Embolsador de supermercado
En la época en la que obtuve mi primer empleo, cuando tenía trece o catorce años, no sabía, en realidad, que mucho antes de ese momento yo ya había estado trabajando.
A los trece o catorce años no se tiene mucha certeza de lo que sucede alrededor de uno, aunque quizás sí se pueda presentir que algo está pasando. Recuerdo mi primer día como embolsador del Hipermaxi de la 19 de Calacoto como un suceso feliz: por fin estaba ganando mi propio dinero sin la ayuda de mi madre o mi abuela; eso es lo que hace un hombre hace, me había dicho mi tío Ricardo, y yo estaba de acuerdo.
Los embolsadores no ganábamos un sueldo, quizás porque todos éramos menores de edad, quizás porque los jefes de estas empresas casi siempre han sido mezquinos, todo el efectivo que podíamos reunir dependía de las propinas de los clientes. De todas maneras, a mi edad, en ese entonces, lo que ganaba me bastaba y sobraba para tener muchas de aquellas cosas que no había podido comprarme antes y que siempre había querido. Había vivido un poco de la sencilla felicidad del obrero: después de una ardua jornada de trabajo, en un acto íntimo, se premia a sí mismo con algún manjar sin importancia aparente y ese es un secreto que guarda casi sin darse cuenta; no hay deuda alguna, se lo merece.
Muchos de mis compañeros de trabajo ayudaban a mantener a sus familias con las monedas que recolectábamos cargando bolsas y no podían comprarse todo lo que se antojaban, apenas algo pequeño, que engullían pronto y a ocultas, como si le estuvieran robando a alguien. Más han robado tantos –no todos– que han nacido en cuna de oro, quizás no ellos directamente, pero sí sus padres, o abuelos, entonces son cómplices de alguna manera, claro, pero este era un crimen que nosotros, el último eslabón en la cadena alimenticia de un supermercado, desconocíamos. Y es curioso cómo uno llega a sentirse culpable de lo que no ha podido escoger: sí, muchachos nacidos en cuna de oro, a ustedes los perdonamos e incluso hemos llegado a querer a algunos de su especie, no a todos, nadie es culpable de que Adán y Eva hayan comido del árbol del conocimiento, todo ha sido un invento de la religión, echémosle la culpa a la puta serpiente. Amén.
No duré mucho allí. Lo dejé por aburrimiento. En algún momento tuve que partirle la nariz a uno que había sido amigo mío hasta que empezó a discutirme por unas monedas que, según él, yo no tenía que haber recolectado. Le arrojé cuatro monedas de cincuenta centavos a la cara y él pidió más. Yo no quise darle el gusto y al día siguiente nos citamos en la cancha de tierra de Los Pinos después de la salida del colegio. Gané la pelea con facilidad, pero ya me sentía hastiado de hacer el ejercicio de las ratas: morderse las unas a las otras por unas migajas. Ya no fui más, me propuse cogerle el hilo al Baldor, uno de esos pocos libros que a uno le hacen llorar en la vida.
Volví a ser embolsador cuando le tocó a Boca Juniors visitar al Bolívar por la Copa Libertadores. El Ketal de la calle 21 nos contrató a mis amigos y a mí, que no teníamos un centavo para comprar las entradas. Ahorramos y vimos el hat-trick del Pícaro Castillo contra el xeneize desde la Curva Norte. El partido fue el inicio de otra época feliz. Éramos los mejores amigos –hasta ahora que han pasado tantos años somos como hermanos– y teníamos la dicha de trabajar juntos. Hasta que acusaron a alguno de robo y quisieron obligarnos a delatarlo, a declarar en su contra. No lo hicimos, pese a las amenazas. Éramos pobres, desaliñados y jóvenes, pero no éramos cobardes. La deslealtad nos daba asco.
Nos despidieron, por supuesto, y recibimos la noticia con mucha tristeza. La última noche de embolsar sólo estábamos dos de los amigos, Rivera y yo. Recuerdo que se cayó una bolsa de OMO y el gerente, un chileno llamado Alonso, me gritó para que la recogiera. Estaba triste y rabioso por la injusticia, y no quise recoger la maldita bolsa. No, le dije. Entonces, él me agarró del chaleco y empezó a gritarme que nunca más volvería a trabajar allí, que tomaran mis datos, que me sacaran una foto, empezó a empujarme, pero me detuve y chilló para llamar a Seguridad. Lo miré a los ojos y lo insulté, por supuesto. Los calacoteños clientes del Ketal miraban la escena algo espantados, sin comprender nada.
