¿El péndulo político nuevamente se desplaza?

¿El péndulo político nuevamente se desplaza?

Péndulo político Marcelo Arebalo Hinojosa 05/05/2026 03:18
Después de los resultados de las elecciones subnacionales (segunda vuelta) en cinco departamentos, el panorama político boliviano terminó de cristalizar una perspectiva clara.
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Después de los resultados de las elecciones subnacionales (segunda vuelta) en cinco departamentos, el panorama político boliviano terminó de cristalizar una perspectiva clara. Lo que muchos analistas apresuraron a diagnosticar como el ocaso definitivo del “evismo” tras la crisis de 2019 y la pugna interna del MAS entre “evistas” y “arcistas”, ha resultado ser, en cambio, una demostración de resiliencia estructural. 

Los resultados en Cochabamba, Tarija, Santa Cruz, Chuquisaca y Oruro no solo funcionan como termómetros regionales, sino como manifiesto de la vigencia de un proyecto político que supo reorganizarse frente a la adversidad y capitalizar el creciente descontento hacia la gestión de Paz Pereira. Como recordaba René Zavaleta Mercado, la política boliviana es un péndulo que oscila entre modernización y plebe. En este caso, el péndulo vuelve a inclinarse hacia las raíces populares.

En Cochabamba, bastión inexpugnable y laboratorio estratégico del “evismo”, se evidenció la capacidad de supervivencia de un movimiento que trasciende la sigla del MAS. Militantes, o capillas resultado de la implosión del MAS, que se presentaron bajo otras agrupaciones lograron consolidarse en poderes locales para reorganizarse y desgastar al gobierno. Esta lógica recuerda la afirmación de Antonio Gramsci sobre la “hegemonía cultural”, donde el poder no se sostiene solo en instituciones, sino en la capacidad de un movimiento de articular demandas sociales y proyectarlas como sentido común. Así, Leonardo Loza lo vaticinó afirmando que “vamos a armar inmediatamente un bloque popular entre campo y ciudad. Evo Morales en esa misma línea reforzó la idea de que nuestro instrumento político volverá al gobierno con Evo o sin Evo”. 

En Santa Cruz, la victoria de Juan Pablo Velasco como gobernador fue parte de la estrategia de Tuto Quiroga para polarizar con el “evismo” de cara a 2030. Pero el ascenso “evista”, o de sus astillas populistas, es ininteligible sin analizar el desgaste del gobierno de Paz Pereira, marcado por la crisis de hidrocarburos y leyes como la 157, que desplazan comunidades rurales y reavivan la memoria histórica de la enajenación de tierras. Esto evoca la advertencia de Karl Polanyi en la Gran transformación donde concluía que “cuando el mercado se desarraiga de la sociedad, la sociedad se defiende”. Bolivia repite estas tensiones desde la Guerra del Gas en 2003, cuando la defensa de los recursos naturales se convirtió en bandera nacional, hasta la nacionalización de los hidrocarburos en 2006, que consolidó al MAS como fuerza hegemónica. Hoy, la narrativa oficial de “capitalismo para todos” parece repetir errores del pasado, al priorizar inversión extranjera sobre inclusión social. 

La historia boliviana muestra que los liderazgos sin proyecto colectivo terminan debilitándose: así ocurrió con la UDP en los años ´80, cuando la improvisación y la falta de cohesión interna abrieron paso al ciclo neoliberal. Hegel se hace tan actual habiendo concluido que “la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa”, y el desgaste de Paz Pereira parece encaminarse hacia esa segunda fase. El golpe más duro, sin embargo, vino desde Tarija. Allí, la derrota fue estrepitosa. En Sucre, Horacio Poppe, lo responsabilizó por desperdiciar la oportunidad de consolidar una fuerza nacional, acusándolo de improvisación, de imponer decisiones que perjudicaron a sus propios candidatos y de generar un rechazo ciudadano creciente. 

Este vacío de legitimidad estatal está siendo llenado por las astillas del populismo y la narrativa “evista”, junto al poder corporativo que gobernó por 20 años. Para el votante popular y rural, el contraste es nítido: mientras el gobierno actual enfatiza inversión extranjera, el evismo apela, demagógicamente, a la soberanía, apoyo agrícola y empoderamiento indígena, que no implementó en dos décadas de poder. A pesar de la corrupción y fragmentación interna, las organizaciones sociales han mantenido cohesión y disciplina orgánica, recordando la dictadura sindical que Zavaleta describía como disciplina orgánica capaz de sustituir al Estado en territorios donde éste no llega. Esa capacidad de movilización explica por qué, incluso tras la crisis de 2019, el “evismo” no desapareció, sino que se reconfiguró como sistema descentralizado de gobernanza local.

El desempeño en las subnacionales es el prólogo de la batalla presidencial de 2030. Bolivia enfrenta una bifurcación ideológica: un modelo “socialista-indigenista” fracasado, que se niega a desaparecer, y un “capitalismo para todos”, que busca consolidarse en medio de la crisis del diésel, la gasolina y un dólar fluctuante. El reto para el “evismo” parece ser transformar su éxito regional en mayoría nacional; para Paz Pereira, la lección es clara, la estabilidad económica —que parece ya una ficción evidente— no garantiza paz social sin inclusión y democratización. 

El resurgimiento del “evismo”, o las ramificaciones del populismo, refleja una Bolivia que se resiste a volver al orden previo a 2006. La política sigue siendo cíclica y, en este momento, el péndulo parece alejarse del experimento liberal para refugiarse nuevamente en las raíces populares. El desgaste de Paz Pereira se acelera con duras críticas, que advierten que su figura ya no suma, sino resta. Zavaleta con acierto sintetizaba la esencia de la historia política de Bolivia como un país de sociedades abigarradas, y, en esa complejidad, los liderazgos que no logran articular un proyecto nacional terminan siendo devorados por la misma dinámica social que intentan controlar. [P]

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