Una traición
José Andrés Sánchez Exeni acaba de presentar su primer libro de ficción titulado Matar lo amado en Santa Cruz de la Sierra donde vive y trabaja. Una traición es parte de la selección de nueve cuentos existenciales
Durante aquellos años lo importante estaba en las otras cosas. Las cosas que no eran nuestras, las que descubríamos, las que nos asombraban. Los años aquellos en los que el futuro no existía, en los que nada podía tocarnos ni alterarnos. Éramos los héroes, los paladines de la vanguardia, los más cool de esta ciudad, los únicos con el cabello largo, los que tocábamos las guitarras.
Sí, esos eran los años, ¿te acordás?
La ciudad aún era un cúmulo de calles y losetas y tardes de tranquilidad. Había una somnolencia extraña que perm
José eaba nuestras adolescencias. Estábamos y eso era suficiente.
Lo más lindo de nuestros ensayos era lo que sucedía después, cuando vos y yo y R y M nos sentábamos a la mesa y reíamos y tomábamos café con empanadas, molletes, pan francés hecho en casa y hablábamos de todo lo que sea que hablásemos en esos tiempos.
¿Te acordás?
Yo sí.
El pan con harina, la margarina, la mermelada, el aroma de la leche y el café, el mantel floreado, mi abuela a lo lejos, los instrumentos en la sala. El zumbido de la música, una caricia dentro de nuestros tímpanos. Todo el amor.
Lo más lindo de nuestra música se producía cuando las distorsiones y los bajos y las guitarras y las voces se fundían en el medio de la sala y nosotros éramos un solo pensamiento y emoción.
Lo más lindo de nuestra música era que nos pertenecía a nosotros y a nadie más.
¿Cómo fue que empezamos? Me acuerdo que primero yo estaba solo y luego vos estabas a mi lado y que las cosas que hicimos fueron magníficas…como suelen ser casi todos los recuerdos de la juventud. Así de astuta y selectiva es la memoria. Así de ilusoria.
Lo que conocimos durante esos años fue a nosotros mismos. Despojados y tontos. Conocimos el silencio, las risas, la complicidad, los anocheceres en el patio de tu casa mientras nada sucedía. ¿Te acordás que nada sucedía? ¿Te acordás de los autos que pasaban por la calle? ¿Te acordás de los aros hechos con el humo de los cigarrillos? La nada y el presente. Eso era la vida.
Yo solía decirte que éramos la mejor banda de rock del país, como si eso fuese un gran logro. Vos asentías, tal vez por simple complacencia, pero asentías. Tomábamos nuestras guitarras y cantábamos y hacíamos las canciones y escribíamos las letras y eso era lo único que existía.
Eso éramos, un par.
Lo que sucedió después tuvo que ver con lo incontrolable que resultó todo. Tuvo que ver con los otros, con aquellos que no éramos nosotros, con los que aparecieron y nos secuestraron. Tuvo que ver con las cosas que vos no representabas y las que yo tampoco.
Tuvo que ver con Kathryn y con mi traición.
Ella apareció así, salida de la nada, en medio de nuestras vidas. Sorprendente e intempestiva. Nos trastocó y malogró. Ella fue el súcubo que te secuestró.
Yo los veía, en silencio, a ustedes dos. Los observaba y estudiaba. Kathryn y vos, juntos, todo el tiempo y en todo lugar. Abrazados y tomados de las manos. Sonrientes y extasiados. Jugando a los enamorados.
Un destino inevitable se me hizo evidente. Algo iba a suceder.
No hubo nobleza ni inocencia en lo que Kathryn y yo hicimos. Hubo deseo y alcohol. Premeditación y descontrol. Algunas personas nacemos con el único objetivo de destruir lo que no tenemos.
En principio, mi traición fue cuidadosa, casi imperceptible. Inició con miradas leves, sonrisas lejanas. La implantación de una duda, una intriga, una posibilidad. Luego continuaron los roces y los juegos del tacto. Las risas cómplices, los guiños y las coincidencias. Las bromas al oído, los mensajes telefónicos.
En fin…, la tentación.
Durante los meses previos al hecho yo callé. No hablé. No hice nada para detenernos. La carne es débil y la juventud intrépida. Esperé y esperé hasta que sucedió. Fue una noche de mayo. Estábamos en la fiesta, en medio de la pista de baile. La música electrónica tronaba. Alrededor de nosotros bailaban todas esas personas; tomaban agua, usaban gafas. Kathryn y yo nos miramos de frente, nos desafiamos. Bebimos los shots, gritamos. Chocamos nuestras cabezas y nos animamos. Nos abrimos paso, bajo las luces multicolores. Subimos por las escaleras, intoxicados y dispuestos. Nos encerramos. Ocurrió dentro de una habitación oscura, sobre una cama amplia y blanca. Una cama húmeda. Recuerdo el vapor que salió desde el interior de nuestros cuerpos, la rigidez en los pequeños pezones de Kathryn, el sabor metálico de su piercing sobre el labio superior. Tras unos minutos la aventura nos agobió. Se convirtió en una obligación. Traspasar el límite resultó doloroso. Lo supimos ni bien acabó. En la planta baja, sonaba Daft Punk. Esa noche, el que faltó fuiste vos.
