Puño y Letra

LITERATURA

Yo, de Gonzalo Lema

El premiado escritor boliviano, comparte con Puño y Letra, el arranque de su última novela, "Yo".

Yo, de Gonzalo Lema
Yo internet

El sólido corazón y el ágil índice apachurraron un manojo numeroso de tiernas ramas de perejil mizqueño para lograr amalgamar una masa fina de olor ascendente y penetrante, una viscosa materia chorreante de esencia verde, maleable en sumo, que fuera de absoluto agrado de la vieja sabiduría kallawaya. El hombre observó satisfecho                         Milagros del perejil

el amasijo elevándolo a la altura de sus ojos conejiles de cerro.

Jugueteó a penetrarla con los dedos. Lo hizo bola frotándolo entre ambas palmas de las manos y hasta lo arrojó por el frío aire del ambiente (unas pocas veces) con súbito e intrépido placer de malabarista. El denso aroma de la hierba medicinal se elevó lentísimo, en suave espiral, y comenzó a escarbarle la nariz como gallina, a picotearle los sentidos arrebatados.

         Se sonrió pícaro. Los ritos se parecían a una actuación. Eran parte del teatro. Dejar de ser uno para ser otro. Había que crear el clima propicio y luego el convencimiento total, la hipnosis misma que permitiera hacer uso de la voluntad del enfermo para husmear en su profunda intimidad y buscar el mal con ayuda de los espíritus. Y desenraizarlo. Arrancarlo de cuajo para echarlo al fuego. O enterrarlo. O dejarlo irse por el mal aire. Y, en su lugar, sembrar salud. Esperanza. Renovar la vida, pero con el bien.

         Eso mismo él empezaba a trabajar en la mañana con los campesinos e indígenas aquejados en presencia de sus alertas allegados. 

         El viejo sentado sobre cuatro adobes continuó con la boca abierta por instrucción del médico/chamán. Tenía las muy raleadas cejas suspendidas en marcado arco de asombro ante tanta sabiduría y seguridad. La expresión de respeto. De alma purísima. Los cabellos tiesos del cerquillo asomando por debajo del gorro de lana multicolor. Un hilo de saliva por la comisura de la pequeña boca. Imperceptible el temblor del nudo articulador de sus mandíbulas. Un pie quietísimo y el otro columpiando nervioso, a punto de derramar su abarca de tiro (roto) recubierta íntegramente de barro seco.

         Apoyados contras las paredes de adobe, expectantes, los pacientes en espera y los varios curiosos, todos prestos a observar la santa curación.

         -Abra bien la boca, don Aquilino. Un poco más. Ahora sí. Le quedan tres muelas agujereadas y negras como cuevas del zorro. Dos, tres, cuatro dientes. Toditos rotos. Toditos hediondos. No sirven para mascar maní. Pura papaya, nomás.

         El viejo asintió sacudiendo la cabeza y el cuerpo entero, siempre con la boca abierta y repleta de saliva. Los expectantes festejaron la ocurrencia, cada uno por su estilo. Alguno se reacomodó apoyándose contra la pared de barro con puntas de paja, duras como espinas de cactus.

         La curiosidad general creció notablemente.

          -Es temporada de chirimoya, doctor –se burló una campesina-. Sólo tiene que chuparse, únicamente. La pepa se escupe.

         -Mentira –protestó el viejo con mucha saliva en las palabras-. No hay chirimoya todavía.

         -Podemos importar –propuso pícaro el kallawaya-. De los Yungas de La Paz.

         Un campesino joven, con dolor inconstante debajo de las costillas flotantes en el flanco izquierdo, cerquita a la cadera y espalda, se carcajeó con queja. Los restantes se sonrieron con los ojos bien abiertos, porque se les había escapado el sentido cierto del español. Entendieron un poco. Sin embargo, se quedaron mirando a la espera de que alguien les contara el mismo chiste en quechua. No sucedió.

         El kallawaya retornó a la mesa de madera astillosa y limpió un tanto el centro con el dorso de la mano. Allí depositó el amasijo como si fuera un huevo sagrado. Miró en derredor (“Ahora nos vamos a callar un poquito”) y alzó las manos hacia el techo, aunque en realidad dirigiéndolas al cielo. Y comenzó a orar en un idioma muy extraño. Al cabo de la plegaria completa, caminó sus pasos hacia el viejo paciente y le vació la boca de saliva (con el agrio índice de paleta) arrojándola contra el piso de tierra. Sacudió fuerte el dedo. Se lo limpió en su pantalón de bayeta. Siguió mascullando palabras nunca oídas y retornó a la mesa con propia solemnidad de “elegido”. Alzó la bola de perejil empapada en jugos densos de su intimidad y pellizcándole trozos menudos procedió a rellenar las muelas y los dientes del hombre con un cuidado de albañil finista. Artista. Barroco. Sincretista.

         Más de un rezo duró la faena. Pellizcaba de la bola del perejil y con la yema gorda del dedo principal rellenaba la muela. Advertía que la lengua debía quedarse quieta y no horadar, como era su natural costumbre. Ponía un tanto más y presionaba otro poco. El perejil convertido en argamasa, su jugo en medicamento. Luego avanzó a los dientes. También los rellenó con presión, pero además los forró dejándolos verdes, como de diablo potosino. Una máscara para el remoto carnaval andino. Fiesta de indios.

         -Aguánteme, don Aquilino, todo lo que pueda. Quédese sentado sin cerrar la boca. Su mujer ha de espantarle las moscas.

         La campesina carcajeó y su risa resonó como el canto del gallo por la madrugada. Sacó un pañuelo blanco de entre sus senos llenos y lo batió al aire para desplegarlo con energía. No había moscas. De todas formas, se paró como centinela al lado del viejo boquiabierto. También lo golpeó y desequilibró con su cadera tan sólida como cántaro grande de barro cocido.

