El misterio del estido
A estas alturas, El misterio del estido, de Willy Camacho, es un clásico de la literatura contemporánea boliviana.
A estas alturas, El misterio del estido, de Willy Camacho, es un clásico de la literatura contemporánea boliviana. Su sexta edición (Editorial 3600) acaba de ser presentada en el marco de la Feria Internacional del Libro de El Alto. Puño y Letra publica el texto que el escritor Rodrigo Villegas, escribió para tal ocasión.
Uno de los personajes de los trece cuentos que componen El misterio del estido, libro publicado ya hace unos catorce años y esta vez presentado en su sexta edición y hasta con una nueva portada, afirma: “El amor es cosa seria, terrible, temible”. Eso es algo que lo vamos viendo conforme leemos relato tras relato, nos vamos convenciendo de aquella afirmación. El amor es aflicción.
Claro, a pesar de ello, el amor es la única cosa por la que vale la pena vivir, parecieran decir también los personajes de cuentos como Y tomó al toro por las astas o Punto final, hombres apesadumbrados y melancólicos que definen su vida en esos lapsos de calentura del cuerpo, de la mente, tanto así que aquellos instantes de decisión se tornan fatídicos.
Porque sí, en los cuentos del buen Willy, el amor y todo lo que engendra (celos, violencia, silencios que se convierten en bombas de resentimiento) generan las atmósferas de lo que sucederá, de aquellos desenlaces incentivados por el alcohol, ese componente y elixir necesario para las vidas de muchos, sino la mayoría de los paceños.
Y es que los cuentos de Camacho están ubicados en esta ciudad que tan bien conoce y por la que tantos recovecos ha cruzado en su educación sentimental, tanto literaria como emotiva. Eso se siente cuando le da voz a sus creaciones: hijos vagabundos que terminan como garzones en bares de mala muerte, padres borrachos que se desentienden de sus familias en busca de algo de dinero para seguir chupando, parejas al borde del precipicio debido a la falta de unas pocas monedas para vivir a diario, guitarristas amantes del rock que terminan en grupos de cumbia chicha debido al mercado musical, sectas de inadaptados que encuentran en la comunión una forma de abrazo, de entendimiento. Es decir, el hampa, así como se han encargado de narrar con maestría escritores también collas como Adolfo Cárdenas o el mismo Víctor Hugo Vizcarra.
Para muestra basta relatar el potente inicio de Noche de estreno, el penúltimo cuento de la colección: “El cuerpo está colgado de un poste. Es el único poste que aún alumbra, lo cual produce un extraño efecto: parece que el cuerpo estuviera flotando en la oscuridad de esta plaza. Una cuerda gruesa, de las que usan los cargadores, lo sostiene por el cuello. El rostro no está morado, lo que delata que fue colgado antes de morir. Completamente desnudo, el cuerpo muestra un sinfín de moretones y rasmilladuras. La cara deforme, signo inequívoco de que fue golpeado brutalmente”.
Aquella descripción, como lo habrán notado y seguramente reconocido, pertenece a lo que de alguna forma conocemos como “justicia social”, del pueblo, la que hemos visto más de una vez en alguna pantalla de televisión o de nuestros celulares. Crímenes que se pagan con crímenes. Algo lastimosamente habitual en nuestra sociedad, pero que así funciona.
Y eso es algo que retrata muy bien Willy, al espécimen paceño, altiplánico, regido por sus desventuras. Por lo que debe hacer a diario para sobrevivir, más aún si pertenece a la clase baja, a la que convive con las penurias del hambre, la violencia y la delincuencia.
Ahora, este no es un libro de protesta, de reflexión, o al menos no de manera directa. Es más un retrato de aquel hampa del que hablábamos con anterioridad, pero diciéndonos que aquello tampoco está tan alejado de nuestros ojos, que solo debemos abrirlos un poco más para ver a los borrachitos o algo más que eso que caminan por la San Francisco, a los hombres cabizbajos que salen de los prostíbulos del centro, a las mujeres que mendigan o venden sus cuerpos por un poco de pan para sus familias. Pero no para mirarlos con lástima o algo peor, por supuesto, sino para confortarlos con nuestro cariño lejano, con nuestra mirada afectiva.
Para terminar, me gustaría hablar de tres cosas más que me parecen interesantes y hasta importantes: el último cuento del libro me parece una joya del cuento boliviano en general: La secta del Félix. Un cuento enorme, borgiano, con esa lógica, que leí hace muchos años en una antología de premios Franz Tamayo, que el Willy ganó con ese trabajo, y que esta segunda lectura me maravilló más. Me quedo, entre tantos detalles por destacar y que les dejo a ustedes, potenciales lectores, un párrafo que describe demasiado bien la “paceñidad”, definida como lo urbandino: “Lo urbandino es un ser melancólico, pero su melancolía es alegre, o si lo quieres ver de otro modo, posee una alegre melancolía condicionada por el diálogo que entabla con el paisaje”. Tal vez ahí podía verse definido el, y ahí va la razón del título del libro, el misterio del estido.
Segundo: la música, que se nota cumple una función muy importante en el armado de los relatos, tanto así que cada cuento está precedido por algún verso de una canción de Serrat, de Los pericos, de Armando Manzanero, Tango Feroz, Violeta Parra y más, como si fueran la banda sonora anticipada a cada historia. Música que también forma parte del tono de los textos, que al leerlos se sienten así, melódicos, y no solo por el tono, sino por el lenguaje urbandino que Camacho ha elegido para la voz de sus personajes.
Lo último, y eso va más allá de este libro, que es un grandioso compendio de cuentos (es decir, no por nada en un mercado como el boliviano llegó a su sexta edición), quiero agradecerle públicamente a Willy, a ti, querido hermano, por haberme abierto las puertas a la escritura. Porque sí, tú eres el artífice de que hoy esté aquí, en esta mesa, y no me refiero a la invitación que me hiciste para presentar este libro, sino a aquel encuentro en el Pumakatari, ya hace unos cinco años, cuando casualmente nos encontramos en la fila, nos sentamos juntos, charlamos un buen rato y me preguntaste, porque habías leído algunas de mis reseñas y crónicas en Facebook, si tenía algo más elaborado, un libro. Te dije que sí, sin creer lo que me estabas pidiendo, me sugeriste que te lo enviara, lo hice y unos meses más tarde, con todo el trabajo de edición del caso, que tú te encargaste personalmente de hacer, salió mi primer libro, también de cuentos, también de amor, llamado Nube. Y así comenzó todo para mí y sigue, porque a esto le he entregado mi vida y mi futuro, y se asentó con aquel encuentro contigo, con tu confianza, con la de la editorial que tú y el querido Marcel dirigen, la gran Editorial 3600. Estoy seguro que hablo no solo a nombre mío, sino al de todos aquellos jovencitos y jovencitas que en un momento de su vida han recibido tu apoyo y que te has animado a publicar (con todo lo que aquello implica) y así nos has cumplido un sueño. Te agradecemos en el alma por eso, por tu calidad de ser humano, de editor, de amigo, de escritor. Eres un tipazo, Willy. Y felicidades por la sexta edición de El misterio del estido, larga vida a tu obra.
Salud y gracias.