Lanza: “La crónica es, antes que política, humana”
Entrevista de Marcelo Paz Soldán a Cecilia Lanza.
Poder, márgenes, identidad y memoria atraviesan Serendipia. Cecilia explica su método de inmersión y “revelado” para contar lo que la mirada social no quiere ver.
—[Marcelo:] Serendipia expone el vértigo del poder y su caída, retratando a quienes lo detentan y lo sufren. En crónicas como «Evo Morales / El ocaso de un rudo», adoptas un tono casi épico e irónico, mostrando la gloria y decadencia de un líder. ¿Cómo trabajaste este enfoque teatral para narrar la caída del poder en Bolivia y qué buscabas revelar al mostrar a Evo Morales —y otros poderosos— desde su costado más humano y trágico?
—[Cecilia:] Todas las historias que escribo han sido largamente añejadas. Quiero decir que, como toda historia, se fueron escribiendo a su ritmo, a su tiempo, algunas durante años. La crónica de Evo Morales, por ejemplo, fue construida durante doce años desde el inicio de su gobierno (2007-2019): viajar, reportear, leer, tomar distancia. Ese larguísimo tiempo me permitió plantear el relato al modo teatral del cachascán. ¿Por qué? Porque creo que Serendipia es, por un lado, el concepto que refiere a esos encuentros inesperados y, por otro, la mirada: saber mirar, porque de lo contrario lo inesperado pasa desapercibido. Y lo que yo veo es un rudo que, como en todo cachascán que se precie, cae derrotado. Sí, se trata de revelar, pero en el sentido fotográfico: desplegar las luces y sombras humanas hasta comprender nuestra esencia.
—[Marcelo:] Varias crónicas dan voz a personajes marginados, mostrando su dignidad y fuerza. ¿Qué te atrae de contar historias de personajes marginales y cómo logras darles protagonismo literario sin idealizarlos?
—[Cecilia:] Idealizar a los personajes es una suerte de pecado capital de los cronistas púberes debido al mentado origen “bastardo” de la crónica. Y por supuesto que transité ese camino. Llegué a la crónica contemporánea fascinada por las voces subalternas y la «centralidad de los márgenes», con referentes como Carlos Monsiváis o Pedro Lemebel; fue casi una militancia cronística. Con el ejercicio intelectual y narrativo -en un acto de plena consciencia, al modo de un equilibrista-, ciertamente aprendí a manejar esa tensión siempre presente entre una cosa y otra: protagonismo literario-idealización del personaje.
—[Marcelo:] La búsqueda de la identidad recorre el libro. ¿Cómo equilibras compasión y crudeza al narrar vidas marcadas por la diferencia? ¿Qué te enseñaron estos personajes?
—[Cecilia:] Es curioso. Varios han notado esa suerte de galería «monstruosa» compuesta por mis personajes. Hace poco alguien dijo que los personajes de mi libro le recordaban a la fotógrafa Diane Arbus (que retrataba precisamente a esos curiosos personajes). Aunque quizás no sean tan particulares, tan monstruosos, sino al revés: eso que miramos y entendemos como monstruoso sea nuestro propio espejo, nuestra cotidianidad. Porque también aprendí de Jaime Sáenz cuando señalaba la paradoja de andar por la vida sin mirar aquello que “se esconde ante nuestros ojos”. Somos mucho más monstruosos de lo que creemos. ¿Qué me enseñaron? Todo. Leer/mirar a Violeta Ross cuando arruga un pedazo de papel, lo extiende y dice: “Nunca logras borrar las huellas de una violación”, ha sido durante años mi escuela.
—[Marcelo:] La memoria histórica y personal es un pilar de Serendipia. ¿Escribes para rescatar del olvido ciertas historias? ¿Cómo manejas la verdad emocional frente a la histórica?
—[Cecilia:] La memoria es el cimiento de «Serendipia». A ratos me pregunto ¿qué sucedería si ocurriera un cataclismo tal que desapareciera todo el mundo virtual? Pues que por fortuna quedarían los libros, ese invento maravilloso capaz de sostener otro, el mayor invento de la humanidad: la escritura. Y con ella, la memoria. Que las historias cotidianas, sean de Evo Morales (El ocaso de un rudo), Iván Nogales del maravilloso Teatro Trono (Subcomandante Iván), o la de don Humberto Coelho (La noche más oscura del mundo), queden como un eco sutil en nuestra memoria. La memoria es resistir al olvido.
—[Marcelo:] Abordas dificultades y brechas de género, especialmente con protagonistas que desafían los roles tradicionales. ¿Cómo das tono de denuncia sin perder la humanidad de tus personajes? ¿Qué desafíos enfrentaste?