         -Es mi suegro, doctor. Yo me lo cuido como a mi t’anta wawa. Sólo me falta cargarlo en mi espalda por donde voy. Es mi chiquito.

         Algunos festejaron la ocurrencia (el joven, el que más, agarrándose el flanco.) El viejo asintió con la boca abiertísima, chorreante de saliva. Él también hubiera querido reírse, pero no podía hacerlo por temor a derramar sus empastes. Se limitó a mirar a todos con nítido aire de víctima.

         El kallawaya solicitó silencio levantando las manos. Caminó hacia su alforja en busca de ceniza de carbón, de hojas de coca (limpias y verdecitas de tiernas), de papel menudo multicolor (sustituyendo florecitas) y prendió fuego aromatizando el ambiente. Incienso. Humo sagrado.

         Echó a volar el papel sobre las cabezas de todos, ceremoniosamente.

         Puso más leña al fogón del rincón y acalló las burbujas múltiples del agua hirviente en la olla de barro echándole otra tutuma grande de agua fría de tinaja. El fuego salpicado cambió de color. Se volvió anaranjado. Rojo. De lenguas amarillas, largas, picudas, que herían incluso la boca tiznada de la olla. Por fin se serenó.

         Con calculada morosidad cortó otro manojo de perejil sobre la mesa en tiras delgadas y largas. Un tanto importante de ellas depositó al fondo de un mortero de plata que buscó en su alforja. Las aplastó. Luego, vertió agua caliente murmurando. De inmediato tapó el mortero con un pedazo de tela bordada con encanto femenino.

         Cerró los ojos para orar moviendo los labios.

         -Vamos a esperar que pase, joven. Esto que me has visto hacer es un mate. Infusión, se dice. Todo el día vas a prepararte para beber. Un trago y otro trago, con calma. Y cuando te descanse el dolor, vas a trepar al cerro y vas a bajar corriendo como el cuis-cuis. Y cuando se recuperen tus piernas, vas a volver a trepar para hacer lo mismo. Un rato de esos te tiene que doler el doble, en el pito mismo, pero después vendrá el alivio que buscas. Me lo vas a agradecer. A ver: andá tomando de a poco.

         Lo vio alzar el jarrón y tomar un trago amargo. El joven frunció todo el rostro, la boca, como un nudo de soga. (“No es tan feo, oyes. Te estás exagerando mucho”.) Pero continuó haciéndolo hasta terminar y arrojar al piso apenas una gota. Se limpió la boca con el dorso de la mano. El gesto feo todavía se le quedó paseando un rato por la cara.

         El kallawaya aumentó las tiras y volvió a aplastar todo en el mortero. Después llenó el jarrón con agua bullente del rugiente fogón.

         -Eres productor de calcio, pues. Tienes arena en tus conductos, y eso es lo que te duele. El perejil la destruye, y la vas a orinar. Y si tuvieras piedra, tus carreras de conejo la van a expulsar. Seguí tomando sorbos. A cada rato. Santo remedio.

         -Amén –dijeron los que entendieron.

         Se quitó el poncho pesado, lo dobló siguiendo las líneas negras sobre el fondo rojo, y sintió liberados los brazos bajo la camisa de bayeta. Con el gesto de la cara llamó a la joven picada por las vinchucas. (“No todas están enfermas. Sólo algunas transmiten la Chagas”.) La observó intercambiando los alientos por lo cerca que estaban. Ella, sonrojada, traspiró copiosamente de la frente. Él le rastrilló la piel con los ojos. Cada roncha de las mejillas y del cuello (su respiración erizó la carne de la mujer). Del pecho. Y hasta husmeó en el escote cuadrado de la blusa blanca, entre las lomas tibias, abundantes, de piel suave que palpitaron súbitamente desbocadas. Unas olas propias del río Grande que corría por ahí cerca.

         -Así ¿todo el cuerpo?

         La mujer asintió. El kallawaya se agachó para mirarle los tobillos, las pantorrillas y algo levantó la pollera para seguir la pista de las picaduras en los muslos. A cada una le posó el índice, la presionó. Pero a las del muslo y la nalga las pellizcó de sorpresa. La carne tembló en un todo removido por las sensaciones dulces. No dejó ni una picadura sin apretar entre sus dedos gruesos.

         -No son malignas. Las vamos a curar con emplaste de perejil. Lo que he hecho con don Aquilino en sus muelas, lo voy a hacer con tus picaduras. Pero estaría bien que hagas humear tu vivienda para que se vayan las ratas de los cielos.

         -Son del templo chico–dijo ella, aún intranquila-. Están llenitas en su techo. Se entran a mi casa cuando nos sopla el viento del cerro. Cada tarde.

         El kallawaya la escuchó con atención: -Mala cosa. Hay que bañar la casa con agua de ruda. Las paredes. El mismo colchón. ¿Es de paja?

         La mujer asintió.

         -También el abrigo. La ropa.

         Trituró entre sus dedos un manojo de hojas y retuvo su líquido en las palmas. Lo mezcló con la materia. Le hincó los dedos. Hizo un quesillo con todo y lo expuso por sobre su cabeza como si fuera una hostia, mascullando en idioma secreto. De seguro la curaría. Había buen cielo esa mañana. Ideal para la sanación.

         -Se empieza de los tobillos.

         Se arrodilló.

         Le limpió la piel de cada palmo con su saliva. Se pasaba la lengua en los dedos y los frotaba en la picadura y alrededores. Pellizcaba el quesillo y se lo colaba en el botón rojo. (“No te muevas”.) En las pantorrillas le frotó con saliva en toda el área afiebrada, pero más tiempo, y la empastó con el perejil. También en los muslos, ante la mirada azorada de los pacientes y acompañantes. (Don Aquilino se tragó una amalgama de la impresión.) Y trepó con calma a las siguientes donde ya hervía la sangre como el agua en el fogón.

