UN AMOR
¿Qué haces ante la muerte? ¿Qué haces ante aquel animal feroz y desbordante que te clava las uñas en los ojos y que cuando te las saca, con la cara sangrienta, te pide que veas el mundo con esa nueva mirada? ¿Que te lo exige?
¿Qué haces ante la muerte? ¿Qué haces ante aquel animal feroz y desbordante que te clava las uñas en los ojos y que cuando te las saca, con la cara sangrienta, te pide que veas el mundo con esa nueva mirada? ¿Que te lo exige?
La muerte llegó a mi vida hoy, miércoles 22 de noviembre de 2023: una llamada a las 07.00, una voz familiar, llorosa, desesperada, que me decía que mi abuela… que debíamos ir urgentemente al hospital en el que estaba internada desde hace unas semanas, en estado crítico aunque “mejorando” de a poco.
La muerta era Mamá Juana, mi amada abuela. Mi madre, porque fue eso también para mí, sin querer quitarle nada a sus hijos como tal, los que salieron de su cuerpo. Mi madre, porque fue ella la que se encargó de ayudar a mi papá, a su hijo del medio, a cuidarme cuando era niño y adolescente. A cuidarnos, porque también se encargó de mi hermano menor.
Llegó cuando mi madre original se fue. Llegó para ocupar ese lugar. Y lo hizo muy bien. Porque era ella, era mi Mamá Juana.
En todos estos años he ido leyendo algunos libros del duelo, como queriendo prepararme para la muerte de cualquier ser amado, como buscando construirme una armadura ante aquel dolor venidero. Pero nada te anticipa a esto. Cuando llega, te demuele.
Entre algunos de esos libros recuerdo El año del pensamiento mágico, de la escritora estadounidense Joan Didion; o La ridícula idea de no volver a verte, de la española Rosa Montero, ambos ensayos y crónicas acerca de sus amores fallecidos por enfermedad, de sus procesos de duelo. De pérdida. Porque es eso: cuando alguien así se te va es como si aquella entidad se sumergiera en un bosque y se escondiera para siempre. Un alguien, un amor, que ya no vuelves a encontrar. A ver.
Hace unas semanas, cuando Mamá Juana permanecía en Emergencias del Hospital Obrero, que es lugar más parecido a cualquier idea del infierno, me tocó verla con una sonda en la nariz, un tubo por el que recibía alimento licuado. Porque ya no abría la boca y los ojos, solo un poco. Recordé la última vez que comimos bien, hace apenas unas semanas, en su habitación: a eso de las 10.00 se le antojó sardina con pan y tomate. Y un poco de locoto, porque mi abue era adicta al picante. Compré todo eso del mercado, que quedaba cerca, y comimos con tanta felicidad que charlamos y reímos mucho por un rato. La internaron en el Geriátrico unos días más tarde. Luego fue llevada al Obrero. Después se fue.
Mi abuela quedó viuda a los 33 años: su esposo, un minero llamado Juan, como ella, murió de un cáncer muy agresivo. Así que solo le quedó trabajar un montón desde ahí para mantener a sus tres hijos. Y a la vez ser ama de casa, ser mamá. Trabajó, entre tantas cosas, de enfermera en el hospital de aquel campamento minero, de barrendera municipal, de vendedora de caramelos, de vendedora en una tienda más grande. Trabajó de todo lo que se podía. Lo hizo por amor.
Mi abuela nació en Siete Suyos, un campamento minero de Potosí. Nació en el frío. Ahí nacieron sus tres hijos, los tres hombres: Waldo, Ramiro y Fernando. Cuando ellos decidieron migrar a La Paz para estudiar en la universidad, para no repetir la historia de su padre en la mina, Mamá Juana decidió ir tras ellos para seguir cuidándolos. Dejó su tierra original pero nunca sus costumbres, su vestimenta: sus polleras y mantas de colores. El quechua, que era su lengua materna y que nos heredó a los nietos, a los que nos tocó nacer en La Paz. En Siete Suyos también nacieron sus hermanas, las mayores y la menor. Todas ellas murieron hace varios años. La única sobreviviente era mi abuela.
Seguramente no intuía que unas cinco décadas más tarde uno de sus nietos escogería la literatura como su vocación, su razón de vivir. Que escribiría libros y que le dedicaría uno y todos los que llegarían y llegarán más tarde. Que su historia sería contada una y otra vez para que sea recordada e imaginada por cualquiera que leyera esas páginas, estas, entre otras, entre tantas que últimamente he escrito de ella.
Porque escribo porque Mamá Juana me contaba historias desde que era un niño. Escribo porque Mamá Juana inscribió a mi padre, cuando él tenía unos 15 años, a un curso de dactilografía que determinaría su vida desde aquel instante, que se contaminaría de las ganas de teclear y teclear mientras las palabras le daban forma a algo, a un recuerdo, a una emoción. Escribo porque Mamá Juana me enseñó que las historias son los mejores lugares para descansar de la realidad. Escribo porque Mamá Juana me enseñó que escribir es una forma de amar.
En la novela El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de la escritora rumana Tatiana Tibuleac, un pintor de renombre, ya avejentado, recuerda su adolescencia convulsiva y los problemas que conlleva aquella etapa de la vida, la relación volcánica que tenía con su madre, su única cuidadora. Hasta que ella, entendiendo que moriría pronto, se lo lleva de “vacaciones” a una costa de Francia. En aquel lugar, en esos breves meses, el futuro pintor aprende a amar a su madre de otra forma, a entenderla más y por lo tanto a entenderse a sí mismo. Y da sus primeros trazos y pinceladas en el papel cuando su madre ya no lo ve. Pero de ahí en adelante toda pintura es para ella. Porque eso es el amor, una eternidad.
Y mi Mamá Juana, la mujer que más amé en la vida y que más amaré, ya que ninguna mujer podrá superar aquel afecto, ni las pasadas ni las venideras, la mujer que amaba el helado, la chirimoya, el pescado frito, orar a Dios, hablar con él, la mujer que cuidó a sus hijos y nietos a su forma hasta el final, hasta su última respiración, es eso, mi lienzo, mi papel. Mi eternidad. Mi gran amor.
Descansa y goza del cielo que tanto buscaste, Mamita Juana. Te extrañaré.