La biblioteca de mi padre

Un estante de madera de roble de 1.60 x 1.80 mts.: la ventana. En realidad, la futura morada que fui habitando lenta como sigilosamente.

La biblioteca de mi padre La biblioteca de mi padre Foto: Internet

Edwin Guzmán Ortiz
Puño y Letra / 13/01/2026 01:50

Un estante de madera de roble de 1.60 x 1.80 mts.: la ventana. En realidad, la futura morada que fui habitando lenta como sigilosamente. Filas de libros misteriosamente ordenados, lomos ilegibles a la memoria, autores ignorados; un mueble más en la casa, poco distinguible de los demás: la biblioteca de mi padre.

Una ventana, una morada, un navío o, como imaginaba Borges, el paraíso bajo la forma de una biblioteca. Así fue esa memorable estructura, tan presente como ausente en mi infancia junto a su arduo contenido que estimo ahora, no pasaba de unos pocos cientos de libros, dispuestos además en otros subsidiarios anaqueles que solícitamente la acompañaban.

La relación de mi progenitor con ella obedecía a un trajín discreto, a imperceptibles rituales donde los libros musitaban y asumían una función circunstancial, una presencia sigilosa, una existencia intermitente y familiar.

Hasta que ocurrió algo impredecible, provocando mi directa implicación con la biblioteca. La primitiva y pertinaz indisciplina de l´enfant terrible hizo que mi padre, en el afán de corregirme y tornarme “hombre de bien”, opte por un castigo sutil, propinándome un libro por cada falta grave, cuya lectura obligatoria, más su inmediato resumen, era condición para levantar la sanción y recuperar la anhelada libertad. Fue una época de incontables horas en un rincón, con uno ojo en la página y el otro en la puerta de calle, donde terminé leyendo Los Tres MosqueterosOliverio TwistLas aventuras de Tom SawyerPlatero y yoMiguel Strogoff, sumándose además otras travesuras que remataban en la inevitable purga de rigor. Recuerdo todavía cuando mi padre me conducía cariacontecido al estante cómplice, y cuidadosamente elegía el próximo calabozo de papel que supuestamente haría de mí un muchacho ejemplar, un vástago disciplinado y responsable. La letra entra con letra, se diría.

Al acercarme a los 15, debido a unos arreglos en casa y el consiguiente traslado circunstancial de los muebles, en medio de un caprichoso resfrío, terminé aislado en una habitación reposando un par de días sobre un improvisado colchón junto a pilas de libros vaciados de la pequeña biblioteca. El ambiente, el aislamiento y el aburrimiento hizo que empezara a manotear algunos ejemplares percatándome por primera vez –tacto, olor y vista de por medio– de esa población insurgente de títulos y autores en ediciones disímiles. Extrañamente, percibí que algo poderoso latía en medio de ese ambiente. Ahí fue que –vuelvo a recordar– me llamó la atención, por el título, El Anticristo de Nietzsche y en cuya tapa mi abuelo Manuel –hombre recto y cristiano a rajatabla– había escrito con lápiz enérgicamente “no vale la pena”. Y claro, me interesaron otros títulos insólitos: La lucha con el demonio de Stefan Zweig, Cuentos de Misterio de Allan Poe, La amada inmóvil de Nervo, Cartas a un joven poeta de Rilke, o los poemas de García Lorca que mi padre con frecuencia saboreaba re/citándolos y que guardo aun en la memoria. Circunstancia inolvidable en la que se abrazaron sin recelo los superados castigos con una inexplicable curiosidad, en ese frente a frente con los libros de la casa.

Una tarde, a fines de los 60, al cabo de un ensayo doméstico en mi condición de baterista amateur de rock, y habiéndome percatado del daño inferido a la contratapa de un libro tomado de la mesa de noche de mi padre, el mismo que oficiaba de tom-tom de mi improvisada batería, en la intensión de recomponerlo me topé con el título: Elogio de la sombra, de un desconocido Jorge Luis Borges. Casi maquinalmente abrí al azar una de sus páginas cuyo título rezaba “The unending gift”, mi titubeante lectura más su paulatina y dichosa revelación fue como un relámpago que provocó mi inmersión súbita al país de las letras. Así fue, terminante, como el amor a primera vista. Hoy guardo celosamente aquel ejemplar celeste de Editorial Emecé y es uno de los más grandes legados paternos a esta pequeña vida de errancias y anhelos inconfesados. Borges fue además el santo y seña que me acercó con inusual interés a la biblioteca de marras que, ensimismada, lucía en mi antigua casa de la calle Murguía entre Camacho y Petot de Oruro.

Tal hallazgo le fue discretamente transmitido a René Antezana, gran amigo e infaltable contertulio. Él coincidentemente también me reveló que se hallaba silenciosamente disfrutando de Cien años de Soledad. Y el bifronte Borges/García Márquez entró en escena con todas sus consecuencias. Así se enriqueció aquella veta de una fraternidad cómplice preocupada a su vez por el rock, el cine, el carnaval y las incursiones melífluas de la edad. Más adelante, vendría el vendaval Cortázar, Rimbaud, Donoso, Bradbury y tantos escritores que espetaron y estimularon nuestro insaciable imaginario.

De este modo la biblioteca paterna se fue haciendo una realidad más evidente, transformándose y asumiendo una presencia protagónica. La mirada de soslayo fue desplazada hacia una mirada frontal y sostenida. Parte de su irradiación fueron las lecturas de poemas que mi padre circunstancialmente oficiaba en casa; ¿cómo no recordar en su cálida voz a Rabindranath Tagore, Whitman, Neruda, Juan Ramón Jiménez, o los Rubayats de Franz Tamayo?

Con los años y el revisited periódico de la biblioteca, ésta me fue revelando otras vetas que me acompañaron incluso en preocupaciones extraliterarias. Asombraba su vientre generoso prodigando filosofías, sociologías, historiografías y fabulaciones herméticas. El Mundo como Voluntad y Representación –en un tomo imponente– de Arthur Schopenhauer, los Diálogos de Platón, El hombre y sus símbolos de C. G. Jung, Los grandes filósofos de la antigüedad de Diógenes de Laertes, El sentimiento trágico de la Vida de Unamuno, Zárate, el Temible Wilka de Ramiro Condarco, Merleau Ponty, Swami Vivekananda, Martín Buber en fin, además de una robusta colección de más de 80 títulos de la Nueva Biblioteca Filosófica TOR, por la que desfilaban en libritos naranjazulinos,  de Aristóteles a Rosseau, de Leibniz a Spinoza, de Fichte a Erasmo de Rotterdam, entre muchos más. Épocas en que la lectura de los clásicos, era para un escritor un cimiento sólido destinado a criar una formación literaria gravitante.

Pero por supuesto, no vaya a suponerse que yo me engullía todo ese banquete dispuesto a lo largo y ancho de los anaqueles, en realidad acometía uno y otro libro sin demasiado orden, pero sin pausa y con aplicado entusiasmo. Fue una ventana fantástica que permitió avizorar ese vasto enjambre de mundos que trafica el lenguaje: novelas, poesías, ensayos, filosofías entre arborescentes páginas, ese inacabable libro de arena que prefiguró –otra vez– nuestro maestro del infinito literario, Borges.

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