Fórmula Iñárritu
Después ganar cuatro Oscar con ‘Birdman’, Alejandro González Iñárritu sigue=batallando su particular “guerra a muerte por lograr una buena película”
Después ganar cuatro Oscar con ‘Birdman’, Alejandro González Iñárritu sigue=batallando su particular “guerra a muerte por lograr una buena película”. Ahora se enfrenta a su primera obra histórica con 'The Revenant'. Más sincero que nunca, en este encuentro el director mexicano deja claro que no le gusta darse por vencido.
La noche es clara en Calgary. En el centro de la ciudad, a la altura del piso 25 de un cortante edificio de cristal y acero, Iñárritu, harto de hoteles, ha instalado su vivienda. Es un apartamento de tonos marrones, aséptico y funcional. Apenas hay detalles personales a la vista, aunque los muebles, sin estridencias, denotan una confortable provisionalidad, perfecta para un nómada que ha bajado del todoterreno que le trae del rodaje, en calcetines y hablando de México y Octavio Paz. Ahora, ya en la estancia, Iñárritu se ha servido un campari con mucho hielo, ha sacado un cigarrillo electrónico que ha conectado al mac y se ha reclinado en un alero del sofá para responder a las preguntas del periodista. Sus frases son articuladas; la voz, grave y fuerte, arrastra una modulación radiofónica, pero suena sincera. A veces, antes de hablar, medita. Largos segundos hasta que cincela la idea. Y entonces la desgrana con seguridad.
–¿Cómo explica su éxito??
–Es difícil de explicarlo, yo no puedo ser objetivo. En un mundo donde la ironía reina, donde hay que separarse, protegerse y reírse de cualquier cosa que sea honesta o tenga una carga emocional, yo apuesto por la catarsis. Me gusta invertir emocionalmente en las cosas. Y la catarsis, cuando toca la vena emocional, tiene la posibilidad de abrir las puertas incluso de quienes se protegen.?
–Aunque Birdman desborda humor, sus personajes se mueven en la amargura. ¿Es usted pesimista, está desencantado??
–La inteligencia puede definirse como la posibilidad de poseer dos ideas opuestas simultáneamente y tener la capacidad de operar. Yo soy dos piernas con una contradicción constante cuyo resultado es mi obra. Me puedo drenar rápidamente y llenar de un vacío existencial. En ese sentido, soy un hombre que observa más las pérdidas que las ganancias, estoy obsesionado con la pérdida, porque me duele perder lo que he tenido.
El vacío y la pérdida. Iñárritu ha empezado a dar golpecitos con el dedo índice al cigarrillo electrónico, de aspecto galáctico. Aspira, da otro golpecito, aspira. Pero nada. No funciona. Riéndose de su fracaso, lo vuelve a conectar al mac y se toma un trago de campari. “Probaremos luego”. Iñárritu no parece darse fácilmente por vencido. Quienes le conocen dicen que nunca lo hace. Quizá sea herencia de su padre, un banquero que se arruinó y se rehízo vendiendo fruta, o de su propia experiencia iniciática, en la que conjuró un amor cruzando el océano. Sea lo que sea, desde aquel instante no dejó de estar en movimiento. Tras sus aventuras por Europa y el norte de África, regresó a la Ciudad de México para ensayar la carrera de Comunicación, aunque muy pronto eligió otros derroteros. Fue locutor de radio, dirigió la estación musical número uno en el DF, y se volcó en la música (“soy más musicólogo que cinéfilo”, dice). Pero ni tener banda propia ni componer para seis películas le dio paz. No era un virtuoso. El perfeccionismo, esa pulsión que le permite rodar a 30 grados bajo cero, chocó contra él mismo. “Tengo los dedos torpes”, confiesa.
El cine se le apareció como única salida. Anuncios, cortometrajes, televisión. Poco a poco descubrió que tenía un talento natural para un mundo en el que no existían antecedentes familiares (“salgo de mí mismo, soy una flor extraña”). Las horas pasadas en la Cineteca Nacional empapándose de neorrealismo italiano, el ADN de su cine, hicieron el resto. Estudió dirección teatral con el legendario Ludwik Margules, un tiránico maestro que le inculcó la necesidad de tener bajo su bota cada milímetro de la escena y de hacerlo con un espíritu renacentista. “Nada puede escapar, todo es responsabilidad mía, de todo he de saber”. El demiurgo empezaba a despuntar. La alianza con el guionista Guillermo Arriaga culminó este proceso. En 2000 se estrenó la desgarradora Amores perros, luego vinieron 21 gramos (2003), Babel (2006), Biutiful (2010) y ahora Birdman. La escalera le llevó cada vez más arriba. La huella del carguero Toluca iba por delante. Memphis, a orillas del Misisipi, Barcelona o Marruecos fueron el escenario de sus películas. “Aquel viaje me marcó para siempre”.
