¿Por qué Leer?

Es importante, si es que las personas llegasen a mantener la capacidad para formar sus propios juicios y opiniones, que continúen leyendo por sí mismos. Cómo leen, mal o bien, y qué leen, no puede depender...

Alex Salinas traduce uno de los textos emblemáticos del crítico literario Harold Bloom

Alex Salinas traduce uno de los textos emblemáticos del crítico literario Harold Bloom

Bloom en breve

Bloom en breve


    Harold Bloom
    Puño y Letra / 07/11/2016 04:39

    Es importante, si es que las personas llegasen a mantener la capacidad para formar sus propios juicios y opiniones, que continúen leyendo por sí mismos. Cómo leen, mal o bien, y qué leen, no puede depender totalmente de ellos, pero la razón por la que leen debe originarse en su propio interés. Puedes leer puramente para pasar el tiempo, o con absoluta urgencia, pero eventualmente, leerás a contra reloj. La lectura de aquellos que investigan las escrituras para sí mismos acaso ejemplifica esta urgencia mejor que los lectores de Shakespeare. Aún así, la búsqueda es la misma.

    El modo en el que leemos en la actualidad, a solas con nosotros mismos, mantiene una gran continuidad con el pasado. Sin embargo, este tipo de lectura ha sido relegada a la academia. Mi lector ideal (mi héroe de toda la vida) es el Dr. Samuel Johnson, quien conocía y expresaba muy bien tanto los poderes como las limitaciones de la lectura incesante. Como cualquier otra actividad de la mente, ésta debería acercarse a nuestras principales preocupaciones, a aquello que es cercano a uno y que pueda ser puesto en práctica. Sir Francis Bacon, que provee algunas de las ideas que Johnson utiliza, dio este famoso consejo: “Lee no para contradecir ni refutar, no para creer ni tomar algo como un hecho, ni para dar charla ni discurso, sino para sopesar y considerar.” A lo dicho por Johnson y Bacon, añado una tercera saga de la lectura, Emerson, acérrimo enemigo de la historia y de todo historicismo, expresaba que los mejores libros “nos inculcan la convicción de que la personalidad que los escribió es la misma que los lee". Unamos a Johnson, Bacon y Emerson en una sola fórmula sobre cómo leer: encuentra lo que sea cercano a ti, que puedas utilizar para sopesar y considerar y que se dirige a ti como si compartieras una personalidad única, libre de la tiranía del tiempo.

    Leemos para fortalecer nuestra individualidad, para averiguar sus intereses auténticos. Experimentamos tal acrecentamiento como una forma de placer, lo que acaso haya causado que los valores estéticos hayan sido despreciados por los moralistas sociales, desde Platón hasta nuestros actuales puritanos universitarios. Los placeres de la lectura son ciertamente egoístas, antes que sociales. No puedes, de manera directa, mejorar la vida de nadie por el hecho de leer mejor o más profundamente. Permanezco escéptico a la esperanza tradicional que indica que el crecimiento de otros pueda ser estimulado por el crecimiento de la imaginación individual, y estoy cansado de cualquier argumento que conecte los placeres de la lectura solitaria con el bien común.

    La pena de una lectura profesional es que muy raras veces recapturas el placer que la lectura de la juventud. El modo en el que leemos ahora depende, en gran medida, de nuestra distancia, física y mental, de las universidades, donde la lectura es raramente enseñada como una forma de placer[…] Una niñez que se pasa viendo televisión, da paso a una juventud cercana a la computadora, y la universidad recibe a un estudiante poco dado a recibir la sugerencia de que debemos superar este camino, el paso de un lugar al otro, el tener que madurar. La lectura se desbarata y mucho del individuo con ella.

