Puño y Letra

LITERATURA

Héctor Borda Leaño: Los versos del lamero

Alfonso Gumucio Dagrón recuerda en este artículo al poeta Héctor Borda Leaño, de sus conversaciones y su poesía.

Héctor Borda Leaño: Los versos del lamero
El poeta Héctor Borda Leaño Foto: internet

Acaba de morir, pero lo estoy escuchando. Estamos en su oficina en el cuarto piso del Ministerio de Minería, en El Prado. Es el 14 de abril de 1971 y él está detrás de su espeso bigote negro y de sus gafas con gruesa montura. Como si yo mismo buscara pistas, le pregunto a Héctor Borda Leaño qué es la poesía.

“Preguntarle de poesía a un poeta implica una dificultad: no podrá seguramente el poeta explicarse como se explica a un niño cuando recibe una clase de literatura. Pero para mí fundamentalmente la poesía es el dolor traducido en palabras. No hay una poesía trascendente que no haya estado impregnada de un inmenso y grande dolor. Un dolor que produce indudablemente un sentido creador en el hombre. Por eso he dicho siempre yo que la poesía es dolor, es fundamentalmente dolor. Creo que mi poesía puede tener algunos elementos del dolor, no llega a aquilatar el dolor por eso no es una poesía que trascienda los ámbitos nacionales y pueda ser universal. Lo será en tanto y en cuanto este dolor sea intenso, sea grande, sea transformador, como sucede por ejemplo con las obras de Beethoven, como sucede con las obras de un Vallejo”.

Cuando le pregunto si no hay otro camino para la poesía que aquel comprometido socialmente, me responde que no, que para él en ese momento no hay otro camino.

“La poesía ha pasado por etapa indudablemente significativas, y en épocas pasadas podría no interesar ni ser valedera la poesía social. Para mi en este instante histórico, la poesía que traduce una inquietud social es la poesía valedera porque esa llega a los grandes conglomerados humanos que tienen que recoger esa poesía como factores de una alquitaración mental para poder entender su propia realidad”.

Sobre la llamada “poesía pura” me da una respuesta contundente: “No he creído nunca en las cosas puras. Como no creo en la mujer pura, tampoco creo en la poesía pura”. Sin embargo, concuerda en que la poesía no puede ser solamente descriptiva y llana porque los versos se reducirían a una mera información sobre los hechos:

“La poesía nunca debe despojarse de sus atributos esenciales que son las figuras de dicción. Las metáforas, las imágenes, hacen a su propia esencia. Pero con esas metáforas hay que construir, o hay que interpretar esa realidad que nosotros vemos cotidianamente, envolviéndonos en nuestra actividad común y corriente. Si no existe metáfora y no existen figuras de dicción, no existe poesía”.

Cuando conversamos aquella vez, Héctor Borda ya había publicado El sapo y la serpiente y La ch’alla. Las leyendas orureñas impregnan esos dos primeros poemarios: “La mitología orureña está fundamentada en el sapo, la serpiente, el cóndor, el lagarto y las hormigas. Esas son las figuras míticas del carnaval de Oruro y en torno a ellas yo hago poesía. Estos animales están dentro de la leyenda orureña cuando se habla del pueblo de los Urus, que había pecado de liviandad y de excesiva falta de allegarse a los dioses, estos le enviaron como plagas. Pero las deidades benéficas que rodeaban a Oruro las convirtieron en piedra, y ellas han quedado a través del tiempo, y con esas figuras se hacen las ch’allas, las k’oas y todo el complejo ritual de nuestra cultura indígena”.

“Todo esto se ha transmitido oralmente, pero ha sido reelaborado también por un sistema de aculturación por los españoles. Ellos a su vez han hecho transferencias de deidades y valores para colocarlas dentro de sus propios calendarios, dentro de sus propios valores, pero tiene una vigencia en la cultura indígena de Bolivia”.

Me llamó la atención, en ese tiempo, que la palabra “voltereta” se repitiera en su poesía con frecuencia: “La voltereta tiene solamente el significado de darle movilidad al poema, en tanto que este poema puede significar el dinamismo del carnaval de Oruro”.

Con la obtención de el Premio Municipal de Poesía en 1971, su manera de escribir comenzaba a evolucionar hacia una poesía más explícitamente política. Me dijo entonces que en La ch’alla y El sapo y la serpiente tomó elementos del folklore para hacer poesía, pero a partir de allí había dado un paso hacia la poesía social con el libro premiado, Con rabiosa alegría. Sus nuevos poemas “pintan” a las barrenderas, a los artilleros, al mayuperico, al chico que vende café, al pequeño rumpero que muere en la mina: “es decir, retratos digamos subjetivos y la trascendencia que pueden tener estos en los quehaceres humanos y cotidianos de los bolivianos”.

