Yo, jaguar

La novela del multipremiado autor boliviano, Rodrigo Urquiola, Reconstrucción, es el primer título que publica Tata Danzanti Editores, una nueva editorial paceña de “escritores para escritores”. En esta ocasión, Urquiola envía a Puño y Letra a manera de adelanto, uno de los capítulos de esta obra qu

Yo, jaguar Yo, jaguar

Rodrigo Urquiola
Puño y Letra / 29/07/2019 07:39

La novela del multipremiado autor boliviano, Rodrigo Urquiola, Reconstrucción, es el primer título que publica Tata Danzanti Editores, una nueva editorial paceña de “escritores para escritores”. En esta ocasión, Urquiola envía a Puño y Letra a manera de adelanto, uno de los capítulos de esta obra que fue merecedora del Premio Marcelo Quiroga Santa Cruz, que anualmente convoca la Alcaldía de Cochabamba

Cuando quise recordar mi nacimiento apenas pude imaginar mi muerte.

Y aún si lo hubiera logrado, ¿sería verdad aquella imagen que pudiera haber encontrado en ese rincón de la memoria? Todo es invención. ¿Puede acaso agarrarse la oscuridad como si fueran ladrillos y escoger alguno debido a cualidades que lo distingan de los demás? Todo territorio, al final, le pertenece a la imaginación, nuestro último refugio. La historia la escriben los victoriosos, dice un conocido refrán, pero aquí estamos todos derrotados, así que la escribimos todos y, entonces, nadie.

Ver un puma disecado sin ojos. Escuchar que lo llaman jaguar. Para todos, para su asesino, para su disecador, para su guardián, para los vecinos del pueblo entero, para el forastero que llega a conocerlo, para todos, es y ha sido siempre un jaguar. La reconstrucción del puma.

El que llega pensará que no e incluso, si es lo suficientemente atrevido para refutar con sus ideas la hospitalidad de quien lo recibe en su casa, dirá lo que piensa, me están engañando, alguien me quiere mentir, yo sé la verdad, aquí soy el dueño de lo cierto, por tanto, mis ojos saben qué es lo que están viendo, eso no es un jaguar. Pero a nadie le importará. Porque hay cosas que trascienden a lo que pudiéramos atribuirle la propiedad de la verdad. 

La reconstrucción es lo cierto porque es lo que queda, todo lo anterior es inaprensible. Y es que incluso la verdad es una ficción, una lectura particular, y son letras lo que se lee, siempre, aunque estés cerrando los ojos con fuerza y de pronto veas imágenes. ¿Qué es lo que hace puma al puma? En principio el orden de las letras que forman la palabra, p-u-m-a. ¿Qué es una letra sino la aproximación a un sonido? ¿Qué es la forma de una letra sino el intento de atrapar un sonido en un dibujo? ¿Y qué es una palabra, entonces? ¿Un conjunto de sonidos que buscan atrapar entre nuestros dientes algo que se nos escapa? ¿Y por qué un puma, entonces, no puede ser un jaguar? Los sonidos no mienten, pero la memoria sí.

¡Jamás lo será!, exclamará el zoólogo indignado por los años de estudio que le dedicó a su ciencia para que, de un momento a otro, un individuo cualquiera venga a decirle que un puma llamado jaguar en realidad es un jaguar gracias al nombre nada más, y tendrá razón, por supuesto, pero sabemos que la imaginación, aquello que surge cuando se busca un ladrillo en la oscuridad de la memoria, es más grande que cualquier zoólogo extraviado en las páginas de un libro e incluso más grande que el individuo cualquiera que se ha atrevido a indagar. 

Valga como breve recordatorio, entonces, decir que este es un libro sobre la inmensidad del recuerdo y los vericuetos y confusiones de quienes quieren reconstruir la memoria antes de un libro sobre zoología. Y, como es un libro hecho de cuatro libros, valga también la redundancia decir que a los cuatro los mueve la misma inquietud. Que la indignación de los entendidos no melle la única historia que trasciende en los cuatro momentos; ya lo hemos visto todo, hasta reescrituras precisas y perfectas a partir de fotografías en blanco y negro, ya tan viejos estamos incluso los jóvenes que cualquier alboroto no es más que sobreactuación, dejemos eso para los bares cuando se acaba la conversación, se ha bebido demasiado y se quiere usar los puños para divertir a los dioses que se ríen de nuestro absurdo.

