Más que visible
En noviembre del año pasado Mark Strand murió en Nueva York. En esta entrevista inédita, concedida en 2012, el poeta canadiense desplegó el mismo fino humor y sentido de la ironía presentes en muchos de sus versos
Tímido y amable, el poeta construía las frases como sus versos: eran cortas, claras, certeras. “Cool” era una palabra que le describía perfectamente, pero en la que quedaba por fuera su sensacional sentido del humor. Odiaba darse importancia y quizá por ello al ponerse a escribir Casi invisible (Visor) evitaba hablar de poemas. Sobre ese libro giró la conversación y en él se encuentra “El poema del poeta español”, una última broma cargada de sentido del irónico Strand, que leía con su voz grave y una media sonrisa, seduciendo al público: “En un cuarto de hotel en algún lugar de Iowa, un poeta americano, cansado de sus poemas, cansado de ser un poeta americano, se acomoda en su silla e imagina que es un poeta español, un viejo poeta español…”.
¿La poesía siempre está pensada para ser leída en voz alta? ¿Es esa una de sus ventajas frente a otros géneros??
La poesía ha existido durante mucho tiempo, pero no está claro cuánto placer ha proporcionado a las masas. El poeta, mientras escribe, lee en voz alta los versos, prueba su musicalidad. El sonido de la poesía debe ser apreciado porque es parte del significado, el vehículo para el sentido. El poeta quiere seducir al lector para que preste atención y sacarle del día a día y hacerle entrar en el mundo del poema. Ese mundo debe establecer un ritmo distinto del que ofrece el mundo exterior. Es una forma gentil de enganchar.
¿Crea así un particular espacio de reflexión? ¿Funciona el poema como un espejo? ?
Los poemas pueden ser reflexivos y pueden inspirar a la reflexión, pero también pueden no significar nada, ser simples y ligeros, pueden ser algo grato para el oído. Una música verbal que no necesariamente debe tener sentido. Olvidamos que el poema es, en primer lugar y sobre todo, una experiencia, no tiene que ser un vehículo de significado. ¡En el mundo experimentamos tantas cosas que no entendemos! Se puede rechazar o aceptar esa experiencia sin un conocimiento de qué es exactamente lo que hemos experimentado.? Pero, además, un poema es una obra de arte; no es algo vivo. Alguna gente espera más de la poesía. Afortunadamente para ellos casi todos los poemas contienen significados, porque es casi imposible no decir algo cuando se usa el lenguaje. Sin embargo, la valoración de un poema no tiene que ver necesariamente con esto, está fuera de ese significado. Ahí es donde reside la experiencia del poema.
¿Lo que vuelve vivo a un poema es esa réplica de la vida, con sus experiencias inconexas? ?
Lo que uno experimenta en un poema es la identidad del poeta y su representación del mundo: se juntan. El poema existe en ese espacio mínimo, diminuto, en el que el mundo y yo nos encontramos. El mundo está insuflado del carácter de la persona, y el carácter está afectado por la presencia del mundo.
Le gusta hablar de Casi invisible como de un libro de piezas en prosa. Si las llamáramos poemas, y habláramos de ese espacio diminuto, ¿dónde estaba y cómo era el mundo cuando lo escribió??
Pude escribirlo porque estaba bajo la ilusión de que escribía prosa. La poesía era demasiado difícil. Mi insatisfacción con los poemas había llegado a tal punto que no me apetecía trabajar en ellos. Escribir poesía me había agotado. Las piezas en Casi invisible, aunque todo el mundo las llama poemas en prosa, fueron para mí un escape de la poesía. No creo que hubiera podido escribirlo si hubiera pensado que eran poemas. No he sentido presión mientras trabajaba, apenas las reescribía dos veces, algunas ni las toqué. No me preocupaba la cadencia o la longitud de los versos, las estrofas, o la densidad de mi idioma. Me permití ser tan prosaico y tan humorístico como quisiera, sin preocuparme de si era o no poesía. Simplemente me sentía más yo escribiendo piezas de prosa. Y el libro parece tener una variedad más grande en su tono, algunas piezas son parábolas, otras casi bromas, otras son cuasipoemas, otras son satíricas. Adoptan distintos disfraces. La otra cosa que me importó es que debían estar bien escritas y debía haber variedad. No me importaba la unidad en el tono o en el punto de vista, algo que suele ser importante cuando se reúne un conjunto de poemas en un libro.
Sin embargo, existe esa unidad de tono y de punto de vista. ?Ineludible.
¿Quizá porque fue escrito en un tiempo muy concreto? ?
Lo hice en ocho meses y representa ese tiempo. Fue una de las cosas en mi vida que parecían ir bien. Había otras cosas también, pero estaba muy contento de levantarme en la mañana y escribir otra pieza. Si tenía que tirar una no me dolía, porque había otra esperando a la vuelta de la esquina.
¿Aún los llama piezas en prosa??
Pienso en ellos así, pero no me molesta que los llamen poemas. Supongo que lo son. Me doy cuenta ahora de que me han hecho expandir lo que considero que es poesía.
¿Y el humor?
?Lo que mejor hago es la ironía, ser irónico está relacionado con mi escepticismo. Soy simplemente escéptico.
¿Cambió con este libro su método de trabajo?
?Hice algo que no había hecho nunca. Empecé anotando títulos que me parecían interesantes. Usé muchos de ellos. Normalmente cuando escribía “poemas” me rebanaba la cabeza buscando un título que podía acabar siendo algo tan banal como “La puerta” o “La noche”. Pero estos títulos eran más originales. No me censuraba antes de escribir, lo escribía y veía si funcionaba. La pregunta no era si sonaba bien; incluso aunque no sonara bien lo conservaba, lo usaba, y quizá más adelante lo desechaba.
Han pasado seis años desde que publicó su anterior poemario. ¿Cómo conecta este libro con Hombre y camello??
Hay similitudes porque yo sigo siendo la misma persona que era cuando escribí ese libro. Pero, simplemente, si los abres verás que no tienen la misma pinta. Hombre y camello es variado, con humor y cosas serias, pero contiene casi el doble de piezas, 47, y podrían haber sido 52 si no hubiera tirado unas cuantas. O si no me hubiera cansado y hubiera necesitado unas vacaciones. Ahora he vuelto a empezar. En fin, creo que confundirá al público. Esto me divierte.
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Sobre la entrevista Mark Strand (Isla del Príncipe Eduardo, Canadá, 1937 - Nueva York, 2014) llegó a Madrid a finales de 2011 con un nuevo libro de poemas y un montón de papeles pintados. Los papeles los traía del taller de Hell’s Kitchen donde retomó su pasión por la pintura; con ellos elaboraba collages. Los poemas los había escrito en ocho meses, durante un sabático como profesor de la Universidad de Columbia, mientras le daba vueltas a la idea de escribir un libro sobre su padre –ejecutivo de Pepsi afiliado al partido comunista–. Habían pasado seis años desde que publicó Hombre y camello y ocho más desde Tormenta de uno, el libro con el que obtuvo el Premio Pulitzer de poesía. |