Violeta, a 55 años de su partida
Se cumplen cincuenta y cinco años de la muerte de Violeta Parra, Puño y Letra recupera la conversación que tuvo con cinco músicos bolivianos para entender el valor de su herencia.
Nunca sabremos qué fue lo que sintió Violeta Parra ese domingo 5 de febrero de 1967, en la Carpa de la Reina, cuando decidió terminar su vida con un disparo de revolver en la sien. Lo que sí sabemos es que nos dejó una obra valiosísima para el imaginario popular latinoamericano.
Hija del “linaje plebeyo” de los Parra, como afirma un periodista chileno, Violeta explicó los motivos de su suicidio en una carta que sólo los ojos de su hermano, Nicanor, han leído, seguramente conmocionados.
“Me falta algo, no sé qué es. Lo busco y no lo encuentro, seguramente no lo hallaré jamás”, le había dicho una semana antes a un periodista. Luego Nicanor expresaría su dolor en su poema Defensa de Violeta Parra: “Yo no sé qué decir en esta hora /La cabeza me da vueltas y vueltas /Como si hubiera bebido cicuta / Hermana mía. /Dónde voy a encontrar otra Violeta / Aunque recorra campos y ciudades / O me quede sentado en el jardín/ Como un inválido.”
Se cumplen cincuenta años de su muerte y Puño y Letra conversa con algunos destacados músicos bolivianos, para entender más sobre su legado, que se extiende hasta nuestros días y sobrepasa cualquier frontera humana.
Marcelo González (Hermanos González/Duo Domínguez-González)
Violeta, amar los remolinos
Los aportes de Violeta Parra a la música latinoamericana son importantísimos. Ella es, junto a nombres gigantes como el de Atahualpa Yupanqui, Oscar Avilés, Simón Díaz y Alfredo Domínguez, entre muchos otros, un punto de referencia, un color más, inseparable, inolvidable, a la hora de pensar en este lenguaje tan nuestro, tan de adentro, tan de un amor interno a las guitarras, a los sentimientos arraigados y reales de nuestras tierras jóvenes, con fuertes ganas de decir lo suyo. Ella casi es dueña de un estilo, en cuanto a letras y música, en el que, a pesar de claramente beber de sus tradiciones chilenas, igual tiene la capacidad de establecerse ella sola, con un modo de hacer canciones propio, con una cierta tristeza que no peca de caer en lo serio aburrido, y más bien tiene implícita una locura, un deseo de romper los esquemas, de obviar las obviedades, de odiar a las matemáticas y amar a los remolinos, como ella misma decía.
Su influencia en mi música es alta, aunque me imagino que para esto no es necesario que tenga que casi copiar un ritmo o un giro melódico de ella, pero existen pues ciertos artistas, ciertas personas, ciertos muertos, amigos, en los que uno piensa, cualquier rato del día, ya sea ante una situación cualquiera o ante la creación de una nueva pieza, y Violeta es parte de ese mi séquito imaginario o real, pero que me acompaña y me nutre. Influencias más evidentes se percibirán en nuestro disco “Volumen 1”, que acabamos de sacar con Dante Domínguez (les incito a oírlo), en el cual la única pieza que no es composición del dúo es “Corazón maldito”, una pieza que al parecer la Violeta no grabó, pero que aparece en un disco llamado “Carpa de la Reina”, el que recopila piezas cantadas por artistas que precisamente frecuentaban esta carpa, a modo de peña, en la que se compartía la música. En este caso aparece grabada por el grupo “Chagual”. Pueden encontrar este disco en la red (“Carpa de la Reina”), tal vez no tan fácilmente, pero sí después de un tiempo prudente de navegación pirata. También pueden encontrar el “Volumen 1” del dúo Gonzales-Domínguez en la red, este quizás más fácilmente.