El tiempo es materia. Algún físico entendido negará rotundamente esta afirmación, pero ya lo hemos dejado en claro: ninguna opinión profesional nos interesa ya. Recuerdo, por ejemplo, que mi abuela hacía que la ayudara en la cocina cuando era niño. Me encargaba pelar arvejas y habas para la sopa. Mientras yo ejecutaba esta misión, ella me hablaba de los días que se fueron de su vida. El tiempo es harina siendo amasada para hacer algún pan. Tampoco queremos conocer la opinión de los panaderos. Mi abuela me contaba escenas de su infancia que luego confundía con escenas de su vida en medio de la dictadura que después se le daba por confundir con la voz de su abuelo excombatiente de la Guerra del Chaco. Así, el tiempo, en las manos de una abuela, se amasa, se extravía y se convierte en materia voluble. Luego, ella separa la masa confundida y el pan que saldrá del horno es una mezcolanza de vivencias que carecen de fechas exactas y de cierta lógica que cualquier historiador exigiría. No nos interesa saber si los historiadores comen pan o no. Interesa decir, quizás, que los abuelos han aprendido a valorar el pan que se llevan a la boca y, mientras cuentan sus historias de vida, cuando todos los momentos se confunden y parecen ser solo uno, se dedican a soparlo en el café para masticarlo con toda la lentitud de sus dientes ausentes.

La presencia de los dioses no es otra cosa que su inmensurable ausencia. Si he de tener un dios, que sea un puma al que todos llaman jaguar, porque los creyentes han utilizado cientos de palabras para denominar lo que no se puede comprender pero que está. Si alguna religión voy a tener va a ser para discutirla, que quien no piensa sus creencias se extravía en una especie de embriaguez y para borracheras ya tenemos el vino y la cerveza, patrimonios nacionales. La ausencia del jaguar o, mejor dicho, la ausencia de todos los jaguares, expresiones caminantes de lo desconocido, no es otra cosa que la presencia apabullante de la imaginación que reconstruye el vacío, don que no existiría sin la maleable memoria, la única capaz de deshacer las leyes del dios tiempo. Que nadie se sorprenda si un abuelo ha decidido que tiene doscientos años de vida y que en ellos ha hecho de todo, desde tener una hija que en realidad no es hija suya hasta matar a una fiera salvaje con sus propias manos mientras sucedía una gran matanza de hombres. El tiempo y las historias no le pertenecen a nadie. 

Hace unos años mi hija me preguntó por su madre y no supe qué decirle. No consideré justo mentirle y le pedí tiempo. Tiempo para terminar el libro que había empezado a escribir en mi adolescencia para dárselo a leer después de hablarle. Ella lo leyó y, llorando, me abrazó y me llamó padre mío, como el campesino sin estudios de zoología que llama jaguar al puma porque esa es su verdad. Y si ahora sucede que publico el libro que escribí en principio solo para mí y después solo para ella, para mi niña, es porque ella me pidió compartir nuestra historia, que era la historia de tantas otras personas más; que las historias, como los dioses, nos pertenecen a todos, como el pan de los abuelos, para que nadie creyera que la verdad es algo que se puede poseer. Para que se sepa, acoto yo, ahora, que no se puede encarcelar a un jaguar en la boca.

Historia, qué peligrosa palabra, significa posesión, quiere aprisionar, encerrar en una cárcel de dientes, pero es ineludible, lo sabemos, crece a medida que sus intérpretes nacen, como si no se supiera ya que estamos condenados a ser libres. Ya lo dijo mi tío Cuéllar aquella lejana tarde cuando le dije que quería escribir este libro: la verdad es de quien la vive. ¿Cómo recuerda un campesino sin estudios de zoología y sin estudios de historia aquello que ha sucedido en sus tierras incluso antes de que naciera y que no solo ha terminado trastornando su existencia sino la vida de su nación? Lo que uno no conoce se lo inventa a partir de lo que sabe y eso es lo cierto, el puma que todos llaman jaguar y que ha perdido los ojos en realidad no está ciego porque los demás –el guardián, los vecinos, el forastero– lo miran y retroceden ante su imagen porque se sienten observados. Pero no divaguemos ni nos adelantemos a nada, que este tampoco es un libro de esos que llaman históricos, dejemos las pretensiones para los pretenciosos, a nosotros nos interesa apenas el pan que han horneado los abuelos.

Lo decimos de nuevo: no es la intención de este libro hecho de cuatro libros sorprender a nadie, se trata apenas de un reconocimiento íntimo, un intento de reconstrucción, imperfecto como todo intento de repetir lo que fue a partir de lo poco que se conoce ahora, lo sabrán bien quienes han encontrado destrozada la Puerta del Sol en Tiwanaku y han tenido que reconstruir el templo e intentar adivinar la esencia de aquello que se consideraba sagrado a partir de unas cuantas pistas. Rearmar las ruinas, nada más, es todo lo que puede hacerse, y toda ruina es aquello que llamamos recuerdo, ladrillos perdidos en la memoria, rescatar lo poco que queda, intentar que quede en pie para mirar, siempre con dudas, aquello que pudo haber sido. Pero tampoco es intención nuestra enemistarnos con los arqueólogos, que ya tenemos bastante con los zoólogos, historiadores, teólogos, panaderos y los siempre puristas de lo que les han enseñado a llamar verosimilitud. Hasta aquí llegamos.

Cuando quise imaginar el nacimiento de mi hija apenas pude recordar la muerte de mi madre…

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