EL FACTOR EDMAND LARA
Lara, el depredador
Diego Ayo, politólogo
Lara habla y habla y no deja de hablar. Y al hacerlo, insulta, afirma haber entablado relaciones con la India, Japón y Marte. Se amiga sin saber siquiera quién es el nuevo amigo, pide disculpas y se afana en volver a pedirlas, narra la infidelidad de su señora y a los pocos minutos “desnarra” el episodio, lanza mentiras a granel y tras mentir, vuelve a mentir, insulta una vez más, hace de modelo de poleras de la selección boliviana, maletea al presidente a su gusto, acusa acusando y actúa actuando. ¿Verdad? ¡Verdad! Claro: logra lo que quiere lograr: espectadores. Ansiosos espectadores esperando que salga en pocos minutos y se aventure contra alguien en el nuevo capítulo de la red-novela. Mejor si es el Rodrigo, aunque los fans esperan que su ponzoña fluya contra una variedad mayor de figuras políticas y no políticas. ¿Cuál es el saldo? No es menor: Lara es un auténtico depredador.
¿Qué es un depredador?
Lo explica con fascinante lucidez Giuliano Da Empoli en su libro La hora de los depredadores. El rasgo que caracteriza a estos políticos es inobjetablemente innovador: ¡menosprecian la democracia! Se jactan, tal vez sin premeditación, de su propio menosprecio. ¿Cómo? Partamos del final y contemos lo que no hacen: no confían en procesos lentos propios de un congreso multipartidario, no deliberan hasta los mil quinientos tres artículos de ley, no se respaldan en tecnocracias espléndidas, pero pedantes, sofisticadas y (largamente) dialogantes, no confían en instituciones alevosamente aburridas como ministerios, burocracias y licitaciones. Uy, no, ¡qué suplicio! Ahora volvamos al principio y contemos lo que hacen: se lucen en el TikTok, toman decisiones rápidas, ofertan un horizonte épico al mundo gris en el que viven, garantizan absoluta claridad moral (¡son los buenos!), se decantan por una apabullante simplicidad narrativa, se identifican no a través de las palabras y sí a través de los gestos, gritos, llantos.
¿Clasifica Lara a este nuevo mundo de la política? No sólo clasifica, ¡es un pionero! No lo digo necesariamente en un sentido ponderable, pero no creo poder negar su absoluta autenticidad. Es el único político que trabaja desde su computadora aprovechando la revolución digital en curso. El resultado es sorprendente: Lara es un político que quiere ruido sin asumir responsabilidades. Está dispuesto a quebrar las normas de convivencia con la finalidad de obtener atención. Lara crea, pues, un nuevo ecosistema político, sino antagónico, al menos paralelo a la democracia que conocemos. Es un ecosistema que se basa en el uso de la tecnología. Es un ecosistema que promete milagros económicos.
No tiene el menor interés en respetar los límites institucionales y, por el contrario, tiene un interés perfectamente antagónico: quiere caos. El caos es su mayor herramienta de poder. El caos no es una consecuencia involuntaria: es una estrategia que le “facilita” enemigos permanentes, incluyendo a su presidente. Es una estrategia que incendia, o puede hacerlo, con el propósito de dominar la agenda. En verdad, este manejo del caos termina por exhibir un reality show propio. ¡Un reality show nacional! Este caos, pues, consiste en la generación constante de inestabilidad para dominar el entorno. El caos no es accidente, es el hábitat natural de Lara. Es a través suyo que Lara crece y, tal vez, se agigante.
Este Lara inestable no compite con ideas y programas, compite en otra liga: aquella de la indignación, el miedo, la heroicidad. La política ya no se cocina en ministerios y/o en la asamblea legislativa. La política se cocina con garrafas de aceite caliente que todo mortal puede observar desde su celular. ¿Y las mejoras para el país y su gente? ¡Qué las haga el Rodrigo! Lara está en el escenario promoviendo, como dice Da Empoli, la consolidación de “tribus emocionales”. Y, es en ese escenario, que habla sin tapujos: sin prensa, sin partidos, sin asesores, ¡ni presidentes! Es él y ya está. ¿Juega en cancha favorable? Claro, sociedades tan golpeadas por el corrupto e inepto MAS son terreno fértil para líderes que prometen milagros.
Pero, ¿no tiene aliados del MAS y del Grupo de Puebla? Lo dudo, pero ese es el músculo prominente de estos depredadores: generan caos y es en ese ambiente que los oportunistas van saliendo de sus tumbas. Ya he escuchado a más de un “pulcro” masista sumándose al tiktokero y, tras ellos, una cáfila de oportunistas azules. Los candidatos amparados en la democracia usualmente tienen equipos que los acompañaban durante la elección desde el minuto 1 o, como es el caso boliviano, ¡desde la segunda vuelta! Estos depredadores parten desde otra esfera: la soledad. La soledad de caos, como lo mencioné, que los obliga a actuar antes, durante y después de la victoria electoral. Deben llamar la atención, reclutando a huérfanos políticos, viejos amañados (masistas), “revolucionarios” internacionales del Grupo de Puebla y todo lo que haga bulla y ¡cope gobiernos! No es como un político usual que parte con un equipo. Él va formando el equipo en el camino. No lo acompañan masistas desde la partida, pero podrían ir sumándose paulatinamente.
