Puño y Letra

La catedral en llamas

El incendio de la Catedral de Notre Dame, uno de los monumentos más importantes del acervo cultural de Francia y el mundo, nos sorprendió a todos. ¿Cómo es posible que algo así suceda en este tiempo? ¿Si eso ocurre allá,

La catedral en llamas
La catedral en llamas

El incendio de la Catedral de Notre Dame, uno de los monumentos más importantes del acervo cultural de Francia y el mundo, nos sorprendió a todos. ¿Cómo es posible que algo así suceda en este tiempo? ¿Si eso ocurre allá, cómo no cuestionarse lo que sucede en países como los nuestros? Una especialista en conservación y dos escritores bolivianos nos hablan desde sus diferentes perspectivas sobre lo que dejaron las llamas de Notre Dame. Escriben Juan Cristobal Mac Lean, Guillermo Ruiz Plaza y Tatiana Suárez Patiño.

[Llora en francés]

Sobre el incendio de Notre Dame y otras pérdidas

Tatiana Suárez Patiño  

Hoy en día resulta de lo más conflictivo emitir una opinión sobre el patrimonio cultural, ya sea que se lo defienda o se lo ataque. Ustedes dirán “pero eso pasa con cualquier tema”, pero con el patrimonio cultural es más difícil pues tiene tres componentes tan inflamables como la gasolina: política, religión, y un sistema de representaciones, ¿cómo emitir un juicio sobre patrimonio sin dañar al prójimo y sin quedar tibio a la vez?

Como restauradora de bienes culturales tengo opiniones encontradas sobre el incendio ocurrido en la catedral de Notre Dame, se espera de mí que me rasgue las vestiduras y me abra las venas, y sí, eso fue lo que pasó, cuando vi las cubiertas hechas cenizas mis ojos se hicieron un rio, pero esto no solo me pasa con este caso, me pasa con todos los patrimonios que son vulnerados, porque no hay un monumento u obra que sea “más importante” que otra, todos son igual de importantes, solo que hay algunos monumentos que tienen una mayor palestra mediática que otros, y  ese es el tema central de esta nota, cuál es el papel que juegan los medios de comunicación en el proceso de salvaguarda del patrimonio cultural y en la construcción de la identidad de los países.

¿Por qué todos lloramos en francés este accidente en Notre Dame, pero no lloramos en árabe la perdida de la mezquita de Alepo cuando fue bombardeada? O un ejemplo más cercano ¿por qué nadie lloró e el colapso del techo de la iglesia de San Agustín en Potosí? ¿Cuál es esa relación tan fuerte que tenemos con el Patrimonio Europeo que no tenemos con otros patrimonios incluyendo el nuestro?

La respuesta es tan simple y compleja a la vez: aún no hemos superado nuestra condición de colonia europea, esta respuesta puede parecer algo reduccionista, pero básicamente nos cuesta cuidar nuestro patrimonio y nuestra identidad, porque aun tenemos una identidad prestada o impuesta, seguimos mirando a Europa como el referente máximo cultural, y todo lo malo que pueda pasar con este continente y sus bienes culturales es una tragedia mundial porque de alguna forma nos sentimos parte de ellos todavía. 

Siguiendo esta línea de ideas hasta la actualidad, podemos ver esa colonialidad en los medios de comunicación, que persisten en cubrir y dar mayor difusión a todo lo acontecido en este continente que en el resto del mundo.

Muchos medios cubren ciertos eventos basados en el rating de las noticias, sin tomar en cuenta que el lenguaje también construye identidad, los medios de comunicación tienen el poder de “construir importancia” dependiendo de las formas en las que se presenta la información, ¿por qué no se puso durante días en los titulares de noticias “Gran pérdida para la humanidad” cuando se destrozó Palmira? ¿Por qué se reducen las pérdidas en el Medio Oriente (o en Latinoamérica) a un contexto local? Pero las que suceden en Europa son de importancia mundial y son una pérdida para todos, ¿será que el mundo sigue siendo solo este continente? o será que estamos tan acostumbrados a que países enteros pierdan identidad y ardan en llamas todos los días, que es una gran noticia cuando hay un incendio en Europa.

Siempre se debe denunciar el daño al patrimonio cultural, pero se debería tratar a todos los patrimonios con la misma cobertura e intensidad, todos son importantes independientemente que Disney haga o no una película sobre ellos.

Otro tema delicado mal tratado por la prensa, es la cantidad de donaciones económicas alcanzadas en pocos días para su restauración, muchos indignados por la pobreza mundial se horrorizaron al saber que tanto dinero va a ir destinado a la reconstrucción de “una iglesia”, aquí tenemos que separar conceptos, “donación” no implica necesariamente bondad, no es un acto inocente de caridad, sino que hay otros intereses involucrados en esto, como la cantidad de dinero que ingresa por el turismo, no solo el que entra de manera directa pagando el ingreso a la catedral, sino el indirecto que entra por la hostelería por ejemplo.

