El estante de abajo
En la literatura, como en la vida, se puede discriminar sutilmente. La autora de The Wife explora el tenue entramado que relega a un segundo plano la ficción escrita por mujeres.
Me pregunto si la novela de Jeffrey Eugenides, The Marriage Plot, con ese título y con ese anillo de bodas en la cubierta, habría recibido la misma atención literaria de haber sido escrita por una mujer. ¿O esta novela (que por cierto amé) habría sido relegada al pequeño estante de abajo, el de la “ficción femenina”, donde los libros sobre las relaciones y la vida íntima de las mujeres son usualmente desterrados? Se esperaba que The Marriage Plot, la primera novela de Eugenides desde que le concedieron el Premio Pulitzer por Middlesex, recibiera una considerable atención de la crítica a pesar de su tema. Pero la protagonista femenina, el tono a veces nostálgico, la gracia de la prosa y el énfasis que hace el libro en las relaciones recalcan el hecho de que muchas novelas de primer nivel escritas por mujeres, sobre vidas de mujeres, no encuentran la forma de escapar a la categoría “ficción femenina”. Solo dan el salto al estante de arriba cuando, al ser escritas por hombres (y también por ciertas mujeres, de las que hablaré más adelante), son ampliamente difundidas y admiradas.
Es un asunto delicado. Traer a colación la pregunta sobre lo femenino –me refiero a la pregunta sobre la literatura femenina– es como mencionar la deuda externa durante un evento social. Algunos se molestarán e insistirán en que al respecto se ha hablado mucho pero sin profundidad; otros pensarán que es un tema de mucha importancia.
Cuando me refiero a la llamada “ficción femenina”, no uso el rótulo como ha sido usado muchas veces: para describir un tipo de novela de lectura rápida, escrita exclusivamente para un público de mujeres acostumbradas a ese tipo de libros. Hablo de literatura que casualmente ha sido escrita por mujeres; porque algunas personas, sobre todo algunos hombres, ven estos libros como algo que no tiene nada que ver con ellos.?? Hace algún tiempo, en una gala social, un hombre se enteró de que yo era escritora y me preguntó: “¿Habré oído de ti?”. Le dije mi nombre con timidez y como no me reconoció –está bien, no soy tan famosa– le hice una sinopsis de mis novelas. “Ya sabes, son sobre cosas contemporáneas, a veces tratan sobre matrimonios, familias, sexo, deseo, hijos y padres”. Después de algunos minutos él llamó a su esposa anunciando que era con ella, que “lee ese tipo de libros”, con quien yo debía hablar. Al recordar ese encuentro siento que perdí una oportunidad. Cuando alguien pregunta: “¿Habré oído de ti?”, muchas novelistas estarían tentadas a responder: “En un mundo más justo sí”.??
La verdad es que las escritoras, por lo general, se ven a sí mismas inmersas en un mundo injusto (a pesar de que muchas jóvenes solteras ganen más que los hombres en la mayoría de ciudades norteamericanas y de que la educación superior en Estados Unidos tenga un claro sesgo femenino). VIDA, una comunidad literaria femenina, mostró en su segundo balance anual de estadísticas que las mujeres reciben muy poca atención como críticas y sus libros no son objeto de análisis en muchas publicaciones prestigiosas. Encontraron además que, de todos los autores mencionados en las publicaciones, cerca de tres cuartas partes eran hombres. No es una sorpresa que solo hablemos de hombres cuando queremos mencionar a los principales novelistas –aquellos que despiertan pasión e interés, cuyos lectores pertenecen a ambos sexos–.??
Buscando en Amazon encontré una categoría llamada “ficción femenina”, en la que aparece mi nombre junto al de Jane Austen, Sophie Kinsella, Kathryn Stockett, Toni Morrison, Danielle Steel y Louisa May Alcott (sobra decir que Amazon también nos clasifica en otras categorías). Si hay un tema o un estilo común entre nosotras, es difícil de encontrar. Amazon también ubica de vez en cuando a un hombre dentro de esta categoría. Tom Perrotta está ahí, y también Jonathan Franzen (con la edición de Libertad del Club de Lectura de Oprah), lo cual debería proporcionar más razones a aquellos que se quejan de su ubicuidad. Ambos hablan sobre relaciones y la vida en los suburbios. ¿Será por eso que están ahí???Amazon tan solo está tratando de ayudar a los lectores a encontrar los títulos que quieren. Pero cualquier categorización de escritores por su sexo, o por un supuesto tema femenino, no solo es discriminatoria sino que también aleja a las escritoras de encontrar un público mixto, o de entrar en el amplio y más influyente campo de juego. Ocurre todo el tiempo, y no solo con extraños en reuniones sociales, o con libreros que no tienen problema en reducir complejas novelas escritas por mujeres a la categoría de “ficción femenina”. La misma editorial puede hacer parte de un proceso de segregación vago y efectivo, así como de un impremeditado menosprecio. Tan solo hay que mirar algunas de las cubiertas de novelas escritas por mujeres: ropa colgada en una cuerda, una pequeña niña inmersa en un campo de flores silvestres, un par de zapatos en una playa, un columpio vacío en el porche de una vieja casa amarilla.
