EL POETA Y EL VIAJE
De su generación, es el más internacional de los poetas bolivianos. En esta entrevista, Gabriel Chávez Casazola aborda la importancia de diseminar la poesía boliviana por todo el globo y, también, al interior de nuestras fronteras
¿Qué países visitó en estas últimas semanas y cuál fue el propósito de estos viajes?
Después de un receso, obligado por la pandemia, el año pasado comenzaron a reactivarse los espacios donde se comparte la poesía en el mundo: festivales y encuentros independientes, ferias de editoriales y citas de carácter académico.
Gracia a esta revitalización, este año fui invitado a varios encuentros y en las últimas semanas asistí a los que se realizaron en cinco diferentes países: Rumania, Uruguay, Canadá, Perú y Argentina.
En Rumania participé en el 13 Festival Internacional de Poesía de Bucarest, con presencia de más de 100 poetas de 18 países, junto a editores y traductores. Tuve lecturas, con traducción al rumano e inglés, en el Museo Nacional de Literatura Rumana y el Instituto Cervantes, entre otros escenarios.
El festival de Bucarest es un evento poliédrico que aborda, además de la poesía creativa contemporánea, otros campos de la cultura, con proyecciones de películas, exposiciones de artes visuales, recitales de actores famosos, espectáculos de teatro, conciertos de música, performances y programas experimentales de arte digital.
En Uruguay, asistí al 4to Encuentro Internacional de Poesía Esteros, que se realizó con varias lecturas en el marco de la 45 Feria Internacional del Libro de Montevideo y se cerró en Punta del Este, en cuyo Museo de Arte Contemporáneo (MACA) ofrecí una conferencia sobre el sentido de la poesía en nuestra época.
En Canadá, específicamente en Quebec, participé en el 39 Festival International de la Poésie de Trois-Rivières, que está a punto de cumplir cuatro décadas y es uno de los más importantes encuentros de poesía del mundo, que pone en diálogo la tradición francófona con otras poéticas.
De hecho, son los propios poetas de lengua francesa quienes leen para el público las versiones traducidas de los autores de otras lenguas. Poetas de Francia, Quebec, Occitania y Mauritania leyeron mis poemas en francés, recogidos en una antología bilingüe de mi poesía publicada en París en 2018, con traducciones de Jean Portante.
En Perú, donde había estado ya en junio en el II Coloquio Latinoamericano de Literatura de la Universidad Nacional de Tumbes, fui invitado al Festival internacional Primavera Poética de Lima en septiembre, para ofrecer lecturas en diferentes espacios, como el Teatro Segura, el Museo Metropolitano, la Casa de la Literatura Peruana y la Gran Biblioteca Pública de Lima, donde la poeta cruceña Valeria Sandi y yo recibimos un reconocimiento por nuestra labor de divulgación de la poesía.
Se trata de un encuentro con creciente reconocimiento, que en esta versión cumplió diez años y que durante la pandemia ganó especial protagonismo con lecturas y entrevistas virtuales a cargo de su director, Harold Alva, quien entonces también impulsó la edición digital de 100 libros de poetas contemporáneos de diversos países hispanohablantes -seis bolivianas y bolivianos incluidos-, para descarga gratuita en la colección “Lima Lee”; algunos de los cuales están siendo ahora también publicados en papel.
Finalmente, para cerrar este circuito poético, junto a Paura Rodríguez asistí al alumbramiento del Festival Internacional de Poesía de Salta, ciudad y provincia de tanta y tan vigorosa tradición poética; ahora encarnada en nuevas voces que este encuentro pone en diálogo con autores de todo el Norte Grande argentino -donde han nacido festivales nacionales en Catamarca y Santiago del Estero-, y también de otras provincias, de la ciudad de Buenos Aires y de varios países, a iniciativa del gran Leopoldo “Teuco” Castilla, que también es creador del movimiento “Bosques de la Poesía”, que ojalá podamos replicar en Bolivia.
