POLÍTICA EXTERIOR, ¿ENCONTRÓ SU COLOR Y DEFINICIÓN?
¿Qué significa exactamente eso de que “la ideología no da de comer”? ¿Es el pragmatismo que proclama Rodrigo Paz una estrategia sólida para reinsertar a Bolivia en el mundo o una declaración de principios que esconde fragilidades?
Desde que asumió la Presidencia, el 8 de noviembre del año pasado, Paz viajó a Paraguay, Panamá (Foro Económico de la CAF), Estados Unidos y Chile, y hacia el final de esta semana se preparaba para una visita oficial a Brasil y para una gira por Europa, con una ruta diplomática sin precedentes en la historia del país, repitiendo un eslogan que suena a sentido común, según analistas consultados, después de 20 años de alineamientos ideológicos perjudiciales: “Bolivia al mundo y el mundo a Bolivia”.
Durante la cumbre convocada por Donald Trump, tuvo reuniones bilaterales con Marco Rubio (Estados Unidos), José Antonio Kast (Chile), Javier Milei (Argentina), Nayib Bukele (El Salvador), Nasry Asfura (Honduras) Luis Abinader (República Dominicana), Laura Fernández (Costa Rica) y Santiago Peña (Paraguay). Unos días después, ya esta semana, asistió a la investidura del ahora presidente chileno Kast y recibió en Bolivia al rey Felipe VI de España. Antes, lo visitaron en La Paz los altos ejecutivos de la CAF y el BID, con quienes concretó créditos clave para su gestión. Todo en el lapso de cuatro meses.
¿Va por el camino correcto? Los analistas consultados coinciden en que el diagnóstico de partida es correcto, considerando que Bolivia llega a este giro en su política exterior con una severa crisis económica, una Cancillería desinstitucionalizada y dos décadas de encierro diplomático que le costaron caro en términos económicos y de credibilidad internacional.
Pero, a partir de ese diagnóstico, advierten que Paz debe hacer más. También divergen en la eficacia de su política exterior. Algunos ven en el pragmatismo de Paz la única estrategia racional para un país periférico que necesita recursos, inversión y aliados. Otros consideran que declararse ajeno a cualquier ideología en un mundo que se reorganiza en bloques de influencia puede convertir a Bolivia en una veleta, en un socio poco confiable para Washington. Con todo, la pregunta que hoy parece no tener respuesta aún es si Bolivia tiene algo concreto para ofrecer a la mesa de las potencias, más allá de la postura sonriente de su presidente y la ruptura con el pasado.
Negocios antes que ideología
“La ideología no da de comer”. El primer mandatario boliviano repite esta frase no solo como una consigna política, sino como un eje rector de su política exterior. Desde que asumió la Presidencia, esa ha sido su guía. De hecho, el mismo día de su asunción lo dejó claro: “Esta es la nueva Bolivia que se abre al mundo. Nunca más una Bolivia aislada, sometida a ideologías fracasadas”.
Más recientemente, durante una entrevista con Radio Panamericana, explicó lo que para él supone una política exterior pragmática: “¿Creen que está mal que yo haya ido a ver a Trump? No, no (…) Por donde voy me dicen: ‘Vaya, vaya a hablar con Trump, porque si nos abren ese mercado, es muy bueno para Bolivia’”. Y agregó que eso implica “reglas claras” para que cualquier empresario, de cualquier lugar, venga a invertir a Bolivia. ¿Por qué no nos sentamos a hacer plata?”.
Para el doctor en Relaciones Internacionales Julio Alvarado, el punto de partida de Paz es correcto. “Una política exterior debe basarse en los intereses nacionales. Y, cuando hablamos de intereses nacionales, no es otra cosa que lo que beneficia a la población de un país. ¿Qué necesitamos hoy? En este momento, en plena crisis económica, con un Estado desinstitucionalizado, quebrado, necesitamos recursos económicos (inversiones). Entonces, está bien que vaya, que toque las puertas de organismos internacionales –los organismos internacionales están conformados por representantes de los Estados–. Entonces, está bien que tenga buenas relaciones con Estados Unidos, con la Unión Europea, con los países vecinos, pero también con aquellas otras potencias, a las cuales estábamos alineados, como la Federación Rusa y China”, sostiene.