         La mujer manoteó su pollera hacia abajo cuando el hombre avistó el borde de su nalga izquierda reposando vibrante, con piel de gallina, en el grueso muslo.

         Él pareció sorprenderse: -Los médicos no somos humanos del todo. Sabemos hacer el bien, es un don. Curamos y nos vamos. Nadie se acuerda de nosotros. Nos hacemos pulga. Niwa, como también se dice.

         La mujer lo miró frunciendo el ceño (el médico arrodillado y curioso de su reacción, con la mano lista en el emplasto), y caminando apurada se refugió en el rincón de la pared de barro. Ya tenía los cachetes sonrojados y consideraba, en su susto, que había sido violada su intimidad. El kallawaya esperó por un momento. Después se puso de pie, desairado, y caminó hacia la joven con visible molestia para entregarle la pasta que quedaba.

         -Ponte en todo el cuerpo, si quieres. Nadie te obliga a estar sana. Tus manos no son mis manos, pero.

         Nuevamente caminó hacia su mesa con paso solemne. Todavía con la espalda hacia los pacientes indicó que sería bueno que hicieran hervir el perejil cada mañana en sus casas y se lo tomaran en ayunas. (“¡Quita todo lo malo del cuerpo, el líquido y flatulencias! ¡Alivia la menstruación! ¡Cura el frío de los huesos! ¡El mal aliento!”) Giró lentamente el cuerpo hacia ellos y concluyó con picardía susurrante de viejo.

         -Reaviva el hambre sexual.

         Se chupó, de gusto, los dedos empapados. Les hizo adiós.

         El gentío se retiró en tropel dejando sobre la mesa su reconocimiento y su cariño.

         Las risillas y los comentarios se alejaron del lugar en un santiamén.

         Llenó su alforja con cinco monedas medianas de plata, una pequeña, pero de oro. Introdujo también semillas negrísimas de chirimoya. Advirtió que alguien le había dejado un pan redondo, de cuatro pedazos marcados en el lomo, con un importante trozo de queso seco de leche de cabra.

         Se sentó tranquilo en el piso terroso (la espalda contra la pared llena

de agujas de paja) a comer con el hambre atrasada.

         Había sido una buena jornada. La expectativa cubierta. La medicina y los rezos espantaron el dolor y las preocupaciones de la gente. Seguro era que todos estaban aliviados, y él se sentía muy contento. Raspó el queso de costado, con los agudos caninos, y masticó el último pedazo de pan.

         Con buen ánimo salió a caminar por las calles de la pequeña ciudad de provincia.                                                                                    Mizque, 1932

                  Primero cruzó un corralón de adobe y palos que daba

a la acera con fuerte olor a bosta de burro. (Modesto Poma ni siquiera lo miró en detalle.) Luego cruzó una fachada blanca de yeso, con ventana lapidada con madera y la puerta clausurada con piedras grandes del río. Por los resquicios metió su boca y llamó mordido, entre dientes.                                                                         -¡Don Lucho!

         Acomodó mejor su poncho rojo de listones negros sobre la alforja y volvió a gritar. Le contestó el inmejorable canto del gallo. (Él imaginó muy pronto al giro, su garbo, el dorado plumaje nervioso sobre su cuello largo y el pecho robusto, de sus visitas anteriores). Su escala poderosa motivó que otro gallo, en un patio distante, le hiciera el eco. Miró otro poco por entre la hierba y las piedras grandes que trancaban la puerta de calle por dentro y no lo vio. (El gallo tampoco volvió a cantar.) Ni a doña Delia. Ni a la niñita que deseaba visitar. Observó la vivienda con alguna ventana abierta en el segundo piso. Una escoba de mano reclinada sobre la pared. Parte del árbol de pacay que sobresalía al aire exterior, por sobre el techo alto, si se alzaba la vista. Un gato mimoso buscando cansinamente tierra caliente iluminada por el sol.

         -Nadies –dijo a media voz.

         Se quedó meditativo.

         Tuvo una primera visión de la ciudad cuando llegó al cerro Tetilla en la madrugada. Una neblina densa descansaba sobre los techos curvos de las casas, que el sol amarilló pasadas las seis y que luego se desvaneció. Con la consistencia peligrosa de un largo espino de caraguata, la cruz de metal de la torre de la iglesia punzaba ese aire denso para imponer su verticalidad. La calle más larga parecía nacer a sus pies, cruzar la plaza y llegar a la vera misma del río Mizque. Pero cuando trepó al cerro Thicapampa, advirtió que otra de las calles, nacida al sur, tenía el trazo más largo, aunque raleado de viviendas desde la tercera cuadra hasta su fin. Otras calles menudas iban paralelas, y otras más cortitas las cruzaban formando manzanos cuadrados. (De lejos lucían preciosas para el hombre de Charasani, comunidad vecina de las montañas de la cordillera de Apolobamba.)  Las viviendas del centro exponían bellos techos curvos de teja colonial más sólida que las nuevas, y más grandes, originalmente de fuerte color ocre, algo ennegrecidas por un siglo de lluvia, de sol despiadado y tierra arenosa. Y algunas tenían huertos. Otras, gallineros. Y las calzadas eran de barro seco, apisonadas por el paso constante de vacas y burros, y de algún carretón jalado por caballos, de las pisadas pesadas de abarcas y zapatos de los cholos, de los campesinos y de los mismos indios simpáticos de Raqay Pampa en los domingos, desde la madrugada hasta media tarde. A veces, hasta la noche misma.