Héctor me habló de otros libros que estaban listos para ser publicados, de los que había adelantado algunos poemas en un recital: el libro Qué joder debía salir pronto, con “poesía combatiente, de intención política y tendenciosa indudablemente”, y otro titulado Poesía o muerte, también poesía social, “pero no combatiente”.

En mi indagación sobre los mecanismos internos de la poesía, insistí sobre el uso de metáforas e imágenes en sus poemas: “La imagen es para el poema lo que es la vestidura para el hombre. Indudablemente no es la imagen en sí poesía, pero es la vestidura de la poesía. Ligados esos factores de imagen con factores de ideas, se tiene la poesía. No pueden estar de ningún modo desligados”.

¿Qué pregunta lo asalta con frecuencia?, le consulté.

“Me la puedo plantear, y sería esta: ¿hasta qué punto la poesía puede hacer el papel del fusil en la lucha por la liberación? He querido responder a esa pregunta siempre, y mi angustia consiste en esto, en que el fusil mata definitivamente, la poesía mata haciendo vivir. Puede ser paradójico, pero en cuanto mata haciendo vivir, la poesía tiene tanto valor como el fusil para la lucha de liberación de los pueblos de América Latina. De modo tal que en la medida en que los pueblos se levanten contra las opresiones de los poderosos, la poesía ha de estar siempre delante de la revolución”.

La poesía de Héctor Borda está impregnada de su vivencia en las minas. Trabajó en la empresa Patiño Mines, luego en la ex empresa Aramayo en Chorolque, y también en La Unificada, y finalmente en minas de Comibol, la empresa del Estado:

“He vivido mucho en la mina, he trabajado desde mis 14años de edad en la mina. Puedo decir que soy autodidacta, a pesar de que en los intermedios de mis épocas de trabajo he tratado de estudiar y me he culturizado. He salido bachiller en un colegio nocturno, tengo también formación universitaria a través de mis viajes al exterior. Pero fundamentalmente soy autodidacta. He trabajado en las minas, he sido carrero, rumpero, lamero, patachero, enmaderador… El patachero es el obrero que labra en la roca con instrumentos de metal una especie de cornisas donde se asienta la enmaderación (en los socavones). El enmaderador trabaja la madera para esa enmaderación. El lamero es el que destranca los buzones trancados con mineral, es un trabajo sumamente peligroso, y en las minas se da ese trabajo siempre a hombres pequeños y de poco peso, porque tienen que trabajar con dinamita en espacios reducidos”.

Le pregunté si el dedo faltante en una de sus manos se debía a un accidente en la mina: “No, nada tiene que ver”, respondió, sin aventurarse en más detalles.

No escatimaba sus opiniones sobre la literatura boliviana, mirada desde el cristal de un poeta comprometido políticamente. Sobre la poesía contemporánea me dijo: “Creo que puede llegar a hermosos caminos, hermosos objetivos, pero sucede que hay una desorientación ideológica y también hay poco interés por estudiar las mecánicas interiores del poema. Hay algunos que se dicen revolucionarios porque han descrito ‘las llagas del minero’, sus ‘miserias’, etcétera, pero enfocan el tema desde un punto de vista esencialmente reaccionario. La poesía tiene que saber tratar el tema a la luz de una ideología conceptual, a la luz de una doctrina. Y mientras el poeta no tenga una fundamentación doctrinal y no tenga un acervo cultural e ideológico firmemente asentado, no puede ser de ningún modo revolucionario ni antirrevolucionario, es nomás un poeta azul de esos que quieren hacer figuritas con palabras”.

Sobre los nuevos poetas bolivianos, me dijo que Pedro Shimose le parecía un valor interesante: “mi gran amigo, ahora bien, creo que le falta madurar, pero lo digo con mucho respeto y mucha consideración por su poesía, al fin y al cabo, él no tiene la culpa de ser joven. Llegará un momento en que madurará su poesía a través de los años y de sus experiencias personales”. Luego mencionó a Matilde Casazola, “que ha de dar frutos extraordinarios dentro de muy poco tiempo”, y a Mery Monje Landívar. “Creo que esos son los poetas más significativos de Bolivia”, concluyó hace medio siglo, cuando conversamos frente a una grabadora.

