Puño y Letra

Mujeres en las minas, de la crónica al teatro

Es una circunstancia especial la que se vive en estos tiempos en Bolivia, donde la vida y lucha de las mujeres mineras, tanto como protagonistas de la historia de la recuperación de nuestra democracia a finales del Siglo XX

Es una circunstancia especial la que se vive en estos tiempos en Bolivia, donde la vida y lucha de las mujeres mineras, tanto como protagonistas de la historia de la recuperación de nuestra democracia a finales del Siglo XX, como protagonistas de dramas actuales de explotación y violencia en la sociedad contemporánea, han salido a flote, en varios flancos.

Hace poco acaba de ganar el concurso nacional de crónica de la revista Rascacielos, el trabajo de la chuquisaqueña Soledad Domínguez,  “Por una fotografía sin nombres”, que trata la historia de las primeras mujeres mineras que iniciaron la huelga de hambre para echar abajo la dictadura de Hugo Bánzer Suárez. Otro hecho que no se puede pasar por alto es el drama de las mujeres guarda bocaminas, el asesinato de dos de ellas ha revelado las terribles condiciones laborales y de vida de las mismas, algo que está muy lejos de resolverse en el actual contexto estructural boliviano. 

En este horizonte, el grupo de teatro El Animal, lanza su obra Si nos permiten hablar, basado en la figura de Domitila Barrios de Chungara, la mítica dirigente exejecutiva del Comité de Amas de Casa de los centros mineros; y ganan fondos del Proyecto Intervenciones Urbanas (PIU) con su propuesta Mujeres mineras de coraje. Aprovechamos este marco para entrevistar tanto a Soledad Domínguez, como a Alice Guimarães, quien dirige, junto a Gonzalo Callejas, la obra de El Animal. Este ha sido el resultado.

“Por una fotografía sin nombres” Para una reparación de la historia

Habla Soledad Domínguez, ganadora del premio nacional de crónica de la revista Rascacielos. 

P. Nuestra generación todavía guarda en la memoria ciertas imágenes fuertes de lo que fueron las dictaduras militares en nuestro país y de sus protagonistas. Entre la infamia y el heroismo, también cabe el olvido. Tú te ocupas de echar luz, justamente, sobre estos puntos ciegos, marginales, digamos, que tienen que ver con la historia de la “gente común”, o con la historia hecha por la “gente común”. “Por una fotografía sin nombres” sigue esta preocupación, por lo que has expresado. Cuéntanos, ¿cuál es tu primera aproximación al tema? ¿Cómo se enciende la chispa que echa a andar la máquina de tu curiosidad con respecto a esta historia?

R. Este tema tiene que ver con un comodín usado en general por toda la sociedad cuando se trata de asumir los protagonismos de las mujeres, dada la infravaloración social que se hace de ellas y de considerarlas marginales a los hechos importantes, cuando en realidad, sin su aporte, esos “hechos importantes” jamás se registrarían. En el caso de las mujeres mineras que iniciaron y sostuvieron la huelga de hambre contra el dictador Banzer entre 1977-1978 pasa algo así y la gente está acostumbrada, ahora, a manejar esta seudoverdad: “la huelga que hizo Domitila Chungara”. 

Veamos la definición de comodín en un diccionario: “Naipe que puede sustituir a cualquier otro de la baraja y tomar su valor según convenga al jugador que lo posee” o “persona o cosa que puede desempeñar diversas funciones según las necesidades de cada momento”. Con todo el inmenso respeto que me merece la finada Domitila Barrios y sus acciones vitales, considero que todavía es insuficiente el conocimiento que se tiene respecto de las luchas de las mujeres dentro del proletariado minero y que se suele usar el comodín “Domitila” para explicar algo que no se quiere conocer ni asumir más. Y eso ha sido así merced a la complicidad, negligencia y, sí, machismo de historiadores, políticos y luego sociólogos, muchos periodistas e investigadores, artistas, dirigentes sindicales, etc. que impusieron su punto de vista sobre ese tema en años pasados. 