No es que se está pagando por la restauración de “una iglesia” sino que se está pagando por mantener una identidad local (y por lo visto mundial también), se invierte en la permanencia de un símbolo nacional, se paga para no perder la historia, y eso es lo que no estamos entendiendo, conservar la identidad tiene un costo y uno muy alto.

Dentro de la parte técnica, se viene recién el fuego más grande que el norte ha visto, todos los medios, los restauradores y la sociedad en general van a incendiarlo todo con sus opiniones sobre los criterios de intervención para la restauración de este monumento, este va a ser un debate de lo más caliente con una pregunta muy importante en medio de todo ¿Quién decide como restituir el imaginario social de la catedral? ¿Cómo debiera verse ahora este patrimonio?

Hay unos datos que se deben tomar en cuenta en este debate, tanto el “Bosque” como la aguja que vimos arder hasta caer son parte de una intervención del siglo XIX realizada por Viollet-le-Duc, podríamos decir que no son parte del “original”, pero ya cuentan como su doble historicidad.

¿Se debería restaurarla imitando su imagen anterior al incendio como si nada hubiera pasado? ¿Se debería restaurarla como fue concebida en una primera instancia allá lejos en el gótico? ¿O se debería emplear los criterios de la arquitectura de integración y crear una nueva apariencia integrando la modernidad dentro de este patrimonio?  Personalmente creo que una tercera historicidad no le vendría nada mal a este monumento. 

Duele cuando se pierde patrimonio, pero duele más cuando se pone a los monumentos y obras dentro de una escala de importancia basada en el dinero y en los likes que las noticias pueden conseguir.

Restauradora y conservadora de bienes culturales, defensora de los derechos de todo tipo de patrimonio. [email protected]

 

La catedral incendiada

Juan Cristóbal Mac Lean E.

Cuando empezó a circular la noticia, ni quise ver lo de Notre Dame. Pero ya más tarde no pude seguir esquivándola. Las veces que viví en Paris (sobre todo dos, aunque la última vez entrecortadamente) estuve muy frecuentemente por los barrios en que siempre se ve Notre Dame. Tampoco nunca me cansé de entrar a sentarme ahí, a veces como repositorio entre largas caminatas por la ciudad.

Cuántos domingos por la mañana, ya no sé cómo, que acababa inefablemente por ahí.

Un domingo, desde afuera, se escuchaba música y entré. En la puerta repartían un papelito, que sólo después vi. Cuando entré, a medida que iba entrando, sufrí una de las mayores conmociones así que hasta ahora me tocaron. Justo ese rato, una soprano estaba cantando su parte, elevando una gran aria de alguna de las Pasiones de Bach. Y la luz, la altura, la piedra, los vitrales… Ni intentaré decir más, no podría.

Recién al salir miré el papelito que había recibido: era el programa y era nada menos que la Sinfónica de París la que estaba tocando.

Tengo muchas memorias de Notre Dame, pero sólo cuento ésta más: un día, ya no recuerdo cómo, estaba con un amigo que me había hecho en el barco viniendo de Londres. Él era un jockey, extrañamente profundo e inteligente. Pasear por una ciudad así, de muy joven con alguien azarosamente conocido y también en situación en-entredicho, hace aflorar otros yóes, otras voces, otros ámbitos, es algo muy bello. Algún momento pasamos por Notre Dame y entramos, estuvimos un rato. Al salir me dijo esto que me impresionó: que a veces era presa de espantosas depresiones. Y que los únicos lugares en el mundo que entonces podían calmarlo eran o un establo de caballos o una iglesia.

A Notre Dame siempre la asociaba con el título de una pieza de Debussy: “La Cathedral engloutie” –La catedral sumergida. Y no es que la catedral diera la impresión de sumergirse o estar sumergida, ni siquiera cuando envuelta en brumas invernales. Más bien, vista de lejos, a veces parecía un navío enorme, velámenes sus torres. Pero otra vez, en una calle de París, un joven estaba recitando poesía, ardorosamente y pillé las palabras “la catedral decoussue” -la catedral descocida- unas palabras que al fin y al cabo parecían más acordes con los tiempos.

Sumergida, descocida, ahora incendiada… Y aunque hace tantos años, casi vidas, que no vuelvo por ahí, igual no me acostumbro o hago a la idea de que pasó lo que pasó. Los duelos no sólo conciernen a las personas…

 

Las llamas  de Notre-Dame

Guillermo Ruiz Plaza 

Visitar París puede ser una experiencia traumática. La vivencia sensual de una ciudad de cafés legendarios, bulevares llovidos como espejos, grandiosos perfiles arquitectónicos y vanidosos pórticos dorados que brillan en la niebla a menudo es reemplazada, en cuestión de horas, por la angustia de una ciudad colapsada, un nudo de nervios, una selva gris que parece moverse con mayor soltura en el mundo subterráneo y maloliente del metro, en medio de una muchedumbre resignada a una rutina opaca y más bien triste.