         Modesto Poma se alejó de la vivienda buscando coca en su alforja. A los pasos se saludó con un campesino anciano arreando un burro cargado de leña. Después pasó la estrecha puerta de una tienda de pan y dulces de azúcar con coco que estaba en penumbras. Y otras puertas cerradas. Pensó que los vecinos andaban distraídos en algo importante.

         Al doblar la esquina se encontró con el alboroto desatado en la plaza.

         Dos camiones del ejército bufaban uno detrás del otro. (Recordó que los vio levantando polvo en el camino desde el mirador de un cerro y pensó en cualquier cosa menos en la leva por la guerra.) Los soldados arreaban a culatazos a los borrachos Luís Claros (“mi futuro             Súbita irrupción del Yo

y enigmático abuelo”), a Jaime Mercado, Roberto

Valdivia, Nicanor Mendoza y otros borrachos más. Los obligaban a trepar a la carrocería. Doña Valica, la dueña de la chichería, gritaba con estridencia reclamando por su libertad (además se los llevaban sin pagar ni la chicha de toda la noche ni el habas pectu abundante del desayuno). Pero sus gritos sólo chirriaban sobre tantos otros reclamos del conglomerado humano.

         Insistió hasta quedar ronquísima.

         -¡Dejen que se recuperen! ¡Han farreado toda la noche! Esta tarde se van a alistar de su propia voluntad.

         Ellos se agarraban las cabezas y se carcajeaban, borrachos. La misma gente mirona se contagiaba de su risa. Parecían seguir alrededor de su mesa y de su damajuana de chicha madura. Incluso se convidaron cigarrillos y se hurgaron varias veces los bolsillos buscando fósforos. (El petizo se colgó de la carrocería para pedir al sargento que se lo encendiera. El soldado amenazó con aplicarle, a mano llena, un bofetazo.) Se pusieron a cantar a voz en cuello.

         De la misma chichería voló un acordeón y un charango hacia el barro duro de la calle y un oficial de bigote los pisó a los dos con sus botas cafés de suela. (“¡Arriba, carajo! ¡Encima son anti-salamanquistas, los mierdas!”) Los revolvieron con otro grupo de hombres decentes que ya se aprestaba a tomar sol en los bancos de siempre bajo la fronda de los algarrobillos, pero que fueron trasladados a la carrocería con similar prepotencia militar. Sin lugar a ningún reclamo. Algunos de los curiosos mandaron a los llocqallas en busca del párroco Chema.

         Los familiares protestaban hablando a los gritos y aleteando con las manos amenazantes. Intentaban rasguñar de la cara a los soldados aymaras traídos del lago Titicaca. Pero el oficial sacó su revólver con determinación y disparó al aire tres tiros de advertencia. Luego paseó su mirada soplando el humo picante del caño y estudiando los ojos de todos. Sus botas crujían cric-cric al paso. Parecía que se le iban a quebrar de la suela claveteada. Como corcho seco.

         -¡Se callan! ¡Los hombres deben pelear por la patria! ¡Pero también se puede cargar a las mujeres para trabajos de cocina! ¿Eso quieren? ¡Hay campo en los camiones!

         Modesto Poma, quieto desde un principio, escondió el cuerpo detrás de la pared y ni siquiera se llevó la hoja de coca a la boca. Se aprestó a huir por la calle que daba al cerro y, de ser necesario, correr hasta la cordillera de sus pagos. No se detendría. Y los esquivaría metiéndose en los huecos de las vizcachas. En los matorrales. Entre las piedras, como las arañas y las víboras. Pero no lo tendrían para vestirlo de soldado y darle un fusil. Eso ya lo había hablado en su comunidad. “¡Pelear por la patria!” ¡Qué estúpido! Pelear a favor del látigo, del despojo de tierras, de la esclavitud. Pelear por los patrones. ¡Estaban locos si pensaban llevarlo!

         Sacó la cara por el ángulo de la pared cuando el oficial trepaba ágil a la cabina (abriendo las piernas, trazando un arco larguísimo) sorteando bien el peldaño, ordenando apurado, antes de cerrar la puerta, que se arrancara, pero profiriendo una última amenaza que fue de conocimiento público.

         -¡O de putas!

         Los soldados de pie en la carrocería, y los desanimados reclutas sentados en el piso, dando de brincos en el camión en marcha. Batiendo las manos a los familiares. A los curiosos. Salvo los borrachos, como don Luís Claros y sus amigotes, que todavía se pensaban en la chichería y hablaban a los gritos contra el vejete latifundista del valle, con úlcera de píloro, y daban de sonoras carcajadas. O úlcera de duodeno. Qué graciosas que eran las enfermedades de los señoritos.

         Modesto Poma se frotó la espalda en la pared desandando sus pasos. De pronto se sintió aturdido por un hecho que hasta entonces pensó tan sólo como noticia. La distante guerra se llevaba a sus pacientes y amigos en dos camiones del ejército. La guerra ya estaba en esos parajes. Se hacía sentir. Y con el tiempo también los haría sufrir. Seguramente pasarían hambre. Y luego hondo dolor, porque habrían mutilados y muertos.

         Viudas. Huérfanos.

         Caminó por una calle distinta a partir de la siguiente esquina y estuvo a punto de chocar contra un grupo (resultó ser un petit comité) de señoras elegantes armadas de respectivas sombrillas, coquetos sombreros, trajes de cuello bordado, una sola pieza hasta los tobillos, que avanzaba raudo a la oficina del subprefecto.

         Lo insultaron al paso, además una de ellas inclusive se rezagó para mostrarle el medio mismo de la calle (una honda huella de carretón en la tierra) para que caminara por ahí y no robara la sombra a la gente decente. Atrevido. Luego aceleró sus brincos cortísimos de pajarito del valle y se plegó a sus apresuradas pares. 

