Bolivia vuelve a la democracia multipartidaria
Las elecciones subnacionales 2026 han cerrado un ciclo y reabierto otro. Bolivia pasó, en dos jornadas electorales, de un mapa político dominado durante dos décadas por el azul del MAS a uno multicolor en todo el territorio nacional.
Los números lo certifican: 58 organizaciones políticas de distinta corriente ideológica se repartieron las 324 alcaldías en disputa, incluidas las nueve gobernaciones. Ningún proyecto –ni siquiera el del presidente Rodrigo Paz– logró imponerse, ni de cerca, como la nueva fuerza hegemónica.
El “tiempo del partido único”, como lo proclamó esta semana el jefe de Estado, quedó atrás. ¿Es noticia? ¿Es nuevo? No, ya en el pasado ocurrió algo similar.
¿Es una buena noticia el escenario que dejaron las recientes subnacionales? ¿Estamos ante una democratización real del poder o ante una feudalización de la política boliviana? ¿Cuáles son los riesgos y cuáles las oportunidades que dejan? Veamos.
El nuevo mapa
A la hora de los balances, el nuevo mapa electoral de Bolivia luce muy distinto al de 2021. Donde antes había azul –el dominio del MAS–, ahora hay una dispersión de múltiples colores.
De hecho, el nuevo mapa –y eso igualmente confirma el fin de un ciclo– se parece un poco al que arrojaron las elecciones de 2004, antes de la llegada del MAS al poder, cuando ninguna fuerza política tenía la hegemonía que presumió el partido del expresidente Evo Morales en los comicios de 2010, 2015 y 2021, cuando la marea azul dominaba gran parte del territorio nacional.
¿La conclusión? “Lo primero y más importante es que se consolidó el tránsito de un sistema de partido hegemónico, que primó las últimas dos décadas, a un sistema multipartidario de base ancha”, escribió el analista político Ricardo Paz, poco después del cierre de las urnas de los balotajes del pasado domingo, en un análisis que compartió en sus redes sociales.
“La cantidad de organizaciones políticas participantes y los resultados electorales confirman plenamente esta nueva realidad”, concluyó.
Los números lo ilustran con precisión. La alianza Patria, que compitió en más de 100 municipios, ganó solo 37 alcaldías, incluida una ciudad capital, Trinidad, con lo que quedó lejos de las 240 alcaldías que conquistó el MAS en 2021.
VOS, la agrupación cruceña de Mamén Saavedra, compitió en nueve municipios (ganó en dos) y cosechó 688.940 votos: 155.000 más que Patria (533 mil en total), con menos del 10% de la presencia territorial. La mayoría de esos votos los consiguió en Santa Cruz de la Sierra (658.510), según datos del Centro de Estudios Populi, con base en datos oficiales del Órgano Electoral Plurinacional (OEP).
Ese contraste parece resumir la nueva geometría del poder en Bolivia: la fuerza ya no se mide en extensión, sino en arraigo territorial (o lo que algunos analistas llaman “feudos” territoriales).
Ronald MacLean, cuatro veces alcalde de La Paz y exministro de Hacienda, consultado por PÉNDULO POLÍTICO, no se sorprende del todo. “Después de una época de restricciones, de prácticamente un unipartidismo en el país (...), hoy hay una participación política democrática, si quiere usted, pero no institucional”, señala.
“No hay partidos, son todas siglas nuevas que son solo pasaportes para llegar a las elecciones. Ha habido una dispersión muy grande, que no es mala. Es, digamos, comprensible, después de una época de restricción y de monopartidismo”, complementa.
El sociólogo Javier Huarachi lee el mismo fenómeno, pero con un matiz: “Estamos ante un escenario de mucha liquidez, de mucha fluidez en el proceso político”, dice él y añade: “La micropolítica se impuso a la macropolítica. Ahora estamos entre los microconsensos, entre la capacidad municipalista, entre lo muy localista, para rearticular alguna capacidad de sobrevivencia, más que de hegemonía (es decir, estamos en un periodo de) sobrevivencia política”.
El mapa regional
A nivel departamental, el cuadro se ve igualmente disperso. Patria se ha quedado con las gobernaciones de La Paz y Beni, aunque la primera con un asterisco importante: la victoria llegó tras la declinación de NGP, su contendiente en la segunda vuelta.
Ricardo Paz la califica sin eufemismos como una “victoria pírrica” que ha dejado al gobernador entrante, Luis Revilla, en “una situación de extrema vulnerabilidad”.
La Alianza Libre, del expresidente Jorge Tuto Quiroga, ganó Pando y Santa Cruz. La Alianza Unidos por los Pueblos (A-UPP), con la que se reunificaron el MAS y el “evismo” en Cochabamba, obtuvo únicamente ese departamento. Los otros cinco departamentos han quedado en manos de fuerzas distintas, ninguna con mayoría en su asamblea departamental.
“Es sorpresivo, y debe llevar a la reflexión, que un gobierno recién inaugurado presente una debilidad territorial tan marcada en su primera prueba subnacional”, escribió Ricardo Paz en referencia al desempeño del oficialismo. “La victoria de Patria en La Paz y Beni, junto a la Alcaldía de Trinidad, no configura un mapa de gobernabilidad, sino un archipiélago de resistencia”, agregó.