¿Qué fue lo más gratificante de compartir estas experiencias literarias con artistas de otros países y cómo se refleja esto en su poesía personal?
El diálogo enriquece siempre. Es valiosa la oportunidad de poder escuchar a los otros, a las otras, leer la poesía que están creando a partir de su particular experiencia de mundo, y conversar con ellos acerca de esa escritura y esa experiencia. Si bien hay leit motivs transversales a todas las épocas y culturas, también hay notas particulares. En Quebec pude apreciar la poesía de la nación Innu -este año la homenajeada del Festival fue la poeta, compositora y cineasta inuit Joséphine Bacon- y descubrir la escrita en el francés de la región de Acadia, diferente del de Quebec, que a su vez es distinto al de Francia. En Rumania noté cómo varios poetas actuales conversan en sus textos con la cultura pop, lo que me interesa porque también lo hago en los míos, pero también cómo muchos autores de toda edad están escribiendo sobre la guerra, porque la tienen muy cerca, algo que no sucede en la poesía latinoamericana.
También es valioso que los lectores puedan escuchar poesía compartida por sus autores a viva voz, con su propia entonación y cadencia, con su personal modulación de palabras y silencios, un poeta tras otro, permitiendo que de esta manera ocurra una vivencia oral y comunitaria de la poesía, que nos remonta a su origen, muchos siglos antes de que fuera escrita en libros y considerada una experiencia intimista.
Desde luego, conocer otras voces, dialogar con poetas de distintas geografías, generaciones, estéticas y sensibilidades, así como conocer otras culturas, no te deja incólume; siempre algo de lo vivido, dicho u oído te abre la cabeza, suscita nuevas emociones y remodela ideas asentadas, dejando cierto registro, mayor o menor, en la propia escritura. Llevo 15 años viajando de la mano de la poesía y, desde luego, no soy la misma persona que cuando inicié este periplo. Al fin y al cabo, la poesía es una forma de mirar el mundo y de habitarlo, más que un género literario, como me gusta repetir.
¿Por qué son importantes estos encuentros para los poetas bolivianos, tanto si viajan al exterior como si llegan talentos de otros lugares?
Son importantes precisamente para poner la propia poesía, la propia tradición y la propia voz en diálogo con otras. Exponerlas así nos libra del ensimismamiento, del ombliguismo y la autocomplacencia. Pero además, en lo práctico, contribuye a la divulgación de un género, la poesía, que es consustancialmente ajeno al mercado editorial. Ella va de boca a oído, de mano a mano, circulando de manera cuasi misteriosa, alimentando a esa “legión de los seducidos” de la que hablaba Urzagasti, que somos la “inmensa minoría” que lee poesía.
Los festivales, las editoriales independientes, los talleres, los ciclos de lectura -como la Plaza Calleja en Santa Cruz- y espacios similares están acercando la poesía a la gente. Las lecturas de poesía en voz alta recomenzaron en el mundo anglosajón y ahora no hay país en el mundo, prácticamente, que no tenga al menos un festival de poesía.
En Santa Cruz hoy en día tenemos tres: la Semana Internacional de la Poesía, con nueve versiones; el Encuentro Internacional de Poesía “Ciudad de los Anillos” en la Feria del Libro, que acaba de cumplir 10 años; y el Festival de Poesía Joven “Jauría de Palabras”, que ha cumplido cinco. Y desde que existen -en paralelo al Programa de Escritura Creativa de la UPSA y a talleres como Llamarada Verde o Trueque Poético. la puesta en circulación de la poesía boliviana ha aumentado significativamente con publicaciones en editoriales y revistas internacionales de autores de diferentes edades, marcando una impronta de internacionalización de la poesía boliviana ya muy normalizada por las más recientes generaciones.
