Puño y Letra

EL CHAGRA BOLIVIANO

El gran músico boliviano Marcelo Gonzales le rinde tributo a Quito, capital de Ecuador, desde las alturas paceñas. Un escrito sobre los interminables andares de la vida.

Tras el camino que uno tiene al frente, su imagen, en la calle de cualquier ciudad, yace la más clara obra artística del vivir mismo, no solamente humana, también formada desde otras trascendencias. Todas las dimensiones envolviéndote como una medusa lubricada, perfumada, de todos los colores, insaciable devoradora del tacto. Así la calle que pises ya alguna vez haya sido percutida por tus plantas del polvo, cada retorno volverá a ser un reto, un pasadizo, colage atrayente y aromático de la reina de la ilusión. Superposición de capas de variadas densidades del ser, precipitándose como globos de agua en los viejos carnavales, sobre el alma, fiel conductora de los sentidos, esclavizándolos a su antojo. Claro, esto solo para el de voluntad cauta pero arriesgada, aquel que sabe o al menos le interese lanzarse tras el Vivir con mayúsculas, no sólo la vida que pasa sola. Vivir pues exige la acción concreta, consciente, activada desde lo más hondo de uno mismo. Ya lo afirmó alguna vez una gigantesca y oscura polilla nocturna que supo quemarse en la hirviente luz y caer sin miedo en ese agujero infinito de las Ánimas, aquel que casi nos sorprendió casi hasta la muerte en algún marcado delirio con dos de mis hermanas brujas.

Las calles se ofrecen como montañas rusas, como esferas danzantes rodeando a otras, perpetuando el movimiento inevitable, con sonido de fondo del coro contemporáneo; las cuerdas vocales y los autos, bicis y moto taxis mezclándose, atinando a musicalizar la escena propuesta por los diablos de cada sitio. A ambos lados el olor de la humedad o el hielo meloso, ennegrecido, o la fruta, la cebolla, el azufre, la bacteria, el corazón, la carne y el aceite o la brasa silbando suave, sus correspondientes fantasmas, serpientes blancas de humo, el placer penetrando las fosas de la nariz, excitando la memoria y el tuétano. Al frente el futuro hecho mancha expresiva en el cemento o el árbol que lo sabe todo. Atrás el pasado, guardado, atesorado, envuelto cuidadosamente, listo para el baúl. Todo es un espectáculo, todo se entrega. Los átomos armonizados en su gran coreografía, subsistiendo entre lo putrefacto y lo que nace puro, son los papás, los reyes de la fiesta. Se insertan en las pupilas. Te hacen pensar en el color, el dolor, los ángeles. Hacen que suene en el parlante cerebro adentro un “Saludo a Changó” de Don Repilado o aquella Tarkeada en Carangas que me cambió la vida. Las calles brillan, así sean las más desoladas, oscuras jaulas del abandono. Las calles te dicen. Parecieran algunas de las veces, inclusive estar más vivas que uno mismo. Vociferan como trastabillando o tratan de imponerse con una falsa pulcritud plastificada, pero aún con posibilidades de señalar su verdadero entretelón. Las calles son. Dudan menos que uno, lloran menos que uno, sufren menos que uno, pero ríen mucho más y mejor. Tienen más y mejor humor. Tómese en cuenta que parte de las calles son los seres que las habitan, y lo que está detrás de estos. No sería descabellado decir que quizás las calles son existencias muy superiores a la gran mayoría de los humanos. Rugen, surgen, cantan y son, la mayoría de las veces, mucho más y mejor que uno mismo. Mi La Paz, Santa Cruz, Cocha, Sucre, Tarija, Piura, Lima, Bogotá, Medallo, Las Tunas, Sancti Spiritus, La Habana, Sao Paulo, Uncía, Copa, Atacames, Quito, y un buen puñado de estancias más, donde pude vivir, o al menos tratar de husmear unas horas. Ahí las ciudades o pueblos donde las calles me acunaron o me abofetearon, cualquiera de ambas sin mediocridad, mostrándome, enseñándome, con todo, cómo amar un poco más, cómo enfrentar los pormenores del tránsito de los días más apto para el embate y con el bozal limpio y tensado.