El de Seguridad fue amable porque sé que compartía la opinión de mucho de lo que le grité al gerente aquel. Alonso, hermano, si estás leyendo esto, quiero que sepas que a la larga me has dado mucha risa y por eso quiero recompensarte, te invito un par de chelas en el Bonanza, cuando quieras, contame qué ha sido de tu vida, campeón. Qué triste la vida de ciertos comediantes que se creen mejores que otros porque tienen un cargo supuestamente importante o porque su piel es más blanca o porque su apellido suena más europeo que el tuyo o porque en su billetera hay más billetes que en la tuya. ¡Ten piedad, Wiracocha, tú que todo lo has creado y todo lo ves, de tantos pobres niños ricos que he conocido en estas tierras zonasureñas paceñas!
Un par de días aguanté en un restaurant de gyros, justo frente al Ketal de la 21. El segundo día un jailón imbécil me recriminó con mucha prepotencia porque le había puesto mucha mostaza, ¿o muy poca?, a su alimento. Debo confesarlo, no he sido el mejor de los meseros: apenas pude, deposité un escupitajo en su gyro, cubrí mi saliva con su amada mostaza y lo vi comérselo feliz. Queridos lectores, nunca traten mal a quien les trae la comida. Es una de las cosas que uno aprende en la vida. Cobré mi paga de esa noche y le juré a todos mis dioses que viven en la Laguna de Ánimas que no volvería allí.
Pero no vayan a creer que he sido el peor empleado del mundo. Cuando salí del colegio me tocó ser feliz laboralmente hablando en otros lugares. Fui vendedor de libros en las ferias, trabajé en la Chocolandia, un paraíso del chocolate, hasta estuve en unos laboratorios haciendo aspirinas o algo así desde la misma masa, también fui redactor de La Razón, otro bello empleo.
Asimismo, sufrí las ocho o doce horas que padece el oficinista, ¿cómo hay gente que tolera esa vida? ¿En serio el dinero vale tanto? En fin. Supongo que a veces no tienes alternativa. Rezaré a mi dios por todas aquellas almas perdidas. Wiracocha, escucha la oración de tu hijo.
Mi alternativa ha sido la escritura. Ella, diosa mía, me lo ha dado todo. He conocido países que no pensé que llegaría a conocer. He conocido a muchas personas muy buenas y a grandes amigos. He dado de comer a mis hijos gracias a ella. Pero no es un oficio sencillo. Es un trabajo que te exige todo, el alma y el alma es en parte todo lo que uno ha vivido y ha visto, buenos y malos momentos. ¿Y dónde uno hace nacer el alma si no es en los lugares en los que ha estado? La escritura es un trabajo que he empezado antes de comenzar a trabajar y que otros oficios que he aprendido me han ayudado a cultivar. Es difícil, sí, escoger las palabras, pero es más difícil buscar todo lo que se esconde detrás de ellas, ese monstruo en penumbras.
Siempre recuerdo una anécdota del año en que se presentó mi novela Lluvia de piedra. Yo estaba en el stand de Santillana, firmando Lluvia, que ha sido publicado por Alfaguara, cuando, de pronto, una señora empezó a darme los libros que iba escogiendo. Me hizo sostenerle diez de ellos y yo la seguía por todo el stand, como un asistente suyo. Cuando ya quiso acercarse a pagar, me dijo: Chico, ven. Yo me acerqué y le fui pasando los libros. Vi que se estaba llevando un ejemplar de mi libro y le pregunté: Señora, ¿quiere que se lo firme? Ella me miró extrañada. Yo soy el autor del libro, aclaré.
Vio mi foto en la solapa y se puso roja de repente, empezó a ustearme y me pidió disculpas. Yo sonreí y le dije que no se preocupara, que me pasaba ese tipo de cosas todo el tiempo, que ese era uno de los problemas de lucir como uno de los más bolivianos de los escritores nacionales, que a veces se corre el riesgo de olvidar que un embolsador de supermercado también puede trabajar en otros lugares.