la salida de Occidente de la historia

la salida de Occidente de la historia

Péndulo político César Rojas Ríos 05/05/2026 03:16
Occidente, como una civilización unificada, va de salida de la historia. Existe una grieta cada vez más profunda y amplia entre los Estados Unidos y la Unión Europea.
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Occidente, como una civilización unificada, va de salida de la historia. Existe una grieta cada vez más profunda y amplia entre los Estados Unidos y la Unión Europea. Hoy ambas masas continentales están separadas, filosófica y conductualmente, por un océano de profundidad inconmensurable… sobre la guerra y la paz, sobre el orden mundial, sobre el valor de la democracia y la importancia de la globalización. Y en todo este maremágnum, ¿cuál es el rol de América Latina?

Escribe: César Rojas Ríos.

 

Del talante de Donald Trump la historia empieza a devenir en histeria. El presidente de los Estados Unidos dio un ultimátum incendiario a Irán este pasado martes 7 de abril amenazando con hacer desaparecer su civilización en caso de no habilitar el Estrecho de Ormuz (“Una civilización entera va a morir esta noche”). El apocalipsis no sucedió, afortunadamente para la continuidad de la vida, pero lo que sí está sucediendo ante la vista negligente de todo el mundo es la desaparición de la civilización occidental como unidad y cosmovisión compartida. Esta es la primera baja de magnitud histórica y geopolítica en la guerra que sostienen Estados Unidos e Israel contra Irán. Hasta ahora este derrumbe civilizatorio se convierte en un objeto histórico no identificado y menos reflexionado.

La salida del Reino Unido de la Unión Europea, conocida comúnmente como brexit (un acrónimo de “Britain” y “exit”), fue un acontecimiento político que supuso el abandono por parte del Reino Unido de su condición de estado miembro de la Unión Europea (UE). Esto sucedió en junio de 2016 a través de un referéndum controvertido. Hoy se está produciendo un proceso similar donde lo que denominamos como Occidente está haciendo su salida (“exit”) no de la UE, sino de la historia: Occxit. Así lo fortuito se está imponiendo sobre lo necesario y lo que parecía sólido se está evaporando en el aire.

Acontecimiento crucial

Europa y Estados Unidos forman el núcleo energético de Occidente (a ese primer anillo lo circundan Canadá, Australia, Nueva Zelanda y América Latina, denominada por el sociólogo francés, Alain Rouquié, como el “extremo occidente”). Una guerra los fundió, en el sentido de conferirles una unidad de destino, y la guerra actual también los fundió, solo que un sentido contrario: sembró en los europeos una profunda desconfianza y un sentido de urgencia para construir una autonomía total, sobre todo militar, respecto a los Estados Unidos de Trump (EU-T). No representan más un objeto de deseo para la UE, sino se han convertido en la insoportable levedad del poder. 

La Segunda Guerra Mundial creó un vínculo intenso, fraguado en medio del estruendo de las batallas y el dolor de las bajas, entre estadounidenses y europeos para acallar esa animalidad rugiente. La victoria conjunta contra los nazis pareció sellar esa alianza debajo del cielo jubiloso de la libertad y reinstalar nuevamente la era de la razón. Luego vendría el Plan Marshall, la ayuda económica que destinó Estados Unidos para reconstruir la devastada Europa. La creación de las Naciones Unidas como un foro multilateral destinado a mantener la paz y promover tanto el desarrollo como los derechos humanos. Y la presencia amenazadora de la ex URSS, fortificada detrás de la cortina de hierro, los llevaría a crear la OTAN, una alianza militar y política para garantizar la defensa colectiva frente a una eventual tempestad nuclear, la seguridad y la libertad de sus miembros a través de la cooperación mutua ante cualquier amenaza externa. 

Hoy ese pasado está siendo pisado de manera inmisericorde por un desaforado universal que asume su mandato como una “presidencia imperial”. Primero fue la amenaza a Canadá y Groenlandia, a la que la UE supo reaccionar con templanza y sagacidad. Luego, obra desde el unilateralismo de la arrogancia para iniciar la guerra, prescindiendo del multilateralismo de las Naciones Unidas Posteriormente, fuerza a que la OTAN (previamente debilitada), o sea la UE intervenga en la guerra a pesar suyo y contra su cultura estratégica afincada en un orden mundial basado en reglas. No lo hizo, la UE tomó distancia y manifestó que esta no es su guerra. Y otra cereza desabrida en esta tarta relacional estropeada, es el abandono estadounidense de Ucrania y la sintonía temperamental entre Trump y Putin. El resultado: las orillas del Atlántico se están centrifugando hasta el punto que la UE ve en los EU-T una alteridad hostil que pretende dejar atrás años de cooperación y acompañamiento. Así no se hace amigos, más bien se genera una atmósfera de animosidad tóxica.

