DENISSE ARANCIBIA REGRESA CON MONA
En el panorama del cine boliviano, Denisse Arancibia se ha convertido en una voz única.
En el panorama del cine boliviano, Denisse Arancibia se ha convertido en una voz única. Con Las Malcogidas ya había demostrado que la comedia puede ser un vehículo de catarsis, denuncia y ternura. Hoy, la directora y guionista regresa con una propuesta aún más arriesgada: Mona, una película que, entre risas incómodas y lágrimas contenidas, se atreve a tocar las fibras más tensas de nuestra sociedad. El rodaje comienza en octubre, en Sucre, y promete armar escándalo.
“Mona es una comedia muy irónica, rozando con la comedia negra”, explica Arancibia. La película retrata personajes complejos, incorrectos, profundamente humanos, que se mueven entre el sarcasmo y el dolor. A diferencia de su obra previa, más ligera y luminosa, aquí la directora confiesa una evolución personal: su manera de escribir y concebir lo cómico ha madurado, apostando por una propuesta más atrevida y cargada de tensión emocional.
El rodaje tendrá lugar en la hacienda Huata, una casona colonial cargada de historia, a las afueras de Sucre. Este espacio no solo será escenario, sino también un protagonista más: un lugar que habla de poder, privilegio y decadencia. En sus rincones se desplegará la historia de una familia conservadora, blanca y adinerada, espejo de las jerarquías sociales que persisten en Bolivia. Para Arancibia, registrar este espacio es también un acto de memoria, antes de que la modernidad arrase con estas huellas arquitectónicas.
Un equipo de nenas
Si algo distinguirá a Mona, es su apuesta por un equipo mayoritariamente femenino. “Más del 50% de las cabezas de área son mujeres”, celebra la directora, quien reconoce la urgencia de transformar un medio históricamente hostil hacia ellas. Desde la productora ejecutiva Victoria Guerrero hasta el sonido con la mexicana Yuribe Montero, pasando por la dirección de arte de Gabriela Paz, el maquillaje de Mariel Camacho y el vestuario de Carmen Guillén, la película se erige como un ejemplo de sororidad y renovación en el cine boliviano.
El elenco es tan extenso como potente: Bruna Mora en el rol de Mona, Luis Bredow como Mono, y la incorporación de la actriz mexicana-francesa Danae Reynaud, junto a nombres reconocidos como Pitín Gómez, Ana María Vargas, Agustín Vázquez, Rommel Vargas, Claudia Eid y Bernardo Arancibia. A ellos se suman talentos jóvenes como Ladislao Cardoso y Alisson Jiménez, que aportan frescura a un reparto coral que dará cuerpo al universo caótico de la historia.
Una mujer trans en el centro
La trama se articula en torno a Mona, una mujer trans que regresa a la hacienda familiar para cuidar a su padre moribundo. La directora plantea un retrato complejo: Mona no es solo “la trans”, sino también una hija de clase alta, con contradicciones, errores y herencias racistas y clasistas que tensionan su identidad. Su género incomoda más a los otros que a ella misma, y es allí donde el filme desafía los constructos sociales. “Queremos mostrar a una mujer trans como lo que somos todas: personas complejas, contradictorias, fuertes y frágiles”, afirma Arancibia.
Inspirada en los años 90, la propuesta visual apuesta por rojos intensos, verdes vibrantes y contrastes dramáticos. La cámara en mano seguirá de cerca las interacciones de un elenco numeroso, atrapando los chismeríos y conflictos familiares con planos largos y cercanos a los rostros. Los colores y texturas del vestuario y maquillaje no son meros adornos: son narrativos, reflejando el racismo, la muerte, el amor y la fiesta que atraviesan a los personajes.
A plan de sicureada y cueca
El diseño sonoro promete un contrapunto radical: del silencio del campo al bullicio de una familia gritona. A eso se suman referencias musicales profundamente ligadas a la identidad chuquisaqueña, como El patito, la sicureada de carnaval, y cuecas tradicionales. Para Arancibia, esta elección conecta la ficción con sus propias memorias familiares, convirtiendo la película en un “vómito” catártico, un ejercicio de autoficción que combina lo íntimo con lo político.
“Mona es, en gran medida, mi propio proceso de duelo por la pérdida de mi padre, pero también es una reflexión sobre racismo, transfobia y clasismo en Bolivia”, confiesa la directora. Desde la comedia, la película no busca dictar respuestas, sino abrir preguntas incómodas. Y en esa tensión entre lo hilarante y lo desgarrador, lo íntimo y lo colectivo, parece residir la verdadera potencia de esta nueva obra.
Con Mona, Denisse Arancibia confirma que el cine boliviano no solo puede hacer reír: también puede incomodar, interpelar y dejar cicatrices que sanan.
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