¡Hay que acabar con los comunistas¡
A cincuenta años del golpe militar de Hugo Bánzer Suárez, dos escritores chuquisaqueños recuperan en dos crónicas la memoria de esa etapa que marcó a fuego, sangre y resistencia la historia política de la segunda mitad del Siglo XX.
14:15 horas del 19 de agosto de 1971, era jueves, desde el aeropuerto del Trompillo partía el bimotor “El Baron” que pertenecía al Ministerio del Interior trasladando al general Hugo Banzer Suarez y otros políticos de la Falange Socialista Boliviana y del Movimiento Nacionalista Revolucionario en calidad de detenidos, por conspirar contra el gobierno del General Juan José Torres; aquel bimotor que despegaba con Banzer adentro, se iba rumbo a La Paz y empezaban horas fatídicas para Santa Cruz.
La madrugada de ese jueves y tras varios días de recabar información, planificación y organización; policías y funcionarios del Ministerio del Interior se dividieron en grupos de a tres y allanaron viviendas y capturaron a cuarenta y cinco políticos tanto de la FSB, del MNR y militares que se presumía, eran parte de un complot para derrocar al gobierno del general Torres, entre ellos el general Banzer. La misión resultó exitosa, unos fueron llevados a una Seccional de la Policía y otros a la Seccional del Pari.
Con la luz de la mañana, los familiares de los detenidos se agolparon desde temprano en las oficinas de la Policía exigiendo que liberen a los arrestados, hora tras hora los ánimos y los reclamos fueron creciendo en intensidad y en número de gente llegando inevitablemente a los enfrentamientos; la policía sabía que no iba poder contener a todo el gentío y pidió refuerzos a los militares, pero esa ayuda nunca llegó. No tuvieron otra opción que poner en libertad al resto de los detenidos.
Al salir, estos fueron recibidos por la muchedumbre con gritos de euforia que, sin embargo, no duró mucho tiempo; desde el edificio de la universidad Gabriel René Moreno, un grupo que estaba en plena plaza, un grupo de estudiantes realizaron disparos de bala que finalmente dispersó a las personas.
Llegó la noche y la plaza 24 de septiembre guardaba una tensa calma, como ese suspiro antes de un grito, y ese grito entró a la plaza en forma de camionetas, con hombres encima, fuertemente armados y dando alaridos como en la guerra; ingresaron por todas las calles adyacentes, eran medio centenar de personas entre ellas figuraba Carlos Valverde Barbery, Gustavo Melgar que lo apodaban el “sapo”, el “negro” Menacho y “paye” Gonzales. Primer objetivo, la Universidad.
Hubo intercambio de disparos por parte de los civiles armados contra los universitarios pero estos últimos, reducidos en gente y munición, cayeron por fin; vencidos los universitarios, Valverde y compañía ingresaron a tomar el edificio: quemaron la biblioteca y agredieron brutalmente a quienes encontraban a su paso, los maniataron y encerraron en una de sus aulas.
Tocó el turno a las oficinas de la COD, los pocos que sobrevivieron y resistieron al ataque al final huyeron a la iglesia de La Merced, contigua a sus oficinas que, una vez tomadas, fueron destruidas; se hicieron de la radio “Piraí” y una a otra, el resto de las radiodifusoras; obreros en la Federación de Fabriles también hicieron el intento de resistir pero como las otras instituciones, cayó nomás. Ahora sí, las milicias de la falange habían tomado las instituciones principales que enfrentaban, y la ciudad entera.
Por las radios se hacían escuchar a los ciudadanos que el golpe había triunfado en Santa Cruz y que se consolidaba el Comando Revolucionario Anticomunista y arengaban: ¡hay que acabar con los comunistas!. En las calles de la ciudad se producía una cacería de dirigentes, políticos y todo quien sea reconocido como izquierdista: persecución, bala, palo, arresto.
Más tarde esa noche, el regimiento de “Ranger” de Guabirá, comandada por el coronel Andrés Selich que en primera instancia se había negado a sumarse a los civiles armados, una vez dado cuenta que el golpe se había consolidado, acudió a la plaza, tomó los puntos estratégicos de la ciudad, colocó soldados a los techos y se unió por fin a los civiles armados.