Quito. Quiero detenerme en Quito. Decía, si no me equivoco, aquel taparaco o alguna allegada aparición similar, que una ciudad sin cerros no merece la pena ser vivida. No lo aseguro. No podría sustentar aún tal audaz afirmación, por más de que, lo confieso, cuando la leí me sentí, infantilmente, como changuito, bastante orgulloso, a lo paceño, a lo nacional. El boliviano y el latinoamericano en general, tienden al amor, a veces hasta exagerado, a sus tierras, a sus paisajes, a sus campos de todos los tonos de verde hasta el más ácido blanco. Como paceño, fiel ejemplo de aquello que digo, amo estos cerros. Me duele, a veces prefiriendo ignorarlo, ver cómo se siguen comiendo Llojeta, por ejemplo. Me dio nostalgia llegar hasta la cima de Alto Rosasani, actual nuevo Barrio Minero si no me equivoco, después de unos 3 años. Uno de los lugares más altos, si no el más, de toda la hoyada. Al llegar, comenzando a vislumbrar la cima, encontramos casas, todo un barrio, donde no muchos años atrás llegabas y a lo más veías a lo lejos, más cerca del Huayna Potosí, a algún místico envuelto en color, en sus propios actos internos. Costaba llegar, ya sea por las jaurías de perros guardianes de las últimas casas del último barrio, o al resbalar unos metros, rasguñando con zapatos, nalgas y manos, la piel de tierra seca y paja de la pendiente, por el temerario intento de cortar algo de camino cerro arriba, aprovechando además intentar sortear a los perros. Pero son nostalgias. Se entiende que todos necesitamos donde vivir. Quienes ahora habitan allá arriba son privilegiados con las mejores vistas, los mejores crepúsculos. 

Aquellas soledades al borde altísimo de la hoyada, donde se ve algo debajo El Alto, cuando no habían casas, quedan en mi memoria, poniéndole los pelos de punta. Subsisten allí, en el baúl del pasado. Es posible acudir a aquellos lugares, incluso ahora, en medio de estos encierros por la cuarentena. Hago un ejercicio de memoria en este momento y, por ejemplo, trato de situarme en aquella atrayente y fina casa cerca de la calle Simeón Roncal, por el barrio de San Pedro, de la que me hizo saber y a la que me llevó un gran amigo ya un par de veces. No podría aún llegar sólo. Pero puedo asentarme allí ahora mismo, afuera, bajo las luces celestes claras con retoque de violeta y las amarillas anaranjadas, de noche, o atardeciendo, ese gris lila anulándose paso a paso sobre el adobe y el muro verdeáceo azulado con parches y envejecimientos bordeados en blanco. El adobe, el atractivo de la muerte, su presencia. Al estar cercana esta vieja y grande casa a la calle nombrada como un artista en el que uno piensa constantemente, las fachadas además adquirieron una sugestiva, secreta apariencia. Quizás es uno mismo el que enciende esos matices. Uno mismo es el que se vale de la ciudad para simbolizar sus propios anhelos, recuerdos. Valga este paréntesis elogiando el trabajo con la memoria y la imaginación, altos amparos a estas alturas actuales de la novela humana, lo mismo la creatividad y el arte, naturalmente.

