Puño y Letra

Acerca de las conversaciones en los consultorios

No me molesta para nada ir al consultorio del doctor, entre otras cosas, porque me gusta esperar y en esta ciudad, como en el resto del país, los diversos consultorios y hospitales siempre se encuentran hacinados...

Acerca de las conversaciones en los consultorios

EL ILUSTRADOR

Brian Díaz Yáñez (Sucre, 1990). Fanático de la anatomía y de los artistas. Diseñador Gráfico en proceso (now loading...)  y obsesionado del arte visual en su diario vivir. Ganador de contados concursos, llamado ilustrador por conocidos, participó en la Tercera Versión del Conart: Territorios Abiertos. Actualmente dibuja la tira cómica web Michicuentos, disponible en Facebook.

No me molesta para nada ir al consultorio del doctor, entre otras cosas, porque me gusta esperar y en esta ciudad, como en el resto del país, los diversos consultorios y hospitales siempre se encuentran hacinados de gente, gente enferma, gente desesperada y –como les dije antes– a mí no me molesta esperar. Lo que me molesta, en todo caso, es que a otros les moleste esperar.

Los abuelos empiezan a hojear revistas arrugadas de tanto manoseo, y bueno, el doctor es un imbécil –incrédulo laborioso–  por no decir un reverendo idiota como casi todos los médicos que dejan periódicos y revistas en la sala de espera. Como un vano afán de disuadir la molestia y aburrimiento consideran las revistas un insípido intento de remedio. Lo sorprendente es que la gente las lee o hace que leerlas. Es difícil darse cuenta a veces.

Supongo que esto de esperar es algo azaroso cuando uno está sentado, sin mucho que hacer, es lógico que se empiece a plantear cosas y a refutar muchas otras más.

Generalmente voy al consultorio los jueves por la tarde, hay menos gente, de hecho, siempre somos tres y claro el gato, el gato bañado de sol.

– Míralo –dijo Irma–. Siempre igual, el muy ocioso.

Alicia volcó la mirada de inmediato; yo no, yo sabía exactamente lo que hacía el gato desde hace 3 años. Podría lanzarle cualquier tipo de objeto, podría caminar hacia él con una de esas viejas revistas como mazo y el gato no se movería, nunca lo hace en realidad.

– Jamás he visto algo parecido– dijo Irma dirigiéndose a nosotras sin dejar de mirar al felino. –Los gatos son criaturas nocturnas.

– ¿Y...?– pregunto Alicia.

– Tonta, que no es un gato normal.

– ¿Qué no es un gato normal, dices? ¿A qué te refieres? –Preguntó incrédula Alicia.

– Es que no te das cuenta de lo que pasa en tus narices, ¿ya lo viste? El gato se la pasa todo el día recostado al sol.

Y definitivamente el gato se la vive recostado en el único charco de sol que entra por la ventana del consultorio, intentando ampliar al máximo su tamaño para remojarse en aquellos hilos dorados que caían como lluvia fina en su pelaje.

– ¿No se dan cuenta acaso? – Irma volvió con su persistente cuestionario. – El gato no se mueve nunca, pero el sol tiene un trayecto que cumplir conforme las horas pasan; sin embargo, el gato siempre está al sol, ¿cómo puede ser posible eso?

– Está claro, Irma, no puede ser posible. – Respondió Alicia.

– No puede ser posible, pero así es. ¿Cuánto tiempo llevamos esperando?

– Ummm... unos cuarenta y cinco minutos será. –Dijo Alicia consultando su reloj.

– Cuarenta y cinco minutos y el gato no se movió del sol, pero el sol tampoco se movió del gato, aquí pasa algo muy extraño, hay gat...

– ¿Gato encerrado? – Interrumpió Alicia sonriendo. – ¿Qué opinas tú? – Y su mirada se dirigió hacia mí.

– ¡Qué va a pensar ella! –Dijo precipitadamente Irma, sin ni siquiera darme tiempo a que me inmute. –Si ella tiene privilegios o es que tampoco te diste cuenta que siempre le atienden antes que a nosotras.

– Bueno es que la verdad soy muy distraída –respondió Alicia–, y no me di cuenta.

– Pues yo si me fijo, me fijo en el gato, en el sol, y en ella, ella que llega después de nosotras y la atienden primero

– Quizá tiene una cita acordada. –Dijo Alicia, dirigiéndose a mí con alguna complicidad.

– ¿Y nosotras no? –Preguntó Irma con la paciencia al borde del colapso–. ¿A ver cuándo fue la última vez que nos atendió a nosotras? ¿Ayer? ¿El lunes? ¿La semana pasada?

– Pues no me acuerdo, –respondió Alicia con una ansiedad que no podía ser controlada.

– Piensa bien, –insistió Irma.

Alicia pensó y, mientras lo hacía, intuía una invención no apta para disimular sus defectos de memoria.

– ¿Te das cuenta ahora? No intentes recordar por qué el doctor nunca te atendió.

– Es absurdo, –afirmaba Alicia como tratando de aferrarse a algo– imaginar siquiera lo que estás diciendo raya el borde de la paranoia.

– ¿En serio? A ver... ¿Cómo se llama el doctor? ¿Podrías hacer una descripción física de él? ¿Hace cuánto estas de tratamiento y por qué vienes aquí?

Hubo un silencio tedioso que pasó a la perplejidad, de la perplejidad al asombro, del asombro a la súbita resignación y, finalmente, algo dubitativa, se escuchó la voz de Alicia:

– ¿Tres años?

– Tres años, y en todo este tiempo a la única de las tres que atiende es a ella, –Dijo Irma señalándome.

– Estás paranoica. –Le respondió Alicia y me miró con timidez y algo de empatía.

– Puede ser, pero dime algo: ¿Te acuerdas de algo más que no sea esta sala, el gato o el sol?

– Pues claro. –Contestó segura Alicia.

– Dime entonces. –Prosiguió Irma, más firme y más confiada que al principio.

– Que vengo aquí desde hace tres años.

– ¿Enserio? ¿Qué más? –Ahora el color de voz de Irma era más irónico, se sospechaba algo de ansiedad.

– Que ustedes son mis amigas.

– Por supuesto, pero se más específica.

– Uhmmm... pues me acuerdo del gato, sí... del gato y el sol. –Respondió Alicia inquieta y perturbada.

A lo largo del corredor se oyó el cincel de unos zancos chocando con el vidrio esmaltado del piso, entonces la mujer salió hasta la sala de espera y llamó en voz alta:

– Doris, pase por favor, el doctor la está esperando.

Me incorporé sin ruido en una inútil perfección del silencio, el gato seguía en su charco de luz tratando de guardar el sol, decidiendo por voluntad propia ejercer felizmente una profesión inventada para él, aquel maravilloso ocio que envidiaba a pasos de mí...

– Chicas, –dije mirándolas fijamente a los ojos, tratando de disuadir la tentación de dramatizar– ahora hagan el favor de quedarse quietas y sin hacer ruidos que mi psiquiatra no quiere saber más de ustedes.

 

*Ana Gabriela Serrano Gonzales (Sucre, 1992). Arquitecta comprometida con el patrimonio y la literatura. Lectora asidua desde su niñez. Cofundadora del Club de Lectura de la ciudad de Sucre. Cuenta con varios poemas y relatos, paralelamente escribe artículos de arquitectura y patrimonio. Es integrante y activista de la Sociedad de Estudios Patrimoniales de Chuquisaca.

 

 


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