Luego, otro comunicado, desde ese momento existía un nuevo gobierno, un triunvirato: Andrés Selich, el general Florentino Mendieta y el general Hugo Banzer que estaba preso en La Paz, eran la cabeza del nuevo gobierno; Mario Gutiérrez, uno de los líderes de la falange y Ciro Humboldt del MNR fueron nombrados Ministro de Estado. Así terminó la noche del 19 de agosto para Bolivia, con dos gobiernos y su suerte echada.
Ya en la mañana del viernes 20, circulaban anuncios de que por la tarde se habría de realizar un desfile para festejar aquella hazaña, y así fue; en los balcones de la prefectura se apostaron jefes militares y los líderes tanto de la FSB como del MNR, desde ahí se solazaban mirando las muestras de apoyo de las personas.
A todo eso, en los pasillos de la planta baja de la prefectura, se presentó una muchacha cargando un maletín: soy de “Prensa Libre” de Cochabamba, dijo al coronel Ayoroa con quien se había encontrado tras dejar los balcones para realizar unas diligencias. Una breve y cordial charla, luego despedida. Ayoroa siguió su camino y ella emprendió gradas arriba hasta el sector de los palcos, dejó el bolsón y se fue. Minutos más tarde una fuerte explosión se sucedió.
Gritos, confusión –y así como Hitler que milagrosamente se salvó de morir en aquel atentado en su bunker–, así de milagroso fue este hecho, pues hubo heridos, sí, pero no como quizás lo planearon sus autores –al igual que con Hitler¬–; se desplomaron columnas, cerraron las puertas de la Prefectura y reinó el caos por varios minutos, en los brazos de uno de los líderes falangistas y con las piernas deshechas, yacía su hermana.
Andrés Selich, colérico, ordenó a los gritos que se fusilen a los detenidos en la universidad inculpándolos por el atentado. Sin pensársela dos veces, el “negro” Cronembold, Ernesto Morán y Carlos Valverde junto a un grupo de choque de la falange, se dirigieron hasta la Universidad donde una treintena de jóvenes maniatados ignoraban lo que estaba por sucederles.
Un tropel furioso transitó a pasos firmes y aplomados con dirección al aula donde estaban los prisioneros, masticando odio se pararon frente a ellos, apuntaron y descargaron a quemarropa sus cargadores hasta vaciarlos; disipado el humo y el eco de los disparos, tendidos ante sus pies se contaban diecisiete cuerpos acribillados, los sobrevivientes tendidos a lado de los cadáveres aun tibios se mantenían en silencio con el corazón palpitándoles en la garganta, quizás por el miedo paralizante, quizás por supervivencia, quizás por ambos. Más tarde, aquellos también estuvieron a punto de ser ejecutados pero a último momento, cuando ya iban a por presionar los gatillos, ordenaron que fuesen trasladados a una cárcel con otros presos políticos de izquierda.
Por la calles de Santa Cruz recorrían camionetas cargadas de hombres armados buscando a líderes y trabajadores que estaban a favor del gobierno de Torres o cualquiera que les parezca sospechoso de ser izquierdista o en el peor de los casos, comunista; por una de las calles que patrullaban, uno de aquellos hombres vio caminar a una muchacha: aquella, es la que dejó la bomba, dijo seguramente. La persiguieron como persiguen los lobos su cena. Atrapada, la subieron a la camioneta con dirección a la VII División del Ejército, su destino fue de pesadilla desde ese momento: la violaron y la golpearon en repetidas ocasiones hasta dejarla moribunda; días después fue trasladada a La Paz. Andrés Selich ordenó su total incomunicación y nunca más se supo de ella, quizás que también fue fusilada.
Eran el viernes 20 de agosto de 1971, Santa Cruz dejaba de estar bajo el control del Gobierno de Torres, a este hecho se sumaron Cochabamba, Oruro y, gradualmente, con el transcurrir de las horas, las distintas Divisiones del Ejército.
Al día siguiente, el 21 de agosto en La Paz se consolidaría el golpe de Estado que se gestó en el oriente, sumando nombres y más nombres, a la lista de los fallecidos en Santa Cruz.
A las 18:50 del domingo 22 de agosto, en el hall del “Palacio quemado”, ante una biblia escoltada por dos cirios, hizo su juramento el general Hugo Banzer Suarez, como nuevo presidente de Bolivia.
FUENTES
GALLARDO LOZADA, Jorge
1972 De Torres a Banzer: diez meses de emergencia en Bolivia, Buenos Aires, Colección Estados Unidos y América Latina, Ediciones Periferia S.R.L.
Fuentes hemerográficas del ABNB