Una vida inconclusa
El poeta y crítico español, escribe el prólogo de La niña que se diluyó en el tiempo, de Ruth Ana López
La niña que se diluyó en el tiempo es la obra más reciente de la destacada poeta boliviana Ruth Ana López Calderón, conocida por sus profundos y evocadores escritos en sus libros anteriores: Desde las profundidades (2013), Sin óbolos para Caronte (2014) e Itinerario de una metamorfosis (2016). En esta última entrega, López Calderón ofrece un autorretrato poético que refleja un balance vital y una introspección sobre el paso del tiempo y su impacto en la existencia humana.
La poeta nos lleva a través de un viaje emotivo y filosófico. Explora la fragilidad de la vida y la inminente decadencia física. Con versos como “Las huesudas manos se aferran a la delgadez del hilo y la telaraña inevitablemente se rompe”, López Calderón captura la esencia de la lucha contra el deterioro y la pérdida de la vitalidad. También aborda el temor a la pérdida de la conciencia y la llegada de la demencia, destacando el dolor y la desorientación que la acompañan.
“Llegará el momento
de las gesticulaciones absurdas,
el balbuceo rayando en lo inconcebible,
la mirada perdida…
El rostro inexpresivo,
aunque por dentro
el dolor aún lacera la carne.
/…/
El único panorama día tras día,
como una marioneta
atada a una silla de ruedas,
obligada a ver la película delante de sus ojos
sin poder detenerla.”
La autora reflexiona sobre la incertidumbre del más allá, cuestionando qué nos espera después de la muerte. A través de imágenes poderosas y preguntas introspectivas, examina la naturaleza de la existencia y el papel de la fe en ofrecer consuelo ante lo desconocido (“Todo es movedizo / como el final de ese fondo rojizo y negro”). Presenta un panorama desolador, donde la naturaleza y el destino parecen evadir respuestas y propósitos. Entrelaza elementos del cristianismo con la tradición grecolatina, que es una constante en su poesía, utilizando figuras como Caronte y las Parcas para explorar temas de destino y trascendencia: “¿Cuántas son las historias que cuentan los hilos?/…/ Cada prenda cuenta tantas historias / en su viaje por el mundo, / al cubrir otros cuerpos / en ese intercambio secreto de piel a piel”.
Especialmente conmovedor es el autorretrato en De la infancia inconclusa como un acorde que suena mal, donde la poeta revive recuerdos de una niñez que se siente incompleta y perdida en el tiempo. Versos como “El rostro que mira el pequeño charco / no reconoce el reflejo” evocan una profunda melancolía y una búsqueda de identidad y propósito. Es la tragedia de no concordar el tiempo vital y el cronológico: “No hay sincronía /entre las manecillas del reloj y la vida”.
La memoria del deseo, de los cuerpos, forma parte de ese balance que la poeta va desgranando. La poeta explora la sensualidad y el deseo, describiendo la interacción entre amantes como un acto envolvente y etéreo, casi como humo: “La envolvente argucia de los amantes / sube en espirales de humo / los cuerpos curvilíneos. / Incesante en la búsqueda de los placeres”. Refleja una transición oscura y desoladora, marcada por la indiferencia que mutila el rumbo vital. La conciencia se intensifica en momentos de extrema emoción o sufrimiento (“Toda conciencia es tocada entonces. / Los ciegos la ven y los sordos la escuchan”). Esto enfatiza la universalidad del dolor y la experiencia humana. La promesa marchita ahonda en la pesadumbre ante el final. La imagen del alma fragmentada y sollozando simboliza una profunda tristeza y desesperanza. El único consuelo viene de la muerte, representada por los “helados brazos de quien nos espera”.
La última parte es la más doliente, la más consciente, la más lúcida ante “Esas conexiones neuronales fracturadas, / el delirio y las lágrimas”. Sin embargo, sugiere la poeta que se pueda entender el deterioro como un don, que las alucinaciones alumbren “como faros en el callejón”. Clama Ruth Ana López Calderón: “¡Ah!, tal vez es un alivio / no ver ni percatarse da nada…”. En realidad, lo cierto es que “no hay piedad, ni escapatoria /…/ y quedan selladas tu alegría o tu desgracia”. O definitivamente la desorientación de la incertidumbre ante la que la poeta intenta escapar “Los dedos me sangran / de tanto arañar la tierra”.
La niña que se diluyó en el tiempo es una obra que invita a la reflexión sobre la vida, la muerte, la memoria y el paso del tiempo. Con su estilo lírico y su profunda sensibilidad, Ruth Ana López Calderón ofrece una meditación poética que resonará, explorando las complejidades y las paradojas de la existencia humana, el deseo, la decadencia, y la desesperanza. A través de imágenes poderosas y una lírica intensa, la poeta explora la fragilidad humana, el dolor de la existencia y la búsqueda incesante de sentido y consuelo frente a la inevitable marcha del tiempo.