Puño y Letra

Los vivos y los muertos

La nueva película de animación de Disney-Pixar es también la primera que el estudio le dedica a México y, específicamente, a la celebración del Día de Muertos.

La nueva película de animación de Disney-Pixar es también la primera que el estudio le dedica a México y, específicamente, a la celebración del Día de Muertos. 

Según la cultura mexicana, morimos varias veces. Las primeras son físicas: el corazón deja de latir, el cuerpo se degrada. Pero la última es el olvido. Por eso, el Día de Muertos es la fiesta más importante del año. Y tiene que ser así: una gran celebración. Porque los que habitan el mundo de los vivos son los guardianes de la memoria que permite a sus ancestros continuar viviendo del otro lado. Esta particular tradición que entiende la muerte como festejo, y que en Estados Unidos evidentemente se mira con un halo de misterio y exotismo, sirvió como disparador para la última película de Disney-Pixar. Coco, la primera que el mega estudio le dedica a México, y que explora con genuino interés el mundo de los muertos y de la memoria según la tradición local. El protagonista de esta fábula colorida es Miguel Rivera, un niño del pequeño pueblo de Santa Cecilia que sueña con ser un gran cantante como su ídolo Ernesto de la Cruz –un galán a la manera de Jorge Negrete o Pedro Infante– aunque la hermética tradición familiar le demande ser zapatero y le tengan prohibido el contacto con la música. En el Día de Muertos, cuando los dos mundos tienen permitido dialogar por apenas unas horas, el niño Miguel logra traspasar el umbral de la muerte y se inicia en esta historia sobre descubrirse a uno mismo a través de los ancestros, pero también, sobre las tensiones cada vez más sinuosas entre resguardar y honrar las herencias familiares y la creación de una identidad propia. Todo con altas y movedizas dosis de mariachis, marimba y bolero.

Si uno tuviera que imaginar la vida después de la muerte, seguramente un diseño de Pixar sería una de las formas más divertidas para hacerlo: un gran parque de diversiones de neón veinticuatro horas. Los ancestros como calaveras coloridas. Las mascotas de la infancia como Alebrijes, o animales mitológicos típicos de la artesanía mexicana. Cameos de Frida Kahlo, El Santo y Selena que continúan haciendo de las suyas. Montañas rusas por doquier. Pero la clásica pirotecnia de Pixar, que esta vez además agregó una experiencia de realidad virtual para explorar el extravagante mundo de los difuntos, no parecía suficiente para reproducir ciertos ítems sensibles relacionados a la tradición local. Según Lee Unkrich –director y co-director de algunas películas fundamentales del estudio como Toy Story 2 y 3, Buscando a Nemo o Monsters Inc– aunque pensó en la película maravillado por esta tradición mexicana y finalmente obtuvo el pase para realizarla como su segundo film en solitario, le costaba encontrar la forma para pensarla más allá de lo visual. Le incomodaba abusar de los clichés y los estereotipos clásicos de su industria para representar las culturas extranjeras y, él mismo, nacido en la periferia de Cleveland, ciertamente no tenía conexiones sentimentales reales con México. Por eso, quizás la verdadera innovación de Coco no sea, como dicen algunos, aventurarse a un tema tan críptico y difícil de manejar desde su usual humor blanco como es la muerte. Sino que por primera vez, este estudio –que además de sus diseños es famoso por su hermetismo– le permitió a alguien alejarse un poco del manual sentimental e imaginario de Pixar y, claro, de Disney. Durante seis años, el equipo visitó pueblos de Michoacán, Oaxaca y Guanajuato en busca de algunas historias verdaderas sobre el Día de Muertos y además se sirvió de consultoras locales que derribaron con tesón algunas ideas originales y sugirieron otras alternativas: “Normalmente, el estudio no abre la puerta a nadie para que pueda ver las primeras proyecciones. Sin embargo, nosotros realmente necesitábamos escuchar y saber sus opiniones para asegurarnos de que habíamos entendido los detalles correctamente” declaraba Unkrich antes del estreno de la película. Pero sin duda el punto de inflexión fue la aparición de Adrián Molina, un animador nacido en Estados Unidos de ascendencia mexicana, que en ese entonces era apenas un veinteañero pasante en Pixar. Cuando se enteró que se gestaba una película que celebraba a México, luego de terminar sus tareas en Ratatouille y Toy Story 3, le abrieron un lugar definitivo en el estudio e insistió en participar de cualquier forma en el proyecto. Y lo logró. Primero como consultor y guionista, pero luego directamente como su co-director. “Me siento muy identificado con el sueño de Miguel de ser un gran cantante” dice Molina “Creo que yo tenía su edad cuando me di cuenta que en realidad lo que yo quería hacer era dibujar. Aunque nadie en mi familia lo hacía, no había tradición y era verdaderamente un camino difícil, me apoyaron mucho, lo que es muy importante para un artista. Eso es algo muy interesante en la película: ver a un niño peleando por encontrar su propio equilibrio pero también encontrando en el camino un sistema de apoyo familiar”. Los recuerdos de infancia de Molina en un pequeño pueblo de Jalisco y cierta relación conflictiva de su historia entre dos culturas terminaron de fraguar la película. Por eso, más allá de las ideas de familia o de tradición como asuntos universales –o lo que sea que signifique “universal” cuando lo dice Pixar– el resultado fue una fábula detallista, curiosa y llena de pequeñas referencias a la cotidianeidad mexicana, desde la arquitectura a la dinámica callejera, pasando por su fauna, su comida o la cultura pop. Y por esta vez, seguramente es a la particularidad y no a la universalidad a la que debe su éxito. Vale decir que a dos semanas de su estreno en México –que allí sucedió un mes antes que en el resto del mundo y apenas unos días antes del Día de Muertos– se abrió paso como la película más taquillera de la historia del país y contó con un sistema de estrellas de bastante importancia sentimental para la escena local: Gael García Bernal, el pequeño Luis Ángel Jaramillo y hasta el ídolo de la balada y el bolero Marco Antonio Solís estuvieron a cargo de las voces de su versión mexicana. “¡Todo esta repercusión ha sido una locura!” se emociona Adrián Molina “Pero lo que quisiera realmente es que la gente, después de ver Coco, se interese por la historia de su familia. Que hagan lo que hice yo: que llamen a sus padres y les digan ‘cuéntame cómo era el abuelo cuando vos eras niño’”.


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