Agonía jadeante

Si Occidente se convierte en un espectro en retirada histórica, ¿qué implicará este acontecimiento axial para el mundo? Occidente es una unidad ideacional que ha fermentado un proyecto universal noble, que recobró el mejor espíritu de la Antigua Grecia, donde se privilegió una cultura de “hombres libres” con el sueño kantiano moderno de que la humanidad se instale finalmente en una “paz perpetua”. 

Lejos, lo más lejos posible, de la selva hobbesiana que fueron los campos de exterminio de la Segunda Guerra Mundial. En otras palabras, promover y respaldar el republicanismo, que conlleva la división del poder; la democracia, la preeminencia y participación de la ciudadanía en la definición de los asuntos comunes; los derechos humanos, que buscan el resguardo sobre todo de los más débiles y vulnerables; el medio ambiente, como cuidado del equilibrio de la casa común; el multilateralismo cooperativo, donde la voz de las Naciones Unidas cuenta y debe ser consultada; y el capitalismo, como el único sistema económico demostrado que genera prosperidad. Adicionalmente, ese tridente que amalgama industria, ciencia y tecnología.

Este ideario cristalizó en Occidente y se pretendía que avanzará por el mundo entero (globalización, hoy más parecido a un leño seco) contra prácticas estatales que reniegan de este ensamblaje fecundo o se oponen abiertamente a su cristalización. El ideario estaba respaldado militantemente por Occidente, hoy esa andadura está coja en su núcleo interno: solo descansa en la pierna robusta europea, pero los EU-T aflojó y parece encaminarse en solitario en una dirección contraria.

La primera voz de alerta en este sentido la dio el primer ministro de Canadá, Mark J. Carney. Para él el orden mundial está en una etapa crepuscular, mientras la geopolítica de las grandes potencias sin freno se encuentra en una fase auroral. Una realidad brutal librada a la imposición de los fuetes y a la subordinación de los débiles. Por supuesto Carney no aplaude esta realidad, todo lo contrario: llama a formar una coalición de las potencias medias que prosigan vivificando los valores clásicos de Occidente. “Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú”.

El fin de Occidente no será el fin del mundo, pero puede ser el fin de un mundo y el inicio de otro donde la machtpolitik vuelva a estremecer el tablero geopolítico con su puño acerado. Es posible que volvamos a estar más cerca de Mao Tse Tung, de dar un gran salto atrás, hacia inicios del siglo XX con sus afiebrados y contenciosos nacionalismos, que, de dar un paso hacia adelante, a una renovada Ilustración, que avive en este siglo XXI las luces que urgentemente requerimos para no introducirnos en un fango unánime. La globalización parecía abrirse paso en el horizonte histórico, pero ahora vemos a esos “monstruos fríos” que son los Estados-nación, pisando con sus fiera pezuñas los logros más espléndidos de la modernidad: paz, libertad y fraternidad.

Queda una brisa esperanzadora, el anhelo que Occidente resucite, y radica en que Estados Unidos al no ser Rusia, al no ser una autocracia consolidada, al ser todavía una democracia, aunque bastante desvencijada, siga la ruta de Hungría, donde el ex presidente Orbán fue depuesto por las urnas y repuesto al mando de gobierno un liberal. Esto puede (y debería) suceder en el propio en Estados Unidos por el bien suyo y del mundo. Y que lo sucedido durante el periodo Trump, como escribe el historiador Paul Johnson en Estados Unidos, su historia, sea un ciclo oscuro que se agote en sí mismo —como le sucedió con el macartismo—, sin trascendencia en el devenir de su país: puede ser que a este ciclo de locura le suceda uno de cordura, pero reconstruir diplomáticamente lo destruido llevará tiempo y buena voluntad. 

¿Estados Unidos dará ese golpe de timón? 

La “Gran Israel” y el hegemón chino

“El diablo no sabe para quién trabaja”. Eso dice el refrán y se ajusta a la perfección para describir a actual coyuntura turbulenta y tormentosa. 

Israel se mantiene por detrás de Estados Unidos, pero está capitalizando la guerra ferozmente: está ampliando sus fronteras a costa de Gaza, Líbano y Siria, en su mayor expansión territorial a partir de 1967. Están buscando establecer su amenazador y desquiciado “espacio vital”. Los UE-T no ha iniciado una guerra de conquista, pero Israel sí. El presidente Benjamín Netanyahu tiene la visión que la grandeza israelí consiste en una fórmula de suma cero: más grandes sus fronteras, más pequeñas las de sus vecinos, y así su hegemonía estaría consolidada en la región. Israel se piensa como un haz de luz que se expande, mientras sus vecinos deben quedar reducidos a ser una sombra que los rodea. 