A Violeta seguro la empecé a escuchar cuando tenía unos 12, 13 años y estaba en el Taller Boliviano de Música Popular Arawi. Acá formamos un grupo de niños llamado “Los Polillas”, que dirigía Claudio Durán, un artista que actualmente sobre todo se dedica a la grabación de sonido para cine. Me acuerdo que fuimos bien emocionados a un ensayo mostrándole un cassette de los Kjarkas que nos habían regalado. Sin ser cruel puso medio mala cara y nos dijo que los Kjarkas eran buenos músicos, pero que habían otras mil opciones de internarse en la música popular latinoamericana, tal vez no con esas palabras, pero eso fue lo que me quedó hasta estos días. Entonces me acuerdo que él fue quien nos introdujo (a mi hermano y otros compañeros de grupo) no sólo a Violeta sino a Víctor Jara, Inti-Illimani y varios otros músicos similares no sólo de Chile sino de toda Latinoamérica, que dejaron su influencia sobre nosotros, y además nos hizo reafirmar los gustos que ya teníamos por Silvio Rodríguez y otros similares.
Mis canciones favoritas son “Cantores que reflexionan”, “Qué pena siente el alma”, “El guillatún”, “Según el favor del viento”, entre otras. Entre las que mencione se pueden destacar los distintos puntos de encarar la canción, desde lo profundo y filosófico, casi religioso, siempre en la búsqueda de las razones de la vida misma y el mundo (“Cantores que reflexionan”), hasta el típico pero siempre potente enamoramiento no correspondido, fuerte y triste (“Qué pena siente el alma”) o las imágenes de un intenso y místico ritual mapuche en el que se termina haciendo llover (“El guillatún”). Pero trato de sacar un manojo así a la rápida de mi memoria, ya que Violeta está llena de canciones y piezas instrumentales increíbles (“El gavilán”, “Anticuecas”, “Qué he sacado con quererte”, “Mazúrquica Modérnica”), todas sacadas desde las entrañas de la construcción y la observación atenta de la locura de estar vivo y respirar.
Sergio Antezana (Cantautor)
La voz de Violeta
Llegué a Violeta Parra, como mucha gente de mi generación, por Mercedes Sosa. Su versión de “Gracias a la vida” todavía me conmueve y me sigue pareciendo la mejor versión hecha de ese tema, y de hecho me recuerda mi infancia mucho más que el tema original de Violeta. Cuando era chango, no era nada fácil conseguir su música, de hecho, los temas que yo ubicaba de ella, los conocía por otra gente, por ejemplo: Dagmar Dunchen, Sobrevigencia, Joan Baez, entre los que recuerdo rápidamente.
El nombre de Violeta sonaba como el nombre de Víctor Jara, pero eran sólo nombres; no tenía una imagen que asociar a ese nombre y lo más grave, no tenía una voz. Tuvieron que pasar varios años para que algún amigo me preste Violeta y conozca su voz, su charango y su actitud. Luego con la tecnología llegaron los Todo Violeta en MP3, o el Youtube, y se podía conocer mucho más de ella. Pero hablar de Violeta sin hablar de su historia es imposible porque los amigos te hablaban de tal hermano que era poeta, y del otro que también era músico, etc.; y entonces vas conociendo una mezcla de historia y de leyendas urbanas vinculadas a Favre, a la peña Naira, a esa carpa que ella abre en un lugar impensable, a su salida al campo para buscar y encontrar la música, en fin.
Sin duda, su autobiografía en décima es el testimonio más auténtico y personal que ella deja, pero también recomendaría ver la película “Violeta se fue a los cielos” que nos muestra una Violeta muy real, una persona de carne y hueso, con dudas, sueños, rabia, amor, entrega en fin, nos muestra a la mujer que hizo y sintió todas esas canciones, De “Gracias a la vida” a “Maldigo del alto cielo”.
Marcelo Arias (Quimbando)
Violeta, la luz que nos dejó
A Violeta la conocí ya grande, creo que a mis 23 años. Recuerdo que escuché "volver a los 17" pero asociaba la canción a un conjunto de varias canciones relacionadas a las luchas revolucionarias, a las canciones que ponían en la universidad junto con las de Silvio, etc. No le presté la atención necesaria, además escuchaba versiones de otras cantantes como las de Emma Junaro o Jenny Cárdenas, incluso no sabía muy bien quien era la autora.
