El poeta desde su penumbra
Publicamos esta entrevista de Oscar Díaz realizada hace 10 años y publicada el 26 de febrero de 2006 en la revista Escape, de La Razón (La Paz), bajo el mismo título.
Publicamos esta entrevista de Oscar Díaz realizada hace 10 años y publicada el 26 de febrero de 2006 en la revista Escape, de La Razón (La Paz), bajo el mismo título. Asimismo, Omar Alarcón escribe sobre su amigo, Hugo Montero, poeta y loco, murió el pasado martes después de haber permanecido 65 años en el Instituto Psiquiátrico “Gregorio Pacheco”.
Me dice “compatriota” y me siento halagado. Pero después descubro que todos son sus compatriotas, y río. Hugo Montero, el poeta, está igual que cuando lo conocí; pasaron algunos años, pocos, pero estos nunca dejaron de andar hasta contarle 74.
Sigue en el Instituto Psiquiátrico Gregorio Pacheco de Sucre, como en los últimos 55 años; sigue loco, diría fácilmente cualquiera. Está flaco, con las piernas cruzadas y los ojos y la lengua inquietos, igual que antes. Sólo ha cambiado su estatus de escritor de entrecasa a escritor público, y, claro, tiene alguna cana más en la cabeza, en las cejas, en los pelos recién nacidos de la barbilla.
Hoy, viéndolo con su pasado por la Facultad de Derecho en Santa Cruz, dentro de esa camisa amarilla que esconde una polera, chamarra verde por fuera, pantalón azul, zapatos negros pero cordones blancos, no alcanzo a divisar el límite entre la verdad y la mentira, entre la realidad y la ficción, entre los seres como él y los demás.
Oscar Díaz (OD). Su libro “Penumbras” tiene 37 poemas sobre el amor, la naturaleza, la enfermedad. ¿En qué se inspiró para estos versos?
Hugo Montero (HM). Fue como una inspiración divina. Por ejemplo, Crepúsculo o Amanecer (un lapsus, más tarde dirá Atardecer; es el mismo poema, pues él suele nombrar con más de un título a cada obra) me ha costado una tarde pensamiento. Los demás poemas han surgido inspirados en otros poetas. Dejo este libro como testamento. Voy a fenecer (quiere llorar), hacía todo lo posible por vivir 100 años… no tengo apego a la vida. En la naturaleza, todo se pierda, todo lo que cito son transformaciones físicas. En el cementerio, las hormigas se cansan de comer huesos.
OD. Como el gran lector que ha sido durante toda su vida, debe tener un autor preferido. ¿Cuál es?
HM. Rubén Darío ha sido mi guía principal. Lo fatal, hermosa su poesía Lo fatal. Bueno, yo he estado embaucado en los poligrafiados de la aviación de la Fuerza Aérea Boliviana. Yo me contraté como auxiliar del Colegio Militar de Aviación Teniente Coronel Germán Busch, no como piloto, y hubo una orden fantasma, podemos decir, de que yo suba a un avión, primero a un ARC el año 1964 aproximadamente [en apariencia se refiere a la sigla “Control de Tráfico Aéreo”, empleada en la jerga de la aviación; por otro lado, los ATC también son los fármacos antidepresivos]. El piloto era pariente mío. “No, tenés que subir, hay la orden que te llevemos al sanatorio”. Cuando estuvimos en tierra, me dijo que “tenemos que volver a volar porque hay temporal”. “Calmate”, le dije yo, “¿por qué vas a hacer caso omiso a las fuerzas naturales?”. No sé si volvimos o nos quedamos, no recuerdo.
Hugo dice que fue auxiliar del Colegio Militar de Aviación, que ha escrito muchos ‘copiados’ de la aviación y de la Universidad Gabriel René Moreno, y que sobrevivió a un accidente aéreo. Los trabajadores del psiquiátrico aseguran que esto no es cierto. “Fabulación”, así rotulan los médicos a las historias inventadas, con un discurso coherente, por los enfermos mentales. Hugo Montero practica el arte de la creación.
OD. ¿Sus escritos nacieron tanto dentro como fuera del Psiquiátrico?
HM. Sí. Algunos fueron escritos en la juventud y los publicaron en Presencia y otros diarios. Mi libro está lacónico (sus poemas fueron recortados y algunos siguen inéditos) y ha sido justipreciado en 500 bolivianos el ejemplar, para ayudar a los hermanos [de la Orden San Juan de Dios, a cargo del Psiquiátrico). Penumbras tiene un valor superior a ése, aunque en las librerías se venda a sólo 50 bolivianos].
OD. ¿Qué importancia tiene la mujer para usted, a partir de haberle dedicado varios poemas?