Para Israel la guerra se ha convertido en un bien preciado: incrementa su poder y preeminencia en la región: no existe, y cada vez está más lejos de existir, el Estado palestino; pero más bien se está instalando el superestado israelí o la denominada “Gran Israel”. Para Netanyahu los EU-T es el espíritu santo que los está llevando a convertirse en el Goliat de la región, una entidad formidable; aunque los propios Estados Unidos acaben como Sansón, encadenados a una larga cadena de errores y desaciertos que lo están precipitando en el laberinto de la soledad —tan bien retratado por el escritor mexicano Octavio Paz—: el de la orfandad histórica. Al inicio de la segunda presidencia de Trump, todos corrían a sus brazos; hoy, reniegan de él como la presidenta italiana Melotti, o se mantienen a una sana distancia como los presidentes Macron y Steinmeler de Francia y Alemania, respectivamente, o directamente le plantan cara como el presidente español Pedro Sánchez (también los miembros de su gabinete lo van abandonando como granos de un reloj de arena). Es decir, el mundo va en retro de la “trumpización” a una presurosa “destrumpización” a nivel global.

Mientras la situación de China parece ser la contraria: todos los países la buscan, la cortejan. China es imprescindible en lo geoeconómico y gravitante en lo geopolítico. No tiene en el escenario un crítico militante y argumentativo como el primer ministro de Canadá. El dragón chino, al mostrarse cauto y apacible, atrae y seduce. Rusia la hizo su aliada. La UE crea una cercanía calibrada. América Latina la tiene presente en su territorio y geografía mental al igual que África. Si los EU-T pretendió minimizarla en esta competencia geoestratégica que mantienen, el tiro le está saliendo por la culata. La UE-T han parido un efecto perverso: el error en los cálculos radica en haberse entregado a una mente estrecha y arrogante, carente de todas las sabidurías posibles que es capaz de decir: “Yo sé [sobre la guerra] más que los generales”; por tanto, no cabe la sorpresa de dónde está conduciendo a los Estados Unidos. En palabras del historiador italiano Carlos M. Cipolla, extraídas de su libro Las leyes fundamentales de la estupidez humana, se trataría de “una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”.

En conclusión: la solución para estos Estados Unidos perjudicados consiste en salir de esta estupidez aposentada con inquietud dionisiaca en la Casa Blanca (bien retratado por Elliot Kaufman, consejero editorial de Wall Street Journal, en su artículo titulado Los iraníes toman a Trump por tonto). De persistir en los impromtus de Trump, su pasado será visto como auge, y su presente, como la caída del imperio americano. [P]

América Latina, ¿tiene algo que hacer y decir?

Henry Kissinger, en cierta oportunidad, le dijo al diplomático chileno Gabriel Valdés estas palabras hirientes: “No hable usted de América Latina. No es importante. Nada importante puede venir del Sur. No es el Sur el que hace la historia, el eje de la historia va de Moscú a Washington pasando por Bonn. El Sur no importa”. En su reciente libro Orden mundial, Kissinger reflexiona sobre China, India, Europa, Japón, Oriente Próximo (le dedica un capítulo a Irán, con sorprendente lucidez), Rusia muy de pasada, pero ni siquiera contiene un subtítulo sobre América Latina. 

¿Qué debemos pensar al respecto? La conclusión que podemos extraer de este enfoque sobre el sistema internacional, es que los países importantes y que verdaderamente cuentan, o es porque son colosos económicos o porque representan una amenaza colosal. América Latina, si bien consiguió un crecimiento económico sostenido durante las dos pasadas décadas, no logró alcanzar la talla de la China ni de la India, y a pesar de sus desarreglos internos, tampoco resultó siendo el Oriente Próximo. Ni coloso económico ni colosal amenaza terrorista.

¿Es América Latina importante para el mundo? ¿Qué les queda a los pueblos pequeños? El filósofo rumano Emil Cioran en Breviario de podredumbre responde caustico: “Resignarse a sí mismo, ya que fuera de ellos está toda la Historia de la que precisamente están excluidos”. Y si no lo hacen; la historia los deshace y rehace a su regalado gusto. ¿Qué es lo que vemos en el espejo de la creación de sus repúblicas? No se levantaron como potentes criaturas, más bien desde el inicio aparecen las fracturas internas. Y en sus dos siglos de independencia, o se convirtieron en un tormento para sí mismas (guerras civiles, revoluciones, guerrillas, golpes de estado, revueltas, dictaduras) o mostraron ineptitud para insertarse en los acontecimientos mundiales. No nos unificamos cuando pudimos hacerlo, cuando hizo el llamado el Libertador Bolívar, quien deseó que el pórtico de la historia se abriera de par en par para los pueblos de nuestra América. Desde entonces somos el Macondo de los infortunios y una luciérnaga con su fugaz aletear de luces geopolíticas tenues.

Hoy la historia le lanza una invitación gravitante a América Latina: la civilización Occidental, de la que forma parte, cojea de la pata estadounidense, tal vez inclusive pueda terminar renga si los EU-T sigue decantándose por la hybris, y entonces a América Latina le toca asumir el relevo civilizatorio, literalmente poner el otro pie junto al pie europeo para reequilibrar Occidente. No solo por el bien de Occidente, sino para sostener el cauce a la pacificación y la sostenibilidad del mundo; porque ni Rusia, ni China, ni Oriente Próximo, portan un ideario universal más noble y fraterno que el occidental. Y esto se debe a que se trata de una fruta que maduró al sol lento de muchos inviernos históricos. [P]

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