         Modesto Poma, estático, las miró irse. Las escuchó. Protestaban contra la leva indiscriminada. Algo así entendió.

El sólido corazón y el ágil índice apachurraron un manojo numeroso de tiernas ramas de perejil mizqueño para lograr amalgamar una masa fina de olor ascendente y penetrante, una viscosa materia chorreante de esencia verde, maleable en sumo, que fuera de absoluto agrado de la vieja sabiduría kallawaya. El hombre observó satisfecho                         Milagros del perejil

el amasijo elevándolo a la altura de sus ojos conejiles de cerro.

Jugueteó a penetrarla con los dedos. Lo hizo bola frotándolo entre ambas palmas de las manos y hasta lo arrojó por el frío aire del ambiente (unas pocas veces) con súbito e intrépido placer de malabarista. El denso aroma de la hierba medicinal se elevó lentísimo, en suave espiral, y comenzó a escarbarle la nariz como gallina, a picotearle los sentidos arrebatados.

         Se sonrió pícaro. Los ritos se parecían a una actuación. Eran parte del teatro. Dejar de ser uno para ser otro. Había que crear el clima propicio y luego el convencimiento total, la hipnosis misma que permitiera hacer uso de la voluntad del enfermo para husmear en su profunda intimidad y buscar el mal con ayuda de los espíritus. Y desenraizarlo. Arrancarlo de cuajo para echarlo al fuego. O enterrarlo. O dejarlo irse por el mal aire. Y, en su lugar, sembrar salud. Esperanza. Renovar la vida, pero con el bien.

         Eso mismo él empezaba a trabajar en la mañana con los campesinos e indígenas aquejados en presencia de sus alertas allegados. 

         El viejo sentado sobre cuatro adobes continuó con la boca abierta por instrucción del médico/chamán. Tenía las muy raleadas cejas suspendidas en marcado arco de asombro ante tanta sabiduría y seguridad. La expresión de respeto. De alma purísima. Los cabellos tiesos del cerquillo asomando por debajo del gorro de lana multicolor. Un hilo de saliva por la comisura de la pequeña boca. Imperceptible el temblor del nudo articulador de sus mandíbulas. Un pie quietísimo y el otro columpiando nervioso, a punto de derramar su abarca de tiro (roto) recubierta íntegramente de barro seco.

         Apoyados contras las paredes de adobe, expectantes, los pacientes en espera y los varios curiosos, todos prestos a observar la santa curación.

         -Abra bien la boca, don Aquilino. Un poco más. Ahora sí. Le quedan tres muelas agujereadas y negras como cuevas del zorro. Dos, tres, cuatro dientes. Toditos rotos. Toditos hediondos. No sirven para mascar maní. Pura papaya, nomás.

         El viejo asintió sacudiendo la cabeza y el cuerpo entero, siempre con la boca abierta y repleta de saliva. Los expectantes festejaron la ocurrencia, cada uno por su estilo. Alguno se reacomodó apoyándose contra la pared de barro con puntas de paja, duras como espinas de cactus.

         La curiosidad general creció notablemente.

          -Es temporada de chirimoya, doctor –se burló una campesina-. Sólo tiene que chuparse, únicamente. La pepa se escupe.

         -Mentira –protestó el viejo con mucha saliva en las palabras-. No hay chirimoya todavía.

         -Podemos importar –propuso pícaro el kallawaya-. De los Yungas de La Paz.

         Un campesino joven, con dolor inconstante debajo de las costillas flotantes en el flanco izquierdo, cerquita a la cadera y espalda, se carcajeó con queja. Los restantes se sonrieron con los ojos bien abiertos, porque se les había escapado el sentido cierto del español. Entendieron un poco. Sin embargo, se quedaron mirando a la espera de que alguien les contara el mismo chiste en quechua. No sucedió.

         El kallawaya retornó a la mesa de madera astillosa y limpió un tanto el centro con el dorso de la mano. Allí depositó el amasijo como si fuera un huevo sagrado. Miró en derredor (“Ahora nos vamos a callar un poquito”) y alzó las manos hacia el techo, aunque en realidad dirigiéndolas al cielo. Y comenzó a orar en un idioma muy extraño. Al cabo de la plegaria completa, caminó sus pasos hacia el viejo paciente y le vació la boca de saliva (con el agrio índice de paleta) arrojándola contra el piso de tierra. Sacudió fuerte el dedo. Se lo limpió en su pantalón de bayeta. Siguió mascullando palabras nunca oídas y retornó a la mesa con propia solemnidad de “elegido”. Alzó la bola de perejil empapada en jugos densos de su intimidad y pellizcándole trozos menudos procedió a rellenar las muelas y los dientes del hombre con un cuidado de albañil finista. Artista. Barroco. Sincretista.

         Más de un rezo duró la faena. Pellizcaba de la bola del perejil y con la yema gorda del dedo principal rellenaba la muela. Advertía que la lengua debía quedarse quieta y no horadar, como era su natural costumbre. Ponía un tanto más y presionaba otro poco. El perejil convertido en argamasa, su jugo en medicamento. Luego avanzó a los dientes. También los rellenó con presión, pero además los forró dejándolos verdes, como de diablo potosino. Una máscara para el remoto carnaval andino. Fiesta de indios.

         -Aguánteme, don Aquilino, todo lo que pueda. Quédese sentado sin cerrar la boca. Su mujer ha de espantarle las moscas.

         La campesina carcajeó y su risa resonó como el canto del gallo por la madrugada. Sacó un pañuelo blanco de entre sus senos llenos y lo batió al aire para desplegarlo con energía. No había moscas. De todas formas, se paró como centinela al lado del viejo boquiabierto. También lo golpeó y desequilibró con su cadera tan sólida como cántaro grande de barro cocido.

