En la recta final hacia la segunda vuelta electoral en Bolivia, un elemento poco habitual ha capturado la atención pública: el protagonismo de los candidatos a la vicepresidencia. Lejos de ocupar un rol secundario, como ocurrió en elecciones pasadas, los vicepresidentes se han convertido en objetivos prioritarios de campañas de desgaste y ataques mediáticos.
El caso de Edman Lara, compañero de fórmula de Rodrigo Paz, ilustra esta dinámica. La campaña de Jorge Tuto Quiroga explotó frases polémicas y declaraciones desafortunadas de Lara —desde insultos, hablar del cáncer, de fraude, no firmar acuerdos, contradicciones sobre la fiscalización de su propio candidato— con el objetivo de desacreditarlo. Los episodios se amplificaron en medios y redes sociales, reforzando la percepción de que se trataba de un político inestable e incapaz de coordinar con su propio presidente.
Al mismo tiempo, Juan Pablo Velasco, candidato a vicepresidente en la fórmula de Quiroga, enfrentó cuestionamientos tras la difusión de un antiguo tuit racista, rescatado por un streamer argentino. Este hecho golpeó uno de los principales desafíos de su campaña: conectar con los sectores populares, especialmente en el occidente del país, donde los acercamientos de su fórmula ya eran percibidos como artificiales y forzados.
Para comprender este escenario conviene recordar la diferencia entre una campaña de primera y de segunda vuelta. En la primera, con múltiples candidatos en competencia, la estrategia se concentra en fortalecer la base propia: proyectar virtudes, consolidar identidades políticas y fidelizar votantes. La narrativa es positiva y busca diferenciar al candidato como la opción más idónea para gobernar.
El panorama cambió abruptamente tras los resultados del 18 de agosto. Contra lo que anticipaban las encuestas, Rodrigo Paz —ubicado en cuarto o quinto lugar en mediciones previas— fue primero el día de la elección y Tuto Quiroga se metió al balotaje desplazando a Samuel Doria Medina, quien aparecía como favorito. Este desenlace inesperado abrió un terreno inédito para los bolivianos: una segunda vuelta presidencial.
La campaña en balotaje responde a una lógica distinta. El enfrentamiento entre dos opciones reinicia la contienda desde cero, pero bajo una dinámica de polarización extrema. El mensaje dominante ya no es “vote por mí”, sino “vote contra mi rival”, como señala Ricardo Paz Ballivián. Las redes sociales y los medios se inundan de ataques cruzados, información parcial y, en muchos casos, desinformación, causando en la población indignación y hastío.
En este contexto emerge lo que los estrategas llaman el “voto contra”. Más que simpatía por un candidato, lo que moviliza es el rechazo hacia el adversario. Se trata de campañas que apelan a emociones fuertes para captar indecisos y sumar apoyos de quienes respaldaron a otros partidos en la primera vuelta.
Aquí se vuelve crucial distinguir entre dos prácticas diferentes: la campaña negativa o de contraste frente a la campaña sucia o guerra sucia. La primera se basa en hechos verificables: antecedentes políticos, propuestas poco realistas o declaraciones públicas que exponen debilidades reales, por ejemplo, cuando un candidato como ex autoridad realizó un desfalco o sobreprecio. Y esto se lo expone en la campaña. La segunda, en cambio, recurre a rumores falsos, difamación y ataques a la vida privada sin relevancia pública, por ejemplo, cuando inventan de un candidato que tiene hijos fuera del matrimonio o tiene una orientación sexual diferente, sin comprobarlo. Mientras la campaña de contraste se inscribe en el juego democrático; la guerra sucia degrada la calidad del debate público.
En definitiva, la diferencia es clara: la campaña negativa informa y contrasta; la guerra sucia manipula y envenena. Bolivia, en su primera experiencia de balotaje, enfrenta la tensión entre ambos caminos. El desenlace no solo definirá quién gobernará, sino también qué tipo de política marcará el rumbo de su democracia en los próximos años. [P]