¡Ah, si de volver en grupo al cine se tratase!
Empujamos al cineasta Alejandro Pereyra Doria Medina, casi a la fuerza, a ver la última de Tarantino en Sucre.
Empujamos al cineasta Alejandro Pereyra Doria Medina, casi a la fuerza, a ver la última de Tarantino en Sucre. A la fuerza, un poco, porque aquí la pasan doblada, y ese es un detalle que alguien como él no pasa por alto así como así. Pero este es el resultado de su vivencia en Erase una vez Hollywood, la película de la que todo el mundo habla y no deja de hablar. Nos parece un espléndido resultado. Que lo disfruten.
Alejandro Pereyra Doria Medina
La idea ya ni se asomaba en mi egoísta cabeza y cuando la propuso el negro Aillón me acordé con ternura de esos numerosos que esperaban en las puertas de los cines a finales de los ochenta, de mi primo comprando varias bolsas de chizitos, mortadelas y cervezas para la función de noche doble (que terminaba a la 1am), de esa anécdota que dice que Bretón y Juan Gris se entraban al cine a tomar el té con masitas y la película fomentaba su charla.
Creí que no habría gente para Tarantino, pero la sala estaba llena. Era miércoles par y no pagaría de otro modo por la afrenta que significa ver una película doblada, más aún cuando las voces de personajes, que se supone deberías tomar en serio, se alternan entre las del señor Burns y Marge Simpsom chingando a mansalva. Además de la lista de más de una docena de pelis bolivianas que al cine SAS no entrarán (al menos aún no, será hasta que la ley de cine les obligue a hacerlo: y eso será pronto), razón por la cual, en apoyo al gremio, no apoyo a esta multisala con mi entrada.
La última vez que fui aún los trailers, esa magia llena de futuro, mantenían el sonido original, con la sana práctica de lengua extranjera que es la lectura del subtitulado. ¿Será cierto que los jóvenes ya no quieren leer y ver al mismo tiempo, como me dijo el boletero o es que simplemente ya no se les da esa chance? Sea como sea, lo que tenemos por cine en lugares como la capital de Bolivia al 2019 es la pantalla plasma de una flota gigante, haciendo el viaje Sucre - La Paz, entre ronquidos y bombas de peli ultraviolenta. Aunque hay cosas interesantes con los doblajes, como escuchar una crisis nerviosa de Woody Allen en alemán o a Cristian Bale, con capa y oscuridad, murmurar en Turco antes de ser brutalmente cortado por la publi de unas galletas.
Estas cosas decía yo en voz alta a mi pareja, cuando el sacrosanto guionista Arce que estaba sentado delante de mí, interpeló: “Que acaso escucho en dolby? ¡he venido a ver la película, no a oír la historia de tu vida!” Y había reunida una entrañable fauna cinéfila, todos fieles seguidores de Quentin, desde aquel año 95 en que, en un cine jesuita, asistimos a la brutal belleza de Pulp Fiction.
Me parece que con Tarantino pasa algo así como con Lio Messi. Todo está bien y de pronto hay algo que, aunque nos cueste decirlo, no se termina de dar y, así como los que queremos a Messi sufrimos al verle perder campeonatos, así en Tarantino - desde su tercer largo aproximadamente- mientras despliega su incomparable narrativa, esperamos que haga ese acto de magia de las primeras pelis y que simplemente ya no vuelve. Será reconociendo esa “impotencia” que el personaje más conmovedor o patético de ERASE UNA VEZ EN HOLLYWWOD, el viejo actor Rick Dalton, estrella en eclosión, cobra vida. En una escena brillante, una pequeña niña le revelará el rigor del trabajo, la necesidad de conciencia e inocencia. Será confesión del director, del trauma de haber pasado “de niño genio a hijo pródigo”, como diría Cabrera Infante sobre el desterrado Welles.
¿Y no es esta misma situación de destierro, la de los cinéfilos sobrevivientes de todos los países? Con Netflix y toda la piratería de la red, el buen cine compartido escasea: las salas se vacían, los hábitos se individualizan. Antes compartíamos la misma película en un viejo vhs, mal grabado de algún buen canal a las 3am, cuidado como una joya por el bien de la tribu. Hoy todos tenemos lo mismo y raras veces nos reunimos en la caverna platónica.
