Insectos
Llegan el calor, las lluvias y por la noche, los zancudos.
Zancudos
Llegan el calor, las lluvias y por la noche, los zancudos. Ni bien va yéndose la luz que ya se desprenden de los rincones oscuros en los que yacieron en todo el día largo del verano, al abrigo de sus radiantes luces, silenciosos e inmóviles en los rincones más oscuros y escondidos. Y llega el final de la tarde, el sol se pone y ya dejan sentir sus anuncios por el mundo, dejan escuchar su rondante presencia ineluctable: con silbidos, con zumbidos, con un agudo sostenido, hiriente, monótono e indeclinable que emiten al volar. Ya les basta, solo eso, para repartir cátedras de odio entre quienes tratan, en vano, de dormir. Siembran poblaciones de insomnes a su paso. Es el sueño lo que espantan pero es del sueño del que viven: es al dormido a quien mejor pueden sacarle la sangre, es el dormido el que, dormido, no los espantará. Quieren que la víctima sueñe pero al mismo tiempo no la dejan. Así, el matrimonio que trazan entre el sueño y la sangre, el vuelo, pende siempre de un hilo, de un hilo cortante y que corta, una y otra vez, los puentes que separan la orilla del sueño de la luz de la vigilia. O el zancudo mismo es el que se pone en medio y no deja cruzar hacia el sueño. ¿Pero en qué espacio vive el zancudo? ¿Sólo en la distancia que hay entre él y la presa o también donde habita el sueño, el sueño al que tanto sucumben las cosas y los cuerpos, pastos ellos de la oscuridad?
Antes de lanzarse en búsqueda, o volátil danza, el zancudo está inmóvil, durante horas, prendido al techo del plafón, o de una pared, o de una superficie invencible y oscura detrás o debajo de algo. Sus diminutas patas poseen los mecanismos necesarios para anular los efectos indeseados de la gravedad. ¿Duerme en esa posición? ¿Qué querría decir dormir entre los insectos? Y más todavía: ¿tienen sueños los insectos? No, los sueños comienzan en los pájaros…. ¿O sólo en los mamíferos? En todo caso, quizá el zancudo, más bien, sólo pertenezca al campo de los sueños y no sueñe él mismo. Trátese del sueño o la vigilia, empero, es del espacio del que nos preocupábamos. El zancudo se deja caer al abismo soltándose del techo y empieza a seguir la complicada ruta de vuelo que traza en el aire, como una sorpresa del mismo aire. Todos los que han perseguido uno lo saben: el zancudo domina el arte de tornarse invisible, haciendo un uso enloquecido del espacio. Es tal la velocidad, los súbitos descensos, inmediatas subidas, vueltas siempre inesperadas, que el ojo no lo puede seguir. De pronto hemos perdido el zancudo, y aunque lo escuchamos volar, muy cerca, ¿dónde está? Quizá está en nuestras narices, pero ya no lo vemos: se ha escondido en un secreto pliegue del espacio.
¿Y qué es lo que quieren con la sangre del dormido, con la angustia del insomne? ¿Qué hacen de todos aquellos leucocitos, eritrocitos (glóbulos rojos, glóbulos blancos), plasmas, que chupan implacables de los animales vivos y dormidos? ¿Qué es la sangre? Ellos lo saben. Por eso es la sangre la que chupan, consumen, extraen noche a noche. El misterio de la vida, al fin y como bien lo saben ellos, es el misterio de la sangre. No hay ningún otro bicho o animal, al fin y al cabo, que se especialice tanto en ninguna otra sustancia o parte animal. No hay insectos ni depredadores generales que vivan de lunares, o pelos, o sudor, o lágrimas, o caspa. Los carnívoros pueden devorar de paso todo eso indiferentemente, aunque quizá, también a ellos, sea la sangre la que en el fondo les interese. Y, como no pueden chuparla con la misma precisión exclusiva del zancudo, se comen toda la carne que la contiene: por su sangre. Por eso a los carnívoros, a los caníbales, se les dice sanguinarios. El sanguinario por excelencia es el zancudo. Quizá se merece el odio de quien trata de dormir en vano, en vano.
Sin embargo, existen razones por las que algo se salva en ellos y amengua el odio en el insomnio, la impotencia y el escozor que fundan. En el prólogo a Sendas de Oku de Basho, Octavio Paz cita estos versos de Kobayashi Issa:
Para el mosquito también la noche es larga, larga y sola.
Polilla
¿Tiene espalda una polilla cuando vuela, o es sólo un alado desorden dorado y desastroso? Indeciso ni siquiera vuelo y que no se sabe si discontinuo o transversal a una infinidad de pequeños planos. Quizá vaya ella buscando esa espalda, aunque también puede que se trate de un vientre sin mayores señas.
¡Sobre todo después de haber hecho tiras todas las alfombras, todas las lanas, todas las chompas, los encajes antiguos, las viejas bufandas, algunos cortinajes nuevos, la situación en general! Y todos andan, debido a tan poca cosa, buscando la huidiza espalda de una polilla, que torpemente despliega unas alas sin claro origen.
Ella, más minúscula que su propio vuelo, eternamente traicionera, finge no ser nadie, ni siquiera el ala que la espera. Mas al caer la noche, al descuidar la luz los rincones más malvados, aparecen ya las polillas, con su diminuto aleteo torpe que ni es vuelo, que ni es brinco, mas tiene algo de dorado y pronto cae al suelo, se pierde entre las sombras.
Desalojarla del todo es una vieja ilusión, contemporánea del invento inoportuno del tapiz. Qué iba a hacer ella, la polilla, sino participar del encaje, del traje, del telón: de la película.
En esta película que sin cesar las polillas roen, las muy malditas a mi casa se han entrado.
Al cazarlas, recuerdo que de niño me hice varias, terribles heridas. Y a raíz de ello, estas grandes heridas que habían necesitado muchas puntadas para cerrarlas, se convirtieron luego en cicatrices o testimonios de la batalla de vivir. Y entonces aprendí, o se me dijo: lo mejor para las cicatrices, lo mejor para atenuar, siquiera, el amenazador aspecto de las cicatrices, es el polvo de las alas de las polillas. Entonces, cada vez que veía una polilla, la cazaba con la mano (es bastante fácil atrapar al vuelo una polilla en vuelo), luego la desmenuzaba entre los dedos, y me pasaba por la cicatriz lo que quedase en esos dedos, me lo pasaba por encima de alguna cicatriz, de la huella de alguna herida:
untaba ungía lo que de mi herida quedaba para siempre escrito con una tinta que podía borrar la polvareda disimulada entre las alas de las polillas.
Ahora que me toca matar tantas polillas, en defensa de mi casa, de las alfombras, de las bufandas, del fondo de los sillones, de la muerte, y ahora cuando mis cicatrices viejas no necesitan ya alas de polillas, ¿es que hay otra cicatriz, imperceptible en las cosas, o mi cuerpo, y que las polillas vienen a curar, sin que nadie lo sepa, ni yo que las mato? El sacrificio que hacen de sus inagotables efectivos, los martes y los jueves en que las mato, ¿estará paliando el rostro de alguna otra cicatriz invisible o será solamente un indicio doméstico y pequeño de la matanza general a que se someten, sin dejar de reproducirse, por esta casa cuyos pliegues ya devastan?