Pero Quito, quiero hablar esta vez de Quito. A través de Quito pude amar y comprender un poco más a mi ciudad La Paz. Entiéndase que probablemente el país más similar al nuestro, es Ecuador. Es como querer hacer parecer, algo similar me imagino, a Alemania y Austria, o a Suecia y Noruega. Así mis ojos no se hayan hartado aún de ninguna calle europea, por lo que se observa desde afuera considero comprensibles y pertinentes esas comparaciones. Aunque tómese también como opinión, como intención poética de amarrar hilos que nos unan a ciertos espejos reveladores de nuevas verdades, desde el rostro y aire de nuestras ciudades, en este caso andinas. Posibilidades para las miradas humanas del diálogo con sus lugares, sus ciudades, sus Patrias. Pasa que por interponerse un jugoso, inquietante e inmenso Perú en el medio, no existe en realidad tanto contacto entre ecuatorianos y bolivianos. Pero es muy observable que dentro de la enorme y aún misteriosa faja andina existen tantas similitudes que es ingenuo no asumirlas desde una seria investigación, que se sumerja sobre todo en la experiencia, vía fiesta, lectura asidua o juego sobre la cancha misma. Ese real asentamiento en los asfaltos, adoquines, los cielos de cada ciudad, muy bien revueltos con la contemplación entregada de sus máscaras y personajes, es muy necesario para ir comprendiendo también aquella idea propia, aquella personalidad única que porte cada ciudad, para trabajar con ella, como quien se vale de la historia intensa de un amigo para crear una canción, por ejemplo. Algo no muy distinto quizás a lo que pasa con la naturaleza. Observarla, respetarla, implica trabajar con ella, desde muchos flancos. En mi caso, esta  experiencia se efectúa desde la música. Desde Salta hasta Pasto, y un poco más abajo o arriba, es innegable el tejido que va mutándose sobre aquella serpiente o dragón: los Andes, como uno solo. Muy comprensible desde allí la idea del Tawantinsuyo. Dicen que el Inca Atahualpa aseguraba que en Quito la tierra era inigualable, por su fertilidad, por lo dominante de su verde extremo, quizás. Vivió, lucho y pidió ser enterrado allí. Tras un largo viaje desde Cajamarca su cuerpo frío y algo descompuesto fue recibido con todos los honores y ritos por su hermano Rumiñahui. Algo muy relacionado a un gran amor por la luz del Sol ocurre en esta parte de los Andes. En Quito, como en estos nuestros sures, proliferan los cerros y montañas, pero allí siempre cubiertas por un manto verdísimo, de variados tonos, que impresionan al ojo. Kitu significa perpendicular al sol. En Quito verdaderos fenómenos de la luz parecen acontecer, desde lo meramente físico esto es causa de su estancia tan cercana al punto exacto ecuatorial. Dícese que la cima del volcán Chimborazo es el punto más alejado del centro de la tierra, unos dos metros por encima del Everest, y por ende el punto más cercano al sol, dado el abultamiento de la tierra en la región ecuatorial. Esta información, a riesgo de ser errónea por haber sido apoyada en lo que brinda la gran telaraña, síntoma de estas épocas, también se apoya en la tradición oral que afortunadamente aún transita en las calles del mundo. Repitiendo: prodigios de la luz suceden en Quito, ¿acaso también de lo invisible? Siendo también una hoyada (comiéncese a percibir desde aquí las similitudes con la ciudad nuestra), llamada hoya de Guayllabamba, aquí también los cerros y montañas se yerguen por todo el rededor, pero con un signo más bien propio del fuego. Toda la ciudad se asienta esparcida en vertical hasta un valle largo y angosto como cierto anfibio, desde un inmediato imponente occidental volcán Pichincha con su verde oscuro y furioso que pareciera sugerir subterráneos y vivos fuegos, latentes, palpitando también en los corazones quiteños. La comparación se hace inevitable. En La Paz quizás estamos más representados por los signos del aire y el agua. En lo alto del Killi-killi o ya entrando al Altiplano siempre sopla el viento, extraño y presente. El peso inquietante del Lago profundo palpita a nuestro occidente, casi simbolizado por la ladera de la Buenos Aires, Cementerio, Cotahuma y demás, la más densa y poblada. Nuestros corazones collas también parecen tender a veces a querer flotar espiritualmente en la introspección y el contemplativo silencio de la Apacheta. El corazón quiteño en cambio pareciera querer tender más bien a la brasa, al altivo y a veces hasta descontrolado impulso de explotar hacia el interior de la tierra o el calor del mar. La sangre aymara y quechua seguramente también influyen mucho en los caracteres del uno o el otro andino capitalino de ciudad grande, uno emergiendo de los destellos soleados y definidos del norte, el otro navegando en su sureña noche misteriosa y profunda de la más elevada altura. Recalquemos que Quito se erige a 2800 metros sobre el nivel del mar. Nosotros aquí estamos casi un kilómetro más arriba. En la cima del Pichincha comienzan recién a verse suelos similares a los que nosotros encontramos en cualquier pedazo desnudo de nuestra zona norte.

Quiero desde La Paz homenajear esta vez a Quito porque desde ciertos y muy valorados trances que me llevaron allí, comprendí y me hice mucho de lo que soy actualmente, en cáscara y yema, en lo musical y en lo más profundamente humano. Y eso que, por no extenderme mucho, no mencioné otros muchos asuntos que podrían tratarse hablando de tan insigne y bella ciudad, no sólo para el continente si no para el planeta: El centro histórico, la música (aprovecho de sugerir acá la escucha del dúo “Benitez y Valencia”, símbolo primordial quiteño), la amistad, los sabores, el humor, el acento, la geografía, el pasillo, el albazo, la pasión y sobre todo el amor de fuego, para toda la vida, que esta cara de Dios siembra en todo visitante que se enamora de sus rincones, haya nacido o no allá el portador de las pupilas. Para hablar de los Andes, de sus músicas, los misterios de sus ciudades y sus almafuertes, afortunadamente queda y hace falta toda una vida.

Recuerdo que una de las acepciones de la palabra Chagra es el forastero. Aquel campesino de otras regiones de la sierra ecuatoriana que llega a Quito, ya sea tras oportunidades, por amores u otros variados asuntos, y hace suya la ciudad, entregándole el corazón. Tuve la gran fortuna de ser, durante tres años muy bien resguardados entre mis entrañas, un Chagra boliviano.

 

Por la luz de tus ojitos yo vengo a Quito

A cumplir una promesa

A mi amorcito

Porque chagra soy señores

Y de los buenos

Pero estando en esta tierra quiteño soy.

(Fragmento del capishca “La vuelta del Chagra” del Dúo Benítez y Valencia).

8 de abril de 2020.


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