¿Por qué está bien? Durante 20 años, en los gobiernos del MAS, el mundo de Bolivia se redujo a un puñado de aliados ideológicos. “El mundo para Bolivia eran estos cinco países: Cuba, Venezuela, China, Irán y la Federación Rusa”, recuerda Alvarado. El resultado de ese encierro fue, según el analista consultado por PÉNDULO POLÍTICO, devastador: “Es ese el aislamiento que hemos vivido y que nos ha hecho mucho mal al país”.
El académico y experto en asuntos internacionales Álvaro Del Pozo coincide en que abrir ese círculo es no solo conveniente, sino urgente. “El mensaje más claro es un cambio radical en nuestra política exterior. Hemos vivido 20 años de encapsulamiento, donde solo hemos ideologizado las relaciones internacionales. Por eso, teníamos solamente relaciones ‘privilegiadas’ con Venezuela, Nicaragua, Cuba, Rusia, China… Entonces, creo que es una buena señal (el cambio de postura), porque nos estamos abriendo al mundo”.
Se necesita hacer más…
Ahora bien, los analistas son igualmente enfáticos al señalar que el diagnóstico correcto no garantiza la receta correcta. Alvarado lo formula con una advertencia: “‘Bolivia al mundo y el mundo a Bolivia’ está bien. Tengamos buenas relaciones con todos, que nos ayuden a salir de la crisis; ese es un buen planteamiento. Pero se queda solamente en discurso si no se toman dos medidas fundamentales”.
Esas dos medidas, dice Alvarado, son de orden interno y están estrechamente vinculadas entre sí. “Primero, cambiar todas aquellas normas, leyes y artículos de la Constitución que impiden la llegada de inversión extranjera directa, que hoy es tan necesaria. Y un segundo punto, que, en Bolivia, se cumpla el Estado de derecho, es decir, que sea un Estado, en el cual no haya minorías violentas que generen intranquilidad y bloqueen el país”.
Sin esas dos condiciones, las reuniones presidenciales y los acuerdos anunciados corren el riesgo de quedarse en el papel. Las puertas que el Gobierno abre hacia afuera no producen resultados si el interior del Estado no ofrece las garantías mínimas que cualquier inversor o socio externo exige antes de comprometerse, apunta el experto.
¿No hay ideología?
El consultor y especialista en análisis de conflictos Erick Fajardo introduce, desde un ángulo diferente, una crítica que apunta aún más al fondo. Para él, el problema no es solo la falta de reformas internas, sino la ausencia de una brújula doctrinal que oriente la política exterior más allá de la coyuntura. “Él (Paz) no entiende (que) necesita una definición ideológica, lo cual me parece gravísimo”, afirma. Y añade: “Yo no creo que el mensaje correcto sea ‘no hay ideología’ (…) La perspectiva esa de pensar que (ese pragmatismo) puede ser una directriz de gobierno, que puede ser un paradigma decir ‘no tengo ideología, yo voy al viento que sopla’, convierte la política de gobierno de Bolivia en algo sumamente frágil, desde mi punto de vista”.
Fajardo ve esa debilidad en la nueva política exterior, más considerando que el propio gobierno de Paz colocó en el centro de su reorientación diplomática a Estados Unidos. “Mi primera preocupación es cómo va a entender Washington esto (…) Porque, para Washington, la ideología sí es importante”, sostiene el analista para este suplemento. La Administración Trump, agrega, llegó al poder con una doctrina clara después de 20 años de ausencia doctrinal en la política exterior estadounidense (la Doctrina ‘Donroe’). Declararse ajeno a cualquier ideología, en ese contexto, no es una señal de apertura sino de inestabilidad, en criterio del experto. “Esa declaración implica que una política de gobierno se convierte en una veleta, que tiene que acomodarse al viento que sopla (…) Esa declaración implica, para Washington, un mensaje de inconfiabilidad. Es un mensaje político que no creo que Washington quiera escuchar”.