Creo que al final se asume que, como son mujeres, no importan sus nombres, sus circunstancias particulares, da lo mismo, que se junten todas en una sola persona, en un comodín llamado “Domitila” para tenerlas a buen recaudo.

Ocurre que en 2010, en una actividad de exmujeres de las minas, realizada en La Paz, conocí a 3 de las 4 protagonistas de aquella huelga. Las entrevisté y fui invitada por Nelly Colque, una de las huelguistas, a visitarla en su casita de El Alto. Allí contó –como intentaba contar siempre a quien la escuchara– su dramática historia particular, de violencia familiar, de indiferencia social, de miseria y enfermedad. Nelly fue, de las cuatro, la que más reveses sufrió en la vida. ¡Una de las cuatro que forjaron para Bolivia el regreso a la democracia! Porque las cuatro quedaron a la sombra de la historia. Y esa injusticia no empezó ayer. Fue en los años de los “pactos por la democracia”, de los contubernios entre el renovado Banzer “demócrata” con los ex izquierdistas devenidos en pragmáticos de la política.

Esos políticos comieron, bebieron, disfrutaron, engordaron sobre el sacrificio que hicieron las cuatro, y millones de mujeres como esas cuatro. Y eso, hoy, de repente ya no se podría pagar con las condecoraciones tardías que recibieron o con la pensión vitalicia que les concedieron en 2003, a insistencia de alguna buena gente.

En fin, que desde 2010, habiendo conocido ya a Nelly Colque, Angélica Romero, Luzmila Rojas y Aurora Villarroel, intento dar forma narrativa, con imágenes, al destino que les tocó vivir, mediante un futuro documental cinematográfico. 

La crónica “Para una fotografía sin nombres”, es, en breve, como un primer acercamiento a esa intención. Es en sí misma una historia resumida, una narración sobre la gesta y el destino de las cuatro mujeres que le doblaron el brazo al dictador. No solo da a conocer algo que tiene que ver con nuestra historia, con la historia de casi todas las mujeres; quiere también plantear preguntas y provocar pensamientos indignados. 

P. Fuiste discípula de Jorge Suárez. Tu inclinación natural siempre ha sido la escritura, ¿Cómo te das la mano con la imagen? ¿Cómo comienza tu camino como documentalista, ahora reconocida en la escena filmográfica boliviana desde hace algún tiempo?

R. En mi hoja de vida, aparte de haber hecho la carrera de literatura en la UMSA, reivindico siempre haber sido pupila del escritor Jorge Suárez. Largas jornadas de trabajo y conversación en sus oficinas del periódico y en la fe que él siempre tenía en las mujeres (sus colaboradoras más cercanas siempre eran mujeres) y en los proyectos de trabajo que quedaron truncados con su muerte imprevista, después de la cual hubo gente, mediocre, que intentó asaltarme en lo profesional y chantajearme en lo personal, pues había muerto mi “protector”. Pero nunca murió. Lo reivindico siempre como mi primer gran maestro de la escritura, un erudito en poesía barroca, en narrativa. Un gran consejero para usar el lenguaje, en pensar mejor. Imagen y palabra van de la mano, en la poesía, en la vida. Ciertamente, después del periodismo del estrés, de la presión, el periodismo esclavo que se adocena, sale en limpio una escritura más precisa, más concisa, con mayor puntería. Con la escritura se puede construir pensamientos, recuerdos, sueños, reflexiones. En contraste, la imagen cinematográfica, pese a su contundencia en el tiempo presente del indicativo, tiene que usar otros recursos para esas construcciones; la imagen es plana, se da en un tiempo vectorial, se mueve para adelante. La palabra escrita va donde quiera. 