Aupado por los premios, entre ellos el de mejor director en el Festival de Cannes por Babel, el mexicano se volvió un artista codiciado por los gigantes de la pantalla, se erigió en la cabeza visible de una camada que, junto con sus amigos Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro, ha pulverizado todos los techos para los creadores hispanos. “Pero no es un boom, hay una sincronía, una generación que comparte un espacio de la cinematografía y que además es amiga. Lo del boom está tan desgastado, el boom siempre trae un tum-tum-tum, como el final de una canción…”. En este camino ascendente se fue a vivir a Los Ángeles, rompió sonoramente con Arriaga y avanzó en la madurez. En el camino también cruzó la barrera de los 50 años. El tiempo empezó a agostarse. Su mirada volcánica se serenó. Pudo sentarse, como él mismo explica, “a la orilla del río a ver el flujo desbordante de los pensamientos y sentimientos”.
–¿Le influyó mucho cumplir 50 años??
–Decían que los 40 eran duros, aunque yo ni me di cuenta cuando los pasé. Pero con los 50 entré en una melancolía profunda. Aún sigo navegando en esa nube en donde se empiezan a apagar las luces de la fiesta.
?–Todo se vuelve pasado.?
–La fiesta se va a acabar. Pero no me preocupa el pasado, sino lo que voy a perder, nuevamente.
Birdman es hijo de ese crepúsculo. A medida que se acercaba al medio siglo de vida, Iñárritu buscó puerto en la meditación zen. Hizo un retiro. Observó sus voces internas, sobre todo, esa que le convierte en el centro del universo en los rodajes, desde la que irradia el magnetismo que le reconocen sus amigos. “Esa voz inquisidora”, explica el director, “a la que llamo el Torquemada interno, un tipo al que le presentas cualquier caso y te mandará al fuego, un terrorista con el que no hay negociación posible”. Fue esa voz la que dio la clave de Birdman.
Sobre su huella construyó una película casi experimental, asentada sobre gigantescos planos-secuencia, que se mueven continuamente al borde del precipicio. Una comedia agridulce (“a non funny comedy”, bromea el director) que tiene mucho de repaso vital: un actor que años atrás alcanzó el estrellato por interpretar a un superhombre lo apuesta todo con una obra de teatro en Broadway, pero a medida que se acerca la hora del estreno, ese hombre, de más de 50 años, atormentado por su voz interior, se enfrenta a su pasado, a su familia, a sí mismo. A la perplejidad del arte.
“Birdman es una película que tiene alas que me han liberado. He cambiado la forma de abordar los temas, pero estos siguen siendo los mismos: quién coño somos, qué significado tiene y de qué trata esta vida. Es una película para todos los que sentimos eso. Habla de la necesidad de reconocimiento, de confundir la admiración con el amor; de entender ya demasiado tarde que era amor lo que tuvimos y que no lo supimos, y que eso era lo único que necesitábamos tener. Los seres humanos somos criaturas patéticas y adorables. Todos tenemos algo de Birdman”.
El director se ha puesto un segundo campari. Dice que le abre el apetito. Durante la conversación han traído la cena. Solomillo con espinacas. Los platos aguardan a ser recalentados en el horno. A lo largo de la entrevista, Iñárritu habla con convicción. No gesticula demasiado. Sólo en ciertos momentos, enfatiza sus palabras con un golpe de manos. Ocurre al tratar la crisis de los 50 años, los amores perdidos, al analizar los problemas de México y el cinismo de Estados Unidos, que vende las armas y compra las drogas a su vecino del sur. Pero también sazona sus contestaciones de humor. Entonces sonríe abiertamente, busca la complicidad con la mirada. En ningún momento parece cansado. Su voltaje es constante. No hay bajones. Ni siquiera cuando entra en los meandros de Birdman. En la obra no sólo se representa otra obra (De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver), sino que, en un juego de espejos, el actor principal, Michael Keaton, que se hizo famoso por haber interpretado Batman, en la película representa a Riggan Thompson, conocido por haber encarnado a Birdman. La ficción, la realidad y la metarrealidad se superponen, como muñecas rusas, en la cinta.
