Compartir la madrugada
Volver implica siempre un viaje en el tiempo. Y sabemos que esos viajes están llenos de temblores y paradojas. Vitor vuelve a la casa paterna de Santa Cruz de la Sierra luego de estudiar en Estados Unidos.
Volver implica siempre un viaje en el tiempo. Y sabemos que esos viajes están llenos de temblores y paradojas. Vitor vuelve a la casa paterna de Santa Cruz de la Sierra luego de estudiar en Estados Unidos. En ese lugar no sólo dejó a su padre y a su hermana, también dejó el recuerdo de la madre muerta, a su novia, a sus amigos y los rastros de su cobardía. Al volver encuentra otro paisaje: el padre muerto, la hermana ofendida y algunos pocos amigos. Los rastros de cobardía permanecen, agazapados, como si las deudas no prescribieran. Esa es la trama de La desaparición del paisaje , segunda novela del escritor boliviano Maximiliano Barrientos. Se trata de una escritura absorbente y demoledora, sumergida en el lenguaje vital de su entorno y una aspiración: construir imágenes concretas que, sin pretensión ni esnobismo, reflexionen sobre cierto espíritu contemporáneo.
En el relato de ese regreso se intercalan en bastardilla una tarde, una noche y una madrugada de otro tiempo. La fecha es agosto de 1987, el día en que la familia de Vitor compra la casa familiar. Una serie de postales difusas y coloquiales donde el autor, con oído atento, logra capturar la conversación cerrada, casi ininteligible, de su padre y el hermano, su padre y la madre o ese padre pendenciero en un soliloquio consigo mismo, fuera de la casa, viendo los cambios de luz que se suceden en el cielo. Esa voz vuelve con la textura nebulosa de la bastardilla. Esa noche, la familia duerme, el padre pone un vinilo donde suena, con la voz nostálgica de Gladys Moreno, el taquirari “El guajojó” (donde canta “ya no soy buena la ausencia me cambió”) y “El trasnochador” (“por eso sigo mi bien/ tunante y trasnochador/ huyéndole a mi dolor”). El padre se tambalea hasta la puerta para admirar en el cielo los últimos rasgos de oscuridad. Vitor, entonces de siete años, se despierta y acompaña al padre en esa pequeña ceremonia, porque según dice “nunca vi hacerse de día”. Es una escena sencilla y emocionante, teñida por el ocre del pasado, donde son testigos de algo extraño que cae del cielo envuelto en luz, un espectáculo que “da miedo y es hermoso”. Años después se explicará de qué se trata esa imagen inquietante, pero en ese momento hay un gesto del padre (“eso mirá eso”, le dice al chico) donde Barrientos consigue conmover por las experiencias transmitidas de un padre a un hijo, aunque muchas veces no puedan entenderse esos padres que hacen de sí mismos un silencio y un misterio. Las canciones parecen puntear el destino de Vitor, que tratará de huir del dolor para después volver y enfrentar las ausencias que lo cambiaron. Elías Canetti subrayó en sus cuadernos que no deberíamos negar nuestras propias metamorfosis. Tenía razón. Dan miedo y a la vez son hermosas.