Acerca de “Retrato de una ciudad con calavera en mano”
Con motivo de la reedición llevada adelante por Ciencia Editores de la novela “Retrato de una ciudad con calavera en la mano”, escrita por el chuquisaqueño Máximo Pacheco Balanza
Con motivo de la reedición llevada adelante por Ciencia Editores de la novela “Retrato de una ciudad con calavera en la mano”, escrita por el chuquisaqueño Máximo Pacheco Balanza, publicamos las dos aproximaciones a esta obra fundamental de la literatura boliviana, escritas por Alex Salinas y Oscar Díaz Arnau.
Retrato de una ciudad con calavera en mano
Cuando me anunciaron la posibilidad de presentar esta novela de Máximo Pacheco, finalista del premio nacional de novela del año 2005, me preguntaba cómo hacer para acercar un texto que a mí, como lector, me parece fundamental en la narrativa chuquisaqueña de este milenio, a su lector ideal, el habitante de esta ciudad. El primer paso está dado, que el texto esté en circulación, disponible, al margen del ínfimo apoyo que la literatura hoy consigue de las instituciones locales,
El siguiente paso: acercar el texto a ese posible lector joven, que ya no consume periódicos locales, que ya no escucha radios locales ni ve televisión local, me parece un desafio todavía por resolverse, el conectar la relevancia de la literatura con sus destinatarios ideales. En ese sentido, desde este humilde lugar de enunciación, hago mi parte, leer primero, como el principal de los placeres, hablar de literatura, como un placer secundario.
Mencionaba la relevancia de la literatura indico, pues encuentro en esta novela muchos aspectos que como lector había esperado y espero encontrar en una novela. Para empezar, la duda, la falta de certezas por parte de sus personajes, en cuando a su condición o identidad inamobible o su futuro, la posibilidad teambién de sugerir modelos de convivencia social a partir de una elaboriación estética. A pesar de las dudas que los envuelven, sin embargo, encuentro también personajes plenamente conscientes, críticos de de sus límites geográficos, de los contornos discursivos de su tiempo, ya sea estos letrados u orales. En ese sentido, no puedo más que catalogar a esta obra como uno logrado ejemplo de “literatura chuquisaqueña”, sin que esta etiqueta desmerezca en lo más mínimo su alcance nacional o universal. Literatura chuquisaqueña, indico, ya que para mí esto significa narrar y crear personajes que tomen a la ciudad y a la región como centro de sus reflexiones, el lugar desde donde se observa al mundo; que este lugar, asimismo, sea el horizonte de la realización de sus proyectos o, en la mayoría de los casos, de su fracasos. Aún así, la geografía cultural y el lenguaje de esta literatura no se encierra en sí mismo, por lo contrario, se encuentran siempre en diálogo y tensión con el imaginario nacional, con los imaginarios y lenguajes de otras geografías, como característica ineludible de la ciudad desde su aparición española.
Esta no es una novela histórica, pero es una novela con mucha historia, abordada de manera contagiosamente crítica, jamás con certezas. En la suma de aquellas páginas, de aquellas historias, acaso resida la esencia de lo chuquisaqueño, no en una sola característica, un sola tonada o un solo epiteto, sino en la densidad historica, capas y capas de eventos y experiencias (mitos emergentes de éstas) que van moldeando el ethos local, aun de manera inconsciente. Densidad histórica que podría alumbrarnos, comunicarnos, si es que ésta pudiese compartirse colectivamente.
Destaco en la novela de Pacheco su afán transculturador, sin idealizar a la otredad racial o linguística, sin glorificar a la marginalidad. Asi, encontraremos en sus páginas distintitas voces, distintos puntos de vista, el reconocimiento, en igualdad de condiciones, de las distintas matrices culturales que conforman el tejido de esta ciudad, matrices culturales en diálogo,en confrontación pero que, sin embargo, producen las formas de esta urbe, también, en las páginas de Pacheco, las formas de su literatura.
Destino histórico ineludible, desde el encuentro entre el Inca Atahualpa y Francisco Pizarro en Cajamarca en 1532, ha sido el choque y encuentro entre dos culturas (el grado cero de nuestra literatura, indica Antonio Cornejo Polar). Ese destino hace que los dos personajes principales de Retrato de ciudad se encuentren. Representan ellos las dos vertientes de la historia de la ciudad, ríos que a menudo corren paralelos, pero que finalmente parecen juntarse en la novela, a principios del siglo XXI, en vísperas de los grandes movimientos de tipo social y étnico que han venido a cambiar la política y la convivencia social de los últimos 13 años. La primera vertiente corresponde el río de la historia oficial; el segundo, es el río de una historia que corre subterránea, que sólo se comunica y se trasmite oralmente. El primer río también corresponde al de la religión católica dominante; el segundo, al cúmulo de creencias y ritos ancestrales, hostigados desde los primeros días de la Colonia por los repetidos procesos de extirpación de idolatrías, pero que, aun así, ha sido imposible eliminarlos.