         -Es mi suegro, doctor. Yo me lo cuido como a mi t’anta wawa. Sólo me falta cargarlo en mi espalda por donde voy. Es mi chiquito.

         Algunos festejaron la ocurrencia (el joven, el que más, agarrándose el flanco.) El viejo asintió con la boca abiertísima, chorreante de saliva. Él también hubiera querido reírse, pero no podía hacerlo por temor a derramar sus empastes. Se limitó a mirar a todos con nítido aire de víctima.

         El kallawaya solicitó silencio levantando las manos. Caminó hacia su alforja en busca de ceniza de carbón, de hojas de coca (limpias y verdecitas de tiernas), de papel menudo multicolor (sustituyendo florecitas) y prendió fuego aromatizando el ambiente. Incienso. Humo sagrado.

         Echó a volar el papel sobre las cabezas de todos, ceremoniosamente.

         Puso más leña al fogón del rincón y acalló las burbujas múltiples del agua hirviente en la olla de barro echándole otra tutuma grande de agua fría de tinaja. El fuego salpicado cambió de color. Se volvió anaranjado. Rojo. De lenguas amarillas, largas, picudas, que herían incluso la boca tiznada de la olla. Por fin se serenó.

         Con calculada morosidad cortó otro manojo de perejil sobre la mesa en tiras delgadas y largas. Un tanto importante de ellas depositó al fondo de un mortero de plata que buscó en su alforja. Las aplastó. Luego, vertió agua caliente murmurando. De inmediato tapó el mortero con un pedazo de tela bordada con encanto femenino.

         Cerró los ojos para orar moviendo los labios.

         -Vamos a esperar que pase, joven. Esto que me has visto hacer es un mate. Infusión, se dice. Todo el día vas a prepararte para beber. Un trago y otro trago, con calma. Y cuando te descanse el dolor, vas a trepar al cerro y vas a bajar corriendo como el cuis-cuis. Y cuando se recuperen tus piernas, vas a volver a trepar para hacer lo mismo. Un rato de esos te tiene que doler el doble, en el pito mismo, pero después vendrá el alivio que buscas. Me lo vas a agradecer. A ver: andá tomando de a poco.

         Lo vio alzar el jarrón y tomar un trago amargo. El joven frunció todo el rostro, la boca, como un nudo de soga. (“No es tan feo, oyes. Te estás exagerando mucho”.) Pero continuó haciéndolo hasta terminar y arrojar al piso apenas una gota. Se limpió la boca con el dorso de la mano. El gesto feo todavía se le quedó paseando un rato por la cara.

         El kallawaya aumentó las tiras y volvió a aplastar todo en el mortero. Después llenó el jarrón con agua bullente del rugiente fogón.

         -Eres productor de calcio, pues. Tienes arena en tus conductos, y eso es lo que te duele. El perejil la destruye, y la vas a orinar. Y si tuvieras piedra, tus carreras de conejo la van a expulsar. Seguí tomando sorbos. A cada rato. Santo remedio.

         -Amén –dijeron los que entendieron.

         Se quitó el poncho pesado, lo dobló siguiendo las líneas negras sobre el fondo rojo, y sintió liberados los brazos bajo la camisa de bayeta. Con el gesto de la cara llamó a la joven picada por las vinchucas. (“No todas están enfermas. Sólo algunas transmiten la Chagas”.) La observó intercambiando los alientos por lo cerca que estaban. Ella, sonrojada, traspiró copiosamente de la frente. Él le rastrilló la piel con los ojos. Cada roncha de las mejillas y del cuello (su respiración erizó la carne de la mujer). Del pecho. Y hasta husmeó en el escote cuadrado de la blusa blanca, entre las lomas tibias, abundantes, de piel suave que palpitaron súbitamente desbocadas. Unas olas propias del río Grande que corría por ahí cerca.

         -Así ¿todo el cuerpo?

         La mujer asintió. El kallawaya se agachó para mirarle los tobillos, las pantorrillas y algo levantó la pollera para seguir la pista de las picaduras en los muslos. A cada una le posó el índice, la presionó. Pero a las del muslo y la nalga las pellizcó de sorpresa. La carne tembló en un todo removido por las sensaciones dulces. No dejó ni una picadura sin apretar entre sus dedos gruesos.

         -No son malignas. Las vamos a curar con emplaste de perejil. Lo que he hecho con don Aquilino en sus muelas, lo voy a hacer con tus picaduras. Pero estaría bien que hagas humear tu vivienda para que se vayan las ratas de los cielos.

         -Son del templo chico–dijo ella, aún intranquila-. Están llenitas en su techo. Se entran a mi casa cuando nos sopla el viento del cerro. Cada tarde.

         El kallawaya la escuchó con atención: -Mala cosa. Hay que bañar la casa con agua de ruda. Las paredes. El mismo colchón. ¿Es de paja?

         La mujer asintió.

         -También el abrigo. La ropa.

         Trituró entre sus dedos un manojo de hojas y retuvo su líquido en las palmas. Lo mezcló con la materia. Le hincó los dedos. Hizo un quesillo con todo y lo expuso por sobre su cabeza como si fuera una hostia, mascullando en idioma secreto. De seguro la curaría. Había buen cielo esa mañana. Ideal para la sanación.

         -Se empieza de los tobillos.

         Se arrodilló.

         Le limpió la piel de cada palmo con su saliva. Se pasaba la lengua en los dedos y los frotaba en la picadura y alrededores. Pellizcaba el quesillo y se lo colaba en el botón rojo. (“No te muevas”.) En las pantorrillas le frotó con saliva en toda el área afiebrada, pero más tiempo, y la empastó con el perejil. También en los muslos, ante la mirada azorada de los pacientes y acompañantes. (Don Aquilino se tragó una amalgama de la impresión.) Y trepó con calma a las siguientes donde ya hervía la sangre como el agua en el fogón.

