Puño y Letra

Encierro y escritura

Encierro y escritura
Encierro y escritura

Desde El Alto, Daniel Averanga Montiel nos habla de los diferentes tipos de encierros y de cómo trafica con la escritura desde su hogar en el barrio Cosmos de esa urbe boliviana.

Daniel Averanga Montiel[1]

 

Uno, el encerrarse como decisión

Supongo que estar constantemente encerrado es la meta de cualquiera que se precie de vivir de la escritura. Me imagino al “premio nacional de literatura” (pero infantojuvenil, eso sí) de Rudy Terceros en su cuartito cerca de la zona de Ballivián (no, no vivía en Achumani, como me contaron algunas personas que iban a sus cursillos donde se autoproclamaba como Premio Nacional de Novela); sí, me lo imagino al Rudy, encerrado en los conflictos de noviembre del año pasado, en la zona de Ballivián, y diciéndose a sí mismo: “Estoy enloqueciendo, qué rico y qué profundo soy, lo escribiré y seré el John Katzenbach colla de esta generación”; lo vislumbro así y me río sensatamente, como cuando Santiago y Alejandro, mis hijos, sonríen al ver algo chistoso en mí; también me imagino a Paul Tellería, entre pollos a la broaster y sueños de ser un Bolaño miraflorino, creyéndose que tiene coronavirus a la par que publica sus devaneos pseudofeministas de papá luchón, después de ver programas de herreros que hacen armas blancas o de enanos que participan en reality shows y aseverando con una carga dramática, carga que nunca tendrá en sus ficciones, de seguro lo siguiente: “Soy de la misma edad que Paz Soldán y debo escribir mejor, mejor, mejor, mucho mejor”.

Me imagino a ciertos escritores y también pienso en esas personas que escriben aunque no lleguen a ser consideradas escritores, lidiando con la cuarentena primero y luego con el estado de emergencia sanitaria, preguntándose si están en pleno proceso de maduración de su carrera-ambición por la perpetuidad (que no existe), o quizá por adivinar si mañana cocinarán lo mismo que hoy o si podrán salir para comprar pan, y viene a mi memoria la imagen de “El exilio voluntario”, de cuando Claudio Ferrufino (o tal vez el personaje creado por él) estaba en el subsuelo de los supermercados gringos como cualquier “empleaducho espalda-mojada”, pero en su caso como “empleadito cochabambino”, seleccionando cebollas, cebollines, ajos, lechugas y tomates: verdes, rojos o amarillos y chiles de todo tamaño, tipo y olor, durante mucho más de ocho horas, para terminar su trabajo encerrándose en más subsuelos con pavor de ser encontrado por la migra, y en esta imagen, en toda la imagen, desde que se despierta para alistarse y arrastrarse hasta su trabajo que está a solo diez metros de su cama, hasta el momento de hacer hervir agua para mitigar sus puños que se entumecen por el frío y el reuma en gestación, está algo del modus vivendi de muchos de los que escribimos: encerrarse para vivir, vivir para seguir escribiendo, seguir escribiendo para madurar como escritor.

Y los recuerdos, como siempre, surgen: Si pudiera comparar este estado actual de reclusión con relación a mi experiencia como escritor (mucho mejor, como eterno postulante a escritor), tendría muy en serio, muy en mente, mi experiencia del año 2015: Sucede que dos meses antes de la Feria Internacional del Libro de La Paz de ese año, me encerré, privado de visitas, viviendo a plan de pan y papaya, garbanzo y habas fritas todos los días, para poder tener el dinero suficiente como para cumplir con mis responsabilidades como padre. Bajé de peso considerablemente, porque, como mi horario en la Cámara Departamental del Libro de La Paz abarcaba de 8:30 a 18:30, terminé comiendo solo lo que podía costearme, demostrando una sola cosa: la obsesión, toda obsesión, cualquier obsesión, siempre está y estará hambrienta de tiempo y vida.

Después de la FIL 2015, me encerré un mes más para revisar mis escritos, específicamente, una novela y una serie de cuentos, como dije en el anterior párrafo, a plan de pan, licuados de papaya y con un promedio de 10 a 25 cigarrillos al día, tuve una baja más considerable de defensas y de peso: me sorprendí por bordear casi 47 kilos todo yo; una persona de mi estatura (1.69 metros) con ese peso es, más allá de preocupante, terrible en todo sentido. Así, al terminar de enviar el libro y los cuentos a sus respectivos destinos, me propuse reponer mi salud: perdí cuadro dientes delanteros (sin caries), por esta descompensación nutricional, recuperé mi peso ideal en un lapso de casi cinco meses y logré obtener mucho más por lo escrito de lo que me esperaba... pero esa es otra historia.