–¿Qué buscaba al escoger a Keaton/Batman para interpretar a Riggan Thompson/Birdman??
–La metarrealidad que Michael Keaton agregó a la película era muy importante, pero también un factor de alto riesgo. Y no fue el único, Edward Norton tiene la misma reputación que el personaje que interpreta, el actor de Nueva York que ha estado en la escena del teatro, pesado, dominante y sobreintelectualizado. En el plató reinó eso: el gozo de poder representarse a uno mismo desnudo y sin vergüenza. Se abordó de una forma honesta, no intelectual, no irónica. Esta película es sincera. Yo estoy ahí dentro y esas son mis miserias, mis realidades. Yo he sido todos esos personajes. O he sido yo o he trabajado con ellos o he sido víctima suya. Ese ha sido mi mundo. Esa fue la apuesta. Y son elecciones reales, no es el actor interpretando a los actores fallidos; no, es el actor que ha pasado por eso.
–¿Y cómo fue el rodaje con esos planos-secuencia tan largos??
–Fue extremadamente meticuloso y arriesgado, porque si fallaba no había forma de esconder mi mierda. Iba a quedar expuesta. Pero curiosamente por la misma efervescencia e inseguridad del proceso, hubo un gozo que yo no había conocido. Por primera vez me reía a carcajadas en el plató. E incluso sentía culpa. Me decía: “¿Cómo puedo disfrutar en un set si esto es trabajo?”. Yo tengo un concepto protestante, en el trabajo no se ríe uno. Pero en esta ocasión, fue una liberación.?
–¿Improvisa o va con la idea ya totalmente fija??
–Tengo dos virtudes. Una es el concepto. Veo con precisión todo lo que no debe ser y lo que debe ser. La segunda es el ritmo. Para mí el ritmo es Dios. Sin ritmo no hay danza, ni arquitectura ni música… Las estrellas tienen un ritmo, el universo está rítmicamente ordenado, el arte es la palpitación de ese ritmo y, si no lo tienes, es imposible crear algo. Ese ritmo lo poseo. Suena abstracto e idiota, pero cuando pongo una escena sé naturalmente cuándo debe haber un espacio entre una palabra y la otra; sé cuánto tiene que estar separado un actor del otro y de la cámara, sé qué lentes debe usar, sé si debe estar más arriba o más abajo, sé la velocidad…
Iñarritu sobre Michael Keaton
El director de 21 gramos y Amores perros calificó como “irónico” que Birdman le haya brindado el reconocimiento. Iñárritu, conocido cariñosamente como El Negro, se refirió al personaje que interpreta Michael Keaton.
Michael Keaton me preguntaba: ‘para ti Reagan Thompson, ¿es un buen actor o un mal actor?’, y yo le decía que no sé si es malo o bueno, para mí es un artista que tiene una necesidad de decir algo que no sabe cómo articularlo, pero que tiene mucho qué decir y lo tiene que descubrir”.
Tan lo pudo entender y asimilar que la forma en que, desde el acuerdo que hicimos, fue que lo interpretara no desde la ironía sino desde el lugar de la compasión”, dijo el cineasta al defender el trabajo de quien interpretó a Batman.
Michael está por encima de esa percepción que todo el mundo tiene de que él durante 20 años estuvo en un lugar oscuro esperando otra vez la luz de la popularidad; y que, de pronto, este momento le llega”.
| González Iñárritu, sus inicios Empezó su carrera profesional en 1984 como DJ en la emisora de radio mexicana. A partir de 1988 se dedicó a componer la música de algunas películas mexicanas, entre ellas Garra de tigre (1989). Estudió cinematografía en Maine bajo la supervisión del prestigioso director Ludwik Margules, y en Los Angeles bajo la de Judith Weston. En la década de 1990 ya estaba a cargo de la producción de Televisa, una compañía de televisión mexicana. A los 27 años, González Iñárritu se había convertido en uno de sus más jóvenes directores. En 1991, después de Televisa, creó su propia compañía, Zeta Films, que producía publicidad y cortometrajes así como programas de televisión. Comenzó a escribir y rodar anuncios televisivos. Su primera película de media duración, Detrás del primero, la produjo Televisa y contó con la actuación del español Miguel Bosé. Junto al guionista Guillermo Arriaga proyectó el rodaje de 11 cortos en los cuales pretendía reflejar las contradicciones que oculta México D.F. Después de tres años y treinta y seis borradores, acabaron uniendo tres de estas historias en un largometraje: Amores perros (1999). |