Sobre la narrativa boliviana, me dijo que faltaba el gran novelista: “Si Chueco Céspedes hubiera nacido en una nación poderosa, habría sido otro cantar. Habría sido más conocido y mejor valorado. Céspedes es uno de los mejores novelistas de América Latina, pero ha tenido la desgracia de nacer en un país subdesarrollado y pobre, y nosotros mismos no le damos el verdadero valor que tiene. Hay una enorme distancia entre un Chueco Céspedes y un Jorge Icaza, sin embargo, Icaza, el de Huasipungo, es más conocido. Esas son las arbitrariedades de pertenecer a un país poco conocido, bloqueado por intereses foráneos, minimizado por sus propios hombres, sin fe en ellos y en los destinos del país. Botelho Gozálves es también un magnífico escritor, pero no ha llegado a la dimensión universal, porque por otra parte se cree que ser universal es escribir sobre temas que son foráneos a nosotros, cosa que no es cierta, como ha demostrado Gabriel García Márquez con Cien años de soledad, que es cien por ciento colombiana pero no por ello deja de ser universal”.

Considera que Metal del diablo es la mejor obra de Céspedes: “Incuestionablemente, es auténtica. Conozco bien la problemática de las minas. Hay pinturas realmente extraordinarias de la vida de las minas, es auténtica en todo, hasta en sus epítetos, en sus adjetivos, es muy real”.

Reconoce valores entre narradores como Renato Prada Oropeza o Raúl Teixidó, pero considera que estos nuevos valores “no tienen todavía una trascendencia extraordinaria”, porque “el escritor boliviano carece de una formación integral, parece que no se interesa mucho en el estudio de la sociología, de la antropología. No puede describirse una situación cualquiera como se da en Alemania, o en Argentina, tiene que tener una peculiaridad nacional, y esa peculiaridad formada por la sedimentación de una cultura indígena, solamente se la va a conocer a través de profundos estudios de sociología y antropología. Los modos de comportamiento de los personajes son completamente diferentes, y a eso hay que calar para significar y para pintar auténticamente a los personajes”.

Esa conversación concluyó con la lectura de algunos de sus poemas. Mientras buscaba entre sus poemas le pregunté cuándo se publicaría su libro premiado: “Todo depende de la buena voluntad de la Alcaldía”. Dudó entre La patinadora y El mayuperico. Se decidió por este último, luego de explicarme que el mayuperico es “la resaca” de los trabajadores: “es el minero desplazado del trabajo del interior de la mina para que vaya a trabajar los yacimientos aluvionales del río, ya no está integrado al servicio social, trabaja por contratos, es un trabajador eventual, un desplazado, también les dicen maquipuras. Julián Tarqui fue un mayuperico compañero de mi curso, de mi escuela, lo encontré años después trabajando en Huanuni y posteriormente lo encontré nuevamente en La Paz, buscando un hospital para poder morirse tranquilo con silicosis”.

Un poema salido de la entraña de Héctor, como la de Julián, pero con más suerte. Alguna vez escribió también cuentos sobre temas mineros, “unos cuatro o cinco”, me dice sin darles mucha importancia porque nunca llegó a publicarlos.

En uno de sus raros regresos de Suecia, en 1997, me regaló su libro Poemas desbandados con una generosa dedicatoria. Nunca más nos vimos. Lamenté no verlo en Malmö (Suecia), donde residió durante décadas, porque sencillamente olvidé que vivía allí, frente a Copenhage, cuando tuve la oportunidad de dar conferencias en universidades de ambas ciudades.

Héctor Borda, fallecido el miércoles 26 de enero de 2022, era un gran poeta y un personaje extraño, que nunca llegué a comprender del todo. Es fácil decir que llevó con él el país a su exilio, prolongado voluntariamente durante tanto tiempo, pero creo que su manera de sentir sobre Bolivia era mucho más compleja, una mezcla irreconciliable de amor y despecho. Sería importante saber lo que escribió, poesía o prosa testimonial, en sus últimas décadas de distanciamiento amoroso.

En Bolivia, definirse y asumirse toda la vida como poeta no es poca cosa. Escribir poesía como camino y fin de la existencia es admirable, en un país donde para hacerlo no basta crear versos, sino trabajar en cualquier otra cosa para sobrevivir, para comer, pagar tener un techo donde cobijarse. Héctor Borda se definió siempre como poeta, aunque trabajó en muchos oficios para sobrevivir y tuvo acercamientos con la política partidista en un corto periodo de su trayectoria.

Como suele suceder en nuestro país, no se ha escrito mucho sobre él, aparte de breve notas necrológicas, de modo que estas páginas son mi pequeño homenaje a su persona y a su poesía


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