CRECER
Profesora: Y el que no haya entendido, que levante la mano (Manolito levanta la mano) Profesora: Veamos Manolito, ¿qué es lo que no has entendido? Manolito: Desde marzo hasta ahora, ¡Nada! (Quino)
Parte de mi niñez y mi adolescencia estuve en un colegio católico. Dos veces a la semana iba a misa (mínimo). En el mes de María (junio, julio, ¿mayo?... no sé) iba tanto a misa que sentía que me elevaba cuando rezaba (los curas se empeñaron en la tarea de inculcarnos sobre la vida de Domingo el Sabedor, un adolescente casi igual a nosotros que era tan bueno y tan santo que volaba cuando rezaba, ¡nuestro ejemplo a seguir! –Domingo el Sabedor, caballeros, es casi igual a ustedes… si se aplican- nos decían), me acuerdo que también habían figuritas de un álbum con los grandes momentos de este ejemplo a seguir, yo las intercambiaba y coleccionaba para aprender más de él (estaba de moda) Domingo el Sabedor tenía el pelo ondulado (alguna vez yo también pensé en hacerme base, casi lo logro, algunos más capos lo lograron). Yo era creyente, yo quería ser re creyente, no me la creía mucho pero me esforzaba por ser creyente. Al rezar, yo cerraba los ojos, juntaba las manos, y rezaba tan fuerte como podía ¿Cómo se reza fuerte? así pues, con todo, como sin dudar en nada, como pegadito al señor, (así digamos: al frente “el Señor, al lado Jesús, y vos ahí pegadito con tu silla, rezando, vibrando). Yo rezaba y creo que me elevaba, hay una parte de mí que todavía cree que yo me elevaba (además no se podía comprobar lo contrario) las personas que nos elevábamos sabíamos que si uno lo está logrando, no se podía probar con las manos si estabas volando, porque eso significaría que la fe no es suficiente y ese rato aterrizas o te hacen aterrizar.
Fui monaguillo (¡claro que fui monaguillo!) llegué a uno de los rangos más altos, yo logré ser el encargado de sujetar la paleta de plata debajo de la boca del cura para agarrar las migajas de hostia que derramaba (¡gran honor entre los monaguillos!) varios años fui monaguillo, pero no porque me gustara (nunca me gustó andar arrodillado tanto tiempo), yo era monaguillo porque los mejores alumnos eran monaguillos, no se podía tener un siete en religión sin ser come velas.
Siempre quise ser buen alumno...
Siempre...desde que entré a este colegio católico
Siempre desde que me di cuenta que los mejores alumnos eran los que sorprendían a las chicas con sus diplomas y estandartes pomposos en los desfiles.
Siempre tuve las prioridades las claras: las amigas (todavía ahora creo que me preocupo por tener un estandarte pomposo)/pero no era fácil ser el mejor alumno, ser el mejor alumno es el cargo más alto al que puede escalar un niño, es una posición social, si eres el mejor alumno, significaba que todo te salía bien: eras delantero en el equipo de fútbol, eras el monaguillo oficial con la paleta de plata, estabas en el coro y tenías tu solo en el Ave María, tenías tus colores Faber Castell en caja metálica, sabías dividir cifras de tres como si nada, entendías realmente lo que leías, sabías responder a la profe en inglés, tu asiento era el único que se iluminaba por la mañana. Ser el mejor alumno era cosa seria -Mi hijo ya tiene 9 años, es el mejor alumno de su curso- esa frase “el mejor alumno” venía pegada a tu único gran logro hasta ése momento: crecer. Porque la edad es un logro cuando eres niño -Ah... no, yo ya tengo 9 años, ¿vos?...no, no, no, el Pacho es mi menor por dos meses, yo ahorita ya tengo 9 años y MEDIO, yo soy su mayor- No sé en qué momento crecer dejó de ser un gran logro, qué lindo sentir que una de las pocas cosas inevitables de la vida sea un gran logro -Hola tengo 38 años ya a punto de cumplir 39… ¿qué tal? ¿añejo no?, sabio. No, no, el Pacho sigue siendo mi menor por dos meses, yo cumplo antes, soy más “crecido”. ¿Qué? No, hace tiempo que ya no soy monaguillo, pero me sé la misa de memoria-
Crecer creo que es lo mío, no creo que nunca tenga el sol iluminando mi asiento (para eso me compro una lamparita y ya), es que en realidad tampoco me gustaría ser el mejor alumno de lo que sea, estudiar para sacar las mejores notas de lo que sea, no me parece que sea un gran logro, las mejores notas, los mejores títulos, no es lo mío, lo mío es crecer, aún no entiendo mucho lo que leo pero sospecho que cuando te pasa eso descubres cosas que no están a simple vista, soy de ese grupo de personas que no acabaron de leer la Rayuela, y de los que necesitan a un amigo de lentes gruesos para entender a Zabaleta y la verdad ellos lo cuentan mejor, lo explican mejor, les sale mejor, me encanta tenerlos a mi lado porque me hacen crecer, eso es lo mío, punto, solo eso, ser uno de los últimos que escogen para el equipo (no nací para “el equipo”), ¿756 entre 103?, no lo logro (nunca lo lograré, creo que nunca en mi vida tuve que dividir 756 cosas importantes entre 103 personas o algo así) yes i speak “inglish”, lo básico (y no el inglés americano, no el inglés británico, a mi me sale un poco el inglés hindú, no sé porqué, creo que es por una cuestión de morenitos, y ya), no, no soy la oveja negra (ni de cerca) ahora hay tantas ovejas negras que la blanca es la rara, y el blanco tampoco es lo mío (mis colores Faber Castell nunca vinieron con el color blanco) alguna vez el mejor alumno me prestó su color blanco para pintar mi dibujo -para pintar la pared blanca de mi casita blanca en mi hoja también blanca- pero nunca me sentí bien esforzándome en creer que estaba pintando mi casita cuando realmente no lo hacía.
SOBRE EL AUTOR
Nace en la ciudad de Sucre (1979).
Director y dramaturgo del grupo de Teatro La Cueva, tiene publicaciones en el libro Miércoles de Ceniza (2008), el libro Fractales (2013), con la Editorial S, y en los boletines literarios Miércoles de Ceniza.
Comparte autoría en la obra “Alasestatuas” y “Antípoda” y ha realizado la adaptación de la obra de teatro de títeres “El Otro huevo de Colón”, piezas premiadas en festivales internacionales en Perú, Argentina y Brasil.
Durante su trayectoria ha trabajado en la creación de obras de teatro breve en base al teatro documental en diferentes municipios de Bolivia. Obras como “La Cuarta Batalla” y “Adelita” reconocidas con el premio Juana Azurduy de Padilla.
Su última obra “Bárbaros” obtuvo el Premio “Peter Travesí” como Mejor dramaturgia nacional 2017 que fue publicado en la LAESCENciA Dramaturgia Boliviana.16.