Unos cuantos Párra/fos para Don Nicanor
Conmemorando un año de la desaparición de Nicanor Parra, el gran antipoeta chileno, Puño y Letra consultó acerca de la vigencia de su legado a 6 poetas bolivianos y a un chileno. Responden para Puño y Letra: Benjamín Chá
Conmemorando un año de la desaparición de Nicanor Parra, el gran antipoeta chileno, Puño y Letra consultó acerca de la vigencia de su legado a 6 poetas bolivianos y a un chileno. Responden para Puño y Letra: Benjamín Chávez, Sergio Gareca, Humberto Quino, Vadik Barrón, César Antezana Lima, Ada Zapata y René Silva.
Párra-fos
Benjamín Chávez
A un poeta como Parra se lo lee con seriedad pero sin solemnidad. No creo haberlo seguido muy de cerca -como sí ocurre en cambio con algunos de sus compatriotas a quienes frecuento-, pero es indudable que, de cuando en vez, es muy importante que la frescura de su voz y lo iconoclasta de su discurso penetre los contornos de la comarca poética que cada uno habita. He aquí algunos momentos en los que eso me sucedió.
En febrero de 1994, dos o tres días antes del carnaval de aquel año que hice una lectura bautizada como “La víspera del ángel” en un café de Oruro. Yo leí y Vadik Barrón me acompañó con la guitarra. Se trataba de una lectura de poemas de otros. Un cover poético para lo cual seleccioné 20 poemas de igual número de autores latinoamericanos. Uno de ellos fue Nicanor Parra y el poema La montaña rusa.
Tiempo después, en 1999, comencé a escribir una columna quincenal (catorcenal, para ser exactos) llamada Cementerio Club, en el suplemento literario El Duende del periódico La Patria, también en Oruro. La primera se publicó el domingo 31 de enero de aquel año y se tituló “La edificación de la columna”. En esa ocasión transcribí algunos versos del poema “Advertencia al lector” de Parra, como parte de los deseos e intenciones que perseguía la mencionada columna. “Los pájaros de Aristófanes/ enterraban en sus propias cabezas/ los cadáveres de sus padres/ (cada pájaro era un verdadero cementerio volante)/ a mi modo de ver/ ha llegado la hora de modernizar esta ceremonia/ ¡Y yo entierro mis plumas en la cabeza de los señores lectores!"
En la primavera de 2015 estuve muy poco tiempo en Chillán, el pueblo natal de Nicanor. Recorrí sus calles, me demoré en su arbolada plaza que en uno de sus flancos exhibe la ojival arquitectura antisísmica de su catedral. Di una vuelta por una pequeña feria del libro callejera (recuerdo que no compre ninguno) y no hice mucho más, pero en determinado momento pensé en Nicanor, claro y, fugazmente intenté imaginarlo por esas calles que habrán sido muy distintas allá por los años 20. Yo había llegado al atardecer del día anterior y debía seguir mi viaje a media noche. El calor apretó durante la tarde y esa fue la razón por la que me refugié en una pintoresca cervecería de barrio, donde la cerveza era fría y barata. Estaba con un amigo poeta oriundo de allí, pero no hablamos de Parra, o eso creímos. En vez de eso conversamos sobre el Mariscal Andrés de Santa Cruz quien estuvo confinado en ese sureño pueblecito chileno entre 1843 y 1845. Fue de él de quien tuvimos ganas de buscar las huellas de su paso por allí, a pesar de que previsiblemente la cosa sería más difícil dado el tiempo trascurrido y lo poco conocido del asunto. Pero la cerveza estaba tan buena y el calor tan fuerte que nos quedamos a leer el Mensaje en una botella (Parra) y, lo de + es lo de - (ídem).
¿Qué puedo decir yo acerca de Nicanor Parra?
Sergio Gareca
Que una vez fui a Isla Negra y no pude visitar su antimuseo, es decir, que le hice una antivisita. Que, antílope, como un animal imaginario, siempre paseo por ese poema imaginario, del hombre imaginario. Con mucho, algunos amigos, entienden la poesía como algo sacro y que siempre debe estar cargada de fúnebre solemnidad y que esta carga es insustituible. De tal forma que la anti forma de Parra es ya otra carga de otras alas. A mí me gusta esa puerta abierta a esa anti solemnidad. Su obra como un manifiesto anti vanguardista, es vanguardista al final, con la suerte de haberle dado un revés a la poesía. Tanto es así, que, a la hora, nosotros, una generación intrascendente para la lengua, encontramos todo destruido y con muy poco que destruir. Las altas notas de la poesía del siglo XX, como es el caso de Parra, nos han dado terrible trabajo. No puedo dejar de estar influenciados por tanta destrucción edificante. Muchos nos hemos otorgado el derecho de ser anti algo y anti todo. Muchos por simple moda elemental. Pero en la dialéctica del oficio el primer anti, cercano antiguo del último siglo, es el suyo. Por tanto, esa vena viva, aun hincha las uvas de Parra, y es inevitable, de ese vino aún bebemos.