Ese es Lara. ¿Hay que entenderlo? Deberíamos. Las adjetivaciones no ayudan. El hombre ha roto el molde tradicional de hacer política. Lo suyo es nuevo. Administra una campaña electoral diaria y ¡eterna! Los adherentes podrían seguir acoplándose de a poco. Más aún si tomamos en cuenta que Rodrigo aplicará políticas necesarias, pero dolorosas. Esa es la piscina preferida de Lara. Cuidado. [P]
El complejo ascenso político de Lara
Uri Felipez Mancilla, politólogo
La campaña electoral boliviana dejó un fenómeno inesperado: la emergencia de Edmand Lara como una figura central del proceso político. Aunque ingresó al binomio como acompañante de Rodrigo Paz, su presencia rápidamente trascendió.
Durante la campaña, Lara capitalizó un discurso de vida cotidiana que conectó con sectores populares desencantados del MAS y de la clase política tradicional. Hablaba como la calle, no como un político, y eso le dio una ventaja simbólica inusual para un candidato a la vicepresidencia.
En paralelo, las clases medias encontraron en Paz-Lara una fórmula viable frente a la opción de Quiroga-Velasco, marcada por altos niveles de rechazo. La campaña terminó fortalecida por un contraste claro: renovación comunicacional frente a estructuras políticas tradicionales.
Sin embargo, a pocas semanas de asumir el mandato, emergió un distanciamiento evidente entre presidente y vicepresidente. Lara expresó públicamente su incomodidad por haber sido excluido del armado del gabinete y denunció que el nuevo gobierno subordinó su agenda a Samuel Doria Medina. Para Lara, ese giro representaba una desviación del rumbo original.
La tensión expuso dos visiones de gestión. Paz busca pragmatismo para asegurar gobernabilidad, tender puentes con sectores empresariales y establecer vínculos con la comunidad internacional, especialmente con Estados Unidos. Lara, en cambio, prioriza políticas sociales y un enfoque más cercano a las demandas populares. La divergencia no es únicamente programática: habla de alineamientos políticos distintos que compiten dentro de un gobierno sin estructuras partidarias sólidas.
Bolivia carece de partidos con ideología definida, militancias orgánicas o visión nacional coherente. Esa fragilidad institucional facilita que outsiders con alta exposición mediática adquieran peso político rápido. En ausencia de estructura, el mensajero se vuelve más relevante que el mensaje.
Tras las elecciones, la ciudadanía experimentó un breve periodo de entusiasmo y alivio. El país buscaba estabilidad luego de una prolongada crisis política y económica. Ese contexto demandaba un gobierno capaz de equilibrar técnica y sensibilidad social. No obstante, en vez de una dupla cohesionada, se instaló un liderazgo bifurcado.
Lara encarna características propias del populismo digital: comunicación directa, estilo confrontativo, tendencia a personalizar el poder y una narrativa que apela a representar “al pueblo” frente a élites políticas tradicionales.
El uso intensivo de TikTok y transmisiones en vivo desde su despacho, a menudo sin coordinación institucional, marca una ruptura con las formas tradicionales del ejercicio del poder. La política boliviana entra así en una etapa de espectacularización: contenido en tiempo real, exposición permanente y decisiones comunicadas antes de ser procesadas por el gobierno.
Sin institucionalidad que amortigüe conflictos, las fricciones se vuelven visibles y se politizan. Paz y Lara se encuentran, en la práctica, políticamente solos. Esa debilidad estructural aumenta el riesgo de que cada uno busque consolidar poder desde el Estado, no desde un proyecto partidario.
En ese marco, la decisión de Lara de presentar su propia agrupación para las elecciones subnacionales funcionó como una señal de quiebre temprano. Aunque no implica una ruptura formal, sí evidencia agendas divergentes, reclamos implícitos y una competencia interna por la construcción de liderazgo territorial. La frase “me han desconocido” no es menor: expresa desidentificación con el gobierno al que pertenece y anticipa la posibilidad de que busque un proyecto presidencial hacia 2030.
El escenario se vuelve aún más delicado ante las reformas económicas que el gobierno deberá emprender. La reducción de subsidios a los combustibles, presión inflacionaria y potencial conflictividad social pondrán al gobierno bajo máximo estrés. La pregunta clave es si Lara acompañará esas medidas o se distanciará para capitalizar el descontento. Si opta por diferenciarse, podría convertirse en un opositor interno con alta resonancia popular y capacidad de erosionar la gobernabilidad desde dentro.
En tal caso, el país enfrentaría un reordenamiento del mapa político y una tensión permanente en el núcleo del poder ejecutivo. Lara podría ampliar su base territorial, ganar visibilidad y proyectar liderazgo, pero también arriesga ser percibido como desleal por una ciudadanía que suele castigar la confrontación interna sin propuestas claras.