Algunos años después me di cuenta que la canción dentro de una estructura poética tan bella como la décima y me pasaba horas contando las sílabas, la cantidad de versos, dónde rimaba y me parecía un juego hermoso y un reto que dejé pendiente por muchos años pues mi búsqueda musical fue por otro lado.
Varios años después me compré un mp3 con su discografía y me encontré con una canción llamada "El Gavilán" que definitivamente me golpeó muchísimo, no podía creer en dolor que guardaba ese tema, no podía dejarla de escuchar hasta que sentía que ya me hacía daño a mí también y paré. Encontré después esa misma sensación en varias canciones y claro, comprendí la carga emocional desde donde cantaba Violeta, un lugar nostálgico, oscuro, doloroso y me enganché con ella.
Me compré su autobiografía en décimas y es un libro que lo vuelvo a leer cada que puedo. (También comencé a leer a Nicanor por la mención que le hace en su libro). Ese libro me motivó a incluir a mis canciones estructuras poéticas, aunque no me considero un poeta como tal, pero si me animé a usar estos recursos y todavía es algo que me gusta hacer, ya sea para armar una canción o para dejarlo como texto en mis cuadernos.
Su aporte es invaluable. No podría concretar este aspecto, sin embargo su manera de reinventarse, tanto en la música como en las otras expresiones que desarrolló, es la luz que nos dejó. Eso se me queda, la necesidad de reinventarme en este camino que me tocó recorrer
Tonne Loayza (cantante)
Nuestra Violeta Parra
Tenía 15 años cuando hasta mí llegaron las hermosas canciones de Violeta Parra, la experiencia de escucharlas marcó un hito importante en mi vida y en la vida de muchos hombres y mujeres de mi generación. Escuchar por primera vez, Gracias a la vida o Volver a los 17, fue una experiencia maravillosa que nos animó mucho en la gran tarea de difundir su obra, no solamente por la calidad estética de la misma; sino, porque en un época marcada por la dictadura militar, teníamos la oportunidad de saborear la frescura de unos versos que nos hablaban de la vida, del amor, de lo cotidiano trabajado bellamente por la pluma, la guitarra y la peculiar voz de esta mujer, de una fe infinita por la vida.
Violeta, la Violeta, nuestra Violeta Parra, se convierte desde entonces en un manantial de ilusiones que aplaca la sed de ser mujeres, protagonistas de nuestras propias vidas. Debo reconocer, en lo personal, que su atrayente influencia marcó los pasos que posteriormente me animé a dar en la música y pienso que el camino que ella marcó se hace de mucho resplandor, cuando voy por la vida cantando Corazón maldito o Maldigo, canciones que hacen brotar desde su simplicidad y fuerza natural, toda la necesaria energía para vivir en mundo de muchas desolaciones.
Al influjo de sus canciones aprendí que todos los sentidos de la vida me transportan a crearme permanentemente, a reencontrarme desde adentro y debo reconocer que una, en especial, marca de manera incuestionable mi vida: Exiliada del Sur: ¿Quién no ha partido dejando siempre un ojo, una mirada, una guitarra, una querencia, una vida, la tierra que le vio nacer y, aún en lo simbólico? ¿Quién no se siente un exiliado en su propio corazón? Buscar las respuestas en los versos “…recuerdo que mucho estrago de niña vio el alma mía, miserias y alevosías anudan mis pensamientos, entre las aguas y el viento me pierdo en la lejanía”, son suficiente respuesta para desanudar la garganta a través de la poesía, de la canción que urgente, va poblando el alma para encontrar los pedazos que al unirse, pretenden una razón.
Violeta Parra, se alza al final de su vida, con la promisoria entereza de quien vivió para ser, para dar y para darse desde la grandeza y la simplicidad del amor; para que así la entendamos, la miremos y la amemos desde la armonía de su música, de su poesía y de su voz.