Por ejemplo, en el momento mismo en que estoy respondiendo esta entrevista, tres poetas bolivianos emergentes, de distintas ciudades de origen pero residentes en Santa Cruz: Daniel Ayoroa, Marcelo Canavire y Carlos Fernando Tapia, que recién comenzaron a publicar hace pocos años, están participando ya en el referencial Festival Paralelo Cero de Ecuador; donde también acaba de publicarse una nueva antología de poesía boliviana, que se suma a las aparecidas estos años pasados en Italia, España, Colombia y, pronto, en Estados Unidos. Esta antología, llamada “Mediterránea”, realizada por el poeta colombiano Santiago Espinosa, fue presentada en Quito por las poetas Mariángeles Pérez López de España, jurado del premio Reina Sofía; Yirama Castaño de Colombia y la editora Frances Simán de Honduras, junto a esos tres jóvenes autores locales.
¿Cómo caracterizaría la situación de la poesía boliviana hoy en el ámbito de la poesía contemporánea en español?
A partir de la Guerra del Chaco, como parte de un proceso de autodescubrimiento nacional, la poesía boliviana se insularizó en relación a otros países, al punto de tornarse prácticamente desconocida fuera de nuestras fronteras en las últimas décadas del siglo XX, con excepción de autores que residían fuera de Bolivia como Eduardo Mitre o Pedro Shimose. Sin ir más lejos, Jaime Saenz ha sido descubierto con admiración en otros países después de que falleciera, y lo propio Blanca Wiethüchter. Pensando en las excelentes poetas que hay en Bolivia, algunas muy jóvenes, anotemos que Matilde Casazola y Norah Zapata, nacidas en los años 40, recién han comenzado a ser publicadas y reconocidas en otras naciones hace pocos años. Todo esto es parte de un proceso de develación, del paulatino descubrimiento de una perla escondida: la poesía boliviana, que algún autor ha llamado “el secreto mejor guardado de la poesía latinoamericana”.
¿Qué es lo que está caracterizando la obra poética hoy en día en el ámbito del lenguaje español? ¿Cómo se relaciona esto con lo que se viene dando con la poesía en otros idiomas? Finalmente, ¿de qué va hoy la poesía boliviana en sus principales rasgos?
Creo que, a diferencia de otras épocas, donde había movimientos o corrientes predominantes en la poesía, como lo fueron el romanticismo, el modernismo, las vanguardias, la poesía social, el realismo sucio, etc., actualmente hay una saludable polifonía, con casi tantas voces y modulaciones como poetas existen y escriben.
Si bien pueden notarse filiaciones con respecto a la tradición y autores que hacen una poesía más centrada en el sentido, como la poesía de la emoción, o en el lenguaje, como la neobarroca, y en determinados países o culturas hay preocupaciones o temáticas circunstancialmente prevalentes que en otros no se presentan, lo cierto es que hay en día hay una libertad creativa y una pluralidad sin precedentes que me parece muy sana, y esto vale también para la poesía boliviana, que no es parricida, por fortuna; antes bien, las nuevas generaciones que se van sucediendo, releen y resignifican la tradición, sin dejar de renovarse, en un diálogo continuo que no excluye las rupturas, pero privilegia las resonancias y afinidades.
Si revisamos la escritura de las y los poetas bolivianos más jóvenes, nacidos después de los 90 -como yo debo hacerlo constantemente por mi labor como docente universitario de escritura creativa y como director del taller Llamarada Verde en Santa Cruz-, podemos encontrar un diálogo con los textos de sus pares de generaciones anteriores, sobre todo Oscar Cerruto, Jaime Saenz, Edmundo Camargo, Jorge Suárez, Roberto Echazú, Jesús Urzagasti, Matilde Casazola o Eduardo Mitre, aunque situándolos en un contexto vital y escritural completamente diferente, poniéndolos así bajo una luz nueva.
Entre las generaciones más jóvenes, menores de 30 años, y los poetas emergentes que han comenzado a escribir o reescribir después de la pandemia a sus 40, 50 o 60 años de edad, hallo voces muy sugerentes y valiosas, lo que reconforta y da esperanza, sobre todo si pensamos que también hay calidad en todas las generaciones anteriores de poetas bolivianos, fallecidos o vivos. Entre estos últimos, hallamos en plena actividad creativa desde poetas nacidos en los años 30, como Antonio Terán Cabero, nuestro “decano”, pasando por la importante generación del 40, hoy referencial, y luego los numerosos poetas de los años 50, también muy relevantes, los escasos autores nacidos en los 60, la generación del 70, que abre la internacionalización, y las del 80 y 90, aún en decantación.