Paz, por su parte, emerge fortalecido en el corto plazo como figura técnica y pragmática capaz de gestionar crisis y garantizar relaciones internacionales estables. Pero ese fortalecimiento no resuelve la fragilidad política del gobierno. La ausencia de una estructura que articule al binomio puede traducirse en ingobernabilidad a mediano plazo.
La solución pasa por establecer mecanismos claros de coordinación entre presidente y vicepresidente, delimitar roles institucionales y construir un espacio de decisión donde ambos coexistan sin paralizarse mutuamente. La estabilidad del país dependerá de que el binomio pueda transformar la tensión en cooperación y la rivalidad en responsabilidad compartida. [P]
Outsiders malignos
Javier Rolando Huarachi Villegas, sociólogo
En la llamada sociedad el espectáculo, como anticipó Guy Debord, la política se transforma en un escenario donde predominan los rituales, los símbolos y la construcción de personajes antes que las ideas. En este teatro público, los protagonistas no siempre son políticos formados en la disciplina de la gestión pública o en el debate ideológico, sino figuras que irrumpen desde los márgenes con una mezcla de intuición, carisma improvisado y oportunismo. Sin los outsiders del espectáculo político, actores que descubren en la política un escenario perfecto para proyectar su imagen, aun cuando carezcan de la probidad o la solvencia necesaria para ejercer el poder de manera responsable.
En las últimas décadas, la expansión de las redes sociales y las tecnologías de la comunicación ha profundizado este fenómeno. Hoy se multiplican los líderes que narran sus vidas como una serie televisiva, comentan rutinas cotidianas, exageran gestos emocionales y transforman su intimidad en un producto político. La política se vuelve un performance continuo en el que autenticidad, o la que parece serlo, importa más que la consistencia programática.
Bolivia no es la excepción. En las recientes elecciones, el país presenció la irrupción de un outsider clásico: Edmand Lara, un policía extrovertido, impulsivo, moldeando más por el instante social que por una trayectoria reflexiva o planificada. Su emergencia coincidió con el momento de mayor desgaste ideológico del llamado proceso de cambio, cuando la corrupción dejó de ser un rumor para convertirse en el síntoma más visible del agotamiento político. Este clima permitió que el outsider tomara la bandera de la denuncia, se apropiara del discurso moral y lo convierta en un arma simbólica eficaz. No se limitó a señalar la corrupción: la interpretó, le dio forma emocional y orientó el descontento hacia un enemigo reconocible. Con esta sintonía entre indignación moral y promesa de ruptura, su figura terminó coronada como vicepresidente del Estado Plurinacional.
Pero en el ascenso del outsider no puede explicarse solo por la coyuntura. En él confluyen elementos más profundos de la cultura política boliviana. Desde una mirada freudiana, su imagen pública se configuró como la de una madre protectora: víctima de las injusticias sociales, emocional, desbordada, apegada a la gente, necesitada de contacto afectivo y demostraciones de cariño. En contraposición, el presidente Paz, asumió un rol más distante: el padre que pone límites, administra recursos, aplica castigos y mantiene la frialdad que exige la responsabilidad doméstica. Esta dupla emocional marcó el inicio del nuevo ciclo gubernamental.
Sin embargo, el voto emocional que impulsó al outsider ha mutado. Hoy está cargado de contenidos que remiten más al pasado monstruoso de figuras como Evo Morales que a las urgencias del presente. El outsider no era sino el síntoma del vacío que dejó Morales, una manifestación de la incapacidad colectiva para superar la dependencia emocional del populismo.
¿Por qué Bolivia no consigue desprenderse de este síntoma?
El populismo no es un aparato externo a la sociedad. Forma parte de las costumbres, de la memoria histórica, de los mitos colectivos. Es un lenguaje que todo, en mayor o menor medida, comprendemos. Habita tanto en la nostalgia del caudillo como en la aspiración de protección materna del Estado. Está en la calle, en la pelea diaria por la sobrevivencia, en la desconfianza hacia las élites y en la necesidad de un líder que interprete las emociones populares.
Rodrigo Paz entendió este escenario y construyó una conexión pragmática con los sectores populares. Pero Lara fue más allá: no solo conectó, sino que capturó el control simbólico de esa representación social. Su poder no radica en los ministerios ni en la estructura burocrática, sino en el capital simbólico que maneja. Lo que se avizora es un gobierno marcado por la contingencia, por tensiones latentes y por la disputa constante entre el orden institucional y el desborde emocional del outsider.
La sociedad del espectáculo ha convertido a estos personajes en protagonistas inevitables. Pero su presencia no es un accidente: es el reflejo de nuestras propias fracturas culturales, de los miedos y nostalgias que arrastramos, de la necesidad de líderes que encarnen nuestras emociones más profundas. Mientras no confrontemos ese síntoma colectivo, seguiremos produciendo outsiders malignos que ocupen el vacío que dejamos abierto. [P]