Ahora bien, ¿cómo llego al documental? Del periodismo pude saltar, de alguna manera más cómoda, a hacer cine de la realidad, a mirarla “creativamente”, a darle una forma narrativa. No obstante, ir al mundo exterior y contarlo con imágenes supera la experiencia periodística. No es llegar, preguntar, tomar notas e irse. El documental ya es otra cosa, ya tiene que ver con otros pactos, con otras “técnicas” para abordar la realidad. Es hacer cine, pero usando lo que está alrededor, con revisar lo que una cree que es esa realidad y confrontarla; tiene también que ver con personas convertidas en personajes, ¿desde dónde las miras?, ¿es tan importante que digas algo sobre ellas?

P. ¿Cómo te sentiste escribiendo la crónica? ¿Qué recursos y cuáles fueron los momentos de mayor tensión en el despliegue de tu trabajo?

R. La hechura de esta crónica exigió la tensión de poner en palabras, en manera narrativa, sencilla, organizada y amena una enorme cantidad de información, datos y certezas encontrados y compilados a lo largo de estos años. Crear imágenes narrando ciertos acontecimientos, omitir otras que tal vez tendrían que decirse de manera más morosa, no en 30 mil caracteres, intentar no ofender la memoria de gente ya muerta que tenía también su propia visión positiva de estos hechos, tratar de dar voz y protagonismo a las cuatro. Resumir situaciones, evitar ese molesto lenguaje “periodístico” del “dice, agrega, señala, acota”, etc., que suele señalar de manera enfermiza hasta la fuente del viento que sopla. Este trabajo se escribió en dos o tres jornadas. Quizá sea mucho, según ciertos profesionales, o poco, según otros.  Pero no habría sido posible de no haber esos encuentros previos, esas entrevistas, esas revisiones de publicaciones, las consultas a “sabidos” que las ninguneaban.  Un largo proceso.

P. En un tiempo en el que el feminismo y sus diferentes enfoques penetran gran parte del debate público y privado, ¿cómo crees que aporta al debate interno feminista, la mirada de clase y el tiempo de estas mujeres a las que retratas en tu crónica y en tu documental? 

R. Creo que hay un beaterío teórico de clase media que olvida o que no ha comprobado que “en un palacio se piensa de otro modo que en una cabaña” (parafraseo a Engels, citando a Feuerbach). Pero hasta ahí. Porque considero que el feminismo, en esto, tiene mucho que aportar e intervenir, porque es desde esa visión que se puede también explicar la apropiación de los cuerpos de las mujeres, su sometimiento y la normalización de su rol doméstico, considerado como improductivo, aunque los hechos demuestren lo contrario. Creo que eso se tiene que “ver”, que discutir, que batallar. Y en eso contribuye esta historia, porque da a ver, a sentir.

P. Tampoco puedo dejar de pensar en tu crónica y tu documental como un eco en el que las condiciones de vida de las mujeres que trabajan en las minas, tomemos el caso de lo que ocurrió recién con las guarda bocaminas en Potosí, distan mucho de haber cambiado, ¿qué opinión tienes al respecto?

R. Dicen en el distrito minero de Siglo XX que con el repliegue de la minería estatal, los obreros cooperativistas que ahora trabajan, los varones, han perdido toda perspectiva de lucha vital comunitaria, de lucha de clase, y que han retornado a los tiempos más brutales de explotación, de auto explotación. Que emplean sus fuerzas en arrancarle riqueza al cerro echándose siempre sobre ellos el peso de semejante esfuerzo, que como ya no tienen contra quién luchar por una vida mejor, golpean al cerro y golpean, más si pueden, a las mujeres. Que se perpetúa la tragedia de los proletarios de principios del siglo XX, sin patrón visible a quién reclamar y arrancarle conquistas. Eso dicen y toca ahora mirar esa realidad. Alguien dijo que los mineros viven así porque quieren. Otra cosa es ir a ver por qué “quieren” vivir así. Creo que va saliendo a la luz la necesidad de ver cómo viven, ahora, las mujeres en las minas. Y de eso se trata cuando se hace crónica o documental. No por pose, sino como compromiso vital. Y no para juzgar y condenar, sino para revelar.


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