarnos de encima a los 40+ ladrones en que se convirtieron los masistas.

¿Qué es esto de la mediocracia high-tech?

Es un sistema institucional donde el Jefazo y su camarilla de manera central, en compañía de otros jefecitos y las suyas de forma satelital, no se abocan a cumplir los mandatos y los principios institucionales, sino a perseguir discrecionalmente sus propios intereses y su particular acrecentamiento de poder. Para ocultar esta realidad interior degradante recurren a las modernas y avanzadas tecnologías de la información y la comunicación, a las técnicas de publicidad y marketing, pero, además, para proyectar hacia el exterior representaciones donde lo nimio se metamorfosee en grandioso, donde se simule que se trabaja en lo estratégico cuando se manufactura los intereses personales y se traviste a los Jefazos (y jefecitos) en héroes y se ningunea sistemáticamente a los excelentes. 

De esta manera, el personal trabaja en lo fácil y epidérmico, y descuida lo difícil como sustantivo, ocasionando que las instituciones no avancen y progresen hacia la cima, sino retrocedan y desciendan. En otras palabras, las instituciones, bajo un régimen de mediocracia high-tech, experimentan una realidad bipolar, donde los mandatos y principios institucionales yacen alejados, olvidados y desfallecientes respecto de las reales prácticas institucionales apalancadas por sus jefaturas; entonces, como en la novela El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, se esfuerzan tanto por lucir espléndidas ante el público como ocultar bajo cuatro candados la mediocridad ruin de su alma. 

Para captar el genio y la figura de la mediocracia high-tech hay que seguir tanto lo que hacen (apuntalar sus intereses y poder) como lo que dejan de hacer las instituciones (propulsar la excelencia y el cumplimiento de sus principios y mandatos). No les interesa el mundo de las sustancias, sino de las apariencias, los rituales y los eslóganes. De esta forma se invierten considerables cantidades de energía institucional en lograr mostrar en lo simbólico lo que en la materialidad institucional es un descampado. La práctica diaria del Jefazo y su camarilla es la disonancia cognoscitiva, pues no pueden declarar que su intención es poner a su servicio a la institución, de ahí los discursos rimbombantes y hueros (vacíos de realidad y de efectiva voluntad de cristalización). 

El suyo es un rostro bifronte: en la verborrea se muestran institucionales y en la práctica ejercen un realpolitik descarado, habiendo colocado en el centro y el cetro institucional su Ego por encima de todos los cielos. Una vez que la institución se desdobla, los Jefazos y sus camarillas quedan atendidos, mientras la población queda desatendida. Una experiencia fallida, envuelta en el papel celofán del marketing y la publicidad. Esa es su esencia y su producto más notable.

La nueva pandemia

Una pandemia ha tomado y enfermado la cima de las instituciones nacionales: los mediocres lucen y ejercen los más altos cargos, pero no son mediocres tautológicos, o sea mediocres-mediocres, sombras humanas sin aspiración de figuración y agazapadas en los rincones institucionales; sino mediocres pretenciosos, excesivamente ambiciosos de poder y de brillo social. O sea, mediocres pomposos sin conciencia de su mediocridad y, por tanto, obscenos, pues con un exceso de atrevimiento van en busca de los reflectores sociales. Y del poder, sobre todo del Poder, pues quieren conjurar la sombra que fueron con el Jefazo que incuban y desean ejercer a capa y espada.

Ojo, no se trata de uno o dos mediocres arrimados a una magistratura, ministerio, diputación, senaduría, concejalía o dirigencia. Se trata de un fenómeno institucional extendido, que descalifica a casi la totalidad de nuestras instituciones. El mal venía de atrás, en el periodo neoliberal se empezaron a propagar los mediocres y de su mano, la corrupción; pero en el ciclo gubernamental del MAS, el cáncer hizo metástasis y de sus uñas afiladas, la hipercorrupción. Antes eran la excepción a la regla; hoy son la regla casi sin excepción.

El estudio la Cultura Política de la Democracia en Bolivia, 2012: Hacia la igualdad de oportunidades (Lapop, 2013), que aborda, entre otros temas, el apoyo a la democracia por parte de la ciudadanía boliviana, mostró que “hubo una reducción generalizada de confianza en las instituciones del Estado”, revirtiendo así “una tendencia sostenida de crecimiento que tenía lugar desde el 2006”. 

¿Qué instituciones? 

