A lo largo de estos 200 años de vida soberana destacan cuatro ideales de magnitud: el Estado-nación, el estatismo desarrollista, la democracia representativa y el liberalismo. Todos fueron hilos vitales que, en distintos momentos de nuestra historia enhebraron la voluntad colectiva, para luego desenhebrarla debido al desencanto social. El mito de Penélope parece seguirnos a pie juntillas: tejemos grandes visiones, remachadas debidamente en nuestras constituciones, luego destejida en la práctica gubernamental y en la cotidianidad social -donde además nos dejamos llevar por conductas pedestres-. Y tanto en hacer como en deshacer ponemos gran empeño.
El Estado-nación fue nuestro primer ideal. La primera cumbre que nos planteamos escalar. En lo territorial representa nuestra mayor caída: nacimos con 2,3 millones de kilómetros cuadrados, las sucesivas derrotas militares nos encogieron a 1,098.377 kilómetros cuadrados. Nacimos poco más grandes que Estados Unidos (2,2 millones de kilómetros cuadrados), pero en nuestro caminar nos empequeñecimos a poco menos de la mitad; mientras Estados unidos creció descomunalmente (hoy tiene 9,8 millones de kilómetros cuadrados), nosotros decrecimos progresivamente. A pesar de ello, nuestro Estado no logra abrazar todo el territorio: tenemos un Estado gruyer, lleno de vacíos estatales sin rellenar, ajenos a su normativa. Estamos, pero el Estado no logra cabalgar todo ese ser social; más bien en muchas ocasiones ese ser descabalga del Estado o cabalga contra el Estado.
El Estatismo desarrollista sobrevino como un aluvión (dos veces) como respuesta a las crisis del liberalismo. Una primera con la revolución de 1952 protagonizada por el MNR y otra segunda en 2006 con la “revolución democrática y cultural” del MAS (amén del gobierno de la UDP). Estos dos ciclos políticos, encumbrados como el ideal destinado a permanecer en el tiempo como nuestro óptimo social, se degradaron y entraron en crisis disruptivas. La lección: el estatismo desarrollista no es una cumbre, sino un espejismo que, al final, genera más problemas de los que resuelve.
El tercer ideal, la democracia, estuvo signada por cuatro tiempos: la constitución de 1825 instauró la democracia representativa, aunque el poder político estuvo en manos de la oligarquía; en 1930-1952, los golpes de Estado y los gobiernos autoritarios debilitaron y deshabitaron la democracia; la revolución de 1952 estableció el voto universal, pero practicó el fraude electoral, se amplió socialmente en una democracia en realidad inexistente; en 1983 se encumbró nuevamente la democracia como ideal: se ascendió progresivamente en su calidad y consolidación, para luego descender con el MAS en su “desdemocratización”.
Y el cuarto ideal, el liberalismo, que tuvo un comportamiento sinuoso: en 1825 nacimos liberales; de 1883 a 1899 proseguimos liberales; de 1899 a 1920 continuamos liberales; de 1985 a 2005 volvemos al liberalismo. O sea, se trata del eterno retorno. La desgracia liberal consiste en que se plantea de todos y para todos; pero luego se desarrolla (involuciona) de pocos y para pocos, y acaba como en la antesala de 1952, favoreciendo a tres potentados: los “barones del Estaño”. El liberalismo se deforma en lo económico en iliberal: no construye “instituciones económicas inclusivas”, que ensanchan los brazos y recogen el mayor talento, sino “instituciones económicas extractivas”, amuralladas en los actores económicos establecidos y poderosos, y coludidos con el poder político liberal. Entonces la economía no va hacia arriba, sino hacia abajo como sucedió en el ciclo 1985-2005. De esta manera la pobreza acaba por vencer la generación de riqueza haciendo colapsar al régimen. O sea, un libralismo iliberal que se dispara en su propia pierna a poco de haber empezado su andadura histórica. Lección: no falla el liberalismo, fallan los actores políticos y económicos. [P]