HM. Para mí, la mujer es una diosa, un ángel. En mi poesía tengo sueños, elevo a la mujer a la autoridad de Dios. Y pienso que mi novia jamás tenga relaciones sexuales conmigo, sino yo quiero rendirle un culto de contemplación, que recrea, pero no unión que hace, como decía el filósofo ateniense Platón, que definió así el amor: “Contemplación que recrea pero no unión, que sacia”.
Recita sus poemas con el libro en la mano. Recuerda uno, lo busca y fija la vista en la página. Cualquiera diría que está leyendo. No. Los recita de memoria, completos, incluso los versos de Penumbras que fueron editados.
OD. ¿Qué sucede cuando recita sus poemas? ¿Se siente mejor?
HM. Siento que vuelvo a un mundo pasado. Me inspiro de otros bellos versos y quiero escribir, pero ya no puedo. He tenido la fatalidad de tragarme una semilla [risas en la sala donde estamos junto a su médica, Claudia Navas, a la coordinadora de Terapia Ocupacional, Carol Núñez; él también ríe]. Una semilla de ciruela. Estoy haciendo lo imposible por arrojarla.
OD. Entonces, ¿no ha vuelto a escribir después de este libro?
HM. No he vuelto a escribir. He escrito, pero se lo ha llevado el señor Myguel Angel [el editor de Penumbras]. He escrito después de que caí en el avión, a unas cuadras, al aterrizar. ¿Y por qué he quedado vivo? ¿No es cierto que fue un milagro? No quieren aceptar que es un milagro. Me refutan, dicen que no es posible que haya caído vivo. ¡Entonces estoy muerto! [ríe].
A medida que la charla avanza, noto que tampoco ha perdido sus chispazos de bromista ni su delicadeza con las mujeres. Habla lento, con una voz áspera, y gesticula y mueve la cabeza casi todo el tiempo. Por momentos libera sus ocurrencias y ríe con la mirada pegada al suelo; o se quiebra y está a punto de llorar. Son los recuerdos (o no) de su familia. Hugo… al final, el Psiquiátrico terminó siendo tu casa.
OD. ¿Qué recuerda de su familia?
HM. Una vez, mi padre echó en la hamaca a mi madre; le estaba cantando y, de repente, se salió una rata de la guitarra [risas]. Tengo la idea de que mi padre es un insecto, un animalito que resucitó… Mi hermano Oscar Zorrilla, a la edad de 13 años, de tanto vender periódicos y revistas, era ya periodista. Pero tenía un gran defecto, se le salía el intestino grueso. Pues, mi hermano murió [se acongoja].
OD. He visto que usted conversa poco con los demás internos…
HM. Soy solitario. Me gusta dibujar. He hecho un montón de microrretratos. Harto se ha tirado al canasto de mis creaciones. [En el Psiquiátrico dicen que Hugo es un paciente tranquilo, un “personaje muy querido” que sólo charla con las personas interesantes y que le teme a los internos agresivos].
Increíblemente, un tumor en la cabeza no le afectó la memoria. La doctora Navas dice que dentro de su trastorno, a diferencia de otros pacientes, él tiene “cierta lucidez”.
Hay dos ingresos suyos registrados en el Psiquiátrico; desde el segundo, no salió nunca más.
Si bien se desconocen las causas precisas de la esquizofrenia, Navas explica que podría darse por genética (herencia), traumatismos (golpes) o sufrimiento fetal (cuando el bebé está naciendo hay una disminución de oxígeno y éste no llega en cantidad suficiente al cerebro).
Esto no tiene cura. Hugo, consciente de todo, entre las penumbras de su noche escribió: “…qué ridículo doctor es tu diagnóstico / me hace reír, / tu ciencia médica tendría que hacer / milagros para curar mi mal / ¡mal de los muertos!”.
| MADRE MUSA Deidad fecunda que mi alma albergas Sólo tú eres fiel, no me traicionas Y por ser el arte toda la belleza, de entre las espinas nacieron las rosas. Eres en mi desierto fresco oasis, donde apago la sed de mi cansancio En el largo peregrinaje hacia el parnaso Mi pensamiento va en vuelos implacables Hacia el azul celeste de los cielos Y todo interpreto desde lejos Como un cisne que contempla las estrellas Y he escuchado la sátira cólera de mi padre rayo, Un día que el dolor me coronó con sus espinas, Y la estulticia me clavó su INRI: Mi alma huyó espantada gimiendo por el viento… Sólo tú me arrebataste de la muerte, y me alzaste en tus brazos como un niño, Y mi llanto se hizo trino, madre musa. |