Las Fuerzas Armadas, el Poder Judicial, YPFB, el Banco Central de Bolivia, la Autoridad de Supervisión del Sistema Financiero, la Aduana Nacional, la Administradora Boliviana de Carreteras, Comibol, el Servicio de Impuestos Nacionales, la Empresa Siderúrgica del Mutún, la Empresa Nacional de Electricidad, el Instituto Nacional de Reforma Agraria y la Dirección Nacional de Aeronáutica Civil, entre otros. Esto, según el editorial del periódico El Deber, pero dice más al respecto: “Todas estas instituciones deberían estar dirigidas por profesionales idóneos elegidos por la Asamblea Legislativa; pero están bajo el mando interino de dirigentes sindicales, militantes del MAS o amigos de las autoridades” (7/07/2024). Todas, sí todas, salvo la Iglesia católica y los medios de comunicación social, inclusive la Federación Boliviana de Fútbol y el Tribunal Supremo Electoral. O sea, todo está bajo sospecha: ni siquiera la pelota rueda con desenvuelta confianza en la opinión pública, siendo la justicia y la Policía las peor situadas en el campeonato de la desconfianza. 

“Época oscura de institucionalidad” en la que la población ha perdido total confianza en sus instituciones. El Latinobarómetro (2023) preguntó si el país estaba gobernado por unos cuantos grupos poderosos en su propio beneficio o para el bien de todo el pueblo. La respuesta del 73,2 % fue que se gobierna para el beneficio de grupos poderosos, para empezar y, en primer lugar, para los grupos que feudalizan las instituciones y los grupos económicos que también participan en la provechosa tarea.

¿Dónde se encuentran los más meritorios? 

En Bolivia estamos a kilómetros de distancia de la República de Platón donde cada persona está en su lugar desempeñando su función adecuada, y donde los mejores están en la cima desparramando su excelencia y luces sobre su institución, y no los mediocres que las sobrepoblan de sombras y las convierten más bien en la desventurada caverna de Platón. Y las instituciones enrumban hacia la caverna debido a dos despropósitos que llamaremos el silogismo de la decadencia: si los mejores de un campo institucional no están ejecutando sus más altos propósitos (déficit meritocrático) y si los mediocres de un campo institucional ejecutan sus más altos propósitos, no realizándolos, sino aplanando, distorsionando y mortificándolos (negatividad funcional); o sea, no se beneficia de los mejores (excelentes), pero sí padece a los peores (mediocres); entonces la institución en cuestión de-cae, se precipita en una doble afectación perversa: presenta un sostenido declive en su rendimiento y un debilitamiento del valor que debiera materializar.  Deja de ser una institución, para derivar en una a-institución (al margen de sus valores y fines) o una anti-institución (directamente confrontada con sus valores y fines) y, por tanto, en vez de ser pro-social, funcionar en favor de la sociedad, se convierte en anti-social, funciona en contra y malogrando la sociedad.

En la Grecia clásica se reflexionó mucho sobre la virtud. Pericles, acompañado de Sócrates, Platón y Aristóteles, son su ícono más representativo y excelso. Tuvo su Edad Dorada y fue cumbre excelsa entre las cumbres humanas. Hoy, para regocijo de los mediocres, abandonamos la reflexión sobre la virtud y la excelencia, no debe extrañarnos entonces que estemos en medio de un eclipse histórico, ni debe llamarnos la atención que la mediocridad sea hegemónica y campee a sus anchas en este cerco de penumbras. Y que todo vaya de mal en peor y estemos patas arriba en los diversos órdenes institucionales. No sólo hemos perdido el foco filosófico de lo que es un ser humano (mal) logrado, sino apagamos la luz de la meritocracia y así entramos, con paso de parada y en desfile marcial, en un viaje al corazón de las tinieblas. 

Para renacer necesitamos resituar nuevamente los valores cardinales, la virtud y la excelencia, entre las élites institucionales, y poner de pie nuestro Estado entrampado en el lodazal político de las oposiciones y, sobre todo, en el laberinto ideológicamente ruin del MAS; pues si la moral es el policía interior que llevamos dentro, entre los masistas lo mataron a plena luz del día, directamente lo lincharon en la subjetividad colectiva al ponerlo en evidencia como un estorbo para la gobernanza institucional y la gobernabilidad política –de ahí la importancia y la trascendencia del rol vivificante de la élite meritocrática, coadyuvar a que la sociedad vaya más allá de sí, inclusive a pesar de sí; pues sin esa responsabilidad perdería su razón de ser y su mérito–. [P]

*Artículo elaborado en base a extractos del libro Malpaís. Ascenso de los mediocres seriales y muerte en vida de las instituciones de César Rojas Ríos (2024).

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