Así son las cosas cuando uno decide encerrarse.

Pero puede ser muy distinto cuando uno es encerrado contra su voluntad.

Dos, el ser encerrado como imposición

En 1816 Mary Shelley fue simbólicamente encerrada durante aquel verano helado y sin parangón con los fenómenos climatológicos de su tiempo, en Colingny y específicamente en la afamada Villa Diodati, junto a su flamante y aburrido esposo (Percy Shelley) y tres amigos: Lord Byron, John William Polidori y Claire Clairmont, su hermanastra. Este encierro, resultado de constantes jornadas de granizo, lluvias interminables y heladas espontáneas, se debía a que el 10 de abril del año anterior, 1815, en Sumbawa, Indonesia, había despertado el volcán Tambora, liberando toneladas y toneladas de ceniza que cubrieron gran parte del cielo del mundo durante mucho tiempo. Este fenómeno, tan extraño como interesante, motivó al grupo a leerse poemas góticos, historias de fantasmas y a establecer un reto: Escribir una historia de miedo, como nunca se escribió antes.

Mary, motivada por su esposo y por el recuerdo de su primer bebé, al que había perdido prematuramente poco tiempo atrás, decidió concretar primero un cuento, que se fue extendiendo hasta ser una novela.

Semejante encierro impuesto por la naturaleza consolidó la escritura de esta pieza de relojería literaria llamada “Frankenstein”, en la que Shelley se luce y exterioriza mucho de su dolor como madre fracasada en el primer intento, incluso llegando a internarse en la mente del doctor Frankenstein, a quien tortura con la idea de preservar la vida, ya que este, al principio de la novela, no pudo salvar a su madre de la muerte, y también reflejando en el monólogo final del monstruo, aquel que fuera rechazado por su creador desde el principio, una alegoría de la soledad en la que ella tuvo que soportar la pérdida de su primer retoño:

“(...) Pero así ha de ser: el ángel caído se convierte en diablo maligno. Mas hasta ese enemigo de Dios y el hombre tenía amigos y compinches en su desolación, y en cambio yo estoy solo (...)”.

Pero no solo la última intervención del monstruo se queda en el reproche, sino que, bajo su voz de ultratumba, Shelley también le da voz a los seres rechazados, como una metáfora de la irresponsabilidad paterna, de la facilidad con que ciertas personas defenestran o destruyen relaciones de sangre y de humanidad:

“(...) ¿He de ser considerado el único criminal, cuando la humanidad entera pecó contra mí? ¿Por qué no odias a Félix, quien en forma ultrajante expulsó de su puerta a su amigo? ¿Por qué no execras al campesino que trató de destruir al salvador de su vástago? Claro, esos son seres virtuosos e inmaculados... y yo, el miserable y el abandonado, soy un aborto, que he de ser rechazado, vapuleado y pisoteado. Ahora mismo hierve mi sangre al recordar semejante injusticia (...)”.

Shelley exterioriza a través de la ficción preguntas filosóficas muy profundas, preguntas que no se pueden responder con un sí o un no solamente, y que seguirán incomodando y haciendo pensar a los lectores.

Y dicha novela salió de un encierro impuesto...

Shelley publicaría “Frankenstein” en 1818 pero con ciertos y curiosos errores, claro está, porque en las tapas decía: “Frankenstein o el Prometeo moderno, por Lord Byron”, y esto provocó que esa edición se agotara en menos de tres días. “¡Lord Byron, escritor de ficciones extensas, quién lo habría imaginado!”, se decían en las calles de Ginebra esa semana. Sin embargo, ¿de dónde salió semejante error? Se dice que los empleados de la imprenta estaban acostumbrados a publicar los poemarios de Lord Byron y que, “accidentalmente”, pusieron su nombre en las tapas.

Ya en 1831 saldría la versión definitiva de la novela de Shelley, y muchos se preguntarán: ¿por qué tardó casi 12 años en lograr esto la aclamada escritora? Algunos autores y críticos de la época aseguran que fue por razones muy cercanas a la amistad que tenía el matrimonio con Lord Byron y ciertos “apuntes legales” sobre la obra en cuestión.