         La mujer manoteó su pollera hacia abajo cuando el hombre avistó el borde de su nalga izquierda reposando vibrante, con piel de gallina, en el grueso muslo.

         Él pareció sorprenderse: -Los médicos no somos humanos del todo. Sabemos hacer el bien, es un don. Curamos y nos vamos. Nadie se acuerda de nosotros. Nos hacemos pulga. Niwa, como también se dice.

         La mujer lo miró frunciendo el ceño (el médico arrodillado y curioso de su reacción, con la mano lista en el emplasto), y caminando apurada se refugió en el rincón de la pared de barro. Ya tenía los cachetes sonrojados y consideraba, en su susto, que había sido violada su intimidad. El kallawaya esperó por un momento. Después se puso de pie, desairado, y caminó hacia la joven con visible molestia para entregarle la pasta que quedaba.

         -Ponte en todo el cuerpo, si quieres. Nadie te obliga a estar sana. Tus manos no son mis manos, pero.

         Nuevamente caminó hacia su mesa con paso solemne. Todavía con la espalda hacia los pacientes indicó que sería bueno que hicieran hervir el perejil cada mañana en sus casas y se lo tomaran en ayunas. (“¡Quita todo lo malo del cuerpo, el líquido y flatulencias! ¡Alivia la menstruación! ¡Cura el frío de los huesos! ¡El mal aliento!”) Giró lentamente el cuerpo hacia ellos y concluyó con picardía susurrante de viejo.

         -Reaviva el hambre sexual.

         Se chupó, de gusto, los dedos empapados. Les hizo adiós.

         El gentío se retiró en tropel dejando sobre la mesa su reconocimiento y su cariño.

         Las risillas y los comentarios se alejaron del lugar en un santiamén.

         Llenó su alforja con cinco monedas medianas de plata, una pequeña, pero de oro. Introdujo también semillas negrísimas de chirimoya. Advirtió que alguien le había dejado un pan redondo, de cuatro pedazos marcados en el lomo, con un importante trozo de queso seco de leche de cabra.

         Se sentó tranquilo en el piso terroso (la espalda contra la pared llena

de agujas de paja) a comer con el hambre atrasada.

         Había sido una buena jornada. La expectativa cubierta. La medicina y los rezos espantaron el dolor y las preocupaciones de la gente. Seguro era que todos estaban aliviados, y él se sentía muy contento. Raspó el queso de costado, con los agudos caninos, y masticó el último pedazo de pan.

         Con buen ánimo salió a caminar por las calles de la pequeña ciudad de provincia.                                                                                    Mizque, 1932

                  Primero cruzó un corralón de adobe y palos que daba

a la acera con fuerte olor a bosta de burro. (Modesto Poma ni siquiera lo miró en detalle.) Luego cruzó una fachada blanca de yeso, con ventana lapidada con madera y la puerta clausurada con piedras grandes del río. Por los resquicios metió su boca y llamó mordido, entre dientes.                                                                         -¡Don Lucho!

         Acomodó mejor su poncho rojo de listones negros sobre la alforja y volvió a gritar. Le contestó el inmejorable canto del gallo. (Él imaginó muy pronto al giro, su garbo, el dorado plumaje nervioso sobre su cuello largo y el pecho robusto, de sus visitas anteriores). Su escala poderosa motivó que otro gallo, en un patio distante, le hiciera el eco. Miró otro poco por entre la hierba y las piedras grandes que trancaban la puerta de calle por dentro y no lo vio. (El gallo tampoco volvió a cantar.) Ni a doña Delia. Ni a la niñita que deseaba visitar. Observó la vivienda con alguna ventana abierta en el segundo piso. Una escoba de mano reclinada sobre la pared. Parte del árbol de pacay que sobresalía al aire exterior, por sobre el techo alto, si se alzaba la vista. Un gato mimoso buscando cansinamente tierra caliente iluminada por el sol.

         -Nadies –dijo a media voz.

         Se quedó meditativo.

         Tuvo una primera visión de la ciudad cuando llegó al cerro Tetilla en la madrugada. Una neblina densa descansaba sobre los techos curvos de las casas, que el sol amarilló pasadas las seis y que luego se desvaneció. Con la consistencia peligrosa de un largo espino de caraguata, la cruz de metal de la torre de la iglesia punzaba ese aire denso para imponer su verticalidad. La calle más larga parecía nacer a sus pies, cruzar la plaza y llegar a la vera misma del río Mizque. Pero cuando trepó al cerro Thicapampa, advirtió que otra de las calles, nacida al sur, tenía el trazo más largo, aunque raleado de viviendas desde la tercera cuadra hasta su fin. Otras calles menudas iban paralelas, y otras más cortitas las cruzaban formando manzanos cuadrados. (De lejos lucían preciosas para el hombre de Charasani, comunidad vecina de las montañas de la cordillera de Apolobamba.)  Las viviendas del centro exponían bellos techos curvos de teja colonial más sólida que las nuevas, y más grandes, originalmente de fuerte color ocre, algo ennegrecidas por un siglo de lluvia, de sol despiadado y tierra arenosa. Y algunas tenían huertos. Otras, gallineros. Y las calzadas eran de barro seco, apisonadas por el paso constante de vacas y burros, y de algún carretón jalado por caballos, de las pisadas pesadas de abarcas y zapatos de los cholos, de los campesinos y de los mismos indios simpáticos de Raqay Pampa en los domingos, desde la madrugada hasta media tarde. A veces, hasta la noche misma.

         Modesto Poma se alejó de la vivienda buscando coca en su alforja. A los pasos se saludó con un campesino anciano arreando un burro cargado de leña. Después pasó la estrecha puerta de una tienda de pan y dulces de azúcar con coco que estaba en penumbras. Y otras puertas cerradas. Pensó que los vecinos andaban distraídos en algo importante.

