Literatura yonqui
Segunda entrega de un recorrido de las drogas en la literatura, del escritor Pablo Cerezal, artículo que fue publicado originalmente en la revista digital “Frontera D"
Rimbaud
Arthur Rimbaud (1854-1891), elenfant terrible por antonomasia, el joven anarquista de la palabra y la vida sin cuya existencia la de la poesía estaría claramente a la baja, o seguiríamos declamando cosas del tipo “Brilla el sol de septiembre radiante / reflejando la gloria inmortal / del gran pueblo que firme y constante / fue el primero en la lucha marcial”. Sí, lo sé, estos “versos” forman parte del Himno de Cochamba, pero es que hay algunos que lo consideran poesía… espero que nadie se ofenda por este exabrupto Al caso: si Baudelaire inauguró el malditismo literario, Rimbaud, sencillamente, inauguró la poesía moderna.
Rimbaud, efebo maligno, delicuescente magnificador del exceso, a pesar de amar la poesía de Baudelaire, le llevaba la contraria enalteciendo la alteración de las condiciones naturales de la vida humana por todo medio a su disposición. Así fue que desordenó sus años adolescentes, aquellos en que se dedicó a la escritura, con todo tipo de sustancias intoxicantes, del láudano al hachís, pasando por la absenta, obsesionado con agudizar hasta el extremo todos los sentidos. “Caer en el abismo, cielo, infierno, ¿qué importa? / al fondo de lo ignoto para encontrar lo nuevo”. ¿No es acaso este deseo común a todo el que escribe, e incluso a todo el que aspira a abandonar la vida asegurando haberla vivido? Y, por si acaso el deslumbrante torrente verbal y sensorial de sus Iluminaciones y suTemporada en el Infierno lo dejaban poco claro, el poeta insistió, en susCartas del Vidente, al exclamar: “Yo es otro”. Eso, amigos, y nada más, es o puede ser la Poesía. Allá quien no lo comprenda.
Rimbaud puso punto a final a la más influyente obra poética de la historia conocida a la edad de 20 años. Por aquel entonces ya había experimentado en su cuerpo los efectos de toda droga disponible en la época, todo ello con el ánimo, como digo, no ya de escribir sino de vivir al extremo. Objetivo logrado.
En ambos casos, encontramos que la utilización de sustancias psicoactivas potencia la sensibilidad de los autores, llevándoles a liberar la pluma de los estrictos corsés de la realidad impuesta y el academicismo. Como decíamos al principio: ambos logran salir de la realidad que les impone la sociedad para poder recrear esa otra realidad en que habitamos todos: la verdadera, la que no confesamos al prójimo, la que sufrimos y gozamos.
Siguiendo con mi personal periplo por los viajes psicoactivos de literatos famosos, pasaríamos de estos dos fenómenos, saltando casi un siglo de Historia, para llegar a la egregia locura de Antonin Artaud. Pero sería de mal gusto ignorar, en el ínterin, la adicción a la cocaína de Robert Louis Stevenson (1850-1894), que daría obras tan jugosas y dignas de estudio como El extraño caso del Doctor Jeckyll y Mr. Hyde, paradigma de la esquizofrenia del hombre moderno, o el infierno opiáceo de Jean Cocteau(1889-1963), cuyo intento de desintoxicación narró memorablemente en la obra de nombre homónimo a tal sustancia.
Artaud
Antonin Artaud (1896-1948), decía, el enajenado por excelencia de la literatura, el terrorista del clasicismo y la estrechez de miras, el padre de todo lo que puede considerarse Teatro Moderno, gracias a los dictados teóricos de su inevitable Teatro de la Crueldad, ese que “apuesta por el impacto violento en el espectador”. Ignoro si influyeron más, en el polifacético autor marsellés, el largo historial de electroshocks sufridos a lo largo de su recorrido por psiquiátricos varios con el objetivo de “curarle”, o la larga lista de sustancias intoxicantes que consumió con la avidez de un naúfrago sediento, parece ser que con la misma intención: curar sus desequilibrios mentales. Lo que es evidente es que su navegación tóxica le hizo siempre estar más cerca de los sueños que de la realidad, anticipando así los surrealismos y demás ismos. “Hay que darle a las palabras sólo la importancia que puedan tener en los sueños”, aseguraba, no sin razón.
De entre todas estas sustancias a que aludimos refulge, cual perla mirifica, el peyote, que el literato aprendió a consumir en México, en compañía de los indios tarahumaras. Por primera vez, la historia de la literatura, abre sus puertas a los enteógenos: drogas que provocan estados alterados de conciencia y que, si hacemos caso a su origen etimológico, logran que Dios habite dentro del consumidor. Estados de realidad alterada, más que intensificada. Artaud escribe Un viaje al país de los Tarahumaras que se constituye, prácticamente, en un tratado antropológico que abre la vía de escape de la sociedad mercantilizada occidental a distintas formas de pensamiento y vida más enraizadas a la tierra y lo natural, lo indígena, y todos esos términos que tanto daño han acabado haciendo, lamentablemente, a la literatura con sus hijos subnormales: los best-sellersy los libros de autoayuda. También en otros campos, Pachamama y demás, ustedes saben de lo que hablo.
La adicción a las drogas, para Artaud, fue un verdadero suplicio. Por el contrario, para la Literatura, su sufrimiento fue una bendición, y a su impuesta huida de la realidad debemos algunas de las páginas más memorables de la misma.
Años después, recién iniciados los ’50 del pasado siglo, aparecerían en escena, arrasando convenciones lingüísticas y sociales, los jinetes del apocalipsis literario. Hablo, es evidente, de los beatniks. Y, entre ellos, siguiendo con mi personal preferencia, las voces inmaculadamente sucias de Allen Ginsberg, Jack Kerouac y William S. Burroughs.
Aquí la franja de lo psicoactivo se amplía hasta límites insostenibles: mescalina, bencedrina, morfina, ácido lisérgico, cocaína, marihuana, heroína…
| CEREZAL EN BREVE (Mijail Miranda sobre Madrid/Cochabamba) Pablo Cerezal (Madrid, 1972), español, licenciado en Derecho, dedicó los primeros años de su vida laboral a las actividades financieras. Pero el tiempo y la vena literaria lo condujeron hacia otros destinos, menos seguros, quizás, pero infinitamente necesarios e inevitables. El madrileño se convirtió en un escritor errante, un recolector de historias y verdades, navegando ciudades tan entrañables como inhabitables. Prueba de ello es el primer título de su bibliografía, Cuadernos del Hafa (Carena, 2012), una brutal radiografía de Marruecos. No hace mucho, este intrépido viajero vivía en Cochabamba. Ahora mismo, por culpa de las oficinas de Migración y su burocracia, Cerezal está lejos, como exiliado. Al igual que Claudio Ferrufino-Coqueugniot, conocido nuestro, que habita el exilio por voluntad propia. Y precisamente, desde esa lejanía, es que ambos narradores cruzan sus plumas para ofrecernos Madrid-Cochabamba. Cartografía del desastre (Editorial 3600). |