    Este es el primer principio para restaurar la lectura: no intentes mejorar ni a tu vecino ni a tu barrio con aquello que lees. El mejoramiento de uno mismo es ya un proyecto lo suficientemente grande para tu mente y espíritu: no existe una ética de la lectura. Hasta que se haya purgado su ignorancia primordial, la mente no debería salir de casa; las excursiones prematuras al activismo tienen su encanto, pero consumen tiempo, que forzosamente se restará a la lectura. Historizar, tanto el pasado como el presente, es una forma de idolatría, una obsesiva adoración de las cosas en el tiempo. Lee entonces entonces, iluminados por esa luz interior que celebró John Milton y Emerson adoptó como principio de lectura: El intelectual es una vela que iluminará la voluntad y los anhelos de todos los hombres.[…] No temas que la libertad de tu lectura sea egoísta, porque si te conviertes en un verdadero lector, la respuesta a tus esfuerzos te confirmará como una iluminación para otros […] Emerson indicó que la sociedad no podía prescindir de personas cultivadas y proféticamente añadió: “ El hogar del escritor es el pueblo, no la universidad.” Se refería a escritores fuertes, que se representaban a sí mismos, no a los electores, ya que la política que practicaban era aquella del espíritu.

    [D]urante medio siglo mi lector ideal ha sido Samuel Johnson, reproduzco mi pasaje favorito del prefacio con que encabecé su edición de las obras de Shakespeare: [E]l mérito de Shakespeare: que sus dramas son el espejo de la vida; que aquel cuya mente ha quedado enmarañada siguiendo a los fantasmas erigidos ante él por otros escritores pueda curarse de sus éxtasis delirantes leyendo sentimientos humanos en lenguaje humano[…]Para leer sentimientos humanos en lenguaje humano hay que ser capaz de leer humanamente, con todo nuestro ser. Tengamos las convicciones que tengamos, somos algo más que una ideología. Permítaseme ir más allá de Johnson y hacer hincapié en los fantasmas que la lectura profunda de Shakespeare puede exorcizar. Uno de ellos es la muerte del autor; otro es el la declaración de que somos una ficción; otro más, la opinión de que los personajes literarios y dramáticos son apenas signos en una página. Un cuarto fantasma, y el más pernicioso, es que el lenguaje piensa por nosotros. Leemos a Shakespeare, Dante, Chaucer, Cervantes, Dickens y otros escritores de su categoría porque hacen más que agrandar la vida. En términos pragmáticos, se han convertido en la verdadera bendición, entendida en el más puro sentido judío de «vida más plena en un tiempo sin límites». Leemos de manera personal por razones variadas, […]Sin embargo, el motivo más fuerte y auténtico para la lectura personal del tan maltratado canon es la búsqueda de un difícil placer. No patrocino precisamente una erótica de la lectura, y pienso que «difícil placer » es una definición plausible de lo sublime; pero depende de cada lector el que encuentre un placer todavía mayor. Hay una versión de lo sublime para cada lector, la cual es, en mi opinión, la única trascendencia que nos es posible alcanzar en esta vida, si se exceptúa la trascendencia todavía más precaria de lo que llamamos «enamorarse». Los llamo a descubrir aquello que les es realmente cercano, que puedan utilizar para sopesar y considerar. Lean profundamente, no para creer, ni para aceptar, sino para aprender a participar de una naturaleza única que escribe y lee.

    Bloom en breve

    Harold Bloom dicta la cátedra Sterling en Yale, desde 1955. Ostentó, asimismo, la cátedra Berg de la Universidad de Nueva York de 1988 a 2004.

    Son casi veinte sus obras de crítica literaria y religiosa e incontables sus artículos, reseñas y prólogos. En 1994 saltó a la fama con la publicación de El Canon Occidental, con sus veintiséis autores imprescindibles. Este canon, tildado, entre otras cosas, de «masculino» y «blanco», levantó ampollas entre los representantes de las corrientes, tanto de derechas como de izquierdas, a las que Bloom criticaba por politizar los estudios y la crítica literaria. Pero el autor fue reconocido en 2002 con el Premio Internacional Cataluña y, en 2003, con el Premio Internacional Alfonso Reyes.

    Concepto clave, y muy controvertido, de su pensamiento es lo que denomina «angustia de la influencia» (the anxiety of influence), experimentada como pugna creativa por todo creador con respecto a sus antecesores, en la cual se evidencian «las sombrías verdades de la competencia y la contaminación», entendiendo por esta la contaminatio, una forma de intertextualidad propia del humanismo y la cultura clásica grecolatina.

     

     

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