Hoy la vi. Después de todo este tiempo, la vi. Entró al restaurante, acompañada por un par de amigas. Era mediodía y por los ventanales ingresaba una luz amarillenta, muy ligera. La reconocí de inmediato. Yo estaba con un cliente, esperábamos nuestra comida. Kathryn también me vio y estoy seguro de que me reconoció, que pensó en vos y en lo que te sucedió. No me sonrió. No se acercó, no nos saludamos. Su grupo se ubicó unas cuantas mesas más allá, hacia nuestra izquierda. La observé de lejos, con disimulo. Me daba la espalda. Noté sus ademanes y gestos grandilocuentes, el continuo movimiento de sus cabellos lacios y rectos, el brillo dorado y tosco de las joyas en sus brazos y cuello. Escuché el grotesco estallido de su risa en medio de la conversación. No es la misma persona de antes, por supuesto. Tampoco yo lo soy. El mesero trajo nuestros platos. Masticamos, saboreamos y tragamos. Nos mantuvimos ahí nomás, alejados y envejecidos; ocupados, malgastados y desesperados. Kathryn cometió un percance, una ligera torpeza: dejó caer su tenedor. Se agachó para recogerlo, estiró el brazo. Toda su espalda se encorvó. Mantuvo esa posición durante varios segundos… más de cinco… más de diez. Vi la punta de sus uñas rojas, brillantes y filosas; tan cerquita del cubierto, tan a punto de tocarlo y alzarlo, tan a punto de tomarlo… y ella así, tiesa e inmóvil, estancada en el tiempo, detenida en el recuerdo… y yo también así… el pedazo de carne entre mis dientes, el sabor de la sangre en el paladar… tu ubicua presencia dentro del restaurante y nuestros pensamientos.
Sí, esos fueron los años. ¿Te acordás? La mañana siguiente, después de la fiesta, te encontré y estoy seguro que ya lo sabías todo, que ya te lo habían contado quienes nos vieron, que ya te habían dado los detalles. Me miraste, mientras yo me acercaba; y no dijiste nada. Me tendiste la mano y me sonreíste; y no dijiste nada. Caminamos juntos, nos despedimos y nos fuimos; y no dijiste nada…Jamás dijiste nada.
Pocas semanas después Kathryn y vos terminaron su relación, pero las cosas, ya alteradas, no volvieron a ser iguales entre nosotros. En todo lo que hicimos luego nos rodeó el silencio. Así permitimos que la música acabe, que sucedan los años y las tristezas y que las decepciones se conviertan en transacciones comunes, cotidianas.
Ya no fuimos nosotros, vos y yo unidos, con las guitarras y las canciones y los ensayos. Ya no fuimos un par. Bebimos, jodimos y viajamos. Nos graduamos, trabajamos. Nos casamos y nos divorciamos, primero yo y después vos. Sin despechos ni reclamos, nos alejamos. Escribiste tus libros y los publicaste. Participaste en concursos literarios y ganaste. Diste cátedra y enseñaste. Yo tuve a mis hijos y engordé. Endeudé, caí y luché. Enfermé y sané. Durante años, no supe nada de vos, hasta hace poco, cuando me enteré de lo que hiciste. Te tomaste todas esas pastillas, las bajaste con alcohol. Durante semanas, estuviste echado de espaldas sobre tu cama. Sin vida y sin habla. Rígido y helado, hasta que te encontraron. Te mataste, te moriste y jamás dijiste nada. Te enflaqueciste y redujiste y jamás dijiste nada. Te intoxicaste y te fuiste y jamás dijiste nada…Jamás dijiste nada.
Las cosas más frágiles son aquellas de las que no se puede hablar.
En este momento no me atrevo a decir tu nombre.
José Andrés Sánchez Exeni acaba de presentar su primer libro de ficción titulado Matar lo amado en Santa Cruz de la Sierra donde vive y trabaja. Una traición es parte de la selección de nueve cuentos existenciales que Sánchez Exeni publica en Editorial La Hoguera. Que lo disfruten.
INTRO AL LIBRO (un fragmento)
José Andrés Sánchez Exeni vive y trabaja en Santa Cruz, Bolivia. Nació en 1981. Es periodista. Trabajo en diferentes medio de comunicación siendo El Deber donde fue parte del suplemento cultural Brújula, Escenas y también en el área de política. Ha escrito artículos y reportajes. Primero probó con Ingeniería de Sonido en Chile, “Un rotundo fracaso”, recuerda. Luego se decidió por el periodismo y pasó por diferentes medios de comunicación. Dirigió la revista cultural Vamos. En la actualidad escribe para la revista Aullidos de la Calle y trabaja en el área de comunicación de una empresa.
Matar lo amado reúne nueve cuentos existenciales, en los que la palabra precisa cobra relevancia. El primer amor, la cotidianidad de un drogadicto, la homosexualidad en la adolescencia, el diario vivir de un obrero, las tardes en una peluquería de hombres o simplemente la búsqueda de un lugar para vivir feliz son las excusas del autor para reflexionar sobre lo más amado que tenemos: la vida. (María José Ferrel)