MacLean va directo sobre las consecuencias de la decisión del Presidente de involucrarse en las elecciones subnacionales. “El Gobierno no debía haber participado para nada en este proceso, porque es un tipo de elección diferente al nacional”, explicó. “El Presidente no debía haberse involucrado en esto, porque no tenía nada que ganar. Ya tenía toda la popularidad necesaria para gobernar, especialmente los primeros meses de su gobierno. Y solamente podía perder. Y es lo que ha pasado: ha perdido un poco de su capital político, su popularidad, porque a varios de sus candidatos les ha ido mal”, concluye él.
En el caso del MAS, la A-UPP, como ya se dijo, obtuvo un solo gobierno departamental y apenas 13 alcaldías. “La decadencia es más que evidente del otrora poderoso mandamás de Bolivia”, escribió Ricardo Paz.
MacLean matiza esa lectura y menciona que no todos los rostros nuevos son realmente nuevos: “Obviamente, hay mucha gente del régimen anterior que se ha camuflado bajo otras caretas, otros títulos, y también está participando”.
Lo genuinamente nuevo, agrega, fueron algunos liderazgos que emergieron con fuerza propia. “Han surgido nuevos liderazgos interesantes: el Alcalde electo de Santa Cruz, Mamén Saavedra, por ejemplo; la Gobernadora electa de Tarija, María René Soruco. Son nuevos actores que han dado la sorpresa de ganar elecciones con un porcentaje muy alto”, destaca.
¿Oportunidad o riesgo?
Esa es la pregunta que genera inquietud de cara al futuro. Para MacLean, la dispersión es, en el fondo, una señal saludable, la consecuencia natural tras dos décadas de monopolio.
Sin embargo, advierte: “Ahora hay que ver cómo se organizan todos estos nueve gobernadores, más los cientos de asambleístas departamentales, los 300 y pico alcaldes y los miles de concejales municipales”.
La aritmética es clara: el 69% de los municipios del país tendrá un alcalde gobernando en minoría en su concejo, según Populi. En siete de nueve asambleas departamentales, ningún partido tendrá mayoría. La negociación, en consecuencia, no será la excepción sino la regla.
“Yo creo que se puede asentar aún más la crisis institucional en el país si es que el Gobierno, el Estado –es decir, la estática social– no logra presentarnos determinados ordenadores en todo esto. Uno de esos principales ordenadores es la política económica. Pero lo que estamos viendo ahora es deleznable”, señala, al respecto, Huarachi.
Lo que el mapa exige
Bolivia vivió ya transiciones antes. Pero la que empieza en este 2026 se avizora como una figura distinta: no hay un actor que haya derrotado al anterior ni que ocupe su lugar. Existe un vacío en el centro y una proliferación en la periferia; es decir, el país no eligió un nuevo ‘hegemón’: eligió, quizás, por primera vez en mucho tiempo, no tener ninguno.
Los tres analistas coinciden, en este contexto, en señalar al primer mandatario como el actor con mayor responsabilidad en lo que viene.
Ricardo Paz fue el más explícito. El Presidente tiene ante sí la oportunidad de “reconstruir el sistema político, reaprender a vivir en democracia, concertar, negociar, dialogar” con los liderazgos emergentes, señaló a la agencia española EFE.
Sin esa inteligencia para leer el mensaje de la gente, advirtió, el jefe de Estado corre el riesgo de “no controlar el territorio” pese a presidir el Estado.
MacLean, por su parte, propone un camino concreto: repetir el “Diálogo Nacional” que él coordinó en el año 2000 en su calidad de Ministro de Hacienda, cuando cada municipio envió a la mesa de negociaciones al Alcalde, al jefe de la oposición del Concejo y a un representante indígena. “Si no, vamos a tener una dispersión muy grande y se van a perder recursos y tiempo, que son preciosos”, advierte.
Huarachi, en esa línea, señala que la verdadera la gobernabilidad dependerá de que el Gobierno asuma el rol de ordenador, no solo de la economía sino la política. “El Gobierno tendría que aparecer como un ordenador de todo esto, pero lamentablemente, por lo que se observa y lo que se ve, hay una separación entre las esperanzas que tenía la gente y las realidades que muestra el Gobierno”, lamenta él.
El sociólogo identifica además una crisis que amenaza con socavar todo lo demás: la de comunicación del Gobierno. “Tenemos la crisis económica, una crisis institucional y una crisis moral, y con este gobierno tenemos una severa crisis de comunicación”, alerta. “Y no solo estoy hablando de la comunicación a través de los medios digitales o convencionales, sino de la comunicación con las organizaciones populares”.
“El Gobierno no tiene que volverse blanco-centrista, no tiene que volverse un gobierno que solamente gobierna para una élite blanca –porque así lo entiende la gente–. Y tampoco tenemos que pasar a lo otro, al etnocentrismo. Tampoco tiene que ser así”, finaliza Huarachi.
Un “nuevo” panorama
Con todo, lo que está claro es que Bolivia va cerrando una etapa. El mapa azul que durante dos décadas dominó la política nacional ya no existe y en su lugar hay uno multicolor, complejo, difícil de controlar desde un solo centro.
Este panorama puede suponer el inicio de una democracia más madura, capaz de gestionar la diversidad del país sin intentar aplastarla. O puede suponer el preludio de una fragmentación que paralice la gestión pública en cada rincón del territorio.
La clave, coinciden los analistas, dependerá de si el gobierno de Paz aprende a negociar sin imponer, de si los nuevos liderazgos regionales construyen proyectos más allá de sus fronteras locales, y de si el Estado logra constituirse –como dice Huarachi– como un ordenador creíble en medio de tanta liquidez.
Bolivia entró en una nueva era multipartidaria. Ahora tiene que aprender a vivir en ella. [P]