En suma, creo que somos un país de una vasta y fértil tradición poética, que periódicamente se encarna en nuevos creadores que la van enriqueciendo. Otro rasgo destacable es que hay una poderosa poesía escrita por mujeres, al menos desde el siglo XIX hasta hoy, con nombres como María Josefa Mujía, Adela Zamudio, Hilda Mundy, Yolanda Bedregal, Alcira Cardona, Blanca Wiethüchter, Matilde Casazola, Blanca Garnica, Norah Zapata-Prill, Marisol Quiroga, Marcia Mogro, Vilma Tapia, Mónica Velásquez, Paura Rodríguez y Jessica Freudenthal, como las voces más reconocidas, pero no las únicas.
Pienso, aunque seguramente olvido nombres, en Claudia Peña, Moira Bailey, Martha Gantier, Alejandra Barbery, Patricia Gutiérrez, Rosario Arzabe, Adriana Lanza, Micaela Mendoza, Nicole Vera, Verónica Delgadillo, Lourdes Saavedra, Ruth Ana López, Ana María Arana o Cecilia Romero. Y, entre las poetas nacidas a partir de los 80, Janina Camacho, Elvira Espejo, Emma Villazón, Melissa Sauma, Valeria Sandi, Paola Senseve, Marcia Mendieta, Lucía Carvalho, Milenka Torrico, Rocío Agreda, Valeria Canelas, Viviana Gonzales, Andrea Puente, Iris Kiya, Mariana Ríos, Anahí Maya, Leni Flores o Mar Bredow; sin olvidar a poetas mujeres de otros países que viven y escriben en Bolivia, como Gigia Talarico o Valeria Michea.
¿Por qué la poesía boliviana gravita a un nivel que no lo hace la prosa? ¿Cómo se puede entender esto?
Pienso que no deberíamos enfocar este tema como una suerte de competencia entre géneros, sino tratar de entender y discutir por qué existe la percepción -y si es certera o no- de que la poesía boliviana ha alcanzado una mayor trascendencia hasta ahora que la narrativa.
Personalmente, siento que somos un país de poetas más que de narradores, dada la relevancia histórica y la calidad de la producción alcanzada en cada género. Sin embargo, en las últimas tres décadas hay una producción narrativa muy significativa que no debemos desatender.
Además, las fronteras entre géneros están diluyéndose. Yo mismo escribo mucha poesía narrativa y varios de los actuales novelistas o cuentistas, sobre todo mujeres, tienen una impronta poética innegable que fecunda su prosa.
¿Qué viene por delante para el poeta Gabriel Chávez Casazola?
Continuar escribiendo y compartiendo poesía, porque siento que es un don que no se realiza plenamente en nosotros mientras no se comparte.
Siendo así, estoy preparando dos libros nuevos, con poemas escritos entre 2019 y 2023, y pronto se publicarán otras dos antologías de mi poesía: la edición impresa de “Hoja de Vida” en Lima, que antes había salido en digital durante la pandemia, y la edición chilena de “Cámara de niebla”, una antología personal que tiene ya seis ediciones en distintos países (Argentina en 2015, Bolivia en 2015, Costa Rica en 2017, Cuba en 2019, Colombia en 2020, México en 2022), cada una más amplia que la anterior, ya que voy añadiéndole más textos -y también haciendo revisiones- conforme transcurre el tiempo.
Si todo va bien, en 2024 también se publicará una antología en Rumania, donde mi poesía fue muy bien acogida, y aparecerá una segunda edición ampliada de “Entre los dos cielos” en la editorial Cisne Negro de Honduras.
*Publicada en la revista Escape