Para releer Pastoral americana
Hace no menos de un mes murió Philip Roth, una de las cumbres de la literatura estadounidense y mundial. Aquí lo recordamos con el análisis de una de sus novelas imprescindibles y aclamadas: Pastoral Americana.
Ahora lo tengo, ahora lo recuerdo, subrayé algunas cosas, aquí está todavía sobre mi mesa cantando sin término la gran tragedia, la gran travesía norteamericana de la segunda mitad del Siglo XX.
Gigante, colosal, infinito el libro de Philip Roth ha sido avejentado y querido, listo para recuperar de él justo lo que no se puede perder, la potencia de un narrador ya mítico, que reina con justicia a lado de otras deidades como Don De Lilo y Cormac Mac Carty, en los exclusivos, excluyentes y herméticos, circuitos literarios estadounidenses donde la concesión de premios como el Premio Príncipe de Asturias a las Letras apenas y ha sido comentado.
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“Sueña cuando acaba el día, sueña y tus sueños podrán hacerse realidad, las cosas nunca son tan malas como parecen así que sueña, sueña.”
Con este epígrafe de Johnny Mercer de Dream, una de sus canciones más populares de los cuarenta, inicia Roth su Pastoral Americana, una hermosa forma de prepararnos justamente para lo opuesto, la destrucción del gran sueño colectivo de un país en emergencia como potencia, a través del microcosmos nostálgico de la vida de una persona el Sueco Levov, héroe deportista de la secundaria, y su familia, su mujer, ex miss New Jersey, y su hija, que pone una bomba en una oficina de correos inexplicablemente, que representan, sin embargo, el espíritu de toda una nación al parecer destinada a no fracasar.
"Recordemos aquella energía. Los norteamericanos no solo nos gobernábamos a nosotros mismos, sino también a unas doscientas millones de personas… "
Asombrosa frase, más asombrosa para nosotros que apenas y nos dominamos a nosotros mismos y que no nos ha sido dado soñar de esa manera, o por lo menos nuestros sueños no son tan prolongados, nuestros sueños se destruyen día a día, minuto a minuto, segundo a segundo, somos una fábrica de sueños rotos, de Broken Dreams Factory, o solo una maquila, si es que acaso los nuestros son sueños, y de alguna manera deberíamos estar agradecidos, porque como no tenemos sueños los mismos no pueden convertirse en pesadillas. Por eso Estados Unidos es un país horroroso, da miedo, porque tiene sueños. Las cosas en realidad son tan malas como parecen. Malcom X tuvo un sueño, Martín Luther King tuvo un sueño, los Kennedy tuvieron un sueño, Reagan tuvo un sueño, Clinton tuvo un sueño, Bush y las corporaciones tuvieron un sueño, y es posible que hasta Obama lo haya tenido, sabemos cómo termina la historia. Pues bien Philip Roth es el gran traductor de la secuencia de ese gran sueño, del gran sueño de la historia contemporánea americana, el gran debelador de esa noche y, al parecer, el único escritor con la fuerza necesaria que puede despertarnos a su realidad única y compleja.
“Sueña…cuando te sientas triste…sueña…eso es lo que has de hacer”
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Si la hija del Sueco Levov, protagonista de la novela, hace volar una oficina de correos “para traer la guerra a Estados Unidos” es el inicio del fin, la semilla de la tragedia de un país al parecer definido por sus similitudes y no por sus contradicciones.
Si la hija del Sueco Levov, hiciera estallar una bomba en alguna oficina de correos en Bolivia, quizás estaría en la cárcel como los anarquistas que atraparon hace algunos años, o quizás sería vicepresidenta y su historia sería celebrada en la prensa oficial por algún escritor menor ansioso de llegar a algún ministerio. No necesitamos traer la guerra aquí, es evidente que la tenemos instalada, mínima, es cierto, pero instalada, y el Estado desactiva todo tipo de posible elegía a su alrededor, el Estado en abstracto. Pero la hija del Sueco Levov no estaba en Bolivia y representa algo más que el sueño de alguien que ha comprado muchas camisetas del Che y ha leído muchos libros de Gramsci, aunque se parecen, es la sombra demencial de los Estados Unidos ¡La América de la locura homicida! Una locura difícil de comprender si no se ha leído a Philip Roth o si no se la ha vivido en carne propia. Oh, say! can you see by the dawn's early light . Lo incomprensible es el fermento de otra poética descubierta en libros como este, apocalíptica de manera embrionaria, si se quiere, humana de manera muy profunda.
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Al final, la tarea de Roth, como la de tantos otros genios de la literatura es tratar de hacernos entender algunas cosas que son muy difíciles de entender aunque parezcan las más fáciles:
"…Había aprendido la peor de las lecciones que puede dar la vida: la de que carece de sentido."
"…He aquí una persona que no está hecha para el funcionamiento deficiente de la vida, y no digamos para lo imposible. ¿Pero quién está hecho para lo imposible que va suceder? ¿Quién está hecho para la tragedia y lo incomprensible del sufrimiento? Nadie. La tragedia del hombre es que no está hecho para la tragedia…, esa es la gran tragedia de cada hombre."
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No se priven de un gran placer, no le den la razón a Roth cuando dice que el lector ha desaparecido, que fuimos vencidos por las pantallas, lean esta novela, vuelen, imaginen, por favor, sueñen.
Roth en breve
Nacido el 19 de marzo de 1933 Newark (Nueva Jersey), hijo de un matrimonio de descendientes de emigrantes judíos de Europa del Este y criado en el barrio de clase media de Weequahic, Philip Milton Roth, eterno candidato al premio Nobel, que nunca llegó a conquistar, recibió otros de los premios más señalados como dos National Book Awards, dos National Book Critics, tres PEN/Faulkner Awards, un Pulitzer y un Man Booker International.
Tras publicar 31 obras a lo largo de su carrera, el autor de El lamento de Portnoy (1969), que lo catapultó al éxito con la tormentosa relación con el sexo del personaje Alexander Portnoy, y de la ya legendaria Trilogía americana, que le abrió definitivamente las puertas del Olimpo literario –Pastoral americana (1997), Me casé con un comunista(1998) y La mancha humana (2000)–, tomó la decisión de dejar la escritura en 2012, año en que fue galardonado con el Príncipe de Asturias de las Letras, cerrando una trayectoria magistral que arrancó con la publicación en 1959, cuando tenía 26 años, de Goodbye Columbus.