Puño y Letra

Icono, carácter y entusiasmo

El mundo celebra los 100 años de Kirk Douglas, un ícono del cine de oro de Hollywood y el Siglo XX.

Ser considerablemente rico y cumplir cien años y hacerlo al borde de la llegada de 2017 es un triunfo no sobre la historia sino sobre la naturaleza. Rodeado de los suyos, Kirk Douglas aún puede levantar una copa brillante de champán con su mano y brindar por el nuevo año, y hacerlo ante la mirada de su mujer, la actriz Anne Buydens, que tampoco se queda corta en longevidad, pues ha cumplido los noventa y seis. En el celuloide Kirk era impetuoso, apasionado, loco, parecía un Dmitri Karamazov del cine de Hollywood. Y de eso hace sesenta años. Sus interpretaciones reflejaban un cuerpo que se movía bajo el gobierno de muecas, de miradas que lo decían todo, de pómulos candentes, de expresiones faciales rabiosas, complicadas, de una inspiración espiritual que era más rusa que americana. Al fin y al cabo, de Moscú eran originarios sus padres. Músculo facial acompañado de músculo moral.

Kirk Douglas se convirtió pronto en un icono de masculinidad conflictiva, tal vez estaba condenado a reflejar un tipo de hombre que era un fin de raza. No era un galán, no era rigurosamente guapo. No era Gary Cooper, ni era Montgmery Clift, ni mucho menos John Wayne. Había en él un rasgo procedente de su origen judío: medía un metro setenta y cuatro centímetros. Algunos biógrafos le regalan un centímetro y le conceden el metro setenta y cinco. En cualquier caso, no medía el metro noventa de Cooper o de Wayne o de Clint Eastwood o de James Stewart o de Gregory Peck, que también hubiera cumplido un siglo en este 2016 si una neumonía no le hubiera arrancado de este mundo hace trece años.

Hollywood estaba explorando la masculinidad y la moralidad de los líderes cinematográficos. Y los que no eran altos y delgados, sino corpulentos y de estatura corriente, debían de desarrollar otras actitudes. Debían de desarrollar, como hizo Humphrey Bogart o James Dean, carácter. Y en el caso de Douglas el carácter fue la pasión, o mejor aún: el entusiasmo. Eso lo vieron muy bien muchos directores, tal vez quien mejor lo vio fue Kubrick en las célebresSenderos de gloria (1957) y Espartaco (1960). En las dos películas, en realidad, Kirk Douglas hacía el mismo papel. Kubrick vio en él al Marlon Brando de la pasión política. No creo que nadie haya vestido con más personalidad y gracia el uniforme del ejército francés como Douglas en Senderos de gloria. La diferencia con Charlton Heston, otro héroe épico, estaba en la imperfección. Heston exhibía una bondad heroica tan perfecta que resultaba acartonada. En cambio, la épica de Douglas era imperfecta. La extraña imperfección que habitaba en ese hoyuelo de su mentón acabó siendo su estilo. El estilo metido en un agujero de la carne, y ese agujero simbolizando un punto de fuga. Ese hoyuelo era una ironía.

Kirk Douglas no quiere morir. No quiere irse de este mundo. ¿Qué puede sentir un ser humano de cien años de quien los mejores directores del mundo filmaron su juventud? La juventud de la mayoría de los hombres viejos, de los seres humanos que están al borde de la muerte, no tiene consistencia más allá de vagas imágenes instaladas en la memoria personal. La juventud de Kirk Douglas es real, está grabada en la pantalla. ¿Verá aún sus viejas películas? Un hombre centenario que tiene el privilegio de asistir al espectáculo de quien fue como ningún otro hombre ha tenido nunca ese regalo difícil. Su juventud está expuesta y exhibida en sus películas. Es un acontecimiento digno de la imaginación de Marcel Proust: el hombre que posee no la memoria del pasado, sino la materia misma del pasado.

Hubo una película que marcó mi infancia, que me causó dolor y tristeza. Es la película en la que el rostro de Douglas se convertía en una máscara con un ojo blanco, en un malabarismo visual que iba del vigor del carácter del personaje que interpretaba a la monstruosidad de su rostro. Esa cinta era Los vikingos, rodada en 1958 por Richard Fleischer. Las cicatrices, el ojo nauseabundo, cegado, la maldad, la brutalidad, la muerte y el entusiasmo fundidos en la invocación de Odín, hacían de Kirk el vikingo impecable.

Tal vez si Douglas no hubiera interpretado a Vincent Van Gogh en El loco del pelo rojo (1956), dirigida por Vincente Minneli, la cotización del pintor neerlandés en la segunda mitad del siglo XX no hubiera sido tan alta. Kirk transmitió al personaje de Van Gogh un enardecimiento y un arrebato que contenían la misma luz amarilla que la pintura de éste. Cuando pienso en Van Gogh, veo a Kirk. Cuando pienso en Kirk, veo a Van Gogh. Fidel Castro se acaba de morir, pero Kirk resiste.

Kubrick y Douglas en Espartaco

Tras ‘Senderos de gloria’ (‘Paths of Glory’, 1957), Kirk Douglas fue quien pensó en Stanley Kubrick para hacerse cargo de una monumental superproducción en la línea de las que solían hacer en aquella época dentro del cine histórico. Films como ‘Quo Vadis’ (id, Mervin LeRoy, 1951), ‘La caída del Imperio Romano’ (The Fall of the Roman Empire’, Anthony Mann, 1964), ‘Rey de reyes’ (‘King of Kings’, Nicholas Ray, 1961), ’55 días en Pekín’ (‘55 Days at Peking’, Nicholas Ray, 1963) o la multipremiada ‘Ben-Hur’ (id, William Wyler, 1959) están en la memoria de cualquier cinéfilo.

‘Espartaco’ es, junto al film de Wyler, la mejor de todo este grupo de películas. Un emocionante, entretenidísimo y extenso largometraje sobre la vida del esclavo tracio que fue uno de los líderes de la más importante rebelión contra la Antigua república romana. 190 minutos extraordinarios de puro cine en la película menos personal de Kubrick y curiosamente la más defendida de su filmografía, aquella que pone de acuerdo a admiradores y detractores de Kubrick. ¿No es una gran ironía?

 


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