—[Cecilia:] La crónica es, esencialmente, un género político porque pone el ojo en las «monstruosidades» que nuestra ceguera social nos impide mirar. Así, miramos a un grupo de mujeres albañilas luchando contra el patriarcado o mujeres trans plantando cara a las dictaduras militares. Contamos esas historias reales con toda la empatía posible, con toda la humanidad posible, y resulta que esas historia nos golpean y se hacen, inevitablemente, denuncia. Carne. Por eso creo que más que un género político, es uno básicamente humano.
—[Marcelo:] «Luis Arce Gómez / El campeón de ajedrez» narra la vida de un exministro sin perder rigor periodístico ni caer en juicios simples. ¿Cómo fue para ti abordarlo y qué buscabas generar en el lector?
—[Cecilia:] Personajes como Arce Gómez, en términos absolutamente “literarios”, son fascinantes. Y, ciertamente, desafiantes por eso que plantea Leila Guerriero cuando dice que “toda decencia, toda luz, toda honestidad, tienen su lado oscuro, pero su inevitable viceversa —toda oscuridad, toda indecencia, tienen su lado luminoso— es mucho más terrible”. El desafío, entonces, es enorme: develar la monstruosidad esencial del ser humano, sin concesiones. Mi ventaja fue conocer profundamente su historia, sin posibilidad de engaño. Cada cronista desarrolla su olfato y temple frente a estos retos.
—[Marcelo:] La crónica dedicada a Evo Morales se aparta de la biografía habitual para presentarse como un acto épico y crítico. ¿Qué buscabas proponer sobre Bolivia y sus ciclos de poder?
—[Cecilia:] La respuesta está en todo lo anterior: mirar al poder, sus luces y sus sombras, y dejar que el lector descubra las claves de nuestra esencia colectiva y los ciclos de la historia nacional.
—[Marcelo:] En «El músculo de la bronca» relatas las protestas de 2019 a través de Daniel, un líder surgido de la multitud. ¿Cómo logras equilibrar la adrenalina colectiva y la humanidad individual cuando escribes sobre protesta social?
—[Cecilia:] En todos los textos me sumerjo por completo, más que empatizar es verdaderamente vivir la experiencia del otro desde dentro. Luego hago una pausa, doy un giro hacia la cronista y, desde ahí, conecto esas emociones con un contexto mayor para que esa historia, al modo de las ondas sonoras, llegue lo más lejos, lo más hondo posible. Es ahí cuando una historia toca fibras, alcanza finalmente los sentidos. Y esa es la mayor ambición de un cronista.
—[Marcelo:] En «Nueve días en Woodstock» te trasladas al epicentro de la contracultura siguiendo a Gastón Ugalde. ¿Qué buscabas transmitir con esta crónica en la que la verdad testimonial no depende de la precisión cronológica, sino del espíritu de la anécdota?
—[Cecilia:] En esta crónica hay un juego: la historia resulta tan inverosímil que la opción es zambullimos en la onda hippie de los 60, sexo, drogas y rock and roll. Cómo podría importarnos una fecha, una hora, un dato si estamos gozando ¡Woodstock! Pero, al mismo tiempo, hay una narradora —la cronista— que, así como baila al ritmo de Gastón o de Santana, tiene un pendiente para la hora de sentarse a escribir: comprobar si lo que cuenta su personaje es cierto. Son dos historias a la vez. Un lindo homenaje a un personaje casi ficcional como Gastón Ugalde.
—[Marcelo:] «El Eddy Chascas» es un testimonio de supervivencia y resiliencia. ¿Cómo enfrentaste la carga emocional de contar una historia tan dura y a la vez inspiradora?
—[Cecilia:] La «inmersión» es total por años. La historia se va escribiendo y gestando a su ritmo, hasta que el momento menos esperado sucede el «parto» y nace el texto. En el caso de Eddy, la relación continúa: él sigue visitando Bolivia, ahora que es un hombre casi cincuentón. No hay otro “truco” en contar una historia. El resto, las emociones, se las dejo a los lectores.
—[Marcelo:] En la crónica de Violeta Ross, activista por los derechos de personas con VIH, fusionas la dimensión pública y privada del personaje. ¿Qué aprendizaje te dejó conocerla y contar su vida?
—[Cecilia:] Ese seguimiento, incluso obsesivo a los personajes durante años, permite descubrir las claves que hacen de éstos precisamente «personajes» en sentido profundo, capaces de darnos alguna luz. Violeta me regaló muchas luces: la posibilidad de elegir, de tomar mejores decisiones y, ojalá, errar menos. Violeta es una de mis grandes maestras.