Vadik Barrón (cantautor/poeta)
Violeta Parra, la jardinera de canciones
Conocí a Violeta Parra en la voz inefable de Mercedes Sosa en una cassette copiado y cuya fotocopia de tapa traía una imagen de la cantautora chilena que llamaba la atención. Aquel semblante –aunque difuso- era claramente el de una mujer que guardaba dentro desgarro, dolor propio y ajeno, esa intenso rictus y la mirada extraviada son casi los de una mártir. Esa impresión visual que tuve la constaté al escuchar las enormes canciones de esa recopilación, una colección fantástica que agradezco cayera en mis manos, y más tarde al escuchar los álbumes con la guitarra y voz de Violeta, y su particular interpretación, tan urgente, tan viva. Me deslumbraron el manejo natural y desenfado del verso métrico, el sentimiento en cada palabra, las melodías sencillas pero contundentes y conmovedoras. ¡Yo ya quería volver a los diecisiete y apenas tenía dieciocho! También era la primera vez que escuchaba una canción de amor (¿qué otra cosa sino una canción de Amor con mayúsculas es Gracias a la Vida?) en la que el sujeto es una mujer y el objeto, distante, amado hasta la lágrima, un hombre, al que odié por conchudo, por ser querido de esa manera loca.
Se ha dicho que Violeta –se dice de Matilde- que “canta feo”. Es la lógica de un mundo que privilegia la figura escénica, el intérprete, el show e ignora, omite cunado no olvida, al autor. Pero la honestidad, autenticidad y compromiso en la interpretación de la chilena son avasalladoras y vencen cualquier reparo técnico o canon estético. Violeta, cantora pluvial con nombre de flor, cavó hondo en la tierra para reencontrar la raíz y el sentido del pueblo chileno, y por efecto expansivo, validado por la historia, el latinoamericano. Es música de la tierra que retorna a ella descreyendo de una sociedad que se espeja falsamente en Europa y que niega, margina y humilla a sus originarios. “La violenta ternura” (Alex Fleites) de Violeta supo germinar la cueca chilena, el rin, la copla y otros ritmos con melodías eternas y con un discurso cantado siempre combativo, profundo, sensible, conmovedor, inconforme. Las canciones de Violeta siguen vigentes y poderosas en voces de hombres y mujeres que la reviven y proyectan. Voces quizás más bellas o trabajadas, pero que dan forma, como a la roca perecedera, a un canto vital (Carlos López), plural y primigenio que nos (a)tañe a todos.
Violeta y el folclore
Fue a comienzos de la década de 1950 que Violeta le dio a su carrera el giro definitivo, cuando empezó a recopilar tradiciones musicales de los suburbios santiaguinos y luego del resto del país. Conoció en esos andares a Pablo Neruda y Pablo de Rokha. Con Nicanor cambió radicalmente los estereotipos vigentes entonces en el folclore chileno, y así fue que los boleros, cantos españoles, corridos mexicanos y valses peruanos dejaron su lugar a las tradiciones profundas del bajo pueblo de Chile. Ya era, definitivamente, Violeta Parra.
Vivió en Santiago de Chile, en General Pico (La Pampa, Argentina), en Buenos Aires, en París, expuso arpilleras bordadas en el Louvre, recorrió con sus giras media Europa y la Unión Soviética, además de casi toda la América latina y todo Chile, de norte a sur. Fue fundadora allá por los ’60 de la que se llamó Nueva Canción Chilena. De esa época son sus canciones más combativas: “La carta”,
“Qué dirá el Santo Padre”, “Que vivan los estudiantes”, “Arauco tiene una pena” y tantas otras que formaron parte de un repertorio de más de un millar de canciones.
Gracias a la vida
(Violeta Parra)
Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio dos luceros que cuando los abro
Perfecto distingo lo negro del blanco
Y en el alto cielo su fondo estrellado
Y en las multitudes el hombre que yo amo.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado el sonido y el abecedario
Con él las palabras que pienso y declaro
Madre amigo hermano y luz alumbrando
La ruta del alma del que estoy amando.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la marcha de mis pies cansados
Con ellos anduve ciudades y charcos
Playas y desiertos montañas y llanos
Y la casa tuya, tu calle y tu patio.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio el corazón que agita su marco
Cuando miro el fruto del cerebro humano
Cuando miro al bueno tan lejos del malo
Cuando miro al fondo de tus ojos claros.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto
Así yo distingo dicha de quebranto
Los dos materiales que forman mi canto
Y el canto de ustedes que es el mismo canto
Y el canto de todos que es mi propio canto.