Nicanor Parra:
El poema de cristal
Humberto Quino
Exorcizar una escritura, para encontrar una escritura perenne, esa necesidad de vivir en el humor, en la ironía, en el sarcasmo; y desechar esos envoltorios del lugar común “crítico”, es una tarea que apenas comienza.
¿Qué significa Parra, en la poesía chilena?
A.- Una liberación de la retórica enrarecida (Pienso en Neruda, Lihn, Rojas etc.); un alejamiento de la Poesía (así, con mayúsculas), para postular una lengua de cristal, ligada al coloquialismo (prosaísmo dirían algunos), una ecuación que se interna en el espesor del lenguaje cotidiano, para relegar su léxico, sus artificios raídos, sus burdos signos.
B.- Una poesía, que en su aparente simplicidad, esconde un torturado trabajo escritural (ver sus borradores llenos de tachaduras y supresiones), una singularidad que nos transmite las ranuras de ese ser resquebrajado que es el hombre.
C.- Frente a un escritura acartonada (“solemne”, dice él), reivindica un humor explosivo, que va más allá de la elocuencia, de su elaborada artificialidad.
Su centenario, todavía huele bien.
¿Hay Parra para rato?
René Silva Catalán
Su libro Poemas y anti poemas es fundamental para la poesía chilena, también para Latinoamérica y el mundo, porque incorpora como lo hizo también Pezoa Véliz a través del lenguaje, la existencia del personaje popular, al “roto chileno”, como primer punto, el reclamo social a través de la ironía, usando el texto poético y que sin duda alcanzó a esos segmentos populares que la academia y el canon segmentan y discriminan. Detrás de lo que escribe de manera creativa está lo que piensa la masa, dignifica su lengua, un intento de cambios y acercamiento que permiten que su obra sea leída y se reconozcan en él. Como escritor, todos alguna vez quisimos ser Parra, hasta Bolaño lo quiso. Raúl Zurita, aunque lo critica y habla de él estando muerto, lo consideró un maestro. Parra permite que muchos escriban como él decía “como le den las ganas” y eso es fundamental para salir del encasillamiento poético, que de alguna forma aún se mantiene incluso en la tradición poética chilena. Por lo tanto la obra de Parra, además la considero como un lugar de reflexión y encuentro con la identidad chilena. La obra de Parra para mi es parte del patrimonio intangible que no ha dado a través del lenguaje carácter e identidad al chileno más popular, por lo tanto se representa en el vendedor de sopaipillas en la calle, en el sapo de la liebre Talagante, en el pescador artesanal golpeado por la industria pesquera y por sobretodo en el trabajador cultural.
Un embutido de ángel y bestia
Vadik Barrón
La primera referencia a la copiosa obra de Nicanor Parra la encontré en una canción de Silvio Rodríguez, Detalle de mujer con sombrero, en la que el cubano canta el verso: “un embutido de ángel y bestia”. Años después descubriría que aquella frase bien podría servir para definir al hombre que escribió esos poemas. Con los años y la lectura reiterada, siempre placentera a la vez que desafiante, aprendí de Parra una irreductible cualidad que le reclamo a toda obra creativa: la libertad. El tiempo terminó por darle la razón, lo confirma una obra de más de setenta años de extensión, llena de rebeldía, desenfado y una saludable desmitificación de la poesía que dejó una huella profunda en las generaciones que le siguieron, a las que les (nos) quedó claro que “en poesía se permite todo”.
Roberto Fernández Retamar, en sus Aproximaciones para una Teoría de la Literatura Hispanoamericana, marca acertadamente que Parra nunca habló de antipoesía, esta definición (y posterior pseudoescuela) se desprendió del título del famoso libro de 1954 de Parra Poemas y antipoemas, y amenazó con reducirlo a un mero opositor coloquialista de la tradición modernista. Férnandez Retamar afirma también que la poesía de Parra no es antipoesía sino poesía “anti Neruda”; confrontación estética que viene a nutrir la larga historia de rivalidades y contramovimientos de la poesía chilena. Pero Parra es mucho más que un sarcástico o un iconoclasta: es, ante todo, un esteta, que le cambia las reglas, eso sí, a los cánones del léxico aceptado en poesía y de la arquitectura textual de la belleza (“solo con la belleza me conformo”). Pensábamos que no se iba a morir nunca pero igual nos jodió con eso hace un año, a los ciento tres años de edad, un último desplante de quien supo burlarse del mundo para comprenderlo.
Parra en el desierto
César Antezana/Flavia Lima
Casi no puedo dejar de estornudar y siento algo de frío en mí habitación desordenada. Vengo de las playas boreales de chile y me acompañan un par de libros. Lihn y algún otro. No importa.