Comparemos esto con la cubierta, pletórica de letras, de El arte de la defensa, de Chad Harbach, o con los enormes caracteres de Las correcciones, de Jonathan Franzen. Esas portadas, según un publicista de libros con el que hablé, les dicen a los lectores: “Este libro es importante”. El anillo de bodas de Eugenides puede parecer una excepción, pero tiene una abstracción geométrica: la cinta de Moebius sugiere que en el fondo hay un rompecabezas irresoluble tipo Escher. La ilustración pudo haber sido más convencional y haber incluido los finos dedos de una mujer, si no hubieran pensado en el libro como un éxito literario. ??Tomé clases de semiótica en la Universidad de Brown, en el mismo apogeo deconstructivista en el que surgió la novela de Eugenides (él y yo asistimos juntos a un taller de escritura). No necesito recordar nada de significantes para entender que, así como las masculinas letras en negrilla, las cubiertas femeninas constituyen un código. Ciertas imágenes, ya sea que sinteticen algún tipo de pobreza nostálgica tipo Walker Evans o echen un vistazo a una domesticidad acolchada, están orientadas hacia mujeres tanto como lo están las propagandas de calcio y vitamina d. Bien podrían tener un letrero enorme con las palabras: “¡Aléjense, hombres!, ¡mejor vayan a leer a Cormac McCarthy!”.
A veces pienso si la longitud de los libros señala a los lectores la supuesta importancia de una novela. Algunos novelistas que han alcanzado altos perfiles literarios, como David Foster Wallace, Haruki Murakami y William T. Vollmann, han publicado libros muy largos, de más de mil páginas en los casos de Wallace y Vollmann. Con notables excepciones, las mujeres no han publicado muchos libros que puedan servir de trancapuertas y hayan tenido algún reconocimiento desde El cuaderno dorado de Doris Lessing. Vivimos no solo en la era del déficit de atención sino en la era del club de lectura, cuyos miembros suelen tolerar un estricto límite de páginas. Aun así, el mercado, sutil y paradójico, parece susurrar a los oídos de algunos hombres: “Claro, amigo, escribe tanto como quieras, solo siéntate y redacta todas tus ideas sobre Estados Unidos”, lo que en algunos casos extremos puede llamarse “El enorme y largo libro acerca de mí”. ¿Será que las mujeres se editan (o se dejan editar) con más severidad, dando a luz apretadas novelas que los miembros de los clubes de lectura encontrarán accesibles? ¿O simplemente ellas no convierten la longitud del libro en un fetiche? (Y en ese sentido, ¿los hombres que escriben libros gruesos dirán que solo estaban dejando que el contenido encontrara su forma?)??Todo esto no es para decir que los megalibros son mejores; en su profusión tal vez es más factible que sean peores. Pero en definitiva hacen más ruido. Por décadas, las grandes obras arquitectónicas de la literatura han sido emprendidas generalmente por hombres, mientras que los “trabajitos manuales” han sido el campo de las mujeres. No sorprende que la precisión de las historias breves permita a los críticos celebrar los logros femeninos con comodidad, incluso celebrarlos con entusiamo, como en el caso de Alice Munro. Pero en general una colección de cuentos es considerada un animal más silencioso que una novela, y es a veces juzgada por algunos como el trabajo de alguien que carece de la desbordante confianza de un novelista.??
Tengo la sensación de que, así como la mayoría de los hombres, la mayoría de las mujeres escriben tan largo como quieren escribir, aunque no siempre reciben la misma recompensa. Hombres como Ian McEwan y Julian Barnes han escrito, en años recientes, libros muy cortos, que han sido leídos y apreciados por un gran público. Si una mujer escribe algo corto hoy en día, más aún, si es sobre mujeres, se arriesga a que ello sea considerado un trabajo menor. Aunque, por otro lado, si una mujer escribe un libro muy largo, lleno de asociaciones libres sobre la vida y el amor, la infancia y la guerra, chistes, recetas e incluso una novela dentro de la novela, o cualquier cosa que pueda caber dentro de esa infinita membrana elástica, se arriesga a ser etiquetada como indisciplinada y autoindulgente.
| QUIÉN LEE A QUIÉN Quién lee a quién, y cómo, fueron algunos de los asuntos tratados en el brillante ensayo de Francine Prose, “Scent of a Woman’s Ink”, publicado en Harper’s Magazine en 1998. Allí se hizo un experimento para probar que cuando apartas la etiqueta del género no es tan fácil identificar al autor por su sexo. “La ficción femenina sigue siendo leída de forma diferente, con el usual prejuicio y las preconcepciones”, escribió. Al hacerlo, ilustró el continuo sesgo crítico en contra de las mujeres. “Desearía poder decir que las cosas han mejorado drásticamente desde mi pieza en Harper’s”, me dijo Prose, “pero no es cierto”. No hace mucho, cuando la novelista Mary Gordon habló en un colegio masculino se enteró de que los estudiantes no conocían a las hermanas Brontë, a Austen o a Woolf. Sus maestros argumentaron que estaban buscando textos con los cuales los estudiantes pudieran relacionarse. Pero en el colegio de mujeres que queda enfrente, dijo Gordon, “nadie soñaría siquiera con sacar Las aventuras de Huckleberry Finn o Moby Dick del programa de clases. |
| LITERATURA, MUJERES Y MOMENTO HISTÓRICO Los personajes importan mucho, y las novelas que involucran padres y niños pequeños parecen considerarse, en una primera instancia, como potencial provincia sentimental de una mujer. Excepto, por supuesto, cuando esos padres e hijos son hombres, como en el caso de La carretera de Cormac McCarthy o Tan fuerte, tan cerca de Jonathan Safran Foer, dos libros en los que el dúo padre-hijo ha sido celebrado con entusiasmo por lectores de ambos sexos.??Algunas de las más aclamadas novelistas han escrito sin arrepentimiento y con autoridad acerca de mujeres. Pero el ambiente debe ser receptivo a esa autoridad, debe reconocerla y celebrarla para que la novela funcione. No parece una coincidencia que algunas de las más estimadas escritoras hoy en día –Toni Morrison, Joyce Carol Oates, Margaret Atwood, Doris Lessing, Marilynne Robinson– alcanzaran notoriedad en un momento inusual de la historia en el que el movimiento de mujeres podía sentirse en todas partes. |