Un buen morir
Un Buen Morir llega en un momento de madurez artística, personal y grupal. No es un momento de crisis como cuando montamos “Hamlet, de los Andes” que definió una nueva fase artística del grupo, pero sí vivimos un moment
Un Buen Morir llega en un momento de madurez artística, personal y grupal. No es un momento de crisis como cuando montamos “Hamlet, de los Andes” que definió una nueva fase artística del grupo, pero sí vivimos un momento crítico. Giampaolo Nalli, nuestro pilar, nuestra “piedra fundamental”, amigo y compañero, nos dejó el año pasado. Lucas Achirico se va a vivir lejos, junto a su familia en Polonia. Nos quedamos yo y Gonzalo, compañeros de vida y de trabajo.
El proceso de esta obra ya había empezado hace tiempo. Desde los encuentros de trabajo con Elías Cohen en Yotala y en sur de Chile, dónde experimentamos formas de “crear presencia” desde el trabajo físico con principios de diferentes técnicas como el Butoh o el Chikung, hasta la aproximación a rituales mapuche y del norte de Potosí. También los temas (despedida, encuentro, desencuentro, el paso del tiempo, la vejez) nos rondaban hacía tiempo así como el deseo de hacer una obra en pareja, que en el momento actual del grupo también se volvía una necesidad. Y, finalmente en 2018, se dio el momento del gran Tinkuy (Encuentro), al cual, además de Elías, se sumaron Alex Aillón con sus textos que poetizaban lo que queríamos decir y, por supuesto, nuestro compañero Lucas Achirico dispuesto a componer la música para la obra.
El montaje de la obra propiamente dicha fue hecho en un tiempo record para nosotros. Llegamos a Chile para trabajar con Elías con algo de material escénico (improvisaciones e imágenes) sobre los temas que habíamos investigado. A él le había conmovido un hecho sucedido en el pueblo vecino: una pareja mayor fue encontrada muerta en la cama, con las manos entrelazadas, envenenados por el gás de la estufa. Inspirados por esa historia, empezamos a crear lo que sería el guión de la obra. Yo había encontrado los textos de Alex Aillón (o quizás “ellos” me encontraron) que encajaban perfectamente en la estructura que estábamos creando, además de contar con la disponibilidad del autor de dejarnos utilizarlos como queríamos, transformándolos, cambiando contextos, adaptándolos a la acción de la obra además de solicitarle textos nuevos para una determinada escena cuando lo necesitáramos.
A Gonzalo le tocaba el tema visual, la escenografía. Él ya tenía una idea cuando empezamos a trabajar en el montaje, idea que obviamente se fue transformando en la medida que la obra cobraba forma, en la que entendía y desarrollaba su personaje. Es así que el escenógrafo también aparece en escena y “hace llover”, y esa lluvia revela el amor, que luego se vuelve llanto y al final es redención a través de la muerte.
Inspirado por las fotografías de Fernando (fotógrafo español que conocimos cuando montábamos la obra en Olmué) vino la idea de las transparencias y del color sepia de las fotografías antiguas, el color del recuerdo.
Volvimos con un pre-montaje todavía por desarrollar. Hablamos con Lucas sobre lo que necesitábamos musicalmente en el trabajo y él comenzó a componer, además de ayudar con el diseño de luces y todo lo técnico. La obra tenía mucho de emocional y por eso la música debería contraponerse, evitar lo melodramático. Se hablaba de la muerte y la música tenía que ser, en consecuencia, más viva. También se debía encontrar el sonido para los momentos en los que era preciso evocar, recordar, la delicadeza de la memoria. Acompañar la poesía del texto, la fuerza de la acción y la intensidad de los silencios.
Cuando llegó Elías para finalizar la obra, se empezó con el trabajo “fino”, los detalles, ajustar todos los aspectos (acciones, escenas, texto, música, escenografía), desconstrucción y reconstrucción del montaje y profundizar el trabajo actoral.
Así construimos Un Buen Morir, una creación colectiva más de nuestro grupo en el año número 27 de su existencia. ¿Cuántos años más sobreviviremos? No se sabe, pero como dijo el poeta Vinicius de Morais, que no sea inmortal porque es llama, pero que sea infinito mientras dure.
(Texto incuido en la publicación del guion de Un buen morir)