Para una poética de Eliodoro Aillón. No sólo de pan vive el hombre
Nunca lo conocí, no tuve la fortuna. Regresé al país algunos años después de su muerte. Mientras recobraba el uso del castellano, Poemas (1996) fue uno de los primeros libros en el que invertí algún dinero.
Nunca lo conocí, no tuve la fortuna. Regresé al país algunos años después de su muerte. Mientras recobraba el uso del castellano, Poemas (1996) fue uno de los primeros libros en el que invertí algún dinero. Recuerdo su lectura, la engañosa sencillez de sus imágenes, la falta de respiración al leerlas, tal vez porque las sentía cercanas y ciertas. Desde entonces persigo ese sentimiento en cada lectura, el temblor de una revelación. A pesar de las muchas mudanzas, he cargado el libro de Eliodoro Aillón (1930-1992) conmigo, esperando el mejor momento para escribir sobre él. Como siempre, como espejo que huye, el mejor momento no es el de mañana, sino el que debió suceder ayer. Es el tiempo para leer, el tiempo para escribir, las dos caras de una misma moneda. Más de 20 años después, releo mis notas en los márgenes, ese dialogo íntimo y secreto con el autor de Poemas que hasta hoy continúa.
Llama la atención en un reconocido escritor de izquierda, la limitada presencia de obreros e industrias, mucho más en un país donde la minería ha sido tan importante. Aillón elimina las mercancías, cualquier objeto superfluo que se interponga entra la tierra y la fuerza transformadora del hombre e introduce, por lo contrario, aquellos elementos considerados intemporales. Aillón, como lo había hecho José Martí en su tiempo, renuncia al “artificio innecesario”, para introducir tan sólo los elementos esenciales, sin renunciar a la profundidad, sin renunciar a hacer una poesía que acompañe los hombres en sus luchas. Detrás de una engañosa sencillez, estos elementos esenciales: trigo, valle, agua (entre otros), vienen cargados de sentidos, de imágenes míticas y primigenias, de otras más que el propio escritor les aporta en su poética.
A diferencia de Martí, sin embargo, Aillón elimina casi por completo el “yo” articulador, que para Martí se había convertido en el centro de todo proyecto, aquel que le daba voz a lo divino para finalmente sustituirlo: Arpa soy, salterio soy/vengo del sol, y al sol voy/soy el amor: soy el verso. Aillón suprime casi por completo este “yo” donde converge el universo, para hablarle a un “tú” amante, para referirse casi siempre a un “nosotros” mayor.
Aunque Aillón recurra a las imágenes más simples de la naturaleza, su intención tampoco es regresar a los mitos ancestrales de la creación, descender hacia las potencias vitales del universo, fuentes de toda poesía, como lo había hecho Neruda en Residencia de la tierra (1935). Prevalece, sin embargo, la fuerte presencia de las aguas, fuentes limpias y cristalinas que se sugieren siempre en movimiento: “Los ríos vuelven, /la primavera construye puentes sobre el abismo/y el hombre/sigue el camino triunfal de los ríos” (84). Son límpidos arroyos, delgadas corrientes, a veces sólo acequias que, sin embargo, forman parte de una dinamogenia elemental, tan poderosa como los más caudalosos cauces. En ese sentido, por medio de las aguas, Aillón se inserta en una larga tradición poética, encontrar en la naturaleza, Selva Sagrada, la manifestación de lo divino, “sobre los ríos de luz que se escurren como risa de Dios sobre la tierra.” (21) Mientras estas expresiones de Dios igualan a los hombres, la sociedad, el sistema económico y la religión los disgrega.
Me doy cuenta que Aillón escribe en tiempos de zozobra y represión cuando, de acuerdo a sus palabras “Alguien enturbió el alma de las cosas/una mano negra oscurece/la pureza del cristal encantado” (38). Veo aquí una de las funciones primordiales del agua en su poética, rebatir la desesperanza: “Vientos tibios de mi valle/cristalinos arroyos, /verdeantes grietas:/invadid las sombras del espanto/ y llevad este dolor lejos del mar.” (38)
De acuerdo a Gastón Bachelard, el agua clara y en movimiento, como una especie de hidroterapia, despierta en el hombre la energía. Esto parece entreverse en la poética de Aillón, empujar a sus lectores a la acción de la esperanza, negándose al desamparo de la derrota.