Las consecuencias de esa “inconfiabilidad” podrían ser, según Fajardo, más inmediatas de lo que uno podría esperar. “¿Dónde quiere estar el presidente Paz en la mesa de Washington? Esto va a depender de sus declaraciones, que espero sean un poco más afortunadas que las que está haciendo. Para Washington importa la ideología”, insiste.
Y añade: “La gobernabilidad en La Paz depende muchísimo de dos factores: internamente, de la alianza con los grupos económicos en Santa Cruz (…); y dos, la sombra de Washington, que es una sombra grande que le da seguridad en términos de estabilidad política”.
¿Y China?
El dilema que enfrenta el pragmatismo de Paz es el de la relación simultánea con Estados Unidos y China. Los tres analistas coinciden en que mantener canales abiertos con ambas potencias es posible y necesario, pero Alvarado introduce el argumento más directo para explicar por qué Bolivia no puede darse el lujo de optar por uno solo.
“Si en este momento cometemos esa torpeza (de romper con China), ¿a quién vamos a hacer daño? A la población. Nuestros mercados están abarrotados de productos chinos. ¿Vamos a hacer daño a la gente?”, cuestiona.
Fajardo igualmente concuerda en que la diplomacia simultánea es posible —Washington misma la practica con Pekín, recuerda—. “La diplomacia es siempre posible. Washington tiene una diplomacia muy activa y muy dinámica con Pekín. Pero eso no significa no tener claridad doctrinal, no tener claridad ideológica, y ese es el gran conflicto”, insiste, no obstante. Y señala un problema concreto que aún está pendiente: “¿Qué pasa con los acuerdos de defensa mutua que, según entiendo, siguen todavía vigentes con Irán? Los que firmó el 2023 el expresidente Luis Arce. Son obligaciones que van a gravitar, más tarde o más temprano, conforme la polarización obligue a tomar decisiones al gobierno de La Paz”.
El problema de la Cancillería
A ese desafío geopolítico se suma uno institucional que los analistas consideran igualmente urgente: la Cancillería que debe ejecutar esta política exterior renovada sigue operando, en gran medida, con el mismo aparato humano que construyó la política anterior, del Movimiento Al Socialismo (MAS).
“No han cambiado el personal en la Cancillería y menos en los consulados y embajadas”, observa Alvarado. “Los mismos funcionarios que hace cuatro meses lanzaban mensajes antiimperialistas en foros internacionales repiten hoy el eslogan “Bolivia al mundo y el mundo a Bolivia”, añade.
“Nosotros necesitamos una Cancillería que esté conformada por diplomáticos, por profesionales en relaciones internacionales. No por ‘aprendices de brujo’. Eso lo vemos, por ejemplo, en Chile, en Brasil, en Perú, en Argentina, que son servicios exteriores profesionales”, concluye.
¿Qué ofrece Bolivia?
La pregunta que aún está en el aire es: ¿Con qué se sienta Bolivia a la mesa de las potencias?
“Si el Gobierno de Bolivia cree que la magnífica sonrisa del mandatario va a ser el argumento con el cual él se va a sentar a la mesa de los grandes, eso me parece una ingenuidad. La economía es lo que debería hacer que el gobierno del presidente Paz, el gobierno de cualquier país, piense sus posibilidades de ser un actor internacional. Mientras Bolivia no tenga definidas y certificadas sus reservas (de tierras raras y litio, por ejemplo), y además la decisión política de explotarlos, es imposible que Bolivia piense realmente en ser un jugador internacional, en tener un papel, un rol activo, protagónico en la política internacional”, dice Fajardo.