Siempre he confesado mi deuda a la poesía que en algún momento se llamó coloquial: Sabines, Gelman, y por ahí, algo distante, Cardenal. Pero creo que ahora debo arreglar cuentas con Nicanor, viejo alcahuete que se sumó de forma originalísima a toda esa movida vociferante y malhablada a mediados del siglo XX con sus anti-poemas. Pero no es una admiración por aquello que todos más o menos ya sabemos: su desmitificación de todo lo noble y sacro que se le atribuye a la poesía y al poeta; su necesidad de hablar desde lo cotidiano y concreto de la vida, en diálogo franco e ingenioso con la gente; su rebeldía y su insolencia frente a aquellos que vivían del cadáver absolutamente desgastado de la literatura y su canon; sus nuevos lugares comunes abordados con sarcasmo. No. Para nada. Bueno, en todo caso, no solo por eso.
Me sobrecoge además su imagen ambigua insuperable. Me ratonea su fama de machista, me amarga la sospecha de que fue simpatizante de la dictadura militar. La lista podría radicalizarse si echamos mano de Zurita y sus últimas declaraciones. ¿Deberíamos dejar de lado la vida privada del autor y concentrarnos en su obra? ¿Acaso esta división maniquea es posible cuando de Nicanor Parra se trata? No sean ridículos. Que lo primero no entorpezca nuestro placer de leerlo, de acuerdo. Pero quizás nos debemos ahora, al recordarle, poder madurar de una buena vez y aceptar que la poesía está hecha de materiales similares a los que usamos las personas para sobrevivir cada día, tratando de saciar el hambre de comida y de piel, repitiendo rezos irracionales, trabajando de lo que sea para pagar el arriendo. Apestando de vez en cuando.
Vengo de Chile decía y Parra se me cruza en el camino mostrándonos el poto a los turistas por la ventana de un viejo bus, como yéndose hacia el desierto, sosteniendo algunos artefactos entre sus manos, tan inquieto como dicen que era con esas cosas. Allí debe estar esperando, entre inocente y furioso, leer alguna vez algún diario que diga que todes le debemos algo. Fingiendo no estar esperando por supuesto.
“Voy y vuelvo”, el maestro Nicanor Parra
Ada Zapata Arriarán
Qué decir de un hombre que nos deja el gran artefacto que es la antipoesía: un juego de irónicos abalorios coleccionables, curiosos poemas visuales y nuevos objetos en el mundo. Esos eco poemas palpables y degustables que hacen descender las palabras a los labios del que transita hambriento por la calle. Parra advierte que todos podemos escribir poesía, que no nos es ajena y que no se nos puede arrebatar el pan de batalla de la palabra para sustentar nuestro inestable lugar en el mundo. Qué decir entonces del que escribía con el vivo lenguaje del pueblo para renombrar las cosas con un gusto conversacional, haciendo distintivos signos en la antesala de la muerte antes de ser electrocutado y ascender la montaña rusa de la inquieta poesía, echando “sangre por la boca y las narices”. Nicanor que desafío la muerte atravesando burlonamente sus cien años, “con una luz entre irónica y pérfida”, nos dice de sí mismo “fui lo que fui (…) una mezcla de vinagre y aceite de comer. Un embutido de ángel y bestia”.
Entrañable, científico y poeta, anticlerical, incomodando ideologías capitalistas y socialistas, nos deja al otro lado del abismo. Un año después de su muerte con obras como Poemas y antipoemas (1954), Artefactos (1972), Sermones y Prédicas del Cristo de Elqui (1977), Ecopoemas (1982) o Chistes para desorientar a la policía/poesía (1983), nos demuestra que no se muere en la poesía, invitándolos a rebatir toda anquilosada tradición, y ser joven por siempre. Un hombre imaginario es aquel que se crea a sí mismo contra el despotismo del poder, aquí en el lodo de la tierra, y nace de su propia incomodidad. Vívidamente cuestionador, un hombre imaginario desconfía de su propio lenguaje. Se ha dicho con toda razón y corazón que Parra es un provocador del lenguaje de la realidad. Desacralizar la poesía y bailar la danza negra del irónico humor celebrando la vida parece ser la premisa de un hombre que supo salvarse del olvido.
¿En Hojas de Parra (1985) leemos “Claro- descansa en paz, y la humedad? Y el musgo? Y el peso de la lápida? Y los sepultureros borrachos? Y los ladrones de maceteros? Y las ratas que roen los ataúdes? Y los malditos gusanos que se cuelan por todas partes haciéndonos imposible la muerte o les parece que nosotros no nos damos cuenta de nada” Todo menos políticamente correcto Nicanor Parra, nos acerca al amor encarnado y vital que se profesa comulgando con el misterio, el verdadero espíritu de la poesía que es la inconformidad esencial con el mundo.