Antología súbita la poesía, los abrazos y las constelaciones
Palabras vertidas en la presentación de Antología súbita, realizada en el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia.
Cuando el Edwin Guzmán, me pidió que dijera algunas palabras sobre esta Antología Súbita, 15 poetas de Bolivia, aunque reconociendo mis limitaciones, me emocionó el acompañar un libro que reúne los poemas y las voces de gente que conozco, quiero y admiro, profundamente.
Y creo, sinceramente, que este es el elemento importante, el elemento esencial, que se debe remarcar en esta ocasión, la naturaleza generosa en amistad y comunión de esta antología.
Solemos comprender las antologías como artefactos que tienden a reunir y/o a dividir ciertas aguas, de acuerdo a generaciones, géneros, temáticas, procedencia, estéticas. Son, al final de cuentas, formas posibles que hemos encontrado para transitar la historia de una o varias poéticas, de entenderlas, de darles un signo o una determinada narrativa, y esto es importante, pues la narrativa, que justifica habitualmente estos trabajos, puede ser más importante que la poesía misma que la contiene.
En este tipo de divisiones arbitrarias, que casi siempre contienen toda su justificación en un prefacio, cabe notar que si bien el objeto literario aparece formalmente oculto, ello no significa que el compilador no reconozca la especificidad de lo literario o no posea competencias para hacer un juicio crítico en torno a la calidad de los textos seleccionados, en el mejor de los casos.
Las antologías son también, por supuesto, lugares de exclusión y poder.
Baste recordar en el Siglo XX, de manera muy superficial, el trabajo quizás más emblemático de poesía reunida mexicana, Poesía en movimiento, de Octavio Paz, quien fungía en ese momento, como lo hizo hasta su muerte, como un gran Torquemada literario, con el poder de excluir grandes nombres,, incluido el de su ex esposa, Elena Garro, del mapa y canon mexicano y latinoamericano, hasta después de su muerte.
En Bolivia, hemos tenido y seguimos teniendo nuestros propios ejemplos. Unos más afortunados que otros.
Fue famosa, para citar un par de casos, también de manera superficial, la antología de la poesía boliviana que hizo para la editorial VISOR de España, Homero Carvalho. Recuerdo que muchos por poco se lo comen vivo.
También, por supuesto, recuerdo ese volumen enorme de poesía boliviana, que todavía me observa amenazante desde la biblioteca de mi padre, antologada por el cura Quiroz, el siglo pasado, y otras tantas antologías de diferente signo que han sido editadas con uno u otro motivo, pero que ahora no vienen al caso.
Para no cansarlos con estas afirmaciones que pecan de obvias, hablaré brevemente del objeto que nos reúne esta noche, la Antología súbita de 15 poetas, que no son 15 poetas de Bolivia, sino más.
Desde que tomé el libro que me envió generosamente Edwin, y comencé a hojearlo y a reconocer a sus participantes, pensé en esta antología como un archipiélago y como una constelación.
Archipiélago, porque a pesar de que todas sus islas tienen formas y tamaños diferentes y los separa una porción de territorio oceánico (geografía, tiempo, género), se sienten próximas, se sienten similares, se siente hermanadas por la misma cimiente, la misma saliva volcánica, que contiene a un mismo tiempo palabra y silencio.
Constelaciones, porque cada poeta contiene una luz particular en potencia, como sus palabras, y quizás así se traman también los poemas: tomas la luz de una palabra, la sumas a otra y te vas dando cuenta, poco a poco, que no están solas, que juntas forman una constelación: un poema. Ahora bien, las constelaciones —como los poemas— son mapas inexistentes. Hace miles de años los hombres se dieron cuenta que eran necesarias para poblar el cielo con nuestra ausencia, para no caer en el vacío, para sujetar el universo.
Fundidas las generaciones en las palmas de la palabra, como escribe hermosamente en su poema/introducción, Los convocados, nuestro recordado Eduardo Kumstek, los poetas de esta antología (todos ellos, poetas en serio, poetas de verdad, todos parte indispensable de la historia de la literatura boliviana), se hermanan y nos hermanan a todos, de manera definitiva, como miembros de una cofradía silenciosa, que no piensa en la fama, la exposición, o los festivales internacionales, sino en la búsqueda de la palabra exacta, ésa que ahuyenta la muerte y nos revela el mundo, ese mundo hecho añicos, ese mundo que la poesía, cual terco, paciente y minucioso artesano, intenta recomponer, pedazo a pedazo, con el barro y el asombro de los días, terco, inaplazable y sin remedio.
Tal la naturaleza compartida de esta Antología súbita, tales los materiales que la hacen única: el amor, la amistad y la palabra
Pues bien, antes de terminar esta mínima celebración de su poesía, quisiera mencionar a todos los poetas mayores, que, aunque hayan partido, esta noche están presentes, para recordarnos lo que Pessoa sabía desde siempre, que la poesía no es un oficio inútil, y que todo vale la pena, cuando el espíritu no es pequeño.
Héctor Borda Leaño. Presente.
Antonio Terán Cabero, Presente
Gonzalo Vásquez Méndez, presente.
Alberto Guerra Gutiérrez, presente
Roberto Echazú Navajas, presente
Rubén Vargas, presente
Seke Rosso, presente
Eduardo Kumstek, presente
Antes de olvidarme, cuando le pregunté a Edwin que qué podría decir yo que valiera la pena esta noche, él me respondió, más que tus palabras, lo importante será nuestro abrazo, hermano, y sí, querido Edwin, tenías razón, así que venga ese abrazo!
Gracias.