La Tierra es la respuesta
Primer capítulo de Orbital, novela ganadora del premio Booker, editada este año por Anagrama. La traducción es de Albert Fuentes.
Girando en torno a la Tierra en su nave espacial se sienten tan unidos, y tan solos, que incluso sus pensamientos, sus mitologías íntimas, confluyen a veces. Tienen de vez en cuando los mismos sueños. Sueñan con fractales y esferas azules, y con rostros conocidos abismados en la oscuridad, y con el negro brillante y energético del espacio que azota sus sentidos. El espacio en crudo es una pantera, indómita y primaria; en sus sueños se les aparece merodeando por sus aposentos.
Están suspendidos en sus sacos de dormir. A un palmo de distancia, al otro lado de la piel de metal, se extiende el universo en sencillas eternidades. Su sueño comienza a diluirse y alborea una luz matinal lejana y terrestre, y sus portátiles se encienden con los primeros mensajes silenciosos del día; la estación, siempre alerta, siempre en vela, vibra con el ronroneo de ventiladores y filtros. Fuera, la Tierra rueda en un compacto resplandor lunar mientras navegan con rumbo cierto hacia su filo infinito. Los penachos de nubes sobre el Pacífico proyectan un resplandor cobalto sobre el océano nocturno. Ahora divisan Santiago, arrimada al perfil de la costa sudamericana, bajo un fulgor de oro empañado por las nubes. Invisibles tras los postigos cerrados, los vientos alisios que soplan sobre las aguas cálidas del Pacífico occidental han fraguado una tormenta, una bomba de calor. Los vientos absorben el calor del océano, formando nubes que se espesan y cuajan, y empiezan a rotar en columnas verticales hasta formar un tifón. Mientras el tifón se desplaza hacia el oeste, en dirección al sur de Asia, su nave viaja hacia el este, siempre rumbo al este, descendiendo hacia la Patagonia, donde el temblor de una aurora distante forma una cúpula fluorescente sobre el horizonte. La Vía Láctea es un reguero humeante de pólvora esparcido sobre un cielo de raso.
A bordo de la nave, es una mañana de martes, las cuatro y cuarto, principios de octubre. Fuera, están Argentina, el Atlántico Sur, Ciudad del Cabo, Zimbabue. Sobre la amura derecha, el planeta susurra el amanecer, una tenue fisura de luz fundida. Se deslizan por los husos horarios en silencio.
A todos los lanzaron en algún momento al cielo, sobre una bomba de keroseno, y atravesaron la atmósfera a bordo de una cápsula ardiente con el equivalente a dos osos negros americanos de peso encima. Tuvieron que tensar la caja torácica para hacer frente a la fuerza hasta que sintieron que los osos se retiraban, uno tras otro, y el cielo se convirtió en espacio, y la gravedad menguó, y el pelo se les erizó.
Son seis en una gran H metálica suspendida sobre la Tierra. Van girando, cabeza frente a pies, cuatro astronautas (americano, japonesa, británica, italiano) y dos cosmonautas (ruso, ruso); dos mujeres, cuatro hombres, una estación espacial compuesta de diecisiete módulos interconectados, a veintiocho mil kilómetros por hora. Son los seis más recientes tras múltiples tripulaciones, nada fuera de lo común en esta misión, astronautas rutinarios en el patio trasero de la Tierra. El fabuloso e improbable patio trasero de la Tierra. Girando cabeza frente a pies en la lenta singladura de su precipitarse, cabeza frente a cadera, cadera frente a mano, mano frente a tobillo, girando sin cesar con los días. Los días vuelan. Cada uno estará nueve meses más o menos, nueve meses de esta deriva ingrávida, nueve meses con la cabeza abotargada, nueve meses de esta vida en una lata de sardinas, nueve meses de este mirar embobados la Tierra, antes de volver al planeta que los espera, paciente, abajo.
Una civilización extraterrestre podría echar un vistazo y preguntarse: ¿Qué están haciendo estos? ¿Por qué no paran de dar vueltas sin ir a ningún lado? La Tierra es la respuesta a todas las preguntas. La Tierra es el rostro de un amante exultante; la ven dormir y velar y ensimismarse en sus hábitos. La Tierra es la madre que espera el regreso de sus hijos, cargados de historias, de euforia y de añoranza. Sus huesos, un poco menos densos; sus miembros, un poco más flacos. Ojos que rebosan de imágenes que son difíciles de explicar.