Grandes autores han escrito desde el encierro. Recuerden que Donatien Alphonse, el conocido Marqués de Sade, escribió obras incendiarias desde su encierro, así también Elie Wiesel, el escritor yiddish y premio nobel de la Paz, que estuvo en los campos de concentración nazis, el filósofo y politólogo Antonio Gramsci y el gran narrador africano Ngῦgῖ wa Thiong´o, y hasta en el mundo de la historieta se hizo una gran, inmensa referencia a esto: Alan Moore y David Lloyd nos lo explican en la historia de la persona apresada por ser “diferente” y a través de su mensaje escrito en papel higiénico, en una de las escenas más emotivas de la magistral “V de Vendetta”.

Tres: el encierro como proyección

Soy Daniel Averanga Montiel, nacido en Oruro, alteño de corazón, fanático del dibujo, de la reparación de juguetes, de la lectura y de la cocina tradicional y experimental; escribo para vivir y mi vida es la escritura desde finales del 2008, y si alguna vez hice consultorías o trabajos específicos, fueron breves y sin embargo fructíferos; trabajé con gente responsable y, al contrario de lo que puedan decir las malas lenguas, alejé a gente floja e irresponsable de mi entorno laboral o, caso contrario, esperé a que la misma realidad alejara a estas larvas repugnantes de mi trabajo; en esta cuarentena escribo y corrijo trabajos para ganar dinero, cosa que siempre he hecho desde que asesoraba en escritura a docentes en la universidad. Tengo fe que todo esto de la pandemia acabará y mientras tanto mis hijos están con sus madres, protegidos de riesgos virales, o al menos eso es de lo que estamos seguros ellas y yo.

Trabajo varias horas frente a una computadora (si la tengo a mano) y cuando no escribo, leo, y cuando no escribo ni leo, cocino y limpio mi pequeño ecosistema de existencia, porque en esta época, en medio de estos riesgos, no es necesario estar prevenido, hay que ser totalmente cuidadosos pero sin caer en dogmatismos de asustar a todos con macanas paranoides de fake news. La constante prevención es la regia regla que rige para riesgos a los que no debemos caer. Limpieza y trabajo, trabajo y limpieza. Esa es la clave.

Por otro lado, la tensión que ha vivido la ciudad de El Alto desde noviembre pasado, con el cambio de gobierno ese mes y ahora con la pandemia suelta en nuestra ciudad (se dijo esta mañana de viernes 27 de marzo que ya hay un infectado en El Alto y que está pasando cuarentena en su casa de Villa Adela) no puede ni debe perjudicarnos; al menos a mí no me perjudica en lo más mínimo, porque yo no vivo de la opinión de los demás en redes sociales, vivo de mi trabajo y no espero que un foráneo a mi ciudad diga que nosotros los alteños somos fatalistas incendiarios o terroristas o no sé qué pavadas más.

Somos gente que vive al día pero somos racionales: yo mismo vivo al día pero tuve que prevenir comprando productos antes de la cuarentena, y si me dicen que es riesgoso salir por cuestiones de prioridad sanitaria, no puedo hacer más que aprovechar mi estado de reclusión, ese estado que ha estado en mi día a día desde mucho antes del 2008, y seguir escribiendo.

Estos días las juntas de vecinos de Cosmos 79, mediante comunicación preventiva, han decidido controlar que no salgamos y, si salimos, lo hagamos bien protegidos, siempre con la idea de lavarse las manos constantemente y usar barbijos. Mi idea de cuarentena es cocinar todos los días para mi padre y para mí, crear defensas, leer, escribir y esperar... Ya el tiempo, que cura la inmadurez y las heridas, nos traerá nuevas luces y nuevos días.

Si están leyendo esto hasta este punto, recuerden, no hay nuevos mañanas sin compromiso de nuevas miradas a la realidad. Lucharemos todos conciliándonos con nuestros seres queridos, con nuestros libros, y si se puede, con nosotros mismos frente a los reflejos de nuestros espejos.

Hasta entonces, aprovechen la reclusión para mejorar unánimemente como humanidad, sé que lo lograremos.

Cosmos 79, 27 de marzo, 18:23.


[1] Escritor alteño, nacido en Oruro el siglo pasado


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