Es en esta confrontaciónes donde se encuentra el motor de la obra de Pacheco, en la lucha escatológica de dos distintas matrices culturales (una indígena y otra occidental), que comienza en 1532 pero que se repite desde entonces todos los días en los Andes, tambien en la ciudad de Sucre del siglo XXI. No hay resultados homogéneos, tampoco felices síntesis mestizas de sujetos estables, a pesar del optimismo del personaje letrado de Pacheco: “Tú has crecido en un medio distinto. Sabes que todos somos cholos de algo con algo. Sabes que todos los hombres somos mestizos” (2010: 130).
Por lo contrario, los resultados de este encuentro de culturas y razas son a menudo irregulares, contradictorios, a veces también violentos, aunque no necesariamente negativos, pues también generan, además de personajes controvertidos, proyectos culturales y artísticos creativos, una cultura en movimiento y evolución, más allá de las cantinas y las chicherías idealizadas por Tristan Marof en el siglo pasado. En la obra de Pachecho, el espacio de encuentro, fusión, confrontación y síntesis, si llegase a darse, se ha expandido, aun sin desearlo, a todo el espacio urbano, a los numerosos barrios en formación de la periferia.
En este encuentro, en una narrativa que casi hasta el final se había conservado realista, Pacheco reintroduce el asunto de la fatalidad, como un atributo de lo fantástico. Sin embargo, a diferencia de otros escritores del siglo pasado [Alcides Arguedas, en Raza de bronce (1919) u Oscar Cerruto, en Cerco de penumbras (1960)], que percibían y rechazaban la otredad cultural como amenazante e incompatible con un proyecto de identidad nacional homogénea y occidental, Pacheco, en su personaje letrado, reclama para sí aquella fuerza irracional del otro, que irrumpe furiosa ante la cercanía de la muerte.
Cuando la mujer indígena y recién llegada a la capital pierde el rostro, quemado en un accidente de trabajo, es el letrado personaje quien la rescata de la incomunicación de la soledad y del desarraigo por medio de la Historia, el repetido relato que él le hace de los hitos de una ciudad, que para ella era hasta hace poco extraña y desconocida. A su vez, el letrado completa su rostro, su identidad, en contacto con el otro, por medio del cumplimiento del rito funerario que la mujer moribunda le encarga.
Así, la huella de otras memorias, de la religión proscrita, se hace evidente detrás del bullicio y del consumo del Sucre de principios del siglo XXI, detrás de la agitación étnica y política que se vislumbra. En ese sentido, Pacheco revierte el argumento del Inca Garcilaso (1610), cuando indicaba que era el culto al Sol el que había preparado a los hombres del Ande para aceptar al Dios católico. Por lo contrario, para el personaje de Pacheco, es el largo contacto con el catolicismo lo que finalmente prepara a su personaje para ver un poco más allá, para aceptar otra religión sin rechazar la primera, para finalmente ser otro.
A pesar del retroceso y el debilitamiento de la literatura en su capacidad para dirigir la agenda pública y proponer modelos culturales o mitos de pertenencia, Retrato de ciudad representa todavía la confianza del letrado en la palabra escrita, del rol cívico la literatura en general, como un medio para socializar la experiencia histórica de una ciudad entre las masas que llegan.
Retrato de ciudad, no obstante, también está atenta a la duplicidad de los mecanismos de conformación de los lazos comunitarios de nuestra creciente urbe, de nuestra literatura, en la compleja interacción de distintas consciencias, entre la oralidad y la escritura. Así, la novela se aleja largamente de los ideales de mestizaje impuestos por la revolución de 1952, que buscaban absorber e inclusive eliminar las características de las poblaciones indígenas para incorpóralas, de una manera selectiva y aséptica a las características de individuos mestizos homogéneos, más occidentales que indígenas.
Debido a la irrupción del multiculturalismo y al empoderamiento de la conciencia étnica de distintos sectores, (junto sus respectivas agendas políticas), tanto en la sociedad boliviana de principios del siglo XXI como en la novela de Pacheco, el ideal del mestizaje del sujeto boliviano resulta insostenible. Lo que propone Pacheco entonces es la duplicidad, la convivencia de dos matrices culturales que, sin embargo, en el proyecto de Pacheco, pueden integrarse en un mismo espacio urbano, pueden conformar un proyecto de identidad ciudadana dual. Así sucede en Retrado de ciudad, en un recíproco flujo transculturador, el sujeto migrante es integrado por medio de la historia oficial criticamente recontada; lo mismo que el letrado, que es transformado por el relato del otro que trae su palabra, su experiencia mística e irracional de la periferia al centro.