Junto a la pureza y frescura de las aguas, Aillón coloca a los amantes, pues entiende que la unión de lo sensible y lo sensual sostiene un valor moral transparente, agiganta el poder de un ideal tan grande que sólo puede soñarse entre dos: “El agua supo de nosotros,/porque los ríos jamás nos negaron/su caricia de terciopelo fugitivo/ni su canto/ sediento de anchos litorales” (35). Agua y mujer se funden entonces, indistintas, ubicuas (campo o ciudad), sin saber exactamente cual entidad emerge de la otra: Tu vuelves en la espuma del torrente,/cuando el sol gira sus raíces al fondo de las aguas. Tú vuelves/ en las noches de niebla/cuando la vida persiste unto a la ventana/en las gotas de llovizna.” (23)
En la poesía de Aillón, La fuerza erótica de ese encuentro elemental (agua y mujer) impulsan a los individuos, a pesar de la represión, a otro momento de libertad. Así, a otro instante de combate. En ese sentido, en la poética de Aillón, el agua también expresará la fuerza y constancia de los pueblos, como “rio incontenible”, a pesar de las demoras, como arroyos que invadirán los campos para finalmente alcanzar un nuevo tiempo de convivencia política. Es resultado es inevitable y la fe de Aillón se recompone.
En algunos poemas tal vez percibimos la cercanía de la muerte. La voz poética se enfrenta a su finitud sin zozobra, fundiéndose con los elementos, entregándose a una geografía añorada. Aillón renuncia a los ejercicios de auto importancia mística y agorera (como muchos de nuestros poetas), a ser un demiurgo de universos inmortales, y se integra al mundo de las pequeñas cosas, como alguien que se entrega a los hombres como se practica una religión, como servidor y apóstol de los hombres ante el infinito : “porque Dios asomó su mirada/ por el alma de las cosas/y vio llorar a todos,/pero por tus ojos/sintió gemir al hombre,/pero por tus labios.”(67)
El poeta, para Aillón, no es una figura a la cual erigirle bustos sino una voz que reverdece sin nombre con cada estación: “Ser viaje y ser retorno,/y ser siempre/como Dios que muriendo nunca muere,/como viento/que partiendo va más alto, como agua/que retorna/por el cielo a los trigales.” (65)
El hombre, así como necesita de los astros y de los ríos, necesita de la poesía (lenguaje original de las sociedades, nos dice Octavio Paz, el vínculo de retorno a un tiempo primigenio de igualdad entre los hombres) cíclica, intemporal, dimensión de la vida y rasgo de la naturaleza humana, tanto como se tiene piel o se lleva un ombligo, tal como se busca a un hijo en los cenizales y se arriesga la vida en balsas y contenedores de pollo en busca de libertad. Así, la poesía y el poeta seguirán volviendo para dar abrigo, para alimentar, para caminar junto las personas, pues, como lo indica el poeta, “Sobre todas las fronteras de la tierra,/estaré contigo quien quiera que seas/que impulsas las grandes galeras/rumbo a la libertad del hombre.” (67)
SALINAS EN BREVE
Alex Salinas Arandia (Chuquisaca, 1975) es PHD en literatura por la Universidad Stony Brook de New York. En la actualidad es catedrático en el Erskine College en Carolina de Sur. Su trabajo crítico se edita en varias publicaciones especializadas en literatura en América Latina.
Ha trabajado desde la academia, El nuevo proyecto nacionalista de la literatura de la Guerra del Chaco en Bolivia.Tesis (Maestría en Estudios de la Cultura. Mención en Literatura Hispanoamericana). Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador. Área de Letras. En tanto que su disertación doctoral en la Universidad Stony Brook de New York se titula: Entre las montañas y el agua. Una aproximación a la literatura boliviana del siglo XX.
Salinas además es autor de libros de poesía y narrativa. En la actualidad, además de sus actividades académicas, prepara la publicación de una nueva novela en Bolivia.