¿Será la cinefilia, tanto espectadores como realizadores, una especie de secta que no quiere aceptar que su credo se disuelve y que su aldea está asediada por el fuego del entretenimiento?
Los OCHO ODIOSOS de Tarantino tuvo un gran problema al estrenarse: tanta era su cultura cinematográfica que la rodó con unos lentes espectaculares (ultra panavision) y en una cinta tan rara (70mm) que pocos cines estaban en condiciones de proyectarla de forma correcta. Para rematar una guerra de las galaxias se estrenó a la vez, secuestrando a la gran audiencia. Sería el “buen cine” entonces una especie de estafa piramidal, esquema Ponzi, donde el rol de los cineastas es seducir a jóvenes para que ellos a su vez se hagan cineastas que seducen a jóvenes para que ellos a su vez etc. Y cuán cercana esta actitud del hacer-películas-para-uno-mismo, como abiertamente, sin rubor, confesó Von Trier antes de ser satanizado?
Y todo esto ÉRASE UNA VEZ EN HOLLYWOOD. No hay guion, no como insistimos en que este sea. Es decir no existen grandes giros ni hondos sentimientos de una única historia en desarrollo. Sí relajados devenires, casi un deambular por la vida de 3 o 4 personajes. Y sin embargo es magnética esta película, homenaje a los lenguajes audiovisuales perdidos en los últimos 50 años… el cine ha avanzado siempre quemando etapas. Y por ello esta es una invitación a la historia de la máquina de ver antes de que estuviésemos a in click de distancia: grano de la imagen, relación 4:3, cómo eran las películas indie en los 70 y los peinados, etc. Y los peinados son elocuentes. La recreación de época en Tarantino es algo más que ambientación: es un personaje en sí mismo.
De ahí se desprende amor y saudade por el cine como arte trabajoso e imperfecto. Obsesión que se agradece por los detalles que, como me hizo notar Arce, a través de ellos (afiches, marquesinas, latas de conserva, cassetera antigua, programa de la tv, ratón en una trampa) la historia de una época, su incidencia en la cinefilia, construye en silencio “un lugar”, y con ello forma el terreno de despliegue para unos personajes que no pueden caernos mejor mientras peor les va. Es como si Quentin aceptase el excitante desafío de escribir sin saber bien hacia dónde. Es como si Hollywood tomase el lugar del desierto, del clásico desierto Western, y Di Caprio y Pitt son Jhonn Wayne y Henry Fonda explorando el monumental valley, caminando con estilo. La frivolidad, las manías, las tristes bambalinas de la fábrica de sueños. Y entonces la apuesta de ese guión, que avanza sin sobresaltos, con hermosos diálogos destruidos por el doblaje (mas no tanto como para impedir el traducirlos otra vez al inglés y encontrar esa finura de factura) da lugar al brillo de las actuaciones, casi desde un “no hacer”.
¿Y en qué momento llega la sangre?, se preguntaba Claudia Emi. Pues en la que hubiera sido su película más tranquila, Tarantino pone su firma con sangre sobre un final sumamente liberador: “arregla la historia del mundo”, los Polanski no son atacados, el cine supera o arregla la realidad. Cuenta Pamuk en Istanbul cómo cuando era niño le gustaba imaginarse que decapitaba a cientos, a miles de personas y luego volvía a empezar.
Fiel como el personaje de Brat Pitt, que tiene un perro y él mismo es el perro guardián del papel del viejo-antes-de-tiempo Rick Dalton, Tarantino está dispuesto a morir al pie del cañón, ha perderse peleando por el buen cine en nombre de la tribu que lo atesora. Cuán políticamente incorrecto, destrozando hippies y rostizando mujeres, no lo sé.
En su irreductible superficialidad los protagonistas atravesaron un cine-que-ya-fue, así como los cinéfilos buscamos, entre mares de audiovisuales, algo de pulpa ficcional. Mientras el resto “laico” aprende a textear y ver pelis a la vez, a tener on demand un menú permanente, como un niño engreído quiere poseer juguetes con los que no juega. Así en ciudades como esta, en que tanto cine nos está vetado, asistimos a una peli de Tarantino, hermosamente imperfecta, para revivir el ritual en que crecimos, el cual justifica más y mejor su enigma en la medida que ya poco se permite practicarlo: esa solitaria comunión, esa caverna de platón donde estamos felices viendo la sombra de la vida, cada cual como pueda entenderla.