México, violencia ruin y rutinizada

México, violencia ruin y rutinizada

Péndulo político Luz de Lourdes Angulo López 05/03/2026 02:55
Tras la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes en México —el jefe criminal más poderoso de latinoamerica—, las comunidades recuerdan que la verdadera seguridad se mide en vidas que pueden vivirse sin miedo, no solo en criminales que caen.
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Tras la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes en México —el jefe criminal más poderoso de latinoamerica—, las comunidades recuerdan que la verdadera seguridad se mide en vidas que pueden vivirse sin miedo, no solo en criminales que caen.

Cuando en los medios noticiosos se lee que “cayó un capo”, pareciera que hablamos de una historia ajena, lejana, casi de película. Pero detrás del nombre de Nemesio Oseguera Cervantes (a) el Mencho, hay algo que duele mucho más que cualquier titular: la vida rota de miles de personas que han tenido que aprender a sobrevivir en territorios donde el miedo se volvió rutina y la esperanza, un acto de terquedad cotidiana.

Mientras los informes oficiales celebran un “operativo exitoso”, en las casas de muchos barrios de México la escena es otra: madres que miran el reloj una y otra vez, esperando que sus hijos regresen; abuelas que mandan mensajes preguntando: “¿Ya llegaron?”; vecinos que se avisan unos a otros que hoy es mejor no salir, que algo “se siente raro” en la calle. No es el lenguaje de la estrategia, es el lenguaje del cuerpo que tiembla, del corazón que se acelera con cada ráfaga, del instinto de proteger a los suyos como se pueda.

En las regiones donde el Cártel Jalisco Nueva Generación marcó territorio, la muerte del Mencho no se vivió como un alivio limpio, sino como un nudo en la garganta, quien ha vivido años bajo la sombra de un grupo criminal sabe que cuando cae un líder, algo se desacomoda: pueden venir disputas internas, venganzas, pruebas de fuerza. 

Para la gente común eso significa, otra vez, organizar la vida alrededor del peligro: cambiar rutas, suspender clases, cerrar negocios antes de que oscurezca, aprender a distinguir el sonido lejano de un cohete del estruendo de un arma. Es vivir con el alma en vilo.

Y, sin embargo, ahí mismo donde parece que el miedo manda, hay gestos de una ternura radical que suelen pasar desapercibidos. La vecina que toca la puerta para preguntar si necesitan algo; el maestro que se queda un rato más en la escuela para que sus alumnos esperen a que “se calme la cosa”; las madres que se organizan para acompañar juntas el camino de sus hijos; las comunidades que llenan de vida una cancha, un salón, una parroquia, como diciendo: “Aquí todavía se puede respirar, aquí todavía queremos seguir siendo comunidad”.

Mirar la muerte del Mencho desde un lugar humano no es preguntar solo “qué tan grande fue el golpe al narcotráfico”, sino “cuánto han soportado quienes viven ahí, cuánto más se les puede pedir que aguanten”. 

Son familias que ya han pagado extorsiones, que han visto cómo un hijo se desliza hacia el “dinero fácil” porque el trabajo digno nunca llegó, que han tenido que tragar silencios para no ponerse en riesgo. Son comunidades que han sentido al Estado más como sirena y fusil que como escuela, clínica, agua, caminos, escucha.

En México, como en Bolivia y en tantos rincones de América Latina, el crimen organizado se alimenta de heridas abiertas: pobreza que se hereda, humillaciones que se acumulan, racismo que se normaliza, corrupción que se asume como paisaje. Por eso, celebrar únicamente la caída de un capo, como si todo se resolviera ahí, tiene algo de injusto: es no mirar el cansancio profundo de quienes, a pesar de todo, se levantan cada día, abren su pequeño negocio, mandan a sus hijos a la escuela y siguen apostando, contra toda evidencia, por la vida.

Tal vez el verdadero punto de inflexión no esté en el momento en que cae un hombre poderoso, sino en esos instantes más frágiles y silenciosos en que una comunidad decide no rendirse: cuando elige cuidar a sus jóvenes, recordar a sus muertos con dignidad, ponerle palabras al dolor, reclamar al Estado no solo castigo sino presencia amorosa, cercana, justa.

Porque detrás del nombre que llena portadas hay otros nombres que casi nunca se escriben: los de las niñas y los niños que dibujan balaceras en lugar de soles; los de las mujeres que han hecho del valor una forma de respirar; los de los hombres que se sienten culpables por no haber podido proteger más. A ellos, a ellas, habría que mirarlos a los ojos antes de hablar de “éxito” en cualquier política de seguridad. [P]

 

* Exclusiva para Péndulo Político.

* Luz de Lourdes Angulo López, especialista en justicia restaurativa, mediación y construcción de paz

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