         Al doblar la esquina se encontró con el alboroto desatado en la plaza.

         Dos camiones del ejército bufaban uno detrás del otro. (Recordó que los vio levantando polvo en el camino desde el mirador de un cerro y pensó en cualquier cosa menos en la leva por la guerra.) Los soldados arreaban a culatazos a los borrachos Luís Claros (“mi futuro             Súbita irrupción del Yo

y enigmático abuelo”), a Jaime Mercado, Roberto

Valdivia, Nicanor Mendoza y otros borrachos más. Los obligaban a trepar a la carrocería. Doña Valica, la dueña de la chichería, gritaba con estridencia reclamando por su libertad (además se los llevaban sin pagar ni la chicha de toda la noche ni el habas pectu abundante del desayuno). Pero sus gritos sólo chirriaban sobre tantos otros reclamos del conglomerado humano.

         Insistió hasta quedar ronquísima.

         -¡Dejen que se recuperen! ¡Han farreado toda la noche! Esta tarde se van a alistar de su propia voluntad.

         Ellos se agarraban las cabezas y se carcajeaban, borrachos. La misma gente mirona se contagiaba de su risa. Parecían seguir alrededor de su mesa y de su damajuana de chicha madura. Incluso se convidaron cigarrillos y se hurgaron varias veces los bolsillos buscando fósforos. (El petizo se colgó de la carrocería para pedir al sargento que se lo encendiera. El soldado amenazó con aplicarle, a mano llena, un bofetazo.) Se pusieron a cantar a voz en cuello.

         De la misma chichería voló un acordeón y un charango hacia el barro duro de la calle y un oficial de bigote los pisó a los dos con sus botas cafés de suela. (“¡Arriba, carajo! ¡Encima son anti-salamanquistas, los mierdas!”) Los revolvieron con otro grupo de hombres decentes que ya se aprestaba a tomar sol en los bancos de siempre bajo la fronda de los algarrobillos, pero que fueron trasladados a la carrocería con similar prepotencia militar. Sin lugar a ningún reclamo. Algunos de los curiosos mandaron a los llocqallas en busca del párroco Chema.

         Los familiares protestaban hablando a los gritos y aleteando con las manos amenazantes. Intentaban rasguñar de la cara a los soldados aymaras traídos del lago Titicaca. Pero el oficial sacó su revólver con determinación y disparó al aire tres tiros de advertencia. Luego paseó su mirada soplando el humo picante del caño y estudiando los ojos de todos. Sus botas crujían cric-cric al paso. Parecía que se le iban a quebrar de la suela claveteada. Como corcho seco.

         -¡Se callan! ¡Los hombres deben pelear por la patria! ¡Pero también se puede cargar a las mujeres para trabajos de cocina! ¿Eso quieren? ¡Hay campo en los camiones!

         Modesto Poma, quieto desde un principio, escondió el cuerpo detrás de la pared y ni siquiera se llevó la hoja de coca a la boca. Se aprestó a huir por la calle que daba al cerro y, de ser necesario, correr hasta la cordillera de sus pagos. No se detendría. Y los esquivaría metiéndose en los huecos de las vizcachas. En los matorrales. Entre las piedras, como las arañas y las víboras. Pero no lo tendrían para vestirlo de soldado y darle un fusil. Eso ya lo había hablado en su comunidad. “¡Pelear por la patria!” ¡Qué estúpido! Pelear a favor del látigo, del despojo de tierras, de la esclavitud. Pelear por los patrones. ¡Estaban locos si pensaban llevarlo!

         Sacó la cara por el ángulo de la pared cuando el oficial trepaba ágil a la cabina (abriendo las piernas, trazando un arco larguísimo) sorteando bien el peldaño, ordenando apurado, antes de cerrar la puerta, que se arrancara, pero profiriendo una última amenaza que fue de conocimiento público.

         -¡O de putas!

         Los soldados de pie en la carrocería, y los desanimados reclutas sentados en el piso, dando de brincos en el camión en marcha. Batiendo las manos a los familiares. A los curiosos. Salvo los borrachos, como don Luís Claros y sus amigotes, que todavía se pensaban en la chichería y hablaban a los gritos contra el vejete latifundista del valle, con úlcera de píloro, y daban de sonoras carcajadas. O úlcera de duodeno. Qué graciosas que eran las enfermedades de los señoritos.

         Modesto Poma se frotó la espalda en la pared desandando sus pasos. De pronto se sintió aturdido por un hecho que hasta entonces pensó tan sólo como noticia. La distante guerra se llevaba a sus pacientes y amigos en dos camiones del ejército. La guerra ya estaba en esos parajes. Se hacía sentir. Y con el tiempo también los haría sufrir. Seguramente pasarían hambre. Y luego hondo dolor, porque habrían mutilados y muertos.

         Viudas. Huérfanos.

         Caminó por una calle distinta a partir de la siguiente esquina y estuvo a punto de chocar contra un grupo (resultó ser un petit comité) de señoras elegantes armadas de respectivas sombrillas, coquetos sombreros, trajes de cuello bordado, una sola pieza hasta los tobillos, que avanzaba raudo a la oficina del subprefecto.

         Lo insultaron al paso, además una de ellas inclusive se rezagó para mostrarle el medio mismo de la calle (una honda huella de carretón en la tierra) para que caminara por ahí y no robara la sombra a la gente decente. Atrevido. Luego aceleró sus brincos cortísimos de pajarito del valle y se plegó a sus apresuradas pares. 

         Modesto Poma, estático, las miró irse. Las escuchó. Protestaban contra la leva indiscriminada. Algo así entendió.


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