Para Del Pozo, el pragmatismo de Paz debe situarse en lo que llama la ‘teoría del realismo periférico’: “(Eso supone) que nosotros nos reconocemos como periferia del mundo. Es decir, no somos gravitantes en la política internacional, y, a partir de ello, tenemos que ejercer un no alineamiento activo. El no alineamiento activo, significa no alinearnos a ningún bloque, sino más bien tratar con los diferentes bloques que gravitan en el mundo (China, la Unión Europea, Estados Unidos), y tener relaciones, en el marco de ese no alineamiento, sin tener dependencias ni someternos a un solo bloque”.
Del Pozo además menciona que este momento debe ser aprovechado para construir algo que Bolivia nunca tuvo: una política exterior de Estado que trascienda los gobiernos. “Es un error tratar solo de tener relaciones con aquellos que compartimos credo o ideología, porque la política exterior de un Estado tiene que ser de Estado y no de gobierno”, explica. Para que eso ocurra, advierte, la construcción no puede ser solo presidencial. “Esa política exterior se tiene que construir de abajo hacia arriba, con todas las fuerzas importantes —políticas, empresariales—, para que sea duradera. Tiene que ser una política exterior que refleje los intereses de la nación. Y eso implica conversar con muchos actores: Fuerzas Armadas, empresarios, oposición. Esa es una verdadera política de Estado”.
Alvarado, por su parte, sostiene que Bolivia puede optar por modelos como el de Suiza. “Era un país pequeño en el centro de Europa, y en las dos guerras mundiales logró declararse neutral. Y esa neutralidad le ha ayudado a que se desarrolle y sea un país económicamente fuerte. Nosotros estamos en el hemisferio occidental, estamos en el área de influencia de Estados Unidos, esa es una realidad, nos guste o no nos guste. Sobre esa base, tenemos que trabajar y conversar con las potencias mundiales”, dice. Para hablar bien con las potencias mundiales, sin embargo, se necesita algo que Bolivia todavía no tiene: “Hay que tener muy buenos negociadores, que son los diplomáticos. Son negociadores, no es otra cosa. Muy buenos negociadores, que generen un clima favorable en las relaciones con las potencias mundiales”.[P]
Los socios comerciales de Bolivia
Los números del comercio exterior boliviano de 2025 revelan por qué Rodrigo Paz insiste en que la ideología no da de comer. Según datos preliminares del Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), Bolivia exportó ese año bienes por un valor de $us 9.661 millones e importó por $us 10.028 millones, lo que arroja un déficit comercial que subraya la urgencia de la apertura que predica el nuevo gobierno.
¿A quién le vende Bolivia? China es, por lejos, el principal destino de las exportaciones bolivianas con el 19,18% del total. Le siguen Brasil (12,81%), India (8,52%), Japón (7,66%) y Perú (6,03%). Cinco de los diez principales destinos son países asiáticos o de la región. Lo que Bolivia vende al mundo sigue siendo, principalmente, materias primas: minerales, hidrocarburos y productos agroindustriales concentran la inmensa mayoría de la oferta exportable. Los minerales de plata, zinc y plomo lideran las ventas a China y Japón; la torta y el aceite de soya dominan los envíos a la región sudamericana; y la carne bovina congelada —cuyo 95,83% va a China— ilustra con precisión la dependencia del mercado asiático.
¿Y de quién compra Bolivia? La mismo China que compra los minerales bolivianos es también el mayor proveedor del país con el 24,03% de las importaciones totales. Brasil ocupa el segundo lugar (14,17%), seguido de Argentina (8,28%), Chile (7,70%) y Perú (7,51%). El producto más importado es el diésel, que Bolivia adquiere principalmente de Chile, Argentina, Perú y Paraguay. Los combustibles y lubricantes representan cerca del 30% de las importaciones totales.
Los datos del IBCE no dejan margen para la abstracción: Guste o no, Bolivia, en materia de política exterior, tiene que hablar con todos. [P]