Y sin embargo, en el corazón de la ciudad, en una isla rodeada por las aguas oscuras del Sena, se levanta una joya del tiempo, la catedral de Notre-Dame, que de forma indefectible nos devuelve la imagen soñada que tenemos de París. Poco importa que a diario la invadan miles de turistas: sus pensativas gárgolas reciben a todos con la misma majestuosa indiferencia con la que presenciaron cómo, en 1971, Philippe Petit cruzaba sin permiso ni seguridad un cable tendido entre sus dos torres, a sesenta y nueve metros de altura.

Testigo de más de ochocientos años de historia –guerras, coronaciones, epidemias, atentados, funerales–, ícono de Francia y aun de Europa, Notre-Dame parecía eterna. A su lado, todos éramos como Petit: funámbulos suspendidos en la breve cuerda floja de nuestras vidas. Por eso, me digo, nos fascinan las catedrales. Antes que la fe en Dios, simbolizan la fe que mantenemos en nosotros mismos, en nuestra pervivencia, en nuestra civilización. Qué importa la caducidad de las vidas individuales si somos capaces de edificar maravillas que perduran, que nos trascienden y que simbolizan, de forma indirecta, la grandeza que hay en nosotros, seres pequeños y frágiles.

Así, en la lista actual del Patrimonio Mundial de la Unesco –cuyo principal objetivo es el de proteger sitios específicos del planeta– figuran 845 sitios culturales contra solamente 209 naturales. Así, a pocos días del incendio, ya han llovido sobre las cenizas de Notre-Dame donaciones muy superiores a las enviadas para ayudar a cualquiera de las poblaciones afectadas por desastres naturales en las últimas décadas. Así, el prestigio de Notre-Dame se debe menos a su pionera arquitectura gótica que a su resplandor literario. En efecto, fue un sueño de la literatura –la famosa novela de Victor Hugo publicada en 1831– lo que llevó a los parisinos a valorizar y tal vez a salvar la catedral en una época en la que se demolían regularmente, con una aversión febril, edificios y fachadas de la época medieval.

Con su inmovilidad de piedra, con la laberíntica huella del trabajo de generaciones sucesivas que se han dejado las manos y la vista, que han dado la vida muchas veces por hacer un pórtico primoroso o una techumbre deslumbrante, una catedral traduce mejor que cualquier otro monumento –para decirlo con una línea de Éluard– nuestro duro deseo de durar.

Esta inmovilidad es solo aparente. Como la gran mayoría de los monumentos antiguos, Notre-Dame ha sido renovada en incontables ocasiones. Ahora deberá ser reconstruida: solo resistieron al incendio la estructura y las torres. El barco de Teseo era reparado sin descanso y, a medida que las piezas eran modificadas o reemplazadas, los sofistas de Atenas se preguntaban si se trataba realmente del mismo barco que al principio. Podemos hacernos la misma pregunta respecto de los monumentos que transformamos con el fin de que perduren.

Mientras el mundo estaba conmocionado con las imágenes del incendio en París, a unos 4666 kilómetros de allí, en Jerusalén, ardía la mezquita de Al-Aqsa, el tercer lugar más sagrado para el Islam. En ambos casos se cree que el origen del fuego fue accidental: en Notre-Dame, debido a un cortocircuito en las obras de renovación; en la Mezquita, por culpa de unos niños que se encontraban en la zona. Esta última imagen, la de unos niños que por jugar queman un valiosísimo retazo de Historia, es tan inquietante como significativa.

“Todo se destruye, todo perece, todo pasa; solo queda el mundo. Solo dura el tiempo”, escribió Diderot en 1767, intuyendo cenizas y ruinas tras las grandes catedrales y los espléndidos palacios, pero también tras los cuadros, las sinfonías, las obras maestras de la literatura; tras todo lo que, con su aparente hondura e inmovilidad, traduce nuestra vocación de infinito.

El deseo de durar es duro porque es precioso y al mismo tiempo vano. Si la edad del universo correspondiera a un año terrestre, toda la historia humana ocuparía los últimos veintiún segundos del calendario cósmico: un parpadeo. Las estremecedoras llamas de Notre-Dame nos recuerdan que la humanidad entera es solo un funámbulo que, tratando de no mirar hacia el abismo, avanza por la cuerda floja